Joseph Soto, militante transfeminista, analiza desde Caracas la urgencia de construir un transfeminismo popular en Venezuela, un testimonio indispensable para disputar el deseo, la identidad y las redes de solidaridad frente a las lógicas del individualismo capitalista.
Fotografías: Laura Salcedo, Roxana Laguado, Joseph Soto y César Escalona.
Caracas, Venezuela.- Joseph Soto es militante transfeminista, creativo y licenciado en Artes Escénicas de la Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE). Es caraqueño y ha participado activamente en diversos procesos organizativos como Translúcidos y la colectiva Transgresores. Desde que inició su tránsito, decidió hacer de su experiencia personal un proceso colectivo y de construcción de redes de apoyo mutuo para otros hombres trans en Venezuela.
De manera situada, Joseph nos ofrece una lectura del momento actual, de las deficiencias en los protocolos de salud pública en Venezuela y de los debates que se han dado con organizaciones feministas que no comprendían el transfeminismo. En esta entrevista, nos habla desde su experiencia encarnada como hombre trans de la clase trabajadora caraqueña, reivindicando la organización popular y la autonomía del deseo para demostrar que, frente al mandato del régimen hetero-cis-capitalista y patriarcal, “el tránsito se hace estrictamente por felicidad y eso es profundamente revolucionario”.
Caracas es la ciudad en la que has vivido toda tu vida y has manifestado que no te ves fuera de Venezuela. ¿Cómo cuentas la historia de quedarte? ¿Cómo decides encarnar y defender la transmasculinidad desde Caracas?
El auge migratorio se da en un contexto sociopolítico y económico que generó las condiciones para que la gente se quisiera ir, sumado a una narrativa que promovía la salida de nuestro país y que nos hizo pensar que teníamos que irnos para estar mejor.
Yo no me quiero ir de mi país. En 2017, cuando inicié el tránsito y empecé a buscar a algún compañero que me sirviera de referencia para saber por dónde empezar, lo primero que me dijeron era que tenía que migrar. Estábamos en el pico de la crisis más fuerte producida por el bloqueo al país, que venía desde el 2015 con el Decreto Obama que calificó a Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria”. Busqué a un compañero trans para que me guiara, él estaba por irse del país y me dijo que yo tenía que irme porque aquí no se conseguían las hormonas. En ese momento la gente se estaba inyectando testosterona de caballo que conseguían en el hipódromo. Era real, había escasez y no se conseguían medicamentos, o si se conseguían por Mercado Libre eran de dudosa procedencia, sin certificación y con posibilidades de ser falsos.
En ese momento me pregunté: ‘¿Si esa es la única salida, yo me iría?’. Enseguida me respondí que no. Incide ser generación Chávez y entender que la vida en el país va más allá. Como generación conocimos lo que implica la militancia y las posibilidades de vida que hay en el trabajo colectivo y en la comunidad para lograr cosas. Yo viví eso, pudimos conquistar proyectos por el lado artístico, pero en este caso lo que se ponía en juego no era un proyecto artístico externo, sino el de mi propio ser. Mi proyecto creativo era yo mismo: dejar de ser lo que era para pasar a nacer como otra persona. Entonces dije: “Tengo que ir de la mano con redes de apoyo, relaciones y construcción orgánica para poder navegar”.

No me lo planteé únicamente desde el punto de vista médico. El tránsito no tiene que ver solo con conseguir hormonas, meterse cosas, operarse y “mutilarse”, como piensa alguna gente. En principio, el tránsito es social. Ahí está el principal quid del asunto al inicio: te das cuenta de que te identificas con una construcción de género distinta a la que se te asignó al nacer, eso pasa obligatoriamente por el tema social: familias, comunidad, trabajo y la sociedad toda.
Estás construyendo otra identidad, empiezas a vestirte distinto, hacerte llamar distinto, plantear que te llamen con otros pronombres, todo eso es un proceso enorme, arduo, fastidioso, que toma tiempo y es muy frustrante porque la gente es muy prejuiciosa y dice: “¿Para qué te voy a llamar de otra forma si para mí es más cómodo llamarte como yo quiero?”. Hay una reticencia real, cultural y personal. “No te quiero nombrar en masculino porque no me parece que si antes eras una mujer ahora seas un varón”. Eso existe y yo lo he vivido en mi comunidad, uno empieza a ver esas reticencias y nota cómo se sostienen a lo largo del tiempo en la medida en que haces el tránsito.
¿Cómo fue que empezaste a organizarte en los distintos espacios de militancia y lucha en los que has participado?
Como decidí quedarme y hacer el tránsito en el país, empecé por contactar compañeros y compañeras que estaban en la militancia de la sexo-diversidad. Poco a poco, fui conociendo gente hasta que di con varios compañeros trans y empezamos a juntarnos. De hecho, en Crea y Combate –organización en la que militaba en ese momento– teníamos un proyecto socioproductivo de costura, y aprovechando que se realizaría la Marcha del Orgullo de 2018, nos encontramos en el taller de costura varios compañeros para conversar, para ver cómo estábamos y evaluar la posibilidad de organizarnos.
Todo fue muy paulatino, primero me encontraba con uno a hablar en un centro comercial, luego con otro, y así fuimos sumando. Al principio, la inquietud que me movía era la de la sobrevivencia más plena, la sobrevivencia literal de este proyecto humano: ver cómo hacía para ser trans con mi condición de clase. Las referencias que yo encontraba en redes sociales eran hombres trans hipermusculados, blancos, europeos, que seguían un determinado protocolo y tenían ciertos objetivos. Cuando veía eso, me abrumaba. Nos empezamos a encontrar desde la necesidad de saber cómo navegar esto de ser hombres trans, pero también con el interés político de ver cómo hacíamos para empezar a visibilizarnos.
Vimos que compartíamos varias vivencias y que nos atravesaban determinadas violencias, sobre todo en el tema institucional. Por ejemplo, un compañero que tenía un hijo y había hecho el tránsito, tuvo problemas para sacarle el pasaporte a su hijo en el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (SAIME) porque no lo reconocían como el papá. Para ellos era la mamá, pero físicamente no se veía como una mamá, sino como el papá. En esa institución lo hicieron ir al baño y bajarse los pantalones. Así de fuerte.
También intercambiábamos sobre nuestras realidades laborales –tres compañeros en el grupo habían tenido que emigrar y retornaron–, tocábamos el tema del amor, la dificultad o los miedos para conseguir pareja. Encontrar puntos en común nos impulsó a ir juntos a la Marcha del Orgullo con una pancarta, con una visibilidad propia, y a empezar a construir espacios de encuentro.
El primer espacio que creamos fue Translúcidos, que nació exclusivamente para hombres trans porque en ese momento no había nada. Posteriormente, la militante trans Rummie Quintero nos dijo: “Ustedes son la primera organización transmasculina que conozco, qué fino que se estén organizando”. Hoy, afortunadamente, hay varias iniciativas con este carácter donde hay visibilidad transmasculina, aunque la mayoría de ellas han sido cooptadas por las ONG. Pero en esos años, creo que por Translúcidos fue que empezó todo.

La experiencia militante fue determinante para poder llevar con éxito mi tránsito. A mí la militancia me salvó. En esa época el escenario era muy desolador, no había dinero ni para comprar un acetaminofén [paracetamol]. Cuando empezamos a militar y nos entrevistaban, muchas veces nos preguntaban: “¿Cómo pretenden que el Estado les subvencione las hormonas cuando hay tanta dificultad con todos los medicamentos?”. Eran debates que teníamos que dar y plantear.
Posteriormente, formamos la colectiva Transgresores para visibilizar a la población transmasculina. Históricamente, siempre han sido las mujeres trans las que han puesto el cuerpo en la lucha por los derechos cuando vemos los antecedentes más inmediatos en el país. Eso pasó con Divas de Venezuela –donde estaba Rummie. Las veías a ellas y a otras compañeras trans en las marchas, pero nunca estaban los transmasculinos de manera visible. A nivel de performance de género, pasamos muy desapercibidos porque si uno no dice que es transmasculino, la gente no se da cuenta. Pero, eso implica una enorme invisibilidad, y nosotros queríamos romper con eso para plantear que también existimos y que tenemos necesidades.
En tu artículo La deuda LGBTIQ+: consideraciones para el reconocimiento de la diversidad hablas de una deuda histórica del Estado venezolano con la comunidad. Si aterrizamos esto en el acceso a la salud para las personas trans, ¿qué está pasando hoy en los hospitales y cuáles son las exigencias concretas para que el sistema de salud dé un salto adelante?
Venezuela ha sido víctima de una serie de embates internacionales enfocados en mermar su ingreso económico −asedio y bloqueo−. Una de las grandes víctimas ha sido el sistema de salud pública que, además, nunca fue un sistema óptimo en el siglo XX. Las ONG suelen usar el término “crisis multidimensional” para referirse a la situación en la última década, pero yo prefiero decir que es la realidad de un país que ha estado bajo asedio.
Creo que para nosotres como personas trans, y para la diversidad sexual en general, las demandas inmediatas son las mínimas y las mismas que necesita todo el mundo: una atención digna, gratuita y de calidad. Hace un tiempo fui al Hospital de Lídice porque tenía un ganglio inflamado y no me atendieron por ser trans. El médico me pidió que me quitara la camisa y cuando le expliqué mi identidad, se asustó y me dijo: “No, yo no te puedo atender. Vete, busca a tu médico de cabecera o a un endocrino”. Yo ni siquiera estaba en hormonas en ese momento, él no me preguntó sobre mi proceso o mi salud en general. Se combina el prejuicio del médico con la mala praxis generalizada porque en el hospital se deben esperar muchas horas para ser atendido, estaba mal y no me dieron ni un ibuprofeno para el dolor. Lo que quiero ilustrar con esto es que el prejuicio médico confluye con la enorme informalidad y el coyunturalismo bajo el cual trabajan los hospitales públicos.
Lo mínimo que exigimos es una salud digna con protocolos claros, donde te atiendan lo que tienes, que es lo que deseamos todas, todes y todos los venezolanos. En lo inmediato, creo que el Estado y el activismo sexo-diverso tienen que priorizar la formación de los profesionales sanitarios. No puede ser que nuestro personal sanitario esté tantos pasos atrás, sin discusión y sin actualizar sus estudios. En otros países de la región ya existen protocolos de salud aplicados para personas trans. Son protocolos básicos de atención sin prejuicios, que pasan por un acompañamiento psicosocial o psicoterapéutico, donde se pueda tener consulta con un endocrino y, en última instancia, si la decisión de la persona incluye la intervención quirúrgica, se procede. Tiene que haber un imperativo donde se reconozca que somos, estamos y existimos, que, si vamos a un centro de salud, para buscar un récipe en función de nuestro tránsito o por cualquier otra necesidad, podamos acceder a la salud pública.

Hay una deuda importante y es fundamental resaltar que al primero que señalamos es al Estado porque lo defendemos como instrumento fundamental en nuestro país para la emanación de leyes, la regulación, el resguardo de las políticas sociales y la redistribución de la riqueza.
Pero ojo, el prejuicio no es exclusivo del sector público. Antes de mi tránsito, fui a una consulta ginecológica privada, me preguntó cuáles eran mis métodos anticonceptivos y le respondí que no los necesitaba porque tenía relaciones sexuales con mujeres. El mal manejo de la situación fue tal que aquello se convirtió en un interrogatorio súper incómodo. Así que, si me preguntas en qué términos debemos plantear esta lucha, la respuesta es ¿cómo apostar y contribuir a la regularización del sistema sanitario nacional en función de que sea digno, de calidad, gratuito e incorpore nuestras necesidades?
Se suele decir que la transfobia afecta a todes por igual, pero la realidad material demuestra que no es lo mismo hacer el tránsito con recursos que sin ellos. ¿Cómo operan las diferencias de clase dentro de la transmasculinidad en Venezuela?
Un hombre trans con mayores privilegios y capacidades económicas tiene la posibilidad de asumir cuanto antes el proceso médico de hormonas e intervenciones. Sin embargo, para mí el tránsito va más allá, es una transformación subjetiva que se va dando progresivamente, puede ser en paralelo con tu proceso médico, pero el tránsito es un camino en el que uno ya está andando siempre.
Una vez que inicié el tratamiento hormonal y empecé a ser reconocido socialmente como hombre, como Joseph, lo que me ocurrió no fue que me discriminaran por ser hombre, sino que me discriminaron por ser pobre. Sobre la masculinidad pesan determinados mandatos en torno a la potencia económica, y un hombre de clase trabajadora no la tiene.
En mi caso, al no tener los medios ni el capital para cumplir con ese modelo de hombre –y además debatiéndome internamente sobre si realmente quería calzar en él– se puso en duda mi masculinidad, pero no por la vía de cuestionar mi identidad de género, sino por la vía de si yo era o no un hombre capaz. Esta discriminación del Otro no vino por saber que yo era trans, sino porque soy de un barrio.
¿Cómo se manifiestan esas diferencias de clase y de referentes dentro de la misma comunidad de hombres trans en el país?
¿Cuál es la masculinidad referencial que tenemos? La basada en superhéroes o en la potencia masculina que nos llegó a través de los relatos de Disney, telenovelas y películas de acción norteamericanas. A mí me tocó revisar y deconstruir esa idea, pero hay compañeros que hacen gala de actitudes tóxicas basadas en esos referentes.
Cuando estaba empezando mi tratamiento hormonal recibí a un compañero de Barquisimeto, con muy buena situación económica. Cuando me vio lo primero que me dijo fue: “Mira, ¿y la barba para cuándo?”. Él se estaba poniendo una de las hormonas más caras y ansiadas, una que se suministra cada tres meses porque el efecto en teoría es mayor y más cómodo.
Lo que él estaba señalando con ese comentario era: ¿Dónde está tu símbolo de masculinidad?, ¿cuándo te “amachas”? Ser el hombre barbudo y musculoso pasa –tanto para hombres trans como para los cis– por ponerse implantes capilares, ir al gimnasio, tener buena alimentación, acceder a cirugías y usar estimulantes de crecimiento del vello como el minoxidil. Todo eso lo tiene quien tiene plata, y yo no tenía dinero, me inyectaba mi hormonita humilde cada mes cuando podía, y ya. El que podía construirse esa estética rápido era porque tenía plata. Ahí es donde se ve la diferencia de clase.

En su momento, las izquierdas tradicionales relegaron las demandas de la diversidad sexual a un segundo plano, considerándolas secundarias frente a la lucha de clases. ¿Cómo debe avanzar una revolución para abrazar decididamente las reivindicaciones del placer, el deseo y las identidades no heteronormadas?
No puede haber una sociedad igualitaria, más libre y más justa si no se incluyen las luchas, perspectivas y vivencias de la sexo-genero-diversidad. ¿Por qué? Porque somos, estamos, existimos y también hacemos país. En mi caso, y en el de muchos y muchas, también hacemos revolución y le hemos apostado a este proceso.
En Venezuela, el movimiento organizado de la sexo-diversidad formó parte, por ejemplo, del debate de la Ley de Regularización y Control de los Arrendamientos de Vivienda. La Alianza Sexo-Género Diversidad Revolucionaria participó activamente en esa discusión, y por eso en esa ley se contempla explícitamente que no puede haber discriminación por razones de orientación sexual, identidad o expresión de género al buscar un alquiler. Ha habido una contribución importante y activa del sector de la sexo-diversidad a la orgánica revolucionaria: hemos participado en el Gran Polo Patriótico y en el partido. La Marcha del Orgullo de Caracas, nos guste o no cómo esté organizada o su nivel de politización, se sostiene gracias al activismo asociado al proceso bolivariano.
Ahora, ¿cómo hacer para que el reconocimiento del deseo, lo íntimo y la transformación subjetiva sea parte de la lucha revolucionaria? Creo que pasa obligatoriamente por el debate y ahí radica nuestra responsabilidad como sujetos políticos de la sexo-género-diversidad, en no dejar de dar la discusión y plantear esa perspectiva liberadora para deconstruir el machismo y las relaciones de dominación dentro del quehacer revolucionario.
Por nuestra parte, a veces hemos tenido una visión muy corta al creer que nuestra lucha se reduce a que nos permitan casarnos o cambiar el nombre. Si nos limitamos a eso, podemos tener la ley, pero la discriminación no va a cambiar. Brasil tiene matrimonio igualitario y el cambio de nombre, pero sigue encabezando las cifras de asesinatos de personas trans en la región. Colombia, también ha avanzado en términos jurídicos y aun así ocurren asesinatos como el de Sara Millerey.
No pasa solo porque el Estado lo permita, pasa por construir un programa político y dar el debate de frente con la población, para que la gente le pierda el miedo a otros tipos de familia y de relacionamiento que ya existen en nuestra sociedad. El problema es que es una sociedad de clóset y doble moral.
¿Cómo se construye ese camino en medio de modelos aspiracionales liberales y de un mundo donde solo se prioriza al sujeto en la medida en que pueda consumir?
Ha habido una agenda en torno a lo LGBTIQ+ enfocada en una acción normalizadora de inclusión dentro de la heteronormatividad patriarcal capitalista, pero ¿dónde quedan las trabajadoras sexuales trans, las lesbianas, los maricos y les mariques pobres o la gente trans del barrio? No entran en esos proyectos de sociedad, sus necesidades no importan. Es un modelo occidental de un Estado de bienestar que esos países consiguen a partir de la invasión y el expolio de otros pueblos. El mejor ejemplo de esto es el Estado de Israel, que reconoce derechos para los gais, pero está cimentado sobre el genocidio palestino.
En nuestro caso, la alternativa tiene que ver estrictamente con hacer comunidad y hacer organización. Nos está tocando vivir una época muy dura, de mucha humillación, tras el bombardeo por parte de Estados Unidos. Es un panorama complejo, y uno se pregunta si la propuesta comunitaria estará siendo insuficiente, pero es que no hay otra salida.
La organización fue lo que nos permitió a quienes estuvimos en Transgresores navegar los tiempos más difíciles de la crisis económica. Lo logramos porque estábamos juntos y resolvimos en colectivo. Yo aprendí a inyectarme mi hormona porque un amigo me dijo: “Mira, aquí hicimos un taller” y conseguimos que una enfermera conocida nos enseñara a inyectarnos de forma segura.
En los momentos donde no había plata para comprar nuestra ropa, ¿cómo lo resolvíamos? Hacíamos trueques. Parece una tontería, pero para nosotros inicialmente era vital. ¿Cómo afirmas tu identidad si en términos de expresión de género no tienes para vestirte como tú quieres porque no tienes ni una camisa?
Asimismo, el compañero Paul Martucci armó una iniciativa llamada Trascendiendo Fronteras, y desarrolló un banco de hormonas. En su propia desesperación por conseguir su tratamiento, empezó a contactar a activistas feministas y de la diversidad sexual que conocía por su militancia en EE. UU. y Europa. Esa gente, que tampoco era rica, donaba cinco o veinte dólares, y eso servía. A partir de ahí se articuló una lista de personas que necesitaban hormonas y logramos que, cada tres meses, tuviéramos ampollas para el suministro personal.
Nos toca accionar bajo nuevas condiciones muy adversas en términos de capacidad de decisión, porque venimos de sufrir una agresión imperialista brutal. Ahora corresponde medir los comienzos, reconstruir las fuerzas y ver cómo, en este devenir histórico concreto del que somos parte, la resistencia sigue funcionando.

Por último, ¿qué crees que le hace falta al feminismo venezolano para acercarse a lo lésbico, lo trans, lo bisexual y lo no binario?
Algunas feministas de la generación anterior tenían fuertes críticas hacia nosotros en la colectiva Transgresores y hacia todos los varones trans. Según ellas, habíamos decidido “pasarnos al lado del opresor” por el hecho de asumirnos como hombres, lo veían como una traición a ser mujer cisgénero. Esa postura demostraba una enorme ignorancia sobre lo que realmente significa este proceso. Esto me lo planteaban también compañeras que eran mis panas.
Desde Transgresores enfrentamos eso a través del debate político porque entendíamos que nuestro planteamiento organizativo iba de la mano con el feminismo. Nosotros veíamos que cuestionarse el género y hablar de la posibilidad de una transición era profundamente antipatriarcal, porque demolía parte del andamiaje del sistema hetero-cis-capitalista. Además, es un acto liberador en términos de la autonomía sobre los cuerpos y la libertad del deseo enfocado en relacionarse desde lo que te hace feliz. Esto lo dice mucho una compañera trans, Richelle Briceño: “El tránsito se hace por felicidad” y conectar con la felicidad tiene un potencial enormemente revolucionario.
Nosotros dimos esa discusión desde Transgresores con organizaciones concretas como Tinta Violeta y Faldas-R; incluso, tuvimos una mesa de trabajo y ponencias en el encuentro VenezuELLA. Pero en estos años, los enfrentamientos entre el feminismo y lo trans han sido muy rudos. Rummie Quintero nos contaba que una vez no la dejaron entrar a un encuentro de mujeres revolucionarias en el Teatro Teresa Carreño, tuvo que pelearlo, porque varias organizaciones se interpusieron bajo el argumento de si era o no era una mujer.
Ha sido una lucha ardua porque al principio algunas feministas nos veían como enemigos. Partiendo de este antecedente, creo que lo que le hace falta al feminismo venezolano es estudio, y específicamente un estudio de corte decolonial. Existe una impronta muy fuerte del feminismo blanco, de sus modos y sus pensamientos, y para romper con eso podemos aprender de lo que viene planteando teóricas como Mikaelah Drullard.
Ahí se evidencia un desconocimiento de los cimientos teóricos básicos. Simone de Beauvoir dijo en El segundo sexo que “una mujer no nace, sino que se hace”, y estamos volviendo a un esencialismo biológico de reconocer a una mujer por su útero, ¿acaso se es menos mujer por hacerse una histerectomía? Lo que sucede es que se terminan importando discusiones que no son propiamente nuestras en Venezuela.
Ahora bien, yo tampoco estoy de acuerdo con atacar a las feministas cuando se muestran preocupadas porque se deje de hablar concretamente de las mujeres cis. Entiendo legítimamente la preocupación de las compañeras cuando me decían: “A mí me preocupa porque ha sido una lucha histórica posicionar la palabra “mujer” y la importancia de su símbolo, y no la vamos a desplazar para hablar solo de seres o cuerpos gestantes”.
Nuestro planteamiento nunca ha sido borrar a nadie. El debate real apunta hacia la incorporación semántica y la visibilización de nuestras identidades: ellas, ellos y elles. Los tiempos cambian, el lenguaje cambia y no pasa nada por nombrarnos.





