Buscar es insistir en la vida

por | May 17, 2026

Entre carteles, nombres, imágenes de los rostros de quienes nos faltan, ellas insisten en nombrar y buscar a todas y todos. Madres buscadoras de distintos estados se movilizaron en la Ciudad de México en la XIV Marcha de la Dignidad Nacional, para recordarle al país que hay una deuda pendiente hasta encontrar a las más de 130 000 personas desaparecidas.

Fotografías: Erika Lozano

La hierba gritaba calladamente

Grito silencioso el de la hierba

La hierba grita

Aquí están

Estas manos

Se han vuelto hojas

Aquí están

Estos ojos

Se han vuelto flores

Aquí están

Esta pradera es cementerio

Aquí las manos como la hierba

Aquí la hierba como las manos

Y grita calladamente

Grita la hierba

¡Aquí están!

¡Aquí están!

Esos ojos ceniza

¡Aquí están!

Esas manos ceniza

¡Aquí están!

Esos huesos ceniza

¡Aquí están!

Esos sueños ceniza

¡Aquí están!

Grita la hierba calladamente

La hierba

Mirtha Luz Pérez Robledo, poeta chiapaneca, madre de Nadia Vera

Ciudad de México.- Vienen marchando. Vienen de lejos. Vienen de este y otro tiempo. Han caminado tanto que le dieron vuelta al país, le dieron vuelta a la historia. Son las madres buscadoras. Buscan a sus seres queridos, buscan a un hijo, un esposo, una hija, un tío, un padre, un hermano. Buscan a las más de 130 000 personas desaparecidas en México. Buscan a todos. Buscan y encuentran.

El 10 de mayo no es un día de festejo ni de celebración, es de protesta y memoria. Salen a recordarle a la sociedad que hay una deuda pendiente. Cargan el rostro de quienes les faltan, empapelan paredes con fichas de búsqueda, con fechas, señas, preguntas.

Vienen marchando las madres. Llevan catorce años haciéndolo. Un río de mujeres que crece cada año. Algunas ya no están. Murieron de tristeza o las asesinaron por buscar. O simplemente se fueron sin encontrar.

Caras nuevas. Madres que apenas cumplen un año en esta lucha. Madres que recién entendieron que nadie más las va a ayudar, que la única forma de encontrar a sus hijos es salir ellas mismas al territorio, a los cerros, a las fosas, a los ranchos donde los desaparecieron.

Es el Día de las Madres en México, pero ellas no pueden celebrar.

El pasado 10 de mayo se realizó en la Ciudad de México la XIV Marcha de la Dignidad Nacional: Madres Buscando a sus Hijas e Hijos. Fotografía: Erika Lozano


Madres que luchan


Lucía Baca es mamá del ingeniero Alejandro Alfonso Moreno Baca. Hace quince años que no sabe de él. La última vez que tuvo noticias iba por la carretera Monterrey-Nuevo Laredo, al noreste del país, rumbo a la frontera con Estados Unidos. Ella ya no regresa para allá. «No hacen nada de ningún lado, ninguna autoridad», dice.

La última vez fue hace ocho años. Junto a compañeras buscadoras de Nuevo León, organizó una misa para conmemorar el aniversario de la desaparición de su hijo, cerca del lugar donde fue visto por última vez. También instalaron una placa a mitad de la carretera para marcar lo que ahí sucedió. Pero no ha dejado de buscarlo, y desde hace catorce años asiste a la marcha, cada 10 de mayo está ahí.

«Es muy triste que la ciudadanía no se sensibilice”, dice. Para Lucía, tal vez sea el miedo lo que paralice a las personas a solidarizarse, y la idea de que “mientras a mí no me toque no me involucro”.

Erika Verástegui y Angélica García vienen de Coahuila, viajaron doce horas. Erika busca a su hermano Antonio de Jesús Verástegui Escobedo, y a su papá, Antonio Verástegui González, desaparecidos el 24 de enero del 2009 en Parras, Coahuila. Angélica busca a su hijo Jaime César Álvarez García, desaparecido el 6 de enero del 2012 en Piedras Negras, Coahuila. «Seguimos viajando con miedo, con pánico, con angustia. Estar aquí es volver a sentir un nudo en la garganta. Es volver a partir el corazón al escuchar tantos testimonios de gente que está padeciendo lo mismo que nosotras”, dice Erika.

Ambas pertenecen al colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, en Coahuila. Fueron precursoras de la Marcha de la Dignidad: Madres Buscando a sus Hijas e Hijos, desde hace catorce años. Han visto cambios, pero no los que necesitan.

“A catorce años hemos tenido algunos logros −reconocen−, pero lo que realmente queremos es encontrar a nuestros hijos y seres queridos, sensibilizar al 100 % de la sociedad, y principalmente al Gobierno porque vemos que están igual”. Angélica piensa que, así como la presidenta Claudia Sheinbaum recibió en días pasados a la banda musical BTS en Palacio Nacional, debería recibir a las madres buscadoras. “Debería andar aquí en la marcha, para que se diera cuenta de que esta no es una marcha de gusto, es de protesta, es de dolor, es de angustia”.

Para Angélica, es muy triste que siga existiendo una gran cantidad de personas que están pasando por esta tragedia al igual que ellas, que tienen más de diez años en la búsqueda. “Y a pesar de tantos protocolos, tantas reuniones, tantas modificaciones a las leyes que se han hecho, vemos que todos estos procesos solamente quedan en el papel, solamente quedan en la teoría, porque en la práctica se llevan a cabo de manera distinta”, comparte.

Rosa Neris llegó desde Sinaloa, al noroeste del país. Ella busca a Daniel Zavala Martínez, a Rafael Zavala Martínez y a Rafael Zavala Contreras, desaparecidos el 23 de abril de 2010 en Monclova, Coahuila. Para ella, esta marcha significa visibilizar, poner un rostro donde el Gobierno pone una cifra, es decir «aquí está mi hijo» cuando te dicen «no hay tantos desaparecidos».

«Nuestra presidenta se niega rotundamente, dice que no hay tantos, pero hay que demostrarle al Gobierno, a las autoridades que cada vez son más nuestros desaparecidos. No hay peor ciego que el que no quiere ver”, dice. «Sabemos que existen más de 130 000 desaparecidos, que tienen nombres, que tienen apellidos y que hay que buscarlos hasta encontrarlos».

Al igual que Lucía, Erika, Angélica y Rosa hay decenas de miles de familias. Detrás de ellas están las que ya no pudieron venir, las que murieron de tristeza, están las que las mataron por buscar. Según cifras de la organización Artículo 19, del año 2010, a la fecha, 44 personas buscadoras han sido asesinadas en México.

Un río de mujeres, un coro que no cesa. Catorce años y siguen marchando.

Lucía Baca busca a su hijo Alejandro Moreno Baca desde hace quince años. Fotografía: Erika Lozano


El informe de la CIDH


El pasado lunes 11 de mayo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos presentó el Informe sobre desapariciones en México, donde señala que hay más de 128 000 personas desaparecidas, 70 000 cuerpos sin identificar bajo custodia del Estado y que la impunidad es apremiante.

“La desaparición de personas representa en la actualidad una grave crisis de derechos humanos en México (…). Las modalidades de la desaparición se han transformado en las últimas dos décadas en México, pasando de actos de desaparición forzada cometidos entre 1965 y 1990 −que han sido reconocidos como propios por parte del Estado− a un esquema de alta complejidad. En este escenario las desapariciones de personas son también cometidas en contextos de violencia por el crimen organizado, cuyos mercados ilegales han crecido y se han diversificado a través de su presencia armada y su connivencia con agentes estatales en varios territorios del país”, señala el informe.

Asimismo, expone que las desapariciones forzadas cometidas por funcionarios estatales aún no han sido del todo erradicadas: documentan varios casos en que estas habrían ocurrido en connivencia entre el crimen organizado y autoridades encargadas de tareas de seguridad y de procuración de justicia, así como autoridades políticas.

La CIDH reconoce la labor de los colectivos buscadores y advierte sobre los graves riesgos que enfrentan. El informe incluye cuarenta recomendaciones al Estado mexicano para fortalecer la búsqueda, la identificación de cuerpos y el acceso a la justicia.

Erika busca a su hermano Antonio de Jesús Verástegui Escobedo, y a su papá, Antonio Verástegui González, desaparecidos el 24 de enero del 2009 en Parras, Coahuila. Angélica busca a su hijo Jaime César Álvarez García, desaparecido el 6 de enero del 2012 en Piedras Negras, Coahuila. Fotografía: Erika Lozano


Buscar como forma de vida


Ante la inacción, la negligencia o la complicidad del Estado, las familias, en su mayoría mujeres, salen al territorio para rastrear, excavar, preguntar, nombrar. Las brigadas de búsqueda surgen así como espacios colectivos donde el duelo se transforma en organización y donde el cuerpo ausente se vuelve motor de acción, conocimiento y resistencia. En México, buscar a una persona desaparecida es un acto de amor y se ha convertido en una forma de vida y en una práctica política.

En el proceso de búsqueda, las familias aprenden a leer la tierra, a reconocer sus capas, sus olores, sus silencios, a interpretar restos, indicios mínimos, huellas que para otros pasan desapercibidas. Este aprendizaje forzado convierte a quienes fueron nombradas únicamente como víctimas en actoras políticas con saberes propios, construidos en la experiencia y compartidos en comunidad.

Con el paso del tiempo, estas búsquedas individuales se transformaron en colectivos de familias buscadoras que reconfiguraron la acción política en el país. Se pasó, forzosamente, a la acción directa: salir al campo, construir mapas, generar protocolos propios, compartir saberes y sostener redes de cuidado. La transición fue una respuesta a la imposibilidad de la justicia institucional.

Esta forma de organización está profundamente feminizada. En su mayoría, son madres, hermanas, hijas y abuelas quienes sostienen la búsqueda, el archivo, la memoria y la vida cotidiana al mismo tiempo. Desde el duelo, han creado prácticas políticas que se fundan en el cuidado, la persistencia y la defensa de la vida frente a su aniquilamiento sistemático.

Ante la inacción, la negligencia o la complicidad del Estado, las familias, en su mayoría mujeres, salen al territorio para rastrear. Fotografía: Erika Lozano


La Copa de la verdad


El Mundial de Fútbol organizado por la FIFA está próximo a comenzar. Se jugará en tres países: México, Canadá y Estados Unidos. En México, las sedes son Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. Mientras el mundo se prepara para el evento deportivo más importante, las madres buscadoras aprovechan la atención internacional para recordar lo que el Gobierno quiere ocultar.

Vienen marchando con playeras similares a las de la selección mexicana intervenidas, con las que no hablan de fútbol, hablan de desaparición, hablan de justicia, hablan de lo que no quieren que se vea.

Erika considera que localizar a las personas desaparecidas no es una prioridad para el Gobierno, como sí lo es organizar el Mundial de Fútbol, recibir turistas y “mostrar al mundo la cara bonita de México».

Para Rosa, «el contexto de ponernos esta playera es justamente aprovechar el Mundial para que todas las personas que vienen de otros países vean la realidad de nuestro país, que no es nada más el fútbol, que volteen a ver a nuestros desaparecidos».

Cuenta que alguien le preguntó: «¿Qué ganan con eso?» Y Rosa respondió: «Nosotras no estamos festejando el Mundial, quizás estemos en la tesitura de que esa Copa algún día va a ser nuestra, algún día va a ser de las familias. Porque dentro de esa Copa está la justicia, está la memoria, y nuestro afán, nuestra búsqueda es tener al final la Copa de la Verdad”.

Rosa Neris busca a Daniel Zavala Martínez, a Rafael Zavala Martínez y a Rafael Zavala Contreras, desaparecidos el 23 de abril de 2010 en Monclova, Coahuila. Fotografía: Erika Lozano


Del verbo buscar al verbo encontrar


Las luchas encabezadas por familias de víctimas han modificado de manera profunda el debate público en México. Han obligado a nombrar lo que se quiso ocultar, a reconocer la dimensión de la desaparición en la historia reciente del país y a disputar las narrativas oficiales que reducen la violencia a cifras, daños colaterales o hechos aislados.

Sostener la búsqueda, la denuncia y la memoria implica un desgaste corporal, emocional y económico que atraviesa los cuerpos de quienes luchan y sus comunidades. La salud mental se deteriora en un contexto donde el duelo no tiene cierre, donde la violencia es permanente. El sistema que produce muerte también produce agotamiento, precariedad y enfermedad; descarga sobre las víctimas la tarea de enfrentar sus consecuencias. Lo que se presenta como resiliencia es, muchas veces, supervivencia forzada.

Buscar es insistir en la vida cuando todo empuja hacia su aniquilamiento, es reconstruir el mundo en condiciones de precariedad, es disputar el sentido de lo común desde el dolor, la dignidad y la lucha compartida. Sabemos que hemos atravesado un túnel largo. Nada de lo que ellas han hecho fue esperado, pero sí necesario, y dimos testimonio de que así fue.

Pasar del verbo «buscar» al verbo «encontrar» es la esperanza de todas ellas. Así, desde su experiencia, lo contó este miércoles la periodista Paula Mónaco Felipe, hija de Luis Mónaco y Ester Felipe, quienes en días recientes fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el campo de exterminio La Perla, en Córdoba, Argentina, después de una larga búsqueda de cuarenta y ocho años. Mi abrazo, cariño, admiración para Paula, su familia, para las madres, abuelas, hijas, hermanas que jamás se rindieron. Son nuestro ejemplo.

Familiares de víctimas de feminicidio acompañan a las familias buscadoras. Fotografía: Erika Lozano

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