Hay mujeres que cultivan la tierra. Hay mujeres que buscan a sus desaparecidos. Laura hace las dos cosas. Ella busca a su hijo José Luis. En el camino ha encontrado a los hijos de otras madres como ella.
Fotografías: Alejandro Ruiz
Yucatán, México.− Laura Dalila Balam May tiene las manos llenas de tierra. No es una metáfora. Cuando habla de sus plantas, de sus rosas, de sus sembrados, hace una pausa y se mira las palmas como si todavía tuviera algo debajo de las uñas.
A mí siempre me han gustado mucho las plantas. Yo soy una persona casera. No soy de esas personas que se sientan a ver tele o a limarse las uñas. Siempre he sido de que termino de hacer una cosa y ya estoy haciendo lo que sigue. Me pongo a regar, me pongo a plantar.
Dice que ahí se refugió. Dice que al ver los colores alegres, al podar, al trasplantar, algo en ella se distraía del otro paisaje. El que no tiene color. El que no da flores.
Yo sentí que en mis plantas me refugié. Sentía que allá me distraía. No sé si al ver los colores alegres o al estarlas podando, al estar trasplantando. Pero lo que yo sí sé es que allá me refugié. En mis sembrados, en mis plantas, en mis rosas. Ahí es donde yo me refugié.
Antes de las flores, Laura era encargada de un banco de materiales en el proyecto del Tren Maya. Tenía horarios, una rutina, seguro social, una vida que se parecía a lo que llamamos normal.
Ahora trabaja por horas. Donde puede. Porque en cualquier momento suena el teléfono. Porque en cualquier momento hay que dejar la vida a medias y salir a buscar.
***
El 21 de marzo de 2024 José Luis Balam no regresó a casa. Tenía apenas dos días de haber vuelto a vivir con su mamá. Problemas con la esposa, problemas con el suegro, problemas en el trabajo. El tipo de cosas que una madre escucha y cree que pueden arreglarse.
El problema fue que José Luis fue a cobrar su sueldo. El suegro se lo negó. Hubo un pleito. Quisieron golpearlo. Él se defendió. Toda la familia de su esposa se le fue encima.
Nada tan grave o fuera de lo ordinario en cualquier parte del mundo.
Esa noche, el teléfono sonó en la casa de Laura. Era una de las cuñadas de José Luis. Dijo que donde fuera que estuviera lo iban a levantar. Dijo que se había metido en un problema muy grave.
Laura escuchó. Y en la madrugada, a las tres, se levantó de su cama. Caminó hasta la ventana y vio a José Luis sentado. Allá abajo. Bajo la mata de mango.
Estaba alterado. Le habían negado ver a sus hijos.
Laura lo vigiló desde el otro lado del vidrio.
Yo ya cansada de estarlo vigilando, me duermo.
Cuando despertó para ir al trabajo, la mata de mango ya no tenía a nadie debajo.

***
El monte no avisa.
El monte no tiene horarios.
El monte es lo que rodea el camino que va de su casa a la casa donde José Luis vivía con sus hijos.
Ahí es donde Laura empezó a buscarlo. Primero en el terreno, en las cuadras cercanas, en los lugares donde ella consideraba que podía encontrarlo. Salió con su esposo. Luego con amigos, con vecinos. Se dividieron. Rodearon el pueblo.
Nada.
Nos metemos en los montes, en los parajes, en los caminos, pero no encontramos nada. No lo ubicamos. Nadie sabe dónde está. Nadie lo vio.
Como a las tres de la tarde Laura ya estaba desesperada. Una amiga le dijo: pon la denuncia.
Viajó a la fiscalía de Motul, a treinta minutos de su pueblo: Cacalchén, Yucatán.
No nos hicieron caso.
Regresó.
Decidió subir la foto de su hijo a redes sociales. Reunió a más personas, y entraron al monte.
Eran como las cinco y media, seis de la tarde. Fin de día. Entrando la nochecita.
Una de sus hijas gritó.
Había encontrado unas ropas.
Corrieron todos.
Y efectivamente era la ropa de mi hijo.
Un boxer.
Una playera.
Nada más.
Cosa que era algo raro, porque para que se quite el boxer se tenía que quitar el short y después volvérselo a poner.
Laura fue a dar aviso a la policía municipal.
La ignoraron.
Regresó al monte.
La Comisión Estatal de Búsqueda vio la publicación en redes y acudió a ayudar a Laura. A primera hora del día siguiente se encontraron las demás prendas.
Muy adentro.
Muy lejos.
Allá se encontraba todo. Las botas, el short, la gorra, sus zapatos, sus calcetas, su teléfono. Todo cuarteado. Todo lo que él tenía.
Silencio.
No se encontró ningún indicio.
Silencio.
No se encontró sangre.
Silencio.
No se encontró ningún fluido.
Silencio.
No se encontró nada que nos dijera dónde estaba. Absolutamente nada. Ni pisadas. Nada.
Silencio.
Como si el aire se lo hubiera alzado.
Laura decidió quedarse en el monte buscando a su hijo. Estuvo casi un mes. De día. De noche. De madrugada. No encontró nada más.

***
Han pasado dos años −casi tres− desde que José Luis no está. Laura ya no sabe contar el tiempo como antes. El tiempo ahora se mide en búsquedas, en noches sin dormir, en plantas que crecen mientras ella no está.
En mí ha cambiado todo. Ya no soy la misma. Siento que me he vuelto muy agresiva ante todo. Las autoridades jugaron mucho con mis sentimientos en este trayecto. Intentan verle la cara a una. Si yo hubiese sabido todo eso que ahora sé, yo creo que hubiese movido muchas cosas en su momento. Quizás hubiese dado con mi hijo. Pero en ese momento, la verdad, yo quedé muerta en vida.
Muerta en vida, dice Laura, mientras riega sus rosas.
Mientras que yo no sepa nada de él, yo no me puedo dar el lujo de estar sintiéndome sin fuerzas. Porque si yo como mamá caigo, ¿entonces quién lo va a buscar?
Tiene dos hijas y otro hijo. No les cuenta todo. No les cuenta las búsquedas nocturnas, los lugares peligrosos, las veces que sintió miedo. Laura decidió cargar con todo el peso de buscar a José Luis. Guardárselo. A ellas demostrarles que está saliendo, que está tocando puertas, que algún día podrá decirles dónde está su hermanito.
En ocasiones me guardo a llorar para que no me vea mi otro hijo. Lloro todo lo que tengo que llorar y ya después me acerco a él.
Me acerco a él.
Todas las noches.
Hasta donde yo me acuerdo, no hay una sola noche que yo pueda descansar por completo. Siempre despierto una, dos, tres veces por noche. Empiezo a ver la cara de mi hijo desaparecido. Me pongo a orar. Y solamente Dios me sostiene. Me sostiene de pie y sigo esperando por él.
Pero Laura ya no busca sola. En este andar conoció a otras madres. Formaron un colectivo: Familias Buscadoras del Estado de Yucatán. Salen a buscar no solo a José Luis, sino a todos los desaparecidos que puedan encontrar, más de trescientos, según el último censo de personas desaparecidas en el estado, una cifra incómoda para el gobierno, pues en Yucatán no pasa nada. Ya han encontrado a personas. Las han hecho llegar con sus familias.
El día que yo encontré a una persona, a los tres días su familia me mandó un video donde él está llorando y me está agradeciendo todo lo que yo hice por él. Y al ver al papá y a la mamá cómo están llorando y agradeciéndome, me llenaron de bendiciones. Y pidiendo que algún día yo pueda tener la fortuna de encontrar también a mi hijo.
Laura encontró a un hijo que no era el suyo.
Y eso la sostiene.
Eso y las flores.
Y a tu hijo, ¿qué le dirías?
Todos los días le digo que todo va a estar bien. Que si está aquí conmigo, que la sangre de Cristo lo cubra. Y si ya no está conmigo, que esté descansando en paz. Y que Dios nos perdone si en algún momento nosotros fallamos como mamá o hijo.
Afuera, la mata de mango sigue dando sombra.
Laura la mira desde la ventana, a veces, cuando despierta de golpe a las tres de la mañana.
Y después riega sus rosas. Y después vuelve a buscar.





