A cuatro meses del bombardeo estadounidense, el ataque militar ilegal contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, las fotografías de este portafolio revelan una realidad que el lugar común de la crisis no muestra. En los barrios populares de la ciudad, la vida nocturna, el baile, el ron compartido y las sonrisas en cumpleaños y atardeceres son la trinchera cotidiana de una dignidad que se niega a ser derrotada.
Fotografías: Erika Lozano, Heriberto Paredes, Jorge Vilalta y Mikel Moreno
Caracas, Venezuela.- Una lectura superficial, desde afuera de Venezuela, caería en el lugar común de la continuidad de una crisis insoluble, de un descontento rampante y generalizado. Sin embargo, a través de la mirada atenta en las calles caraqueñas y en ciertos espacios que constituyen la geografía diaria, es posible ver de manera distinta la situación actual.


Vida nocturna robusta, sonrisas, concentración en el trabajo y en el baile. Dignidad, felicidad y resistencia en escenas que muestran que la vida continúa muy a pesar de los intentos del Gobierno de Estados Unidos por apoderarse ilegal e ilegítimamente de este país tan cálido, tan hospitalario.


Cuatro meses han pasado desde que el Gobierno de Estados Unidos, en un operativo militar ilegal, bombardeó diversas zonas de Caracas y del estado La Guaira, secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores, asesinó al menos cien personas. El 3 de enero de 2026 es una fecha que quedará marcada para siempre en la historia, pero lo que en aquellos momentos era temor e incertidumbre hoy es una cicatriz del imperialismo.


Mujeres sonrientes celebrando cumpleaños en La Tasquita, de San Agustín del Sur, parejas disfrutando de un atardecer en el Paseo de los Próceres, abrazos, bailes, salsa en cada esquina, ron en las mesas, sudor en la frente y un compromiso inquebrantable con la vida. Eso es lo que en largas caminatas y noches salseras puede verse en los barrios populares que, a diferencia de la clase media alta, son mayoría aquí.


Una movilización que en el marco del Día Internacional del Trabajo reúne a miles de personas para protestar contra las sanciones del Gobierno estadounidense, a donde asisten también desde el interior del país; joropo, tambores y música tradicional venezolana resuena en las principales avenidas. Defender la soberanía es un trabajo de todos los días, acá tenemos claro que hay que seguir haciéndolo y que Venezuela no es colonia de nadie.


Crisis, imperialismo y amenazas hemos vivido siempre en América Latina. No es nuevo que los que se consideran los policías del mundo acechen como hienas y zopilotes, no es nuevo que deseen sin control nuestras riquezas y que encuentren aliados desechables. No es nuevo su lenguaje de muerte y su compromiso con el despojo y la explotación.



Tampoco es nueva nuestra convicción frente a la vida, nuestra voluntad de tirar pa’lante y de salir victoriosxs de esta gran guerra contra el pueblo. No es nueva nuestra capacidad de resistir y de revuelta, cada día, en cada atardecer y en cada baile, ahí reside nuestra fuerza, en la defensa de la vida que hacemos permanentemente. No vamos a seguir el impulso de la muerte y la derrota, sino de la vida y la resistencia.

Porque, como confiaría la poeta colombiana Eliana Hernández, en una larga charla sobre su poemario La mata, “después de la masacre también hay que pelar papas y cocinar para alimentar a quienes sobrevivimos”.


Y quienes sobrevivimos también somos demandantes: “…nos deben respeto, helados, penicilina, carne, jeringas, poemas…nos deben camisas limpias, cocinas limpias, lágrimas limpias. Nos deben mucho, nos deben todo, y mientras nos sigan debiendo, nos seguiremos cobrando”, bien sintetizó el escritor brasileño Rubem Fonseca, en El cobrador.






