Los milperos de la península de Yucatán mantienen vivos el Wáajil Kool y el Ch’a Cháak, dos tradiciones milenarias de reciprocidad sagrada con la tierra y las deidades de la lluvia, que lograron resistir a la invasión española y perduran pese a la discriminación de la población maya y las amenazas que penden sobre el campo.
Fotografías: Lilia Balam
Yucatán, México.- Como siempre, el calor era agobiante, el sol que apenas acechaba ya quemaba la piel, las gallinas estaban alborotadas, los cerditos somnolientos… Pero no era un día común.
Ese domingo de abril de 2025, desde temprana hora, la familia Tamay Gamboa entró en acción, movilizando mototaxis para acarrear gente hacia su terreno, un pedazo del monte de Tiholop, una comunidad perteneciente al municipio de Yaxcabá, en el mero centro de Yucatán.
Ahí, bajo una estructura con techo de huano, parientes y amistades acomodaron utensilios, gallinas, mesas y sillas. Las mujeres azuzaron el fuego, desplumaron a las aves y las metieron en la olla sobre el fogón. Pusieron música que brindaron con sus risas, hasta que llegó el jméen (especialista religioso maya), José Bernabé Cox, para iniciar los rezos.
El ambiente era festivo; después de todo, era el día del waajil kool: como cada tres años, las y los Tamay Gamboa iban a agradecer la cosecha realizando uno de los rituales mayas que lograron resistir la invasión española y miles de años de violencia, discriminación y políticas públicas que han hecho de todo menos proteger el trabajo del campo.

Las ceremonias sobrevivientes
Figuras como el memoricida fray Diego de Landa hicieron hasta lo imposible para aniquilar los modos de vida de la población maya, pero no lo lograron del todo. Actualmente se siguen practicando ceremonias cuyo origen, según especialistas, se ubica en la época prehispánica.
La mayoría de esas sobrevivientes están relacionadas con la práctica agrícola. De acuerdo con Margarita Rosales, antropóloga e investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), las comunidades mayas prehispánicas tenían rituales para agradecer o pedir permisos en todo el ciclo agrícola, es decir, durante la preparación del monte (tumba, roza y quema), la siembra y la cosecha.
Esto se debe a que en la cosmovisión maya la tierra no se posee, por eso se pide permiso para estar en ella. Incluso cuando un gobernante conquistaba una ciudad, no pasaba a poseerla, sino a administrarla, pues los verdaderos dueños eran deidades masculinas o femeninas, según explicó Orlando Casares, investigador del INAH, en entrevista con Ceiba.
¿Por qué estas ceremonias sí sobrevivieron y otras no? El antropólogo Mario Ruz, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en su obra “Amarrando juntos: la religiosidad maya en la época colonial”, indica que cuando llegaron los españoles lo primero que hicieron fue destruir los grandes cultos públicos vinculados con la nobleza, como una forma de desmembramiento de una cultura que era totalmente distinta a la de ellos.
Pero no pudieron erradicar la actividad productiva maya, ya que todas las técnicas de cultivo y aprovechamiento de animales que trajeron desde Europa no se dieron en una tierra tan difícil y distinta a la de ellos. Por ejemplo, las tierras rocosas de Yucatán impidieron que se implementara el arado. Así, tiene cierta lógica que si a los españoles les interesaba el tributo que les rendían, dejaran que la población maya mantuviera su sistema productivo, que incluía estos rituales.
Los elementos comunes en esos rituales eran el uso del saká, una bebida hecha de maíz sin cal, así como la importancia de los cuatro puntos cardinales y el centro.
Una de las ceremonias de la milpa es el Ch’a Cháak. Es la petición de la lluvia y se organiza en la canícula, usualmente entre julio y agosto, cuando disminuyen las lluvias, el maíz ya se sembró y está en crecimiento: es el momento en que va a terminar de crecer y espigar. El registro más antiguo de este ritual es de un vicario de Peto, nombrado Baltasar de Herrera, quien en 1598 describió una ceremonia celebrada en la milpa.
La forma de realizarlo ha variado tanto en el tiempo como varía actualmente según la comunidad que lo organice. Se tiene registro de comunidades donde la ceremonia duraba hasta cuatro días, mientras que los indicios apuntan a que las de este siglo solo toman un día.

Se empieza temprano, porque hay que preparar el horno subterráneo y el altar. En las ceremonias que Rosales estudió en Chacsinkín, al sur de Yucatán, en una mesa de madera se colocan cuatro arcos de jabín, que representan a la bóveda celeste. También se pone una cruz. Detrás del altar se instala un arco en el que cuelgan jícaras con saká y se ofrendan pavos, pollos o gallinas.
Una vez que está terminado el altar, se coloca incienso, copal, cigarros y las aves que bendicen el jméen. Se reparte balché, una bebida de fermento, mientras las mujeres cocinan el caldo de pavo, pollo o gallina, a distancia del altar, pues, según la tradición, no deben estar en el ritual.
A la par, los hombres preparan los grandes panes que serán colocados en el horno bajo tierra (pib): tortean la masa, apilan cada uno como si fueran las capas de un pastel y colocan pepita entre cada capa. A los que son para los cháakes les dibujan una cruz con pepita. Finalmente los envuelven en hojas de plátano y los ponen a cocer.
Mientras se cuecen los panes, hay un breve descanso, en el que se recuperan energías para sacarlos del horno y colocarlos en el altar, junto con la comida y el copal. Se hacen entonces los rezos: se invoca a señores de los cuatro puntos cardinales para que “bajen”, es decir, acudan a tomar los alimentos, se espera y después se les regresa, para que “suban” otra vez.
Esto, de acuerdo con Rosales, es muy importante, porque completa el ritual. No cualquiera puede hacerlo, es un temor constante para las personas que lo realizan no dar con el especialista adecuado que regrese a los vientos a su lugar.
Los rezos han variado: suelen ser en maya, y si bien se invoca a los cuatro cháakes, también se llama a los cuatro cuidadores de las cuatro esquinas del suelo o del cielo, e incluso a veces se agradece a santos católicos, como San Miguel Arcángel, a quien se suele identificar como el “jefe” de los cháakes. También en algunas comunidades se reza a la Virgen.
“Son seres sagrados, todo suma, entre más se les pida, a lo mejor viene más lluvia. Entonces todo suma, es un agradecimiento, el pedir, que reciban los alimentos y que llegue la lluvia”, explicó Rosales en entrevista.
Después de que se regresa a los señores del monte, se reparten los panes y la comida ritual (el caldo). Generalmente se desmonta el altar, aunque en algunos lugares se deja.
En Chacsinkín nueve grupos se organizan y realizan ocho ceremonias con relación a los ocho rumbos de uso del monte. Cada socio ofrece algo, ya sea el maíz, la pepita de calabaza, el achiote, un pavo, una gallina, llamar al jméen, etcétera… Incluyen a sus familias y a las familias de algún socio que fallece.
Rosales también supo del caso de una unidad de riego en Oxkutzcab donde realizaban el Ch’a Cháak, aunque por ser una unidad de riego, no necesitaba la lluvia. Se han detectado rituales de este tipo en Tahdziú, Xoy, Tixméhuac y en comunidades al oriente de Yucatán, como Xocén, comisaría de Valladolid. En Quintana Roo también se practican, pero con otro nombre.
La otra ceremonia maya importante y comunitaria es precisamente el Wáajil Kool, que es la “acción de gracias” por excelencia. Traducido literalmente como la “comida de la milpa”, es una ceremonia para agradecer la cosecha, “la primicia”. Implica la preparación de un banquete muy similar al del Cha’a Cháak, siempre involucrando la preparación de nueve panes pib.
Las familias desde temprano acuden al terreno para hacer el horno, preparar el caldo, levantan un altar apartado donde el jméen realiza los rezos, se reparte balché y se preparan los panes, que envuelven en hojas de plátano y colocan en el horno de tierra. Después de los rezos se reparte la comida entre las personas asistentes.

Tradiciones bajo amenaza
Plácido Tamay Poot, de 58 años, es quien encabeza la organización del Wáajil Kool de la familia Tamay Gamboa en Tiholop desde hace quince años. Aunque conoce a otras familias que también la realizan, considera que la tradición está en riesgo de perderse, pues cada vez menos personas tienen milpa, ante la precarización del trabajo del campo y la pérdida de las prácticas agrícolas en los solares por la industrialización del sector y los cambios en la tenencia de la tierra.
Además, este tipo de ceremonias colectivas exige una inversión económica considerable y jornadas de trabajo pesado que algunas familias milperas ya no pueden sostener fácilmente. Por otro lado, no es común escuchar de jóvenes aprendices de los especialistas religiosos o jméen, que en su mayoría son personas de avanzada edad.
¿Estas ceremonias podrían perderse? Para Rosales es una moneda al aire, como toda la cultura y las lenguas.
“En la medida que se fortalece, que se dignifica, que ya no se discrimina…, que los niños pueden hablar maya en la escuela sin que los maestros se sientan ofendidos…, mientras haya un respeto, la tradición se valora”, señaló.
Entre tanto, la familia Tamay Gamboa seguirá convocando a su parentela cada tres años. En alguna mañana calurosa de domingo peregrinará hacia el monte de Tiholop para compartir un caldo preparado comunitariamente, para brindar con balché, para rezar y para agradecerle al monte por sostenerla y alimentarla.







