En el páramo de Kimsakocha, donde nace el agua que abastece a media Cuenca, una mina de oro canadiense avanza sobre un territorio sagrado mientras las comunidades libran una batalla de tres décadas −entre consultas populares ignoradas, guardias comunitarias y marchas de cien mil personas− por defender lo que consideran la última frontera de la supervivencia humana: el agua.
Fotografías: Josué Araujo
Azuay, Ecuador.- Caminamos con pasos cortos. ¿Dónde está el agua por la que miles de azuayos luchan? Buscamos evidencias de cristalinos riachuelos, pequeñas cascadas, presencias del antiguo origen del agua. Llevamos nuestras cámaras y teléfonos celulares. Hay la necesidad de un registro en Kimsakocha. A más de 3800 metros sobre el nivel del mar, recorrer la ruta de las tres lagunas puede tomar hasta ocho horas.
“El agua llama”, dicen los campesinos que van y vuelven en los páramos. ¿Cómo se orientan entre los vientos y la neblina que empieza a espesar? El magnetismo sonoro del agua resuena desde los huesos. Cuando haces silencio, escuchas hablar a su espíritu. “¡Aquí nace la vida!”, nos dejan en claro antes de adentrarnos a los páramos. Estamos a 35 km de Cuenca, en la provincia del Azuay.
En la cosmovisión andina, Kimsakocha es el útero sagrado en lo alto del páramo, donde la Pachamama recoge las lágrimas de la niebla. Los ancianos cuentan que los ríos, como el Irquis, nacen siendo un hilo de agua dulce que se desborda de este vientre sagrado. El agua se concibe como un ser vivo, con espíritu propio que baja de la montaña para calmar la sed de sus hijos.
Seguimos caminando. Luego de un tiempo, a Alfonso, fotógrafo de largo caminar, el sonido del agua lo lleva de regreso a las minas de cuarzo en Arkansas, donde nació su pequeño “Matías” en el corazón. A Carmita Pérez, ese murmullo húmedo, le trae el recuerdo de sus abuelas, Antonia Pérez y Benigna Pugo, defensoras del agua. Intento transcribir lo que dice el agua. Para empezar, me dice con fuerza el nombre de mi hija. Ella es tan clara como el agua.
Kimsakocha abastece de agua al 50 % de la ciudad de Cuenca y a los cantones Girón y San Fernando. Sin embargo, está bajo constante peligro. El Estado ecuatoriano otorgó concesiones mineras para su exploración y explotación bajo el nombre de proyecto “Loma Larga”. Con base en los informes técnicos de la empresa operadora Dundee Precious Metals, la reserva mineral bajo Kimsakocha guarda un tesoro calculado en 2.6 millones de onzas de oro y 80 millones de libras de cobre. Kimsakocha es el agua y la vida de Azuay; Loma Larga es la mina que intentó instalarse debajo de ella.
¿Cómo se siente caminar en los páramos de Kimsakocha, territorio de agua viva? Aquí los personajes, sus diálogos y la importancia de su preservación para el escenario geopolítico del Ecuador.

Un territorio sitiado
El ingreso a Kimsakocha se hace por Tarqui o Victoria de Portete. El vehículo empieza a ascender por el camino de tierra. Volquetas y otros vehículos 4×4 bajan y suben hasta alcanzar los 3800 metros sobre el nivel del mar, lo que representa subir unos 1250 metros desde Cuenca hasta el área recreativa. El cambio de altitud y las temperaturas en el páramo suelen rozar los 0 °C.
Kilómetros arriba, nos recibe el letrero con la leyenda: “Prohibido el ingreso. Propiedad Privada” colocado por la compañía minera Dundee Precious Metals (DPM), empresa canadiense que adquirió en 2021 el proyecto de oro y plata Loma Larga (anteriormente operado por INV Metals). A pesar de que las áreas del páramo son de uso colectivo y de todos los ecuatorianos, la minera impide el paso. Hasta acá arriba, cinco guardias de seguridad privada se ponen en fila y bloquean el paso detrás de una barrera vehicular.
“Kimsakocha no se toca. Kimsakocha es nuestra”, gritan los comuneros. Y esto es cierto. Sus reclamos en más de treinta años de lucha lograron tres consultas populares: Victoria del Portete (2011), Girón (2019), Cuenca (2021). Sin embargo, el Gobierno persiste en desconocer estas decisiones soberanas y en vulnerar los derechos colectivos. La población dijo masivamente “no” a la minería en Kimsakocha.
En el plebiscito de febrero de 2021, el 80 % de los cuencanos votó a favor de prohibir de forma absoluta la explotación minera metálica a gran y mediana escala, en las zonas de recarga hídrica de los ríos de la ciudad que nacen precisamente en Kimsakocha.
El 16 de septiembre de 2025, se llevó a cabo la primera gran marcha del “Quinto río”, una movilización masiva para proteger a Kimsakocha. Un mes más tarde, la alcaldía de Cristian Zamora, revirtió y anuló la clave catastral en octubre de 2025 y le puso un gran sello encima al letrero de la DPM.
A los pocos minutos, dos policías aparecieron en el sitio. Ecuador tiene una tasa de homicidios de 45 a 50 por cada 100 000 habitantes. Es paradójico que un país como Ecuador, con una de las mayores tasas de criminalidad, envíe policías al páramo a vigilar y controlar a los comuneros de Kimsakocha.


Señales de riqueza y disputa
Nos recibe un olor dulce. ¿De dónde viene ese olor?, pregunto a Carmita. “Es el poleo del páramo −responde−, si lo pisas o lo frotas con los dedos, desprende de inmediato un perfume. Masticarlo ayuda a calmar el mareo o náuseas por el mal de altura. En casa lo usan para calmar enfermedades pulmonares como la bronquitis o el asma”.
La vegetación de Kimsakocha no es alta ni frondosa como la de la selva amazónica; es baja, acolchada y rústica. Su función principal es atrapar la neblina y la lluvia para filtrar lentamente hacia los ríos de Cuenca. Las especies más comunes son las almohadillas de agua, colonias de plantas que crecen como cojines verdes y compactos, que al pisar se sienten como un colchón de agua. Están también los pajonales y los árboles de papel.
Kimsakocha tiene una extensión de 3217 hectáreas, y está reconocida como Área Nacional de Recreación desde 2012. Se compone de especies únicas que han aprendido a sobrevivir a casi 4000 metros de altura, soportando heladas nocturnas de 0 °C y un sol radiante al mediodía. Además, forma parte de la zona de amortiguamiento de la Reserva de la Biosfera del Macizo del Cajas, reconocida por la UNESCO.
Los páramos de Kimsakocha contienen lagunas, humedales, manantiales, vertientes y ojos de agua que alimentan a los ríos Tarqui y Yanuncay que nacen en el sur. Los ríos Tomebamba y Machángara nacen más hacia el norte, específicamente en el Parque Nacional El Cajas, de donde también nace el río Norcay en las alturas de la cordillera que va por Molleturo. Todos estos ríos comparten el mismo macro-sistema de recarga e interconexión del Macizo del Cajas.
De acuerdo con el certificado de intersección, emitido el 9 de abril de 2022, el proyecto “Estudio de impacto ambiental del área operativa del proyecto minero Loma Larga conformado por las áreas mineras Cerro Casco, Rio Falso y Cristal para las fases de explotación y beneficio de minerales metálicos bajo el régimen de gran minería”, sí interseca con el bosque y vegetación natural de quince áreas del interior de la cuenca del río Paute, con el bosque Chorro y con la reserva de biosfera del Macizo del Cajas.
El inventario forestal levantado por la propia DPM describe que el ecosistema conformado por los páramos se extiende a lo largo de los Andes, desde el Carchi hasta Loja. Más extraordinario aún, describe que “los suelos se caracterizan por tener condiciones anaeróbicas que inhiben la descomposición de materia orgánica y, por lo tanto, promueven la formación de suelo con porcentajes de carbono orgánico de hasta el 50 %”.
Pero basta constatar que la presencia humana de las mineras ya tiene impacto. La poca señalética al borde del camino tiene los logos de la DPM para marcar un vivero, un santuario de vida silvestre y un área de cabañas. Durante las primeras fases de apertura del camino, las mineras plantaron pinos, para fijar la tierra de los taludes removidos, delimitar linderos de propiedad o para uso maderero local. Estas especies absorben cantidades masivas de agua y afectan el ecosistema.
Si la actividad minera remueve el suelo profundo de Loma Larga, se corre el riesgo de romper las venas subterráneas de agua que alimentan las raíces del pajonal y las lagunas superficiales. Las plantas medicinales como la chuquiragua y el gañal, las orquídeas endémicas y los animales perderían su hogar, entre ellos, el curiquingue, el lobo del páramo, ranas y pequeños lagartos.

Las defensoras del agua
Cuando miras el horizonte de los páramos en Kimsakocha, hay colinas suaves, redondeadas y onduladas. Recuerdan la silueta femenina, la postura de una madre embarazada, la madre dando de lactar a su guagua.
El nacimiento de los páramos del Azuay está vinculado al levantamiento de la cordillera de los Andes. Hace 2 millones de años, durante la época de las glaciaciones, Kimsakocha estaba cubierta por gigantescos bloques de hielo. Al derretirse y avanzar lentamente, estos glaciares no rompieron la montaña en picos afilados, sino que pulieron y suavizaron las rocas volcánicas.
Hablar de las montañas, recorrer los páramos y conversar con las defensoras del agua en el mismísimo sitio de Kimsakocha es una experiencia transformadora. Estar en el sitio permite experimentar la «siembra de agua» en tiempo real: ver la neblina chocar con la vegetación y presenciar cómo las gotas caen al suelo para llenar las tres lagunas.
En esas mismas lomas suaves, las mujeres de la Federación de Organizaciones Indígenas y Campesinas del Azuay (FOA)han pasado noches enteras aguantando heladas bajo cero para bloquear el paso de las maquinarias mineras, por ejemplo, cuando la empresa Iamgold instaló los primeros campamentos e intentó ingresar maquinaria pesada en 2002. Desde entonces, la presencia de policías y militares se hizo recurrente.
Las defensoras organizaron guardias comunitarias del agua para cuidar de noche y de día los caminos. Participaron los adultos y jóvenes de las comunidades para frenar la entrada de maquinaria de perforación. Hubo enfrentamientos físicos, manifestantes heridos y varios líderes comunitarios procesados por la justicia bajo cargos de sabotaje o terrorismo.
Ya dentro del páramo, vamos caminando con Carmita Pérez, una destacada dirigente e integrante histórica de la FOA. A sus 58 años, mantiene su identidad con orgullo. Usa sombrero de paja toquilla, su blusa blanca de hermosos encajes, una pollera roja hecha de terciopelo, de las que se usan plisadas en la cintura y cae en forma de campana, donde el borde está bordado con lentejuelas y flores. Lleva un zarape con la frase bordada que dice: “Kimsakocha vive”.
Un día después de la gran marcha en Cuenca por la defensa del agua este 2026, le pregunto:
−¿Cómo se siente Carmita, que por treinta años ha defendido su comunidad, viniendo al santuario de Kimsakocha?
−Ayer fue un recordatorio, pero también una exigencia al Gobierno de cierre definitivo de la minera en Kimsakocha. Hoy estamos visitando el nacimiento del río Irquis para que conozcan dónde nace el agua. El río Irquis en Victoria alimenta a más de 12 000 familias. Hay juntas de riego. El agua se usa para alimentar nuestros potreros, animales y tener nuestras chakras. Por eso estamos en resistencia. Por eso digo que Kimsakocha es agua, es vida, es historia.
Caminamos en un punto donde los abuelos y abuelas se encontraban para intercambiar productos como el maíz, papas, mellocos, la panela y hasta el aguardiente puro como remedio.
−Si sus abuelos estuvieran aquí, ¿qué le dirían?
−Yo viví con mis dos abuelas, Antonia Pérez y Benigna Pugo; ambas me criaron bien fuerte y por eso estoy aquí. Las recuerdo mucho −llega también el agua a desbordarse por los ojos de Carmita−. Están aquí dándome fuerzas.
−¿Con qué sueñan los comuneros de Kimsakocha?
−Que un día Kimsakocha esté libre de minería. Quisiera que los jóvenes y los niños entendieran por qué hay que defender Kimsakocha, por qué hay que estar alerta. Luchemos. Seamos firmes.

El río que teje la memoria
Los reporteros ansían encontrar imágenes espectaculares. ¿Una gran cascada en lo alto de una de estas colinas? ¿Un río inmenso y transparente corriendo libre con la fuerza de mil caballos? Después de caminar por horas entre humedales y pantanos, encontramos al agua reposando con quietud en lagunas. Se destacan tres: Kimsakocha con una extensión de 7,7 hectáreas que alimenta al río Yanuncay, Chuyacocha de 4,7 hectáreas y Bermejos de 8,9 hectáreas. El nombre “Kimsakocha” proviene del kichwa y significa “tres lagunas”.
En la cosmovisión de los pueblos andinos, los ríos tienen espíritus guardianes. Los pueblos cañaris e inkas realizaban ceremonias espirituales de invocación del “Yaku Samay” para armonizar con el agua. Como el cuerpo humano es aproximadamente 70 % agua, cuando escuchamos o tocamos agua dulce se genera una coherencia de fases u homogeneización de frecuencias moleculares. El agua de nuestro cuerpo literalmente empieza a vibrar al mismo ritmo del agua. Las ondas del río llegan claras.
Aquí también duerme un volcán. Todavía las rocas superficiales de la zona presentan cenizas y polvo de la actividad del volcán Kimsakocha. Es una gigantesca caldera volcánica colapsada de aproximadamente trece kilómetros de diámetro. Su actividad principal ocurrió hace unos 7 millones de años, pero se le considera un volcán potencialmente activo.
Los yachaks y guerreros se sumergían en sus aguas gélidas antes de los solsticios para «limpiar las malas energías» y absorber la fuerza mineral del suelo volcánico. Mediante cantos ceremoniales (takis) e instrumentos de viento tradicionales como los pukllus o caracoles marinos (quipas), llamaban al espíritu del agua que habita en el útero de la montaña.

En Chuyacocha llegamos a tomar un descanso y, al fin, a beber el agua de estos páramos. El agua es la más dulce que haya probado. Cuando un yachak realiza ayuno y bebe de un ojo de agua virgen en la madrugada, experimenta el Yaku Musquy: el sueño o la visión del agua. Al beber en silencio absoluto, el gorgoteo físico del agua se transforma en «habla».
Se puede ver incluso al pueblo reflejado en el agua. Esta es la experiencia cumbre de aproximación espiritual a Kimsakocha, según narran los sabios: la pérdida de la individualidad. Hay incluso quienes aseguran que el agua puede registrar las vibraciones, emociones y pensamientos humanos.
En las asambleas comunitarias, los taitas y mamas repiten un principio mitológico y de resistencia: «El agua es oro líquido que brota del páramo; si rompes el páramo, rompes el ciclo de la vida, porque Kimsakocha no es una mina de oro, es una mina de agua».
Las 12 000 familias de Victoria del Portete y Tarqui explican que el agua del Irquis no les pertenece, sino que ellas pertenecen al río. En su memoria ancestral, el río es un «tejedor» de paisajes.
Al descender con la fuerza limpia del páramo, el agua va alimentando la tierra. Los comuneros dicen que cuando el agua del Irquis corre por los canales comunitarios de riego, el sonido (ese gorgoteo de bebés del que hablábamos antes) es el río alegre por cumplir su misión. Al entrar en las chakras, el río despierta las semillas de maíz, papas y hortalizas; al humedecer los potreros, da vida a la hierba con la que se alimenta el ganado, el cual sostiene la economía lechera de la zona.
Si durante la caminata en los páramos aparece el Kuychi, el arcoiris que nace directamente de los ojos del agua cuando el sol golpea la niebla del páramo, podemos experimentar inmensa alegría. Los lugareños dicen que el Kuychi es el guardián celoso de la pureza de los ríos. Por eso, si alguien se acerca con la intención de ensuciar o adueñarse de la vertiente, el Cuichi se traga el agua, la esconde, para hacer que fluya de forma invisible bajo los pajonales del páramo.

El 16 de septiembre, la defensa del agua en Kimsakocha tuvo su mayor eco con la gran marcha del “Quinto río”. Fue una movilización social sin precedentes que logró convocar en 2025 a más de 100 000 personas. Marcharon codo a codo en una demostración absoluta de unidad entre el campo y la ciudad. Un año después, organizaciones sociales, volvieron a llenar las calles con un carácter conmemorativo y de vigilancia comunitaria.
La convocatoria estuvo a cargo de la FOA y el Cabildo por el Agua que aglutina a colectivos ecologistas, académicos, activistas urbanos y defensores del agua de la capital azuaya. Se coordinó el transporte comunitario desde Victoria del Portete, Tarqui, Girón y San Fernando. El papel de la comunicación también jugó un rol pedagógico para explicar a la ciudadanía del centro urbano que el agua que sale de sus grifos nace en Kimsakocha y está bajo amenaza de la avanzada minera. El mensaje llegó no solo a la provincia del Azuay, sino a todo el Ecuador.
La marcha estuvo encabezada por líderes territoriales, delegados de la Ecuarunari, presidentes de los sistemas de agua comunitaria y los taitas y mamas de Victoria del Portete y Tarqui. Las cholitas de la FOA traían carteles con este mensaje: “Sin oro se vive. sin agua se muere”.
La estética de la resistencia mostraba pancartas pintadas a mano; las bordadoras cargaban las mantas cosidas en largas jornadas de resistencia pacífica; el coro, los músicos, los bloques de estudiantes de la Universidad de Cuenca y de la Universidad Politécnica Salesiana asistieron con sus mochilas, sus mandiles, sus libros y sus sonrisas. Sintonía de una frecuencia diferente. Vibrar con la gente que entiende que defender el agua es una cuestión de supervivencia de la raza humana hace que la música atraviese los músculos del cuerpo sin dolor.
El peso de este «Quinto río» humano fue tan contundente que reconfiguró el tablero electoral de la provincia. Forzó de manera especial a los candidatos y partidos políticos a firmar compromisos ambientales explícitos de cara a las elecciones seccionales adelantadas de este noviembre de 2026.
El fantasma del Yasuní planea sobre Azuay como una advertencia constante. El proceso de la Amazonía demostró los límites de la institucionalidad democrática en Ecuador, donde una consulta popular ganada a pulso por la ciudadanía puede ser dilatada, trampeada y desoída por los gobiernos de turno mediante artimañas técnicas y desidias estatales. Para evitar que Kimsakocha se convierta en otro Yasuní −un territorio sagrado sacrificado en función del presupuesto fiscal−, los comuneros de Victoria del Portete y Tarqui y colectivos ambientalistas demuestran que la defensa empieza en las calles, levantando la voz.

La resistencia por estos páramos ya no les pertenece a los tribunales de la justicia ordinaria, sino a la memoria viva de los pueblos que la habitan. Es tan fácil olvidar que el agua es un derecho humano que apenas se consagró el 28 de julio de 2010 por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Ecuador fue un pionero absoluto cuando en la Constitución de 2008, en el artículo 12, el agua se reconoció como un derecho humano fundamental, irrenunciable y patrimonio nacional estratégico.
Esto ocurre cuando en el mundo hay casos como el de los residentes de Jackson, Mississippi, que en 2022 alegaban que el agua potable contaminada violaba sus derechos constitucionales. Un tribunal de apelaciones de Estados Unidos dictaminóque la constitución federal no garantiza el derecho al agua potable. Un memorándum explica que no hay nada que garantice que un niño beba agua limpia. Hay una ironía implacable cuando los Estados autorizan el despliegue policial y militar que vigila los páramos comunitarios con un letrero de «Propiedad Privada».

Nos gusta pensar que controlamos el agua porque le ponemos nombres de ríos en los mapas y la canalizamos en tuberías de PVC, pero la verdad es que el agua solo obedece a su propio peso. Ningún derecho está ganado. Nada de aquello puede darse por sentado. Al final, lo que los azuayos defienden no solo es el caudal de los ríos, sino la última frontera de nuestra supervivencia como humanos: el agua es lo único que puede mantenernos vivos.





