En Sanahcat, Yucatán, un grupo de mujeres ha transformado tierras devastadas por el monocultivo en un centro agroecológico. U Yich Luum, “el fruto de la tierra” en maya, es mucho más que un proyecto productivo: es una herencia colectiva que desafía siglos de exclusión agraria femenina en México.
Fotografías: Alejandro Ruiz
Yucatán, México.- El sol de la mañana se cuela entre las hojas de los árboles que crecieron donde antes no había ni un solo palito en pie. El suelo, que alguna vez fue un desierto químico, hoy huele a tierra húmeda y a miel. En el meliponario, las abejas sin aguijón van y vienen en un zumbido que parece el latido del lugar.
Yamili, de 39 años, camina despacio entre los surcos. Sus manos, curtidas por el sol y el trabajo, señalan el terreno como quien señala un cuerpo que ha sanado.
−Si el suelo hablara, nos contaría todo lo que ha vivido la pobre tierra −dice.
Sanahcat fue durante años un monocultivo de henequén en Yucatán, cuando a este cultivo se le conocía como “el oro verde” y propiciaba la esclavitud de miles de hombres y mujeres mayas.
En la segunda mitad del siglo XX, después de que el reparto agrario acabara formalmente con el latifundio, los campesinos mayas de la zona decidieron formar una cooperativa que vivió del monocultivo de chile habanero.
Uno de ellos fue el padre de Yamili, quien en los años noventa, cuando la revolución verde prometía convertir el campo mexicano en una máquina de producir, apostó junto a otros campesinos al monocultivo, a los agrotóxicos y a los paquetes tecnológicos que trajeron la ilusión del desarrollo. Durante un tiempo hubo bonanza. Las mujeres del pueblo venían a cosechar, el padre hacía comidas comunitarias, se armaba el “relajo” que la gente aún recuerda cuando ubica las siete hectáreas que trabajaba la cooperativa como “el exchile feliz”.
Pero el modelo de la revolución verde era insostenible por diseño. Dependía de agrotóxicos caros, de agua en cantidades industriales y de un mercado que podía hundir los precios de un día para otro. Cuando el precio del chile cayó, la cooperativa se desplomó. Las deudas crecieron. Las casas de los socios fueron hipotecadas. El empresario que apadrinaba el proyecto huyó. Sin embargo, el padre de Yamili no soltó la tierra.
−La tierra es de quien la trabaja y de quien la cuida −dice su hija después de treinta años.
Esa decisión, la de no soltar la tierra cuando todo se derrumbaba, es el germen de todo lo que vino después. Porque si el padre hubiera dicho “no voy, yo no sigo sembrando −dice Yamili−, esto no estaría… buscaríamos una hectárea por allá, chance tuviéramos tierra, ¿sí? Pero quién sabe dónde, ¿no?”.
Hoy, Yamili, junto a otras compañeras, convirtió los campos erosionados por los agroquímicos en un centro agroecológico donde las aves, las serpientes y el agua volvieron a habitar. Un lugar que la gente del pueblo sigue frecuentando, porque la memoria es tozuda y el territorio guarda las huellas de lo que fue.
Pero lo que hace único a este espacio no es solo su transformación ecológica. Es una palabra que Yamili repite como un talismán: “herencia”.
−Esto es una herencia, algo que les pertenece a todas, no solo a una persona. Es la herencia del territorio en común para nosotras −dice.
La frase condensa en gran parte la lucha que el colectivo U Yich Luum −al que pertenece Yamili− realiza diariamente en este municipio de Yucatán.
Y es que en México, así como en toda América Latina, la tierra ha sido, ante todo, cosa de hombres.
La historia agraria del país fue escrita con mano masculina. La Ley Agraria de 1915, que sentó las bases del reparto agrario, consideraba que las unidades domésticas estaban encabezadas por un hombre. Las mujeres no aparecían en el texto legal. No eran sujetas de derechos agrarios, sino sombras en la parcela: esposas, hijas, manos que cosechaban, pero no heredaban.

No fue hasta 1971 que la ley se reformó para reconocer a las mujeres como ejidatarias. Aun así, décadas después, el acceso de las mujeres a la tierra sigue siendo una excepción, no solo en México, sino en toda la región. En América Latina, de acuerdo con datos sistematizados por Oxfam, 58 millones de mujeres viven en el campo, pero solo el 30 % posee tierras agrícolas. Producen entre el 60 y el 80 % de los alimentos, pero apenas el 5 % tiene acceso a asistencia técnica.
En México, de acuerdo con datos de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Territorial, apenas el 25,9 % de las personas con certificado parcelario son mujeres. La mayoría de ellas son viudas de más de sesenta años que accedieron a la tierra por sucesión, no por decisión propia. Como si la tierra, al final, solo pudiera pasar de mano de hombre en mano de hombre.
Por eso, cuando Yamili dice “herencia” no habla de un trámite legal ni de una escritura. Habla de una apuesta. Habla de la decisión de su padre −ese soñador que no soltó la tierra cuando todo se derrumbó− y de la decisión de sus hijos e hijas de no repetir la historia de exclusión. Habla de un acto de justicia que se teje en lo cotidiano: el acceso de las mujeres a la tierra.
El fruto de la tierra
−Mi familia y yo empezamos a trabajar la tierra soñando con un proyecto familiar −dice Yamili al hablar de U Yich Luum.
Ese proyecto, afirma, no podía repetir la historia del monocultivo. No podía repetir la promesa de la revolución verde, ni los químicos, ni la deuda. Tenía que ser otra cosa. Así que ella y su familia comenzaron a imaginar un espacio diferente. Un espacio donde la tierra no se explotara, sino que se cuidara. Donde el agua no se robara, sino que se respetara. Donde las aves, las serpientes, los árboles y las abejas pudieran volver.
Y ahí empezó a gestarse U Yich Luum, “el fruto de la tierra” en maya. No es un nombre casual. Es una declaración de principios, pues el nombre también es una pregunta: ¿quiénes son los frutos?, ¿quiénes crecen y florecen en esta tierra? La respuesta llegó poco a poco. No fue un plan maestro ni una estrategia diseñada desde arriba. Fue un tejido de llegadas, de coincidencias, de decisiones personales que encontraron un lugar común.
−El fruto de la tierra no es el chile habanero ni el henequén ni ningún monocultivo. El fruto de la tierra es lo que la tierra da cuando se la cuida, cuando se la escucha, cuando no se la violenta −dice Yamili.
El padre de Yamili murió en 2017. Pero su herencia no murió con él. Se transformó en un proyecto que él nunca imaginó: un centro agroecológico liderado por mujeres. Yamili no es solo la hija del hombre que no soltó la tierra. Es, además, ejidataria. Tiene derechos agrarios reconocidos. Puede votar en las asambleas ejidales, puede ocupar cargos de representación, puede decidir sobre el destino de la tierra. No es una “guardiana temporal” de una herencia masculina, como la mayoría de las mujeres campesinas en México. Es una propietaria con plenos derechos.
Esa condición no fue un regalo ni una concesión. Fue el resultado de una decisión familiar. Cuando la tierra de su padre se dividió entre los herederos, Yamili y sus hermanos acordaron algo que desafía la tradición: las mujeres debían estar en las asambleas ejidales y tomar decisiones. No hubo disputa ni desgarramiento.
−La decisión fue un acuerdo con mis dos hermanos varones, con Álvaro y con Óscar. Dijimos: «Las mujeres tenemos que estar en las asambleas y tomando decisiones».
Esa decisión, que en otro contexto podría haber sido un conflicto, fue un acto de justicia. Hoy Yamili es una de las pocas mujeres ejidatarias de su generación que no es viuda ni heredó la tierra a la muerte de su esposo. Es, simplemente, una mujer que ocupa un lugar que históricamente le fue negado.

Ellas eligieron quedarse
En México, como en varias regiones de América Latina, el mandato para las juventudes de las comunidades rurales es claro: estudias para irte. Te preparas para la ciudad, para la oficina, para un trabajo con horario fijo y sueldo seguro. Quedarte en tu pueblo, trabajar la tierra, ensuciarte las manos, eso, te dicen, es “para los que no estudiaron”.
Silvia estudió Biología. Cuando terminó la carrera, su familia le preguntó: “¿Y ahorita dónde vas a trabajar?, ¿qué vas a hacer?”. La pregunta no era inocente. Era una forma de decir “ya estudiaste, ahora lárgate”. Pero Silvia no se fue. Se quedó en Sanahcat, trabajando la tierra, investigando residuos sólidos, construyendo U Yich Luum.
−Si ya tienes una profesión te dicen que lo mejor es salirte de tu pueblo −dice−. Y si te quedas en tu pueblo es como sinónimo de «pues entonces ¿para qué estudiaste?».
Esa mirada se hizo carne un día, en el pueblo, cuando un desconocido la miró de pies a cabeza y le dijo: “¿Y tú te vas al monte?”. No era una pregunta, era un juicio.
−Me miró así de pies a cabeza −recuerda Silvia−. Yo le dije: «Pues no sé, ¿hay algún problema?».
Julie también conoce esa mirada, pero desde otro ángulo. Ella viene de una familia ganadera donde las mujeres no podían ni acercarse al ganado. “Las mujeres somos para la casa?”, le decían. Cuando ella empezó a trabajar en el monte, le dio miedo contárselo a su papá.
−No sabía cómo iban a reaccionar −confiesa.
Pero se quedó. Y cuando su papá empezó a decir “es que ella lo cuida, ella saca a comer a los animales”, Julie supo que algo había cambiado. No era solo que él la aceptara. Era que la reconocía. Y en ese reconocimiento tardío se jugaba la posibilidad de que una mujer pudiera ser heredera de la tierra y de los animales, no solo guardiana temporal.
Angie y Bri llegaron después. Angie desde Mérida, harta de la oficina. Bri desde la universidad, con una carrera de Administración y un deseo de hacer prácticas profesionales en un lugar que no fuera una empresa. Ambas eligieron el monte, pero no por necesidad. Por convicción.
Bri tiene veintidós años. Es de Sanahcat. Cuando empezó a venir al monte, las personas de su edad se burlaban de ella. “Ay, vienes al monte”, le decían, con ese tono que convierte lo rural en vergüenza, lo campesino en fracaso.
−A mí siempre me ha dado igual, la verdad. Porque al chile yo sí creo que con veintidós años he caminado mucho. Y me aplaudo solita −dice con orgullo.
Pero Bri no se fue. Terminó sus prácticas profesionales en U Yich Luum, se quedó, y ahora trabaja en el área de fortalecimiento institucional, el engranaje invisible que sostiene el proyecto. “La que hace los papeles”, dice entre risas, pero sabe que sin esos papeles −sin la organización, sin el registro, sin el dinero que hay que administrar− el monte no se sostiene.
Alejandra también es joven. Tiene veintitrés años. También es del pueblo. Pero no le gusta contar cómo llegó. Su silencio es una forma de decir que hay caminos que no necesitan explicación. Lo que sí dice es que los valores del proyecto −la agroecología, la colectividad, el trabajo con la tierra− la representan.
−Vi que algunos valores que, pues de por sí, ya estaban en mí, establecidos o construidos dentro de los procesos de donde vengo, pues me representaban también −dice.
Alejandra fue parte de la primera generación de un proceso que entonces se llamaba Escuela para la Vida, que facilitaba Yamili. Después de esa experiencia ella decidió quedarse en el monte.

El monte, en el imaginario colectivo, es un lugar de hombres. De hombres que pueden con el sol, con la coa, con el cansancio. Las mujeres están en la casa. Si salen al monte, es para cosechar, para ayudar. No para decidir. No para liderar. Ese imaginario se encarna en miradas. En gestos. En palabras que parecen menores pero que pesan como piedras.
−La gente nos ve sucias −dice Yamili− y te dicen «ay, mira qué quemada estás por el sol». Son discursos que nos calan, nos calan porque esto está considerado con la pobreza, con la suciedad, con lo que no tienes, con lo que no vales.
La suciedad. Esa palabra clave. En el imaginario urbano, el trabajo campesino es mugre; la mugre, pobreza; la pobreza, fracaso. El cuerpo de una mujer en el monte se convierte, en esa cadena, en un cuerpo sucio, pobre, fracasado. Pero ellas no están sucias. Están trabajando.
Sin embargo, la elección no borra los peligros. Porque el monte también es un lugar de riesgos reales. Serpientes, tarántulas, alacranes. El sol implacable. La lluvia que no llega. El cansancio que se acumula en los huesos.
Por eso, la presencia de las mujeres en el monte no es un acto individual. Es un acto colectivo. No van solas. Se acompañan. Se cuidan. Se sostienen.
−También se siente bonito estar en compañía −dice Silvia−. Acompañadas para pues no sentirnos solas.
Y en esa compañía, el monte deja de ser un lugar de amenaza y se convierte en un lugar de encuentro. Pero la presencia no es suficiente. Hay que nombrarla. Hay que hacerla visible. Porque el silencio, en el campo, ha sido históricamente el destino de las mujeres. Silencio sobre su trabajo, sobre su conocimiento, sobre su derecho a la tierra.
−No es que nunca estuviéramos en la milpa −dice Yamili−. Las niñeces venían a espantar a los pájaros en la milpa. Mi abuela y mi mamá vivieron de la milpa, iban a cosechar. No estaba reconocido, es otra cosa.
Eso es lo que están cambiando. No están inventando algo nuevo. Están haciendo visible lo que siempre estuvo ahí. Cada vez que se ponen las botas y salen a trabajar, el monte deja de ser un lugar ajeno. Es suyo.
Pero Yamili sabe que el acceso de las mujeres a la tierra no se resuelve con un papel. Se resuelve con presencia, con organización, con memoria. Por eso, cuando se le pregunta sobre el futuro de estas siete hectáreas, su respuesta es una pregunta:
−Yo insisto −dice− y de verdad se me van algunas noches pensando porque quiero que una mujer tenga mi sucesión. No sé a quién, a mi vecina, a mi prima, no sé a quién se lo voy a dejar, pero tiene que ser una mujer.
Esa búsqueda no es un capricho. Es una respuesta al sistema patriarcal que, durante siglos, ha hecho de la tierra una herencia masculina. Es una respuesta a la historia que ella misma ha vivido: la historia de su padre, que no soltó la tierra, y de sus hijas, que supieron leer esa herencia con otros ojos.
Resistir desde lo cotidiano
Si la presencia en el monte es el acto simbólico, la vida cotidiana es el acto concreto. La resistencia, para las mujeres de U Yich Luum, no es una épica. No es una declaración grandiosa ni un gesto heroico. Es, ante todo, una práctica. Un hacer cotidiano que se repite día tras día, estación tras estación.
−La resistencia no siempre es sinónimo de grandes momentos de fuerza −dice Yamili−. La resistencia también está en las cosas que transcurren lentamente. Para eso se necesita mucha organización, se necesita gente para hacerlo.
La organización es la palabra clave. El trabajo campesino, en el imaginario dominante, es un trabajo solitario. El campesino, solo en su parcela, enfrentando el sol y la sequía. Pero en U Yich Luum, el trabajo es colectivo. No solo porque se comparten las tareas, sino porque las decisiones se toman juntas.

¿Qué sembrar? ¿Cuándo sembrar? ¿Cómo enfrentar la sequía? ¿Cómo distribuir los recursos? Cada pregunta es una decisión colectiva. Y cada decisión es una decisión distinta a la del monocultivo, donde la toma un patrón o una empresa, y el campesino solo obedece.
−Vemos que con mucha organización sí podemos generar nuestros propios recursos, hasta el chingado dinero, ¿no? −dice Yamili, quien reflexiona que el dinero también puede ser un recurso colectivo, no solo una herramienta de explotación.
El dinero, en U Yich Luum, no es el único recurso. También están las semillas, la tierra, el agua, las abejas. Cada uno de esos recursos es cuidado con una lógica diferente a la del mercado. No se trata de producir lo máximo posible para venderlo todo. Se trata de producir para vivir, para compartir, para sostener el proyecto.
Julie lo dice con claridad:
−Esto es ver la vida no como un monocultivo. Se trata de verla como qué más podemos hacer en nuestro espacio, en nuestro terreno.
Y así, en el día a día, las mujeres de U Yich Luum van tejiendo una red de prácticas que desafían la lógica extractivista. Siembran sin agrotóxicos. Cuidan el agua. Recuperan semillas criollas. Crían animales en pequeña escala. Producen miel en el meliponario.
El meliponario es, quizá, la mejor metáfora de este proyecto. Las abejas sin aguijón −las meliponas− son abejas nativas de Yucatán. No producen tanta miel como las abejas europeas, pero su miel es más pura, más medicinal. Y, sobre todo, son abejas que no pican. No defienden su colmena con violencia, sino con organización. Se cuidan unas a otras. Protegen su espacio sin lastimar.
−Yo estando aquí me volví meliponicultora −dice Angie con orgullo. En esa palabra se condensa todo: el conocimiento tradicional, la práctica agroecológica, el cuidado colectivo, la autonomía. El meliponario no es solo una actividad productiva. Es también un espacio de aprendizaje. Un lugar donde las mujeres jóvenes aprenden de las mayores, donde las que saben comparten con las que están aprendiendo. Donde el conocimiento no se guarda, se transmite.
−Yo no había conocido un meliponario antes, y ahora conozco todo, porque trabajo con ellas y aprendo de ellas −dice Angie, refiriéndose a sus primeras experiencias con las abejas.
Esa transmisión de conocimientos desafía la idea de que el conocimiento válido solo se produce en las universidades o en los laboratorios. En U Yich Luum, el conocimiento se produce en el monte. En las manos que siembran. En las que cuidan las abejas. En las que identifican las semillas. En las que saben cuándo va a llover y cuándo no. Ese conocimiento, que durante siglos fue menospreciado, hoy es el fundamento de un proyecto de vida.
La vida cotidiana, sin embargo, no es fácil. La sequía golpea. El cambio climático hace más impredecibles las lluvias. Los precios de los productos no siempre alcanzan. El cansancio es real. Yamili lo recuerda:
−Cuando empezamos y veíamos que no venía la lluvia, yo lloraba con mi mamá. Y ahora, aunque tampoco llueve tanto, pues ya no solo somos mi mamá y yo llorando, somos tres o cuatro llorando mientras planeamos qué hacer −dice entre risas.
Llorar juntas. Planear juntas. Esa es la clave. No están solas en el sufrimiento, y no están solas en la búsqueda de soluciones. Aunque la sequía sea más grande que dos manos, “simbólicamente tres fueguitos son más grandes que el cambio climático”, remata Yamili. El fueguito que se enciende en cada mujer es también el fuego que calienta la comida, que ilumina la noche.

Las mujeres de U Yich Luum siguen trabajando. No hay un final en esta historia, solo un presente que se extiende hacia el futuro. Cada día, se levantan temprano, se ponen las botas, salen al monte. No para cosechar para un patrón, sino para cuidar una herencia que no es propiedad privada, sino uso común.
−Si esto no se habita, esto se muere −dice Yamili.
Y ellas lo habitan. Con sus manos, con sus decisiones, con su organización. Con el cansancio de las horas bajo el sol y la alegría de ver crecer lo que sembraron. Pero habitarlo no es suficiente. Hay que contarlo. Hay que nombrarlo, porque el trabajo campesino, en México, ha sido históricamente invisible. Y el trabajo de las mujeres en el campo, más aún.
−También tenemos que ir construyendo narrativas muy poderosas −dice Yamili− para reclamar y volver a recuperar que esto que tenemos es tan valioso como los modelos desarrollistas que nos han intentado convencer.
Al final de la entrevista, cuando se les pregunta qué les dirían a las nuevas generaciones, Julie responde con una frase que han hecho suya:
−Así somos. Así soy, así somos.
Y Bri, la más joven, remata:
−Aquí estamos, así somos.
No hay más. No hay menos.
Hay siete hectáreas que fueron un desierto químico y hoy son un bosque.
Hay una ejidataria que no esperó a que un hombre muriera para heredar, sino que ocupó su lugar en la asamblea y decidió quedarse.
Hay tres fueguitos −tres mujeres, tres generaciones− resistiendo el cambio climático, el patriarcado y el olvido.
Y la pregunta que queda flotando, como el zumbido de las abejas en el meliponario, es esta: ¿Qué estamos dispuestos a hacer para que proyectos como este no sean la excepción, sino la regla?





