Las mujeres, ciudadanas de segunda: la amenaza machista contra el derecho al voto

por | Sep 5, 2026

El mito de la democracia consolidada se derrumba cuando se brinda espacio a voces que pretenden someter a debate el derecho al voto de las mujeres. En un evidente olvido de la lucha de cientos de mujeres que lograron conquistar el derecho que abrió la puerta al reconocimiento de otros, y ante la avanzada de la ultraderecha en el mundo, hoy debemos estar vigilantes.

Fotografías: Lilia Balam, Archivo General de la Nación y Secretaría de Gobernación

Yucatán, México.- “Pareciera que las mujeres seguimos siendo ciudadanas de segunda cuando en pleno siglo XXI se discute si debemos tener derecho al voto o no” es una frase que resuena en medio de la ola de reels y memes que inundan las redes sociales replicando (y en algunos casos, aplaudiendo) la propuesta de la antiderechos estadounidense Erika Kirk respecto a eliminar el voto de las mujeres para sustituirlo por un sistema de “voto por hogar”.

La iniciativa, aunque parezca lejana, de acuerdo con especialistas no debe ser subestimada, en tanto está ocurriendo en el contexto de la avanzada de la ultraderecha en Latinoamérica y el mundo. Brotó precisamente en el país donde, en los últimos años, se han derribado varios derechos que se consideraban ganados, principalmente aquellos conquistados por las mujeres.


La batalla de 37 años…


Desde pequeña, Marianela Báez Puga observaba a su papá participar en campañas proselitistas de un partido político en Yucatán. En su casa se hacían las mantas para apoyar a la agrupación y ella rápidamente se identificó con sus estatutos.

Pero, a pesar del entusiasmo y su conocimiento del panorama político, ella no tenía derecho al voto. No fue sino hasta que cumplió veinte años, en 1953, que se emitió el decreto para que las mujeres en México pudieran votar.

Para que eso se lograra se requirieron al menos 37 años de lucha previa. De acuerdo con la historiadora feminista Tatiana Jiménez, los pininos de la lucha sufragista de las mujeres en México se remontan a finales del siglo XIX, gracias a personas como la periodista Laureana Wright, fundadora de las Violetas de la Anáhuac, quien defendía fuertemente los derechos de las mujeres, sobre todo en relación con el acceso a la educación, influenciada por ideas de igualdad provenientes de Francia.

A principios del siglo XX se articuló el movimiento: empezó el reclamo por parte de algunos sectores que consideraban que, si las mujeres tenían oportunidad de educarse, también debían tener derechos y obligaciones.

Fueron las profesoras y las obreras quienes comenzaron de manera activa las discusiones de los derechos de las mujeres, incluyendo el acceso al voto. “Las maestras eran quienes estaban más imbuidas en ciertos temas políticos. Las organizaciones sindicales fueron muy significativas por sus discusiones específicas en torno a derechos laborales, derecho a la vivienda, derecho a elegir si ser madres o no, la equidad en ciertas temáticas”, precisó Martha Ruiz González, bibliotecóloga especializada en historia de mujeres.

Una de las profesoras cuyo trabajo resultó trascendental para la lucha por el acceso de las mujeres al voto fue Rita Cetina Gutiérrez, quien publicaba la revista Siempreviva, en la que se impulsaba el derecho a la educación y al trabajo remunerado para las mujeres.

Todo esto se consolidó con el Primer Congreso Feminista de México, realizado en Yucatán en enero de 1916, bajo convocatoria del entonces gobernador de Yucatán, el socialista Salvador Alvarado. Este pretendía que las mujeres ocuparan cargos en la burocracia siempre y cuando no fueran esposas ni madres, es decir, “no lo hizo de manera muy desinteresada”, de acuerdo con Peniche Rivero.

En la organización del Congreso fueron piedra angular maestras como Consuelo Zavala. Se invitó a Hermila Galindo, secretaria particular del entonces presidente Venustiano Carranza. Aunque no asistió, envió el discurso que abrió el foro. Tocó los temas que serían abordados: si las mujeres debían dejar de lado las disciplinas enfocadas en que fueran buenas esposas o si debían tener acceso a educación que les permitiera ganar un sustento propio; la libertad sexual de las mujeres y su derecho a participar activamente en la vida pública y política.

En la Casa de la Historia de la Educación en Mérida, permanecen las listas que dan testimonio de las profesoras que se ausentaron de sus labores para asistir al Primer Congreso Feminista de México, en 1916. Fotografía: Lilia Balam

No había una posición homogénea entre las seiscientas asistentes al Congreso: algunas consideraban prioridad el acceso a la educación, pero no que las mujeres pudieran votar y ser votadas, ya que consideraban que no estaban capacitadas para ello. Otras sí se mostraban de acuerdo con el acceso al voto, pero no con el ejercicio público. Las más progresistas daban el sí a todos los derechos.

Si bien muchas mujeres querían votar, lo cierto es que entonces había otros temas igual de urgentes en la época, relacionados con los salarios, las jornadas extenuantes para las mujeres o las labores de cuidado.

Además, en aquel tiempo no faltaban los argumentos para impedir el acceso al voto, por ejemplo, que no tenían suficiente educación para sufragar. Este discurso también ha salido a flote recientemente por parte de la abogada antiderechos Natalia Torres, quien puja porque se otorgue la credencial de elector con previo examen de conocimientos. “Son estos mecanismos para decir que ciertos sectores no deben votar”, precisó Jiménez.

Pero conforme las mujeres se fueron profesionalizando y las maestras empezaron a exigir el derecho al voto, surgieron opiniones como que si salían a la calle iban a descuidar el hogar y su rol de género (la maternidad y los trabajos de cuidados). Pero, las mujeres siempre han hecho todo tipo de trabajos, pese a ser invisibilizados.

Con base en las crónicas del Primer Congreso Feminista, Ruiz González afirma que otra de las razones más recurrentes era “el influjo que tenían las mujeres respecto a la religión”.

“Había una idea de que prácticamente eso era uno de los ejes de nuestras formas de pensar. Y se cuestionaba el hecho de que se elegiría a través de influencias de otras personas, como el marido, el papá o el sacerdote. Había una idea muy arraigada de que éramos completamente influenciables, que no teníamos un entendimiento ni discernimiento propio respecto a decisiones que se consideraban de alto valor”, precisó la especialista, refiriéndose a estas ideas como “completamente machistas”.

En el Primer Congreso Feminista no se alcanzó consenso en torno al derecho de las mujeres al voto. Además, Alvarado condicionó a las maestras congresistas a “desfanatizar” a estudiantes. Ellas se negaron, argumentando que los asuntos religiosos eran una cuestión que correspondía a las familias. Esto, de acuerdo con Peniche Rivero, enfureció a Alvarado, y no llevó la iniciativa a la ley.

Incluso hubo una protesta de maestras congresistas en la clausura del evento: exigieron el cambio en la Constitución para permitir ese derecho a las mujeres. “Porque ese no es el sentir de todas las congresistas, hay gente como nosotras que queremos un cambio en la Constitución Política del Estado para poder introducir el derecho al sufragio”, indicaba el posicionamiento leído por Piedad Carrillo Gil, abuela de la investigadora Peniche Rivero.

En el Segundo Congreso, realizado en noviembre de 1916 y al cual asistieron cuatrocientas personas, sí se logró la votación. Pero, aunque Alvarado propuso llevar la petición a la ley, no lo hizo, pues “sentía que las maestras estaban muy fanatizadas” e “iban a votar por el obispo”, por “ese clero tan funesto”, según describe una nota de la época.

“Las intenciones de Alvarado eran muy particulares, muy egoístas. Él quería dar el voto porque planeaba su elección constitucional al Gobierno del Estado de Yucatán, cosa que al final no logró porque no tenía cinco años de residencia en la entidad, como indicaba la Constitución. Sus intenciones no eran muy generosas: pensaba en su propia elección”, precisó Peniche Rivero.

Sin embargo, esa mera discusión permitió avances en otros derechos, como la patria potestad de las y los hijos, la posibilidad de escoger si se iban con sus maridos en caso de que ellos fueran enviados a otros países o no, entre otros.

El cambio llegó durante la gubernatura del socialista Felipe Carrillo Puerto, quien se aprovechó de una laguna legal: estipuló que la Constitución yucateca, si bien no especificaba que las mujeres podían votar y ser votadas, tampoco prohibía expresamente su participación.

Gracias a ese movimiento en 1922 resultó electa Rosa Torre González como primera regidora de Mérida y, al año siguiente, cuando por primera vez pudieron votar las mujeres, resultaron electas Elvia Carrillo Puerto, Raquel Dzib Cicero y Beatriz Peniche Barrera como las primeras tres diputadas de México.

No hay muchísima información de esa primera jornada electoral en la que participaron mujeres. Solo se sabe por registros hemerográficos que participaron mujeres en Mérida y en Hunucmá, al poniente de la entidad, con titulares como “con gran sorpresa”, ya que no era algo esperado.

En 1923, las mujeres votaron en Yucatán, sin embargo, fue hasta 1953 que se reconoció el derecho a voto a nivel federal. Fotografía: Archivo General de la Nación

Pero después de eso ocurrió la “debacle” del socialismo tras el asesinato de Felipe Carrillo Puerto y todos los avances en materia de derechos de las mujeres fueron echados para atrás. Las cuatro mujeres fueron desconocidas y sacadas de sus puestos por medio de artimañas tan bajas como la falsificación de la firma de Torre González en un documento de renuncia al cabildo de Mérida.

De acuerdo con la investigadora Piedad Peniche Rivero, ocurrió una “purga” de mujeres dentro del Partido Socialista del Sureste. Quienes conformaban la Liga Feminista “Rita Gutiérrez”, fundada por Elvia Carrillo Puerto en 1919, fueron perseguidas y violentadas. Fue algo sencillo para los detractores, ya que eran profesoras del sistema estatal y las amenazaron con el despido.

“Barrieron con el feminismo, con las mujeres. Y fue tan dura la represión que ninguna mujer volvió a aspirar a un cargo de elección popular. De eso se trataba el castigo: de dar un escarmiento para que ninguna mujer pensara siquiera en volver a ocupar la tribuna pública, los cargos públicos. Ya, las mujeres a sus casas”, detalló Peniche Rivero.

En Tabasco y en Chiapas el derecho de las mujeres a votar fue reconocido en 1925, pero en el primer caso la reforma fue derogada, mientras que en el segundo continuó vigente.

En el sexenio de Lázaro Cárdenas, en la década de los cuarenta, predominaba la idea de que las mujeres tenían un pensamiento conservador y eso beneficiaría a la iglesia en los comicios, pues ellas se dejarían influenciar por los sacerdotes o consejeros religiosos, impidiendo que tuvieran pensamiento libre para votar.

Aunque en esa administración se envió una iniciativa al Congreso para que las mujeres pudieran votar a nivel federal, esta nunca se promulgó. No fue sino hasta 1953 cuando, durante la administración de Adolfo Ruiz Cortines, se emitió el decreto que habilitó el acceso de las mujeres al voto.

Pero el camino no acabó precisamente con la primera jornada electoral en la que a las mujeres se les permitió votar, en 1955, pues entonces comenzaron a difundirse discursos de odio contra ellas por ese logro.

“‘¡Que voten las viejas!’ es un titular muy famoso de un periódico de esa época, como una radiografía de la realidad que se vivía. No sé si actualmente también podemos decir que ya vivimos en una sociedad un poco más respetuosa respecto a la representación política de las mujeres, teniendo a la primera presidenta en México. La violencia política por razones de género ha sido una constante a lo largo de la historia”, puntualizó Ruiz González.

Decir que en 1955 hubo interés masivo por el voto de las mujeres sería distorsionar la historia, admite Jiménez. El sufragio era un tema de interés para mujeres con cierto nivel educativo y poder económico que les permitían estar actualizadas en discusiones de derechos e, incluso, tener intereses particulares por votar y ser votadas.

Por supuesto, tampoco fue un ejercicio sencillo. De acuerdo con las investigaciones de Jiménez, en la prensa circularon discursos ridiculizando a las mujeres o mostrando preocupación por el hecho de que pudieran votar y ser votadas: que si iban a descuidar el hogar, que si los roles se iban a subvertir y ahora los hombres se iban a dedicar al cuidado de hijas e hijos o al trabajo doméstico.

Para la investigadora, un elemento primordial que permitió la conquista del derecho al voto fue la palabra. “A través del periodismo muchas de las sufragistas fundaron revistas como La mujer moderna de Hermila Galindo, o se enviaron peticiones al Congreso Constituyente, y muchas periodistas en diferentes regiones de México hablaban de que las mujeres tenían ese derecho a votar y ser votadas”, puntualizó.

También se organizaron frentes políticos que hacían trabajo de cabildeo con diversos gobernantes del país, como el Frente Único por los Derechos de la Mujer, que aglutinó a feministas de diferentes sectores y organizó congresos. Por su parte, las mujeres obreras y campesinas realizaban foros para discutir el derecho al voto.

Muchas de las sufragistas fundaron revistas como La mujer moderna de Hermila Galindo. Fotografía: Archivo Segob

“Las mujeres sabían que era muy importante para ellas acceder a la participación política porque de esta manera podían llevar también a la tribuna pública las demandas relativas a los derechos de las mujeres. Eran muy conscientes de que la participación de las mujeres en el ámbito público podía incidir en la toma de decisiones en favor de sus propios intereses”, indicó Jiménez.

Para ella resulta importante recalcar esto ante la difusión de ideas que buscan revocar el derecho al voto a las mujeres. “Parece inverosímil que en pleno 2026, en pleno siglo XXI tengamos estas discusiones cuando tanto teórica como políticamente se supone que estamos en un momento de democracia consolidada. Esto termina demostrando cómo ciertos sujetos políticos siempre se consideran de menor valía, y por lo tanto su participación social y política no resulta importante para ciertas élites. Pareciera que seguimos siendo ciudadanas de segunda”.

Resulta irónico para Jiménez que surja este punto de debate en una sociedad en la que apenas se están consolidando los criterios de paridad en todo, sobre todo porque sigue existiendo mayor presencia de hombres en los puestos de toma de decisiones y la administración pública.

“Cuando vamos luchando y caminando para consolidar el tema de la paridad, es paradójico que se cuelen estas ideas sobre si las mujeres tendríamos que votar o el sistema político mexicano tendría que reconfigurarse para pensar en un voto por familia”, apuntó la experta.


…de una guerra interminable


Hablar del derecho al voto no solo involucra la participación en los comicios, sino en la vida pública en general, explicó Alejandra Pacheco Puente, investigadora independiente que fungió como consejera electoral en el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Yucatán (IEPAC), de 2017 a 2024.

Para ello es preciso hacer conciencia de que hace apenas 73 años el espacio público estaba negado a las mujeres. A pesar de representar a la mitad de la población, estaban limitadas al espacio doméstico, íntimo, “escondidas, reservadas” y supeditadas a un hombre que tomaba decisiones por ellas.

“Que una mujer pudiera votar no se trataba solo de que pudiéramos acudir a la urna a ejercer nuestro derecho a elegir a quien nos representara, sino de dejar de ser invisibles para la sociedad. Este derecho y la lucha por este derecho va aunado a otros que tienen que ver con participar en lo público, con poder tomar decisiones”, detalló.

La historia de Marianela ilustra muy bien este punto. Ella relató cómo cuando no tenía derecho a votar tampoco podía tomar otras decisiones. Por ejemplo, el director de la escuela primaria en la que ella estudió quería, por sus buenas calificaciones, promoverla para que ella fuera profesora. Nela, como la apoda cariñosamente su familia, sí quería ser maestra, pero cuando el docente acudió a solicitar el permiso a su padre, este se negó, argumentando que eso solo era para las amantes de los directores.

Por ello, las ideas actuales que están circulando en Estados Unidos “tienen una carga de corriente política que pretende mantener las costumbres de control” y regresar a esa etapa en la que quien ejercía el voto era el “jefe de la familia tradicional”. Para desmontar que esa regresión es necesaria, solamente se debe reconocer que las familias ya no son como antes y que detrás del discurso hay un elemento de poder y control social.

“En general, el hombre salía a trabajar, la mujer estaba dedicada al hogar y se creía que bastaba con que hubiera un hombre proveedor para que una familia funcionara. Hoy el esquema es distinto y la economía no lo permite. Tenemos estadísticas de enormes números de familias monoparentales. No podemos ser ingenuos. Las políticas que se implantan en un país no son para beneficiar a la ciudadanía, sino para que quienes ejercen el poder tengan mayor control. En este caso permea en que no voten las mujeres y se regrese al modelo tradicional, porque esto permite controlar el poder”, precisó Pacheco Puente.

Los hombres que quieren someter a debate el derecho de las mujeres al voto o su capacidad para ejercer en cargos públicos se respaldan en la idea de que “el mundo es suyo, el espacio público es suyo, el poder es suyo, tan es así, que se les está quitando un lugar suyo para que entre una mujer”.

Durante el Primer Congreso Feminista de México se debatieron por primera vez, de manera pública, los derechos de las mujeres. Fotografía: Lilia Balam

Pero las democracias no funcionan así, puntualizó Pacheco Puente, pues implican la participación de todas las visiones y que toda la diversidad de la sociedad esté representada en su complejidad.

Irónicamente, de acuerdo con un estudio de participación ciudadana del Instituto Nacional Electoral (INE), en las últimas elecciones, realizadas en 2024, casi 64.3 % de las votaciones fueron ejercidas por mujeres, 10 % más que los hombres, con 54.8. Además, otros estudios han demostrado que quienes capacitan para el voto, incluso dentro de los partidos políticos, quienes hacen las labores de cohesión, afiliación y gran parte del trabajo territorial de los partidos, suelen ser las mujeres.

“Hay un gran interés por parte de las mujeres no solo en la política, sino en la vida pública. Esto es representativo porque el ejercicio del voto significa también que te interesas en la vida del país y las decisiones públicas y por eso te importa quién llega. Y para eso tienes que saber qué está pasando, o por lo menos, saber que tienes ese derecho”, indicó Pacheco Puente.

El camino ni siquiera está del todo firme aún: en 1997 se adoptó la primera cuota de género para garantizar que el sector que representa a la mitad de la población llegue a cargos públicos, pero solamente como sugerencia. Fue en 2003, cuando se volvió obligatoria, pero apenas en 2009, tras el caso de las “Juanitas” (cuando ocho diputadas electas declinaron en favor de sus suplentes masculinos), se empezó a cuestionar cuántas de las mujeres postuladas efectivamente llegaban a los puestos de poder para ejercer en las mismas condiciones que los hombres.

Entonces empezaron a tomar medidas para asegurar que las mujeres no solo votaran y se postularan a cargos públicos, sino que ocuparan dichos puestos y pudieran ejercerlos, lo cual, de acuerdo con las especialistas entrevistadas, fue lo que eventualmente culminó en la elección de la primera presidenta de México, Claudia Sheinbaum.

Incluso sin las amenazas de los sectores conservadores de revocar el derecho al voto a las mujeres, ya hay “rechinar de dientes, mesas de discusiones y diálogos interminables” respecto a las cuotas de paridad, sobre todo porque en México todavía hay resistencia a reconocer los derechos político-electorales de las mujeres en algunas comunidades.

Pacheco Puente documentó un caso en una comunidad de Chiapas, donde los hombres abandonaban asambleas del pueblo si entraba alguna mujer, ya que no las consideraban un espacio para ellas. De igual forma, en 2021, cuando laboraba como consejera electoral en el IEPAC, participó en un foro en el cual mujeres de comunidades mayas de Yucatán manifestaban que, pese a su deseo de participar en los procesos electorales, no podían hacerlo, ya que sus esposos no lo permitían, acusándolas de infieles por querer formar parte del ejercicio.

Incluso en los círculos de toma de decisiones persiste el machismo. De acuerdo con la investigadora, sigue siendo muy común que a las candidatas que consiguen un puesto público las ataquen diciéndoles que no tienen la capacidad para ello y solo llegaron al cargo gracias a las cuotas de género.

“Esto es una trampa, una falacia que parece verdad, pero hay que analizarla. Porque durante siglos la educación no estuvo orientada a que las mujeres accedieran a cargos públicos, hay mujeres sin formación política. Entonces por supuesto van a tener mayor limitación, no por falta de inteligencia y capacidad, sino porque la estructura se hizo para ponerles más obstáculos por ser mujeres. Y además hay mujeres que aun con cargos públicos, tienen doble o triple jornada de trabajo, porque les tocan labores de cuidado en los hogares”, detalló.

A Pacheco Puente también le tocaron reproches por parte de diputados. Previo a la jornada electoral de 2024 uno de ellos la llamó para reclamar que a su partido se le estaba dificultando armar bloques de competitividad cumpliendo las cuotas de género aprobadas en Yucatán desde 2021. La entonces consejera electoral le recordó que debería entender el proceso, ya que fue el Congreso el que aprobó la reforma constitucional local.

“Me contestó: ‘No se preocupe consejera. Si vuelvo a ser diputado esa ley se cambia’. Entendí que como la coyuntura exigió que se cambiara la ley en su momento, se hizo. Pero en la vida real no se interiorizó la posibilidad de que más mujeres llegaran a los cargos públicos”, relató Pacheco Puente. Agregó que esa anécdota “pinta muy bien” lo que está ocurriendo en pleno 2026 respecto a la posibilidad de quitarle el derecho al voto a las mujeres.

Durante el Primer Congreso Feminista de México se debatieron por primera vez, de manera pública, los derechos de las mujeres. Fotografía: Lilia Balam


Los derechos de las mujeres son los primeros en temblar en las crisis


Nela no recuerda con exactitud cuándo fue la primera vez que acudió a las urnas. Pero sí recuerda que cuando se casó, a los treinta años, comenzó a involucrarse en las actividades del partido: para entonces, 1963, ya podía hacerlo.

No hubo límites. Recuerda la energía con la que salía a la calle para participar en las campañas proselitistas de Víctor Correa Rachó, en 1968 y 1969, para la alcaldía de Mérida y la gubernatura de Yucatán, respectivamente. También se acuerda de los escándalos que rodearon esos ejercicios, relacionados con la compra de votos y las amenazas. Incluso relata cómo encaró a una persona que tenía un arma en la casilla de votación al recordarle que eso no estaba permitido según las normas.

Para ella ir a votar se convirtió en un acto de responsabilidad, por medio del cual podía elegir a las personas que consideraba más aptas para solucionar problemáticas como la repavimentación o la inseguridad.

Aunque no planea ir a votar en las elecciones del 2027, dado que tendrá 94 años y cada vez es más complicada su movilidad para acudir a las urnas, no considera que eso sea un impedimento para expresar sus ideas políticas y recordar con emoción todos los años en que pudo aportar al partido con el que simpatiza y a su comunidad.

“El voto bien pensado es bueno. Si eres congruente, si no te vendes. A mí me enseñaron a no mentir. Y claro que no es correcto que digan que las mujeres no debemos votar. Tenemos todo el derecho”, sostuvo.

Todas las expertas entrevistadas para este reportaje coincidieron en que quitar el acceso al voto a las mujeres sería un retroceso, o, en palabras de Peniche Rivero, “echar para atrás el reloj de la historia” hasta la época en que las mujeres eran amas de casa “y nada más, sin salir del hogar, encerradas. Una vuelta al hogar y a la esfera doméstica”.

Incluso Ruiz González señaló que, aunque comprende las posturas anarquistas que abordan que hay derechos más importantes que defender, como los del trabajo digno o el acceso a la vivienda, impedir que las mujeres voten implicaría relegarlas de nuevo a la esfera privada.

“El voto es un punto, no es el todo, pero sí reconozco la importancia que tiene a nivel social, político y cultural. Quitar ese acceso significaría regresar a la época en que no podíamos decir nada. Negaría el derecho a la educación, a tener cualquier cosa que implique no depender de alguien, específicamente de un hombre. Y ahora que está en boga volver a la ultraderecha, estas posturas deben ser analizadas desde una perspectiva de clase”, precisó la experta.

Por eso, no hay que minimizar estas tendencias, aunque solo parezcan ideas locas o que es un sector mínimo el que pide quitarle los derechos a las mujeres.

Marianela Báez Puga tenía 20 años cuando se emitió el decreto para que las mujeres en México pudieran votar, en 1953. Fotografía: Lilia Balam

“No creíamos que Estados Unidos pudiera intervenir nuevamente y lo ha hecho en algunas regiones del mundo. Además, vimos cómo los derechos sexuales en varios lugares de ese país terminaron por perderse. No es descabellado pensar que los derechos políticos de las mujeres en algún momento puedan ser parte de esta situación, y también pueda haber un detrimento en ellos”, dijo Jiménez.

El primer paso es dejar de pensar que los derechos permanecen una vez que son conquistados. “Como humanidad hemos demostrado que somos capaces de regresar una y otra vez a los estados más caóticos”, señaló Pacheco Puente.

Si no tenemos cuidado y no mantenemos la vigilancia para respaldar estos derechos, se corre el riesgo de retroceder a lo que la sociedad se había comprometido a no hacer desde la Segunda Guerra Mundial.

“Poblaciones donde el hombre blanco, educado, con capacidades es el que tiene el control de todo lo que ocurre en la sociedad. La tentación de regresiones tiene que ver con que es más fácil ejercer el poder desde el control que ante una ciudadanía con libertad, pensamiento crítico y formación”, indicó la experta.

Lo fundamental es apostar a la educación, pero no desde el punto de vista académico: sino que la sociedad se mantenga alerta e informada.

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. En sociedades que cambian tan rápido, lo que hemos conquistado se puede esfumar. Si no lo seguimos trabajando, si no seguimos educándonos una y otra vez y pensando críticamente, las cosas se pueden perder”, recordó la exconsejera electoral.

¿Qué se puede hacer? Según las especialistas, lo ideal es que las mujeres sigan formando parte de movimientos organizados y no bajen la guardia, porque “lo que ya considerábamos ganado, que incluso veíamos avanzando (como con el tema de paridad), puede ser echado para atrás”.

Pero, sobre todo, no dejar en el olvido el camino con el que se consiguieron esos derechos, como concluyó Peniche Rivero: “Es necesario mostrar la lucha tremenda que fue. Recordar que los derechos de las mujeres hay que defenderlos todos los días porque en cualquier momento se van para atrás, porque cualquier crisis política, económica y social pone a temblar los derechos de las mujeres”.

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