Tras sobrevivir a décadas de represión policial y discriminación, las personas que lucharon por los derechos LGBT en México hace sesenta años hoy vuelven a la lucha, pero ahora para lograr una vejez digna: enfrentan una doble vulnerabilidad por el edadismo y la falta de redes familiares, lo que reduce drásticamente su calidad de vida. En varias partes del país, impulsan iniciativas para crear casas de retiro, cuidarse entre ellas y pasar una vejez digna ante las omisiones del Estado.
Fotografías: Lilia Balam, archivo de Sherrier de la Fontaine y Pintando Arcoiris
Yucatán, México.- Sherrier de la Fontaine tenía dieciocho años cuando debió elegir entre su hogar o su vida. Era 1966 en la conservadora Mérida, Yucatán, y su papá mantenía su homofobia muy clara y pública: desde que ella tenía doce años, no hubo cena en la que no cubriera la mesa con amenazas para que sus hijos no fueran homosexuales.
“Si llego a tener un hijo así, lo mato”, recuerda Sherrier que decía. Pero para entonces su deseo de libertad era más grande que el miedo y un día “salió del clóset” con su familia.
Su mamá ya se lo imaginaba, finalmente ella fue la que lidió durante años con los castigos corporales y las expulsiones de las escuelas en las que detectaban que a Sherrier le gustaban los niños, con quienes tuvo su despertar sexual. Pero su papá la correteó con un machete. “Te voy a matar porque en mi familia no hay nada de eso”, le gritó.
Sherrier, a quien también conocían como Sherrier Colleman, huyó acompañada de dos amigos gays, y con treinta y cinco pesos que le robó a su papá llegó a la Ciudad de México, donde comenzó a sumergirse en el tabú: en el perseguido y prohibido ambiente LGBT de la época.
Sin haber podido concluir sus estudios, pues fue expulsada de la preparatoria por difundir propaganda comunista, comenzó a dedicarse al trabajo sexual. A su regreso a Mérida, a finales de la década de los setenta, comenzó a participar en certámenes de belleza LGBT, donde causó sensación ganando el título Señorita Yucatán. También incursionó en el travestismo: logró llenar bares con sus caracterizaciones de Laura León, Donna Summer y otras artistas del momento. Incluso creó su propio grupo en Campeche.
Pero a la par de los éxitos tuvo que lidiar con la discriminación: en 1982, participó en un certamen de Señorita Yucatán, realizado en Pisté, al oriente de Yucatán, al que le cayó una razia. La “asquerosa policía”, en palabras de Sherrier, detuvo a todas las concursantes.
“Todas fuimos violadas por la policía del Gobierno del Estado. Hicieron que nos bañáramos primero todas. Entraban los policías de tres en tres, de cinco… Aunque no quieras. Violadas. No existían los derechos humanos en esa época. No podíamos quejarnos. Estábamos a manos de la policía. Ellos siguieron trabajando como policías”, cuenta.
En otra ocasión la detuvieron en la puerta de su casa, cuando estaba llegando de su trabajo en el bar Los Caballitos. Ataviada con su vestido y maquillada, la subieron a una patrulla antimotín de la Policía Estatal. Dijeron que era una razia. Abusaron sexualmente de ella y la dejaron libre. Ella amenazó con denunciarlos si el acto se repetía y esos uniformados no regresaron, pero otros sí fueron a exigirle trabajo sexual sin pagarle bajo la amenaza de encarcelarla.
Hoy, con casi setenta y ocho años, Sherrier es una de las pocas sobrevivientes de una generación que enfrentó la persecución del Estado, la violación a los derechos humanos por razones de género y la discriminación desde cada frente. Pero ahora encara todos los obstáculos que atraviesa la diversidad sexual LGBT en México y busca hacerles contrapeso impulsando su sueño de crear una casa de retiro para vejez trans.


Sherrier de la Fontaine en su papel de Laura León, cuando causaba sensación en los bares de Mérida, Yucatán. Foto del archivo de Sherrier
Detrás del abandono a la vejez LGBT
Vivir la vejez en México es complicado por la falta de políticas públicas que, de acuerdo con Korina Corona, fundadora del colectivo Pintando Arcoíris, se limitan al cumplimiento de la Ley de las Personas Adultas Mayores. Pero para una persona LGBT la dificultad se duplica, pues además del edadismo, deben enfrentar la discriminación por su orientación sexual o por su expresión de género incluso desde sus propias familias.
“Desde maltrato, despojo, robos y abusos ocurren contra las personas en la vejez, y hablando de la familia directa. Ahora imagínate a las personas adultas LGBT que no formamos familias porque antes no nos podíamos casar o tener hijos y, en la mayoría de los casos, nuestra familia consanguínea fue la primera que nos agredió, nos expulsó de nuestras casas, con las historias y de las formas más horribles que te puedas imaginar, por ser quien eras, por ser como eres. Entonces empezamos a envejecer completamente solos”, indica Corona.
Ella recuerda que a las personas de su generación, nacidas en la década de los cuarenta, cincuenta, sesenta o setenta, les tocó vivir la violencia y discriminación sistemática desde todos los frentes: por parte del Estado, de la familia, de la religión y de la sociedad en general, lo que ocasionó que su esperanza de vida fuera mucho menor a la de las personas heterosexuales.
Tal es el caso de las mujeres trans en México, cuyo parámetro es de treinta y cinco años, cuando el del resto de la población es de setenta y cuatro años para varones y setenta y nueve para mujeres, de acuerdo con el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam).
Por otro lado, las personas LGBT que logran llegar a la vejez se encuentran especialmente vulnerables por todas las barreras que tuvieron que enfrentar a lo largo de su vida para tener acceso a servicios médicos, a sistemas de ahorro, a propiedad, etcétera. “Una persona LGBT en la vejez es igual a invisibilidad, soledad y abandono”, apuntó Corona.
Sherrier tomó un tratamiento de hormonas, prescrito por una amiga suya “a la que le gustaba experimentar”, desde los dieciocho años hasta los treinta y cinco, cuando comenzó a presentar problemas renales y, por indicación de un médico, tuvo que dejarlo.
Afortunadamente y a diferencia de otras mujeres trans, no presentó secuelas por el tratamiento, pero actualmente tiene una hernia que no se ha atendido pues, aunque cuenta con el Seguro del Bienestar, le da temor la operación que requiere para sanar.

Para Corona, una mujer trans que se ha dedicado al trabajo sexual, cumplir sesenta y dos años es un hito lleno de obstáculos. Ella ha vivido con VIH (virus de la inmunodeficiencia humana) la mitad de su vida, y carga con secuelas importantes en su salud debido a que los primeros medicamentos que se desarrollaron para tratar los síntomas del virus eran extremadamente tóxicos: le ocasionaron neuropatías, lipodistrofia facial y daño renal.
“Nunca pensé llegar a esta edad. Y las hermanas trans adultas que todavía están aquí, sobreviviendo, la estamos pasando muy mal. Yo pensaba que a los treinta y cinco años me iba a morir o me iban a matar porque oíamos las historias de que mataban a Fulanita en el hotel o que Sultana desapareció o que estrangularon a Fulana o cuando mataban en las razias”, afirma.
Ella considera que si pudo sobrevivir fue gracias a la red de apoyo que construyó con otras personas LGBT, por lo cual siente que debe retribuirles de alguna manera. Por ello quiere construir la casa de retiro para la vejez LGBT.
Y es que las pocas políticas públicas creadas para proteger a la vejez están estructuradas y dirigidas a la vejez heteronormada, lo cual excluye a una buena parte de la población, asegura Corona.

La segunda lucha de la “vieja escuela” LGBT: un lugar para vivir una vejez digna
El colectivo Pintando Arcoíris surgió hace dos años y medio, cuando Corona cumplió cincuenta y se percató de que estaba llegando a la vejez sin una familia que la respaldara: ella se salió de su casa a los catorce años para ya no vivir violencia por parte de su papá, la cual la había orillado incluso a intentar suicidarse en tres ocasiones.
Además, en México no existía un lugar donde la vejez LGBT, como ella, pudiera refugiarse y pasar los últimos años de vida con tranquilidad, seguridad, cuidados especializados, libre de discriminación y acompañada por personas que habían experimentado vivencias similares a ella. Si bien la activista trans Samantha Flores lo había intentado en 2012 con su proyecto Vida Alegre (Laetus vitae), este solo consistió en una casa de día para personas en la vejez.
Para Corona, la apertura de un refugio para la vejez LGBT implica saldar una deuda que carga el Estado por haberle cerrado tantas puertas a personas de la diversidad sexual. La discriminación de épocas anteriores es la razón por la cual las coetáneas de Corona no pudieron estudiar ni conseguir empleos con prestaciones.
“En esa época ni levantar una denuncia. No me iban a hacer caso, iba a ser el chiste, un chiste horrible, cruel. Nunca entendí por qué los jotitos causábamos risa, pena, asco”, recalca.
Actualmente alrededor de treinta y dos personas participan en las actividades de Pintando Arcoíris que ellas y ellos mismos costean. Están recaudando fondos para constituirse legalmente como asociación civil y poder finalmente conseguir un espacio para crear la primera casa de retiro para la vejez LGBT en México. Invitan a la población a apoyar, aunque sea con una módica cantidad, para poder lograr el objetivo.
“Un lugar donde no tengas que dejar de ser tú para encajar. Porque imagínate que la vejez LGBT llegue a un asilo de estos pagados, heteronormado. No se siente seguro. Es como volver a vivir toda la discriminación. En un lugar para personas LGBT nos sentimos seguros, porque nos identificamos, tenemos historias cruzadas, construimos una familia elegida. Una casa de retiro propia, donde no nos señalen, no nos juzguen. Con todo lo que luchamos en nuestras juventudes bajo un sistema represivo y violento, tenemos que llegar a una vejez con esto que le dimos a las ahora juventudes LGBT”, explica.

Sherrier colabora en un colectivo de mujeres trans brindando apoyo a aquellas que se dedican al trabajo sexual, atraviesan problemas de adicción a sustancias o viven con VIH pero no cuentan con seguro médico o recursos para llevar una vida saludable. Entre todas quieren hacer una casa de retiro en Yucatán específicamente para la vejez trans.
Actualmente Sherrier apoya a sus amigas cuando no tienen donde pasar la noche, pero no cuenta con recursos suficientes para alojarlas más de tres días o para brindar el espacio a más personas.
“No tenemos espacios. Antes de que yo muera quisiera hacer un centro comunitario para que las trans grandes tengan donde estar, que no estén tiradas en las calles, porque a veces su familia no las quiere, entonces están solas”, indica.
Su amiga, Leonor, falleció a los noventa años tras una fractura de cadera. Sus amigas trans le consiguieron una silla de ruedas y un bastón, la iban a visitar, le llevaban despensas, la acompañaban al doctor…pero en la opinión de Sherrier, murió abandonada, porque no había alguien a su lado en esa etapa tan complicada. Si bien tenía una pareja, no la ayudaba y se quedaba con su pensión. Incluso en ocasiones Leonor le hablaba a Sherrier por teléfono porque no había comido nada en todo el día.
“Si hubiera existido un centro comunitario, un albergue, donde la hubieran bañado y dado aunque fuera dos comidas… Pero eso no hay para las longevas”, apunta.
Sherrier todavía cuenta con una de sus hermanas y con varias amigas del ambiente. No le da miedo enfrentar los múltiples obstáculos de la vejez que ha visto como derrotan a sus amigas trans.
“Ahora me siento bien. No soy millonaria, pero me siento bien protegida por mi familia, me quieren mis amigas, mis amigos. Pero hay personas que no tienen eso. Por eso quiero hacer el refugio”, indica.
Apenas hace tres años, colectivos anunciaron sus intenciones de crear un refugio, pero nunca concretaron el proyecto. Por ello, explica Sherrier, es necesario que tanto el Gobierno del Estado de Yucatán, como el Ayuntamiento de Mérida, se comprometan con acciones visibles que garanticen los derechos de la población LGBT, por lo cual solicitó su apoyo para concretar el objetivo.

Si bien Corona hace llamado a la autoridad a cumplir con su trabajo, de igual manera les pide a las juventudes que no dejen de luchar por la vejez de la diversidad sexual, porque fueron las viejas generaciones las que se movilizaron para que las nuevas pudieran tener algunos derechos reconocidos, como el del matrimonio igualitario o el cambio de identidad de género.
“Fuimos quienes les abrimos las puertas. Hay registros históricos a nivel mundial de que se han llenado calles de sangre para que pudieran suceder los cambios. Y ahora ya se olvidaron de quiénes estuvimos en esas luchas, ya no les importamos porque piensan que siempre van a ser jóvenes, bellos y hermosos, pero no es así. Ahora a nosotras nos toca volver a entrar en esta segunda lucha, pero en la vejez, vamos a construir espacios seguros para cuando los que son jóvenes ahora lleguen a la vejez y no pasen por lo que pasamos nosotras. Por favor, no nos dejen fuera, porque lo están haciendo”, exhorta.
Sherrier planea, mientras tanto, seguir en lo suyo: ser modista, estilista, trabajadora sexual, vedette en el grupo de Las Nuevas Aventureras, y llegar a la muerte luchando contra la discriminación en todas sus presentaciones.
“Yo quiero vivir mi vejez bonita, digna. Y quiero ser como las grandes, morir en el escenario. Que la gente piense que estoy haciendo un número y cuando me vayan a ver ya esté fría. Hay muchas jóvenes que me dicen que ya no puedo hacer eso, que ya estoy acabada, que estoy grande para estar así de ridícula, pero mientras me quieran, me paguen, la gente me disfrute y aplauda, voy a ser terca, lo voy a seguir haciendo. Aún con mi bastón”, sonríe.






