Mientras la precariedad les niega un futuro, una generación de menores de cuarenta años está inventando otras formas de habitar la Ciudad de México. No piden permiso: juegan, cantan, pintan la calle. Al hacerlo, defienden lo único que les queda: el espacio público amenazado por megaproyectos inmobiliarios y un mundial impulsado por empresas transnacionales que saquean los recursos naturales.
Texto: Eliana Gilet
Fotografías: Eliana Gilet
Ciudad de México.- El primer domingo de marzo cortaron la avenida Tlalpan que pasa junto al estadio Azteca, trazaron con cal las líneas de la cancha y tomaron el espacio sin pedir permiso. Era cerca de las cuatro de la tarde. No era un partido cualquiera: cuando el balón entró, el grito no fue «¡gol!», sino «¡Justicia para Ayotzinapa!». Así, entre pases y jugadas, una generación que no termina de encontrar su lugar en esta ciudad está disputando algo más que un partido.
Una podría preguntarse qué tiene que ver el fútbol con la lucha territorial. O, mejor aún, por qué quienes no llegan a fin de mes, quienes viven con sus padres a los treinta, quienes ven cómo el dinero público embellece las zonas turísticas mientras su transporte se cae a pedazos, eligen precisamente el juego como forma de protesta. Las preguntas no son nuevas, pero las respuestas tal vez sí.
¿Cómo sobrevive la lucha territorial cuando las redes sociales venden el mito de que abrir una cuenta equivale a crear una organización? ¿Tiene la generación menor de cuarenta años, nacida en los ochenta, noventa y dos mil, alguna forma específica para la defensa de sus derechos y del espacio que habita? ¿Es posible usar el arte como una herramienta para la defensa comunitaria en medio de la metrópolis?
Estas preguntas surgen de la plática con activistas y militantes, quienes con mayor o menor experiencia toman las calles de la Ciudad de México para denunciar la desigualdad estructural y los eventos globales que la acentúan: despojos, desalojos, desplazamientos forzados urbanos, discriminación espacial, carencia de vivienda y de espacios públicos adecuados, entre los más sobresalientes.
Precariedad generacional y lucha territorial
Suele meterse a toda la gente joven que se moviliza en la lucha territorial dentro de la bolsa de opositores al anglosajón término “gentrificación”. Pero las razones de su movilización tienen menos que ver con esa forma europeizada de ver el mundo que con el padecimiento de una vida precaria y en evidente decrecimiento social dentro de sus propias familias.
Pablo, activista y estudiante de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, es uno de los que ha sostenido el espacio del bajo puente del estadio Azteca, convertido desde fines de 2025 en una especie de vanguardia territorial.
«Todos los domingos en el estadio Azteca hacemos actividades para unir a la comunidad», explica. «El sistema se enfrasca en ver cómo nos divide, nos pone a pelear entre nosotros cuando en realidad buscamos lo contrario: ver cómo nos organizamos y generamos la comunidad que nos han quitado».
De ahí surgió la idea de acompañar otras movilizaciones, como la Acción Global por Ayotzinapa, que les tendrá este 26 de marzo jugando al fútbol, tomando los nombres de las luchas para los equipos ad hoc que se arman en cada reta, picadito o cascarita.

«Reivindicamos las luchas al nombrarlas, pedimos justicia para ellas. Usar sus nombres nos genera identidad. Decidimos seguir reclamando por los nuestros, por los desaparecidos, contra los despojos que sufrimos y por la cantidad de demandas que hay más allá del fútbol. Es lo que nos une como comunidad para salir a protestar».
Detrás de esa identidad colectiva hay una experiencia compartida de precariedad. Las generaciones nacidas en los ochenta, noventa y dos mil han tenido más acceso a la educación media y superior que sus padres, pero no logran la emancipación económica que estos tuvieron hace treinta años. Rodeados de precariedad laboral y salarios que no alcanzan para un piso, muchos dependen de sus familias por más tiempo. Según datos del INEGI, el 45 % de los jóvenes que trabajan ganan un salario mínimo y un 33 % gana hasta dos. La dependencia, paradójicamente, los vuelve más territoriales: defienden el barrio que aún comparten, el espacio público que todavía pueden habitar.
Rodeados de granaderos con cara de aburridos por llevar dos horas escoltando una manifestación magra en el mediodía de un viernes de febrero, tres veinteañeros asistentes a la protesta, convocada anónimamente en redes sociales para denunciar los estragos de la turistificación, reflexionaron cómo responder a esta pregunta:
–¿La precariedad que padecen como generaciones más jóvenes, hace que dependan de sus familias por más tiempo?
–¡Sí! –respondieron a coro.
«Personalmente, apenas terminé la carrera; pero sé que aunque me meta a trabajar ese sueldo no me va a alcanzar para un piso; podré aportar a la economía de la casa, pero no va a ser suficiente para deslindarme completamente de mis padres», explica Itzel, de veintiún años.
De fondo, emerge en la charla la «trampa» que ejecutó la clase política contra el compromiso público ante la exigencia popular para reducir la jornada laboral de México de 48 a 40 horas semanales. Esto es, para estos militantes apenas veinteañeros, una traición a las expectativas que tenían de que la precariedad, al menos relacionada al tiempo que se tarda en ganar un jornal, pudiera haberse disminuido tantito.
No sucedió, pues la reforma para reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas fue aprobada con condiciones que la vacían de su potencial transformador inmediato: será gradual hasta 2030, no incluye los dos días de descanso obligatorios que buscaban y, además, amplía el límite de horas extra permitidas antes de que se paguen al doble (de 9 a 13 horas semanales). Para una generación que ya padece la precariedad, esta implementación diluida y a plazos significa que el alivio en el tiempo dedicado a ganar un salario sigue siendo una promesa lejana, no un cambio tangible en su presente.
Este límite material, laboral, atado a una generación de ingreso precario, además de frustrar, pone en entredicho la percepción sobre una misma y las posibilidades que la vida ofrece. Ya no se trata solo de no poder independizarse, sino de asumir que quizá tampoco se podrá sostener a quienes sostuvieron la casa mientras una estudiaba: «es algo que a mí también me castra, porque mis papás ya son grandes. Mi papá es albañil y sé que él tampoco va a poder seguir trabajando. Yo quisiera en un futuro mantenerlos, pero si no hay sueldos dignos…», añade Itzel, quien cerró la idea, dejando la maldición sin decir, en el aire.

Protestar jugando
De la frustración, de la impotencia que no encuentra cauces en las formas tradicionales de protesta, nacen otras maneras de ocupar la calle. Si el sistema laboral niega un futuro, si la clase política traiciona, entonces el arte, el juego y el encuentro se vuelven armas. Y no es casualidad que tomen la forma del fútbol, el mural, el taller de gráfica o la reta de rap.
«Organizamos las retas anti-FIFA como un esfuerzo colectivo de diferentes personas y geografías, para usar al fútbol como una forma de lucha, de protesta en que emanen las demandas sociales. Es una especie de boicot a la FIFA y a todas las hegemonías que nos oprimen», explicó Natalia Lara, una de las vecinas de Santa Úrsula Coapa, eslabón central entre la tradición de un barrio originario y las nuevas formas generacionales de protesta.
El mismo camino tomó el equipo Wirikuta Balompié, fundado por activistas, periodistas, compas de lucha que se conocieron desde la adolescencia. «Quisimos formar un espacio de encuentro, lúdico más que de competencia. Hemos hecho distintas acciones que incluyeron una ‘cascarita política’, fue una plática antigentrificación. También participamos de la organización de las retas por Samir Flores, nuestro compañero que fue asesinado por oponerse al Proyecto Integral Morelos», contó Federico Soto.
Ese día tomaron la plancha central del Zócalo capitalino de la misma forma en que ahora se explayan sobre la calzada de Tlalpan: con un par de botes de pintura blanca en las manos para delinear la cancha. Van con la convicción de que la manifestación está abierta a diferentes formas de interpretación: una acción puede ser a la vez un partido y una protesta, un juego y una toma del espacio público. A veces, la forma más política de ocupar la ciudad es simplemente jugar en ella como si fuera nuestra.
«Este tipo de retas que llamamos Antifa anti-Fifa es para denunciar las problemáticas que suceden, apoyar causas y decir que este Mundial no es para nosotros, sino para los empresarios. La gente no está contenta, no hay entusiasmo por el evento; al contrario, hay enojo y frustración por todo lo que tenemos que soportar», explicó.
Desde el puesto de guardameta, mientras las jugadas se llevaban del otro lado del campo improvisado, Rat, integrante de Morras Futboleras −una colectiva de fútbol para todes, que busca que mujeres y disidencias puedan jugar en un espacio seguro− comentaba sus impresiones. Con el lema «re-apropiación del espacio público», las Morras Futboleras llevan cinco años convocando a retas durante el paro de mujeres que se realiza en torno al Día Internacional de la Mujer.
«Hay una frase que nos gusta mucho usar y es ‘cada quién desde su trinchera’. Cada quien desde su trinchera acciona de la forma que puede, como puede, con las herramientas y las compas que tiene. Y cada forma de protesta es súper válida», analizó en entrevista con Ceiba.
Lo interesante de este tipo de eventos, delineó Rat, es que difieren de la performatividad establecida de las marchas, donde «haces el recorrido, llegas, te tomas una foto y te vas. La diferencia es que, al tomar la calle y jugar, una se abre a la sorpresa del encuentro”.
«¿Cuántas compas habrá que dijeron que no querían ir a una marcha o que no les gustan las feministas, pero terminaron jugando al fútbol en la calle? Habitar el espacio nos permite ser sujetos políticos», dijo.
La ciudad sitiada: inversión pública y despojo
Tanto el Mundial como la gentrificación y la turistificación no son fenómenos abstractos. Tienen nombre y apellido: inversión pública que privilegia zonas turísticas mientras el transporte colectivo se desmorona, megaproyectos que saquean el agua y el territorio, especulación inmobiliaria que convierte la vivienda en negocio. Hablar de gentrificación implica referirse a invisibles fuerzas del mercado que desplazan a los pobladores originarios tras la llegada de otros con más capital. Pero esta definición no puede ocultar el papel que los gobiernos locales tienen en estos procesos de expulsión y despojo urbano. Es tentador echarle la culpa de todo a la “financiarización” del mercado inmobiliario, aunque, por su complejidad, no podamos explicar cómo opera en nuestros casos locales: cómo esos capitales globales se ensamblan con las redes de corrupción municipales, con los cambios discretos en los usos de suelo aprobados en sesiones de cabildo que nadie vigila, con los desalojos silenciosos que no aparecen en las estadísticas.
Más allá de ocultar quién tiene la culpa, el término “gentrificación” es eficiente en representar el coraje ante el «recambio poblacional», es decir, que los ricos pasen a ocupar los espacios de los pobres. Este proceso es endulzado con la idea de la «renovación urbana» que promueve la llegada de gente con dinero en los bolsillos (turistas, pero también migrantes del norte global). Mientras, cuando los pobres ocupan los espacios abandonados de los ricos, se les responde acusándoles de delitos contra la propiedad privada.
Rotten, uno de los destacados protagonistas de la manifestación que irrumpió en la zona nice de la Ciudad de México, el 4 de julio de 2025, lo explicó con crudeza punk: esto sucede gracias a la inversión pública y al mantenimiento comunitario de las zonas que, de buenas a primeras, se ven privadas de la riqueza construida socialmente.

El punk cuasi adolescente que convirtió un aerosol en un lanzallamas explicó, en entrevista con Ceiba, cuán estúpido resulta que el gasto del dinero público se concentre en zonas de turismo y no donde circula más gente cotidianamente. “Cualquiera lo sabe −decía−, todos nos damos cuenta”.
El transporte público en la ciudad es un gran despertador de conciencias, aunque también es un nido de inseguridad y conflictos entre pares: todos madrugando para encontrar un vagón abarrotado y sin aire. Es, sobre todo, un lugar donde adquirimos noción de un padecimiento común.
La denuncia ante el abandono de su mantenimiento, el rechazo a la ganancia privatizada por medio de la construcción especulativa de torres de departamentos o la defensa de un parque, de los animales, el agua y los árboles han copado las consignas de las generaciones más jóvenes, a quienes se les machaca y restringe la imaginación con la idea de que la realidad será virtual o no será.
Esa terquedad de los movimientos, al aferrarse a la defensa de lo cotidiano, tiene otro costado que es consecuencia del empobrecimiento que también hemos heredado. Tal vez por eso la lucha por la ciudad conquista a quienes tienen menos de treinta años: no solo porque sean quienes padecen la precariedad más aguda, sino porque son también quienes están inventando otras formas de habitarla. Formas que no pasan por pedir permiso, ni por seguir los guiones establecidos de la protesta.
Luchar por lo último que nos queda
Héctor, «el de allá», es compositor musical y docente, habitué de la organización popular que se reúne en el bajo puente del estadio Azteca. Terminado el partido y mientras se repartían nieves entre los jugadores, platicó al mismo tiempo que se quitaba sus tenis antes de volver a casa.
Con su trabajo ha buscado acercarse a ritmos pachangueros con los que atiende a esos cuerpos que resisten y requieren del baile y la fiesta para hacer frente a la oscuridad del presente. «Siempre he creído que las canciones para defender a mis hermanos y hermanas son las verdaderas canciones de amor», dijo, demostrando su calidad de poeta.
Entre la cumbia que invita a bailar para no caer en las garras y el ritmo vertical de la inmobiliaria; pasando por una rola en defensa de los humedales de Xochimilco como el último paisaje original de la Ciudad de México; y a un reggaetón antimundial de fútbol que está próximo a lanzarse, Héctor ha ido creando una carrera a la par de los movimientos que integra y acompaña.

«En este momento donde las cosas son tan difíciles, ¿qué mejor que jugar y darlo todo como cuando éramos morros? Nos educaron para ser los mejores, pero eso te priva de disfrutar. Acá no hay necesidad de ganar o perder y eso está súper chido, porque nuestra única arma en esta lucha es nuestra voz, nuestro cuerpo. Aunque muchos de nosotros hemos sido criados en la violencia, resistimos así: con nuestras manos, con nuestras cabezas, con nuestro arte», concluyó.
Cuando no tienes propiedad privada, el espacio público es lo único que te queda. Si te quitan eso, no te queda nada. Entonces juegas. Cantas. Pintas la calle. Tomas la avenida Tlalpan un domingo por la tarde, trazas las líneas de la cancha con cal, y al hacerlo sin pedir permiso, te conviertes, aunque sea por un rato, en dueño de algo. O mejor: en parte de una comunidad que, jugando, defiende lo que es suyo.





