La juventud que disputa el futuro en Venezuela

por | Mar 15, 2026

La juventud venezolana ha sido, desde la batalla de La Victoria de 1814 hasta la construcción de Comunas en la actualidad, un actor central en la historia política del país. Hoy, entre sanciones externas, crisis inducidas, agresiones militares y disputas ideológicas, esta generación protagoniza el debate sobre el futuro nacional y su papel en el proyecto bolivariano.

Fotografías: Mikel Moreno, Darwin Cañas, Academia Militar de Venezuela / Historia de Venezuela en Imágenes y Heriberto Paredes

Caracas, Venezuela.- Caracas, 12 de febrero. En una misma ciudad, a la misma hora, hubo dos formas de entender la juventud. De un lado, miles de jóvenes chavistas marchaban para reivindicar la batalla de La Victoria de 1814 −cuando estudiantes independentistas vencieron al ejército español− y para honrar al comandante Hugo Chávez. Defendían la soberanía y el legado de la Revolución Bolivariana. Del otro lado, una concentración opositora ondeaba banderas de Estados Unidos, el país autor de las sanciones que asfixian la economía y que, el 3 de enero, bombardeó la ciudad y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores. Para esa joven oposición, la juventud es sinónimo de cambio, aunque sus métodos incluyan pedir intervención extranjera.

Cristian Pich Ortiz estuvo en la primera. La describe como multitudinaria: «Tanta gente que sin importar a dónde vieras, para adelante o para atrás, no podías ver el final de la marcha». Rescata la referencia histórica a La Victoria y el carácter antiimperialista. «Reconocemos que eso es lo que nos va a dar verdadera libertad: seguir construyendo el Estado Comunal en transición al socialismo».

En contraste, cuestiona los referentes de la otra movilización. Afirma haber visto en imágenes a personas que «celebraron el 3 de enero el bombardeo. Son personas que en las elecciones de 2024 mandaron amenazas de muerte a cientos de camaradas, a algunos tuve que esconderlos en mi casa. Son personas que perpetran y permiten que eso ocurra». Para él, la diferencia no es solo política sino simbólica: mientras una marcha invoca soberanía y memoria insurgente, la otra exhibe banderas alineadas con el actor central de las sanciones y agresiones contra el país.

Una fecha, dos narrativas. El Día de la Juventud en Venezuela no es una celebración unánime. Es el espejo de una fractura. Y en el centro de esa fractura, una generación que carga con un mito, un legado y una herida abierta el 3 de enero.

Esta historia no la cuentan solo los políticos. La cuentan tres voces que, desde el barrio, el campo y la universidad, intentan darle sentido a esa disputa y construir, en medio de la tormenta, un lugar para los suyos.


Batalla de La Victoria, por Tito Salas (1903). Pintura: Academia Militar de Venezuela / Historia de Venezuela en Imágenes


El mito de los mártires


Para entender por qué hay dos marchas, hay que entender un símbolo. En Venezuela, la juventud no es solamente una franja de edad. Es una categoría histórica cargada de épica, de conflicto y de disputa. Cada 12 de febrero se conmemora el Día de la Juventud en recuerdo de la batalla de La Victoria de 1814, cuando estudiantes y seminaristas, ante la falta de soldados, fueron armados por el general José Félix Ribas para defender la naciente república frente a las fuerzas realistas.

La arenga de Ribas antes de la batalla quedó inscrita en la memoria nacional como una exaltación del coraje juvenil: «Soldados: lo que tanto hemos deseado se realizará hoy: he ahí a Boves. Cinco veces mayor es el ejército que trae a combatirnos; pero aún me parece escaso para disputarnos la victoria. […] ni aun podemos optar entre vencer o morir: ¡necesario es vencer! ¡Viva la República!»

El final de Ribas fue trágico: capturado, fusilado, descuartizado. Su cabeza, frita en aceite, fue exhibida en Caracas como escarmiento. Pero el episodio de la batalla vencida por estudiantes fue elevado con el tiempo a mito fundacional: la juventud como reserva moral de la patria, como energía dispuesta a sacrificarse por un proyecto colectivo.

El 12 de febrero fue decretado Día de la Juventud en 1947, consolidando la idea de que los jóvenes protagonizan los momentos decisivos de la nación. En 1928, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, la Generación del 28 desafió al régimen y sembró las bases del sistema político posterior. En 1957, bajo Pérez Jiménez, la huelga estudiantil del 21 de noviembre antecedió la caída de la dictadura. El patrón parecía claro: la juventud emergía como vanguardia.

Sin embargo, esa exaltación simbólica ha convivido con una realidad más compleja. La juventud ha sido celebrada cuando se alinea con el proyecto dominante y reprimida cuando lo desafía. Durante las décadas de 1960 y 1970, jóvenes de izquierda fueron perseguidos, asesinados y desaparecidos en el marco de la Guerra Fría. En los ochenta y noventa, con el viraje neoliberal, el joven popular pasó de héroe a sospechoso. La criminalización sustituyó a la exaltación.

Entender el lugar que ocupa hoy la juventud venezolana exige recorrer esa trayectoria de tensiones y escuchar a quienes la encarnan.

Cristian Pich Ortiz. Fotografía: Mikel Moreno


La dignidad del barrio


La llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 implicó una redefinición del papel del Estado y una nueva narrativa sobre la juventud. En ese tránsito generacional se ubica Edward Varela, hoy de cuarenta años, nacido y criado en el barrio El Observatorio del 23 de Enero, en Caracas.

«En el 99 yo tenía catorce años. No militaba en ninguna organización, era un joven que estudiaba, apenas conocía lo que estaba sucediendo políticamente», recuerda. El 11 de abril de 2002 lo vivió patinando: «No comprendía qué sucedía». Ese día, sectores de la élite empresarial, militar y política intentaron un golpe de Estado que fracasaría en dos días por la unión del pueblo y los militares leales a la Constitución. «Estaba por la plaza Miranda, muy cerca de Miraflores. Veía hacia Puente Llaguno una nube gris de humo, pero estaba totalmente descontextualizado». La conciencia llegó después, con el paro petrolero de ese mismo año.

En 2003, tras terminar el liceo, hizo un taller de promotores socioculturales en el 23 de Enero. Ese año viajó a Cuba con el Frente Francisco de Miranda, organización promovida por Chávez y Fidel Castro. Allí, dice, empezó a comprender «los procesos políticos, la Revolución, lo que es ser antiimperialista». Leyó a Paulo Freire, cuestionó la academia tradicional y regresó a trabajar con médicos cubanos en comunidades: «Había que conversar con la gente para que aceptaran la instalación de los médicos en sus casas, conocer el territorio, caminar, conversar…».

Pero hay un punto que resume su proceso: «Cuando era chamo, en el liceo me daba pena decir que vivía en un barrio. Pero con diecinueve, veinte años tomé conciencia, y eso me llevó a retomar la dignidad del barrio. A comprender que soy un sujeto que vive en un barrio y por qué existen esos asentamientos en nuestras ciudades». Para Edward, uno de los ejercicios claves del chavismo fue ese: convertir al joven popular en sujeto histórico, no en problema de orden público, como se le había considerado en las décadas previas.

Recuerda la época en la que la Policía Metropolitana perseguía a jóvenes por patinar en las plazas: «Asumían que eras un vándalo por estar patinando y ser joven». Contrasta esa experiencia con la creación de espacios culturales y, sobre todo, de organización: «Con nuestra Revolución se empezaron a hacer organizaciones desde los liceos, como la OBE [Organización Bolivariana de Estudiantes]. Los chamos empiezan a tener ejercicios de organización, de planificación. Es dar una perspectiva a mediano plazo de lo que se quiere como joven».

Partida de básquetbol en la cancha central del barrio de San Agustín. Caracas, noviembre de 2025. Fotografía: Heriberto Paredes


La universidad de la vida y la tierra


Esa lógica de inclusión también llegó al campo. En las montañas de Mérida, Luis Miguel Guerrero, de 27 años, es campesino y caficultor desde que nació. Milita en la Unión Comunera y en la Comuna Socialista Che Guevara. A diferencia de Edward, en su casa los valores revolucionarios se respiraban desde siempre: «En mi familia nos inculcaron los valores y principios de un revolucionario». Tras la secundaria, sus pasantías en una cooperativa agrícola consolidaron su participación comunitaria.

Esa experiencia lo llevó a integrarse en la Cooperativa Las Colinas del Mirador (COLIMIR), con más de dos décadas de trabajo en la zona. Existía incluso antes de que se formalizara la comuna, funcionando como estructura de base que sostenía la vida comunitaria. Durante años, en ausencia de financiamiento estatal directo para las comunas, fueron estas organizaciones locales las que sostuvieron muchas iniciativas. «Era el método de ayuda más directo que tenía la comunidad», explica.

Para Luis Miguel, una de las transformaciones más importantes fue la apuesta estratégica por las comunas impulsada por Chávez con la consigna «Comuna o nada». «Eso permitió que las comunas desarrollaran proyectos productivos, que la gente se enamorara de un proyecto político y productivo dentro de un territorio». Ese proceso, afirma, ha sido clave para que muchos jóvenes permanezcan en el campo. «Permite fijar metas a corto, mediano y largo plazo, y que la juventud se quede en los territorios».

En su opinión, uno de los mayores aportes de la Revolución para la juventud ha sido abrir espacios donde los jóvenes puedan desarrollar capacidades sin recorrer trayectorias académicas tradicionales. «Muchas veces se espera que la gente tenga títulos rimbombantes para entrar al mercado laboral», dice. El modelo comunal reconoce otro tipo de saberes: «la experiencia acumulada en la universidad de la vida». Esos conocimientos se complementan con programas de formación como las misiones Robinson y Ribas o instituciones como el INCES y el IALA, orientadas a tecnificar saberes productivos. «Permiten que la gente que sabe trabajar en el campo pueda certificar sus conocimientos y desarrollarlos mejor. Así, los mayores del territorio pueden dejar algo a la juventud y la juventud aprende en el camino».

En Caracas, esa expansión educativa se vive con otra intensidad. Cristian Pich Ortiz, a quien encontramos en la marcha del 12 de febrero, estudia en la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV) y milita en el Cumbe Nacional Afrovenezolano y en el Comando Táctico Universitario. «Somos uno de los países de Latinoamérica con más estudiantes universitarios, con mayor matrícula», señala. Solo en la UBV ingresaron miles de estudiantes en los últimos cortes: «Tengo compañeros en Cojedes que usan salones de preescolar y casas amigas para dar clases, y ahora luchan por una sede física. El año pasado entraron más de 8000 estudiantes a nivel nacional en la UBV. En mi sede, 6000. Somos tantos que no cabemos. Nos turnamos los salones, cuadramos horario, combinamos virtual y presencial para que todo el mundo pueda estudiar». Describe profesores y estudiantes pintando aulas en cayapa para sostener el proyecto educativo.

Destaca también el derecho a permisos laborales para estudiar, reconocido en la Ley Orgánica del Trabajo. Y, sobre todo, la dimensión cultural: «La recuperación de la oralitura como concepto de estudio, de la historia insurgente e indígena, ahora es traspasada a los jóvenes y la toman con orgullo». Para él, la Revolución no solo amplió cupos, sino que resignificó identidades.

Edward Valera. Fotografía: Mikel Moreno



La generación bajo las bombas


Esa experiencia de dignidad y organización coexiste con una realidad brutal. Edward identifica 2014-2017 como el momento más duro: «Ahí la juventud empezó a cuestionar. Si faltaba la comida, era que algo estaba pasando». Ese período abrió grietas.

Pich habla desde otro hito: el bombardeo del 3 de enero de este año, que define como experiencia generacional. «En mi comunidad de La Boyera murieron vecinos, treinta y seis casas afectadas, nueve completamente destrozadas». Describe jóvenes que, pese al miedo, se movilizaron al día siguiente, organizaron asambleas y denunciaron la agresión: «Somos una generación que va a tener que vivir con ese peso de aquí en adelante. Pero tenemos que verlo como oportunidad histórica de comprender el rol antiimperialista que tenemos. Como Chávez dijo, seremos la generación que verá la caída del imperio».

Sin embargo, introduce el concepto de «guerra cognitiva»: «Hubo comunidades de la juventud que presentaron apatía. No querían hablar, querían pretender que nada pasó. Esa guerra cognitiva hace que quieras aislarte de todo lo que te rodea. En los espacios donde hay organización popular, la conciencia es gigante. Pero donde no se ha consolidado la comuna, la guerra cognitiva hace de las suyas». Señala un origen del problema: «Las redes sociales no son nuestro espacio, pero son el espacio que nos han forzado a habitar. Dentro del sistema capitalista, después de la pandemia, en el quebrantamiento del tejido social, tenemos que luchar contra esto con furia».

Edward plantea el desafío: «¿Cómo hacemos para que nuestros jóvenes no vean que los gringos son los salvadores?». Reconoce que la agresión del 3 de enero ha abierto espacio a narrativas que presentan a Washington como solución económica. En redes circula «que Estados Unidos, a través del secuestro de nuestro presidente, está recuperando la posibilidad económica en Venezuela». El reto es explicar que «lo que ha hecho el Gobierno de Trump es una violación directa a nuestra soberanía y eso viola nuestra dignidad como pueblo».

Además del uso constante de celulares, la religiosidad ha sido un camino polémico entre las juventudes venezolanas. Caracas, noviembre de 2025. Fotografía: Darwin Cañas


El mapa de los sueños


Frente a esa desesperanza, el chavismo ha intentado respuestas concretas. Los entrevistados coinciden en que no todo está resuelto. Edward señala un pendiente: «Lo productivo, las facultades productivas del joven. Los jóvenes demandan trabajo, formación laboral. Creo que nos falta en cuanto a empleabilidad». Pich apunta a otro déficit: «Cómo hacer para que en todas nuestras instancias de decisión haya presencia de la juventud. Muchas veces somos relegados a la arenguera, y tenemos capacidad de hacer más». Luis Miguel identifica la incertidumbre económica, vinculada a la estructura productiva del país: «Somos monoproductores de petróleo y la política internacional en torno a él afecta cualquier plan del Poder Popular. Esa dependencia hace que algunos jóvenes opten por emigrar».

Frente a ese panorama, el fortalecimiento de la economía comunal aparece como estrategia. Las Consultas Populares Comunales, y en concreto la Consulta Popular Juvenil de 2025, es vista por los tres como avance.

Cada tres meses, las Comunas eligen dos proyectos prioritarios para ser financiados por el Gobierno nacional. El 27 de julio del año pasado se decidió dar protagonismo a la juventud: fueron ellos quienes se organizaron, debatieron y postularon proyectos. El proceso implica postulaciones abiertas, asambleas comunitarias, votación y ejecución directa por la comunidad.

Pich lo explica: «La Consulta Popular de la Juventud trajo muchísimos jóvenes a mi comunidad que antes estaban despolitizados. Cuando vieron la oportunidad de gestionar ellos directamente ese mapa de los sueños, se sumaron. Nicolás Maduro lo entendió perfectamente y por eso la lanzó».

«Todo se hace en asambleas en la calle con la gente», cuenta Luis Miguel. «La comunidad postula proyectos, elige uno y lo ejecuta la misma comunidad». Ese mecanismo, sostiene, ha permitido que muchos jóvenes se vinculen a la vida política de sus territorios. «A través de estas políticas podemos disputar proyectos dentro del territorio y mejorar nuestras condiciones como juventud».

Edward destaca: «Nuestros jóvenes decidieron qué proyectos consideraban claves para su comunidad. Fue propuesta, ejecución y seguimiento. Creo que como consecuencia de veintiséis años de revolución hay una juventud más participativa y consciente de su papel protagónico». Añade: «Hay posibilidades de acceso, inclusión y participación que en la Cuarta República no existían. Aquí el joven puede votar desde los quince años en sus procesos comunitarios, en los consejos comunales. Eso genera conciencia: saber lo que se hace, el para qué y el por qué».

La música y el baile con raíces africanas representan uno de los mundos con más presencia de personas jóvenes. Caracas, noviembre de 2025. Fotografía: Heriberto Paredes


La disputa por el futuro


La juventud actual es una generación en medio de una profunda disputa por la hegemonía política. Se enfrentan referentes distintos: por un lado, una tradición bolivariana que busca «retomar la dignidad del barrio» y construir protagonismo desde abajo; por otro, una minoría que, como denuncia Pich, llegó a celebrar el bombardeo del 3 de enero y recurre a solicitudes de injerencia externa para cumplir sus aspiraciones políticas. Esa tensión no es neutral: la «guerra cognitiva» ha erosionado tejidos y despertado apatías que solo la organización popular puede contrarrestar.

Ganar esa batalla exige políticas que conecten identidad y vida material, espacios donde la juventud tenga poder real de decisión, formación productiva y estrategias comunicacionales capaces de disputar narrativas hegemónicas.

Los tres entrevistados destacan la importancia de elementos que permiten a la juventud reconocerse como parte activa del proceso: la familia, la comunidad organizada, la Comuna. Solo a través de estos espacios la juventud puede ser dueña de su conciencia y responsable en el progreso del país, con sus derechos y demandas reconocidos.

Sin esos elementos, que han sido prioridad de la Revolución en veintiséis años, la juventud corre el riesgo de engrosar las filas del desencanto, la frustración o la desesperanza que parece haberse instalado en otras regiones del mundo, donde los referentes comunitarios han desaparecido y las redes sociales fomentan el individualismo y el aislamiento.

El 12 de febrero volvió a evidenciar la disputa entre proyectos políticos. De un lado, el chavismo ha construido su narrativa sobre la idea de una juventud integrada al proceso político, con derechos, organización y participación en la vida pública. Del otro lado, sectores opositores remiten a un modelo donde el joven pobre estuvo marcado por la sospecha y la criminalización, aunque en sus movilizaciones esto no se recuerde.

La experiencia venezolana muestra que el debate sobre la juventud no es únicamente generacional: es el debate sobre el modelo de sociedad que se intenta construir. El lugar que ocupa la juventud revela el horizonte político de un país. Porque la juventud no es el futuro: es el presente. Y es en el presente donde se gana o se pierde la batalla.

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