Esta es la breve historia de los orígenes del movimiento de radios comunitarias en Uruguay, una historia que, emulando las repetidoras radiales, se puede identificar por miles a lo largo de toda América Latina; una práctica que permitió que los territorios se apropiaran de una herramienta de comunicación, donde la gente es protagonista.
Fotografías: Ricardo Pose, Asociación Civil de Mujeres “La Colmena” y AMARC.
Caracas, Venezuela.– Corrían los últimos años de la década de 1980, y aquellos brigadistas que repartían el periódico oficial de su movimiento político en las fábricas, centros de estudio y en los barrios, empezaron a sentir que todos los artículos de información y opinión eran necesarios, pero faltaba en la publicación algo que expresara el sentir de los vecinos, de los trabajadores en sus centros de trabajo, de los estudiantes, y no solo cuando la voz de estos se amplificaba con motivo de algún conflicto sindical, huelga estudiantil o reivindicación vecinal.
En los barrios obreros del Cerro y la Teja de Montevideo, la herencia ácrata de principios del siglo XX convocaba a la edición de boletines barriales, humildes hojas tamaño carta impresas en mimeógrafo. Los boletines respondían a una identidad barrial que trascendía la de las fuerzas políticas de los brigadistas; de hecho, tenían un perfil netamente social, reflejando la realidad del territorio. Así nacieron El Tejano y El Cerrense.
Fueron un éxito: no solo representaban una alternativa informativa y de comunicación, sino que muchas veces ayudaron a organizar comisiones barriales o elecciones de la nueva estructura descentralizada del gobierno de Montevideo, constituida en concejos vecinales.
Ese crecimiento evidenció una nueva carencia: faltaba espacio para todas las voces que querían y merecían estar, casi nunca podía acompañar en tiempo real los acontecimientos que se presentaban y había que llegar a los vecinos que no sabían leer. El torrente popular, desafiando el neoliberalismo, necesitaba un cauce que la tinta sobre el papel no alcanzaba a cubrir.
Fue cuando unos compañeros recién llegados de Buenos Aires, Argentina, comentaron aquel taller sobre radios comunitarias.
Militancia en kilohercios
La posibilidad de contar con una emisora radial autónoma tenía en aquellos militantes de izquierda referencias concretas que vivían como un sueño inalcanzable: Radio Rebelde, la radio creada por el Che en 1958, que transmitía desde la Sierra Maestra en Cuba, y Radio Sandino, la radio del FSLN, ubicada en el Frente Sur «Benjamín Zeledón», en 1978.
Aunque la idea no era emular aquellas radios que convocaban a la insurrección, bien se podía contar con un medio de comunicación alternativo que cuestionara las bases del sistema capitalista en general y los avances del neoliberalismo en el continente. Al mismo tiempo, que jerarquizara la difusión de los contenidos culturales del movimiento popular y, sobre todo, abriera brechas en el cerco mediático de los grandes medios de comunicación.
Se pensaron perfiles y contenidos de programas, el alcance de audiencia que tendría, criterios de participación, los contenidos culturales a difundir. Los sueños volaban en mil kilohercios.

Reciclando tecnología
De Brasil venían llegando silenciosamente, a pesar de ser artefactos pensados para que sonaran, los primeros transmisores, mediante una red clandestina de contactos que luego germinaría en decenas de experiencias de radios comunitarias.
Quienes participaron en los talleres organizados y brindados por la experiencia, tanto de Argentina como de Brasil, se sumergieron en un mundo hasta entonces desconocido de datos técnicos, en el excitante clima de lo prohibido.
Había que requechar (juntar cosas usadas): micrófonos, auriculares, bandejas de sonido y antenas como las usadas por los barcos artesanales de pesca, walkman para pasar música y radio para usar de monitor, más algunos otros implementos para recibir en condiciones el transmisor.
Las radios que habían logrado consolidarse ya contaban, para envidia de los novatos, con pequeños estudios, pequeñas habitaciones forradas con mapes de huevos para aislar sonido y otras exquisiteces de infraestructura… ilegal.
El equipo de diez compañeros y compañeras andaba como hurgadores tecnológicos pidiendo elementos prestados, juntando plata para adquirir otros, con la dificultad de no poder decirle a todo el mundo en qué andaban.
El gran tema a resolver era desde dónde transmitir; el lugar debía estar en un sitio geográficamente adecuado donde la transmisión fuera posible y permitiera un alcance determinado, sitio que se exponía a un posible allanamiento policial. La vieja casa donde funcionaba la histórica imprenta del comedor anarquista del Cerro fue el lugar elegido.
Peligrosa como el mar
Rodeando maravillados el transmisor, casi ni se respiraba atendiendo el trabajo de nuestro “técnico”, que nos pondría al aire. Efraín, nuestro “técnico”, explicó que, por las características de aquel aparato, se podría transmitir en un rango de frecuencia de FM que iba del 100.0 al 100.3.
En el 100.0, el 100.1 y el 100.3 todo iba a ir de maravillas, pero si “aparecíamos” en el 100.2 íbamos a “pisar” una emisora comercial, al menos en las radios cercanas al transmisor, con el agravante de delatarnos en la primera transmisión.
Finalmente, llegó la gran noche de emisión. Un equipo de compañeros y compañeras iba a transmitir y otros equipos iban a estar en la calle, monitoreando el alcance en un espacio de veinte cuadras a la redonda, que se suponía era el alcance con mayor potencia del subversivo artefacto.
Vale la pena recordar que no era la época masiva de los celulares; los más adinerados —que no era ninguno de nosotros— portaban aquel Tango de Motorola, del tamaño de un ladrillo, por lo que las comunicaciones dependían de urgentes “pies a tierra”.
A la hora señalada, desde el walkman se reproducía en el canal uno A redoblar, una canción que había sido un himno popular de la resistencia contra la dictadura. Cada pocos segundos, el Flaco Esteban (nuestra mejor voz en FM) anunciaba: “En el aire, radio comunitaria al servicio del pueblo trabajador”. Una vez que se supiera la frecuencia exacta por la que se salía, se agregaría la cortina radial, el punto exacto del dial.
100.0: silencio.
100.1: silencio.
El Paco, montado en el techo, iba direccionando la orientación de la antena, mientras los equipos en la calle, en motos y en bicicletas, seguían desde sus radios portátiles las frecuencias. Debían anotar en libretas, al sintonizar la transmisión, el territorio cubierto.
Juan y Carlos eran los únicos que iban en auto. Tenían la estricta misión de sintonizar solo la fatídica 100.2 para, en caso de aparecer, volver urgentemente a la base a dar la alarma y ayudar a desmontar y evacuar.
Esa noche, la emisora comercial había destinado un programa especial a Luis Miguel. Ya estaban agobiados de reinterpretados boleros, cuando en aquella canción en la que el cantante puertorriqueño detallaba los atributos de una señorita “libre como el viento, peligrosa como el mar”, se escuchó nítidamente: “a redoblar, muchachos, esta noche”.
Los compañeros en el estudio, por supuesto, también lo escucharon y la alegría los llevó a seguir con la transmisión. Esteban, entusiasmado, se largó un perifoneo con discurso de barricada, y tanto habló de la radio como un puente entre los trabajadores y estudiantes en lucha que, finalmente, la radio se llamó El Puente.

La represión
Al menos en diez cuadras a la redonda la emisora pirata se escuchaba claramente. Un poco más allá, las dos emisoras disputaban su espacio en el dial y, pasadas las veinte cuadras, vencía Luis Miguel. Los compañeros del auto volvieron a la base raudamente, sobre todo cuando el locutor de la emisora anunció que oyentes desde el barrio del Cerro denunciaban interferencias.
Si el fenómeno de las radios comunitarias se desarrollaba, la represión oficial también lo hacía. Camionetas con radares buscaban los lugares de transmisión, acompañadas por móviles de la Guardia Republicana, una fuerza especializada de choque de la policía uruguaya.
Como en Uruguay están prohibidos los allanamientos nocturnos, cuando un lugar era detectado, montaban guardia hasta el amanecer. De esa experiencia ya habían sido víctimas otros proyectos que venían convirtiéndose en pioneros en transmisiones y calabozos.
Durante un buen tiempo, decenas de colectivos de radios comunitarias se hicieron expertos en correr por pretiles y azoteas. Otros más sofisticados y persistentes se instalaban en parques donde, mediante una batería de camión, lograban una breve transmisión nocturna, ante los incrédulos ojos de amantes furtivos.
Luego de varias corridas, y con el transmisor (y el honor) a resguardo, nuestro técnico logró ubicar la frecuencia en el 100.1, por lo que dejamos de estropear las veladas de música romántica.
La voz de las comunidades
Con el arribo del primer gobierno de izquierda, en 2005, se democratizó la gestión de concesión de ondas radiales; las comunitarias, para entonces ya un fuerte movimiento con alianzas en la región, formaron parte del espectro radial legal.
Previamente, en la capital de Uruguay, Montevideo, donde el gobierno departamental pertenecía a la coalición de izquierda Frente Amplio desde 1989, algunos municipios hicieron sus primeras experiencias legales de radios comunitarias.
Pero a partir de 2005, las comunitarias ya no solo eran integradas por militantes que buscaban ampliar sus comunicaciones. Proyectos radiales en pequeños poblados pasaban a ser las emisoras de esas localidades, siendo una alternativa a las radios comerciales.
El primer desafío fue entonces “llenar segundos de transmisión”, sin que eso terminara en 24 horas de solo emitir música. Programas de opinión, columnas de organizaciones sociales, informativos y servicios a la comunidad fueron poblando de a poco la programación, convirtiéndose en una verdadera escuela de comunicadores populares.
Las comunitarias se transformaron paulatinamente en la difusión de la cultura territorial, de los saberes y artes de los vecinos, desconocidos o ninguneados por los grandes medios de comunicación.
Los habitantes de los territorios se fueron apropiando del medio de comunicación, pero también se enfrentaron al desafío de que buena parte de la programación no podía depender de la disponibilidad de tiempo de los comunicadores, salvo los que lo habían tomado como su única tarea militante.
Cómo financiar, por ejemplo, sonidistas y técnicos, sin que la necesidad de generar finanzas terminara dotando a la comunitaria de un perfil comercial, fue parte del desafío. Cómo difundir los pequeños emprendimientos comerciales del territorio, sin correr el riesgo, consumió largas horas de debate.
Una discusión nada menor fue el de la posibilidad del reconocimiento legal de las radios comunitarias. Se debatía si migrar a un estado donde las regulaciones podían ser una traba al libre desarrollo y contenido que algunas experiencias venían desarrollando.
Con el tiempo, el perfil comunitario fue generando su impronta reconocida y destacada, y se fue diversificando en sus características.
La Asociación Mundial de Radios Comunitarias de América Latina y el Caribe (AMARC ALC) cuenta con cuatrocientas emisoras y centros de producción asociados de manera formal en los países de la región, aunque estimaciones de la misma red sugieren que agrupa o vincula de forma amplia alrededor de 1500 radios comunitarias.
En Uruguay, donde nace esta crónica, son 171 las radios comunitarias registradas oficialmente al día de hoy. En el presente, sin perder la esencia de ser el “espejo sonoro” de los territorios, algunas buscan actualizarse en la transmisión del formato podcast y enfrentar los desafíos de la IA.





