De regreso: encuentro con el sismo y la solidaridad

por | Oct 24, 2026

Un doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5 golpeó el 24 de junio de 2026 la costa central de Venezuela, dejando más de 6300 muertos y miles de damnificados. Entre las historias de resiliencia destaca la de Osmary Cardozo, una migrante retornada que, 19 días después de volver al país, vio cómo la tragedia transformaba para siempre sus planes de reconstruir su vida en La Guaira.

Fotografías: Magno Barro, Maximiliano Añez y Gobernación de Amazonas.

Amazonas, Venezuela.- Alrededor del mundo se viven catástrofes naturales que, en este año 2026, se han intensificado, justo en el momento donde los movimientos sociales y algunos gobiernos exigen un compromiso real con la descarbonización de la energía para mitigar los efectos del calentamiento de la tierra y el cambio climático.

A Venezuela le ha tocado su parte en este torbellino que todo lo arrastra, con inundaciones frecuentes y sequías extremas. Se entiende que los movimientos que se producen en las placas tectónicas de la tierra son un proceso natural de ella, y no podemos atribuir todo al cambio climático. Sin embargo, a la secuencia de hechos catastróficos se suma un terremoto de gran fuerza destructiva.

El 24 de junio de 2026, Venezuela sufrió un doblete sísmico de magnitud 7,2 y 7,5 en la escala de Richter, con epicentro en San Felipe y Yumare, estado Yaracuy. El terremoto afectó gravemente a zonas de los estados Yaracuy, Carabobo, Aragua, La Guaira y el Distrito Capital.

Gobernación de Amazonas lleva insumos a familias de La Guaira que llegaron al estado. Fotografía: Gobernación de Amazonas

Con apenas 39 segundos de separación entre ambos movimientos, este doble sismo causó grandes pérdidas humanas y materiales. Se contabilizan hasta el cierre de esta edición 6301 personas fallecidas, 1400 personas desaparecidas, 190 edificios colapsados totalmente y 9547 de forma parcial o con grandes daños.

Este hecho ha sido catalogado como una de las catástrofes de mayor impacto sufridas por este país caribeño en esta época contemporánea. En 1999 ocurrió el conocido «Deslave de Vargas» en el estado Vargas, el que actualmente es llamado La Guaira. Y hoy, 25 años después, es enormemente afectado por el mencionado movimiento telúrico.

Por supuesto, si hace 25 años atrás la televisión, radio y prensa escrita mantenían a toda la sociedad venezolana conmocionada y solidaria por el deslave, hoy, a través de las redes sociales, la percepción y conmoción de una nueva catástrofe nacional se ha amplificado. Este hecho se vive en tiempo real en todos los rincones del país y, por tanto, el sentimiento de querer ayudar se ha hecho latente, generando manifestaciones de solidaridad desde todos los estados de Venezuela.

Una de las regiones que se ha abocado a la ayuda es el estado Amazonas. En un esfuerzo colectivo de su población, la recolección y envío de donaciones en alimentos, ropa y medicinas se calculan en un aproximado de setenta toneladas de ayuda destinada a las zonas en emergencia. Pero también, Puerto Ayacucho, su capital, se ha convertido en un refugio para algunas familias que vivieron la catástrofe.

Estudiantes de la UBV entregan ayuda en un centro de acopio. Fotografía: Magno Barros


La historia que cambió de rumbo

El equipo de Ceiba, periodismo con memoria tuvo acceso a la historia de Osmary Cardozo, su esposo y sus hijos, quienes apenas habían llegado a Venezuela, en un vuelo desde Argentina, el viernes 5 de junio, luego de pasar ocho años viviendo en el extranjero. Regresaban con la esperanza de rehacer sus vidas en el estado La Guaira, lugar que había sido su casa antes de la migración.

Por suerte, el día de la tragedia, Osmary y sus hijos se encontraban visitando a su mamá en la ciudad de Puerto Ayacucho, lugar donde se establecieron sus padres quince años atrás. Solo su esposo y su tío se encontraban en la vivienda ubicada en Macuto, una parroquia de La Guaira. Ella dice con alivio que la casa solo sufrió algunos daños leves y no colapsó, por lo que sus seres queridos lograron sobrevivir. Pero comenta cómo vecinos cercanos perdieron sus casas y, en algunos casos, algún miembro de sus familias.

Detrás de las cifras y los escombros se encuentran las historias de quienes vieron transformado su destino en cuestión de segundos: «Ni siquiera nos dio tiempo de restablecernos». Después de ocho años fuera de su país, Osmary cuenta que ese retorno representaba el sueño de rehacer su vida en el estado que la vio crecer, junto a su familia, pero la ilusión duró poco: diecinueve días después de su llegada a Venezuela, la naturaleza volvió a golpear al mismo lugar que ella había visto sufrir en el pasado. Ella comenta que de niña fue testigo del deslave de Vargas y ahora de esta situación en el estado La Guaira.

«Recién La Guaira estaba empezando a brillar», lamenta Osmary al rememorar cómo algunas infraestructuras que fueron emblemáticas en su vida laboral anterior a la migración, como el aeropuerto o un conocido hotel de la zona, colapsaron.


Adaptación a la nueva realidad

El impacto no solo afectó estructuras físicas, también ha hecho mella en la estabilidad emocional, colectiva e individual, de quienes han tenido que cambiar de realidad. Pasar de una vida citadina en la capital del país y sus demás zonas urbanas periféricas, a una ciudad pequeña como Puerto Ayacucho, con un ritmo de vida totalmente distinto, también implica todo un proceso de adaptación.

Osmary comenta que les ha costado mucho adaptarse a la realidad de Amazonas, puesto que «siempre hemos vivido en la ciudad, en especial mi esposo, quien es de Caracas. A veces nos provoca estar allá, pero luego pienso en la situación caótica que vive mi estado, donde no hay agua, no hay electricidad, hay polvo de escombros, hay moscas por todos lados y una peste que inunda el ambiente». Pese a la dificultad de adaptación, ellos comprenden que el lugar que por ahora mejor le brinda seguridad a la familia es precisamente ese, en casa de la madre de Osmary, donde por ahora sus hijos pueden estar tranquilos.

Mientras el esposo de Osmary ha tenido dificultad para encontrar un empleo, por suerte ella ha conseguido un lugar de trabajo en una empresa que vende electrodomésticos y que abrió sus puertas hace poco. En ese andar luego de la catástrofe, la familia transita por un largo proceso de adaptación en Amazonas, con aciertos y dificultades, pero siempre con un espíritu resiliente y esperanzador.

Voluntarios recolectan ayuda. Fotografía: Maximiliano Añez


Solo la solidaridad salva

Pocos días después de lo ocurrido, Osmary viajó al estado La Guaira para buscar a su esposo y a su tío. El Gobierno de Amazonas garantizó un transporte para llevar a varias familias desde las zonas afectadas hasta el sur del país. Al llegar a Puerto Ayacucho, la familia de Osmary, al igual que las otras, fueron atendidas por la misma gobernación, la cual brindó apoyo material y logístico, como colchones, mosquiteros, alimentos y otros insumos necesarios.

Esto sucedía mientras las riberas del Orinoco sufrían inundaciones que afectaban a varias familias locales, que luego fueron ubicadas en refugios temporales para ser atendidas. Es decir, el estado Amazonas, en medio de dos situaciones de emergencia −que probablemente estén vinculadas al cambio climático que experimenta el mundo−, se hizo solidario en épocas difíciles, abriendo sus brazos a hermanas y hermanos venezolanos. El Pepe Mujica decía: «Y por jodido que estés, siempre tenés algo para dar a los demás». Solo la solidaridad salva.

Osmary dice que la experiencia no ha sido fácil, en lo absoluto, expresa que aún se encuentra en estado de shock por todo lo ocurrido. Sin embargo, atendiendo a la situación que ahora viven los hermanos colombianos, luego de ser víctimas de un terremoto de magnitud 7,4 el 10 de agosto, ella envía un mensaje final en la entrevista: «A las personas que han padecido y sobrevivido a los terremotos en Venezuela y Colombia: sean resilientes, agradezcan por la vida, abrácense y sigan adelante, porque lo material se recupera, puede tardar, pero se recupera».

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Flérida Alcalá es una mujer que no ha desperdiciado la vida. Desde joven creyó en la posibilidad de cambio, en la necesidad de participación y en la intensidad y poder de la inteligencia y la creación humanas. Pasa de la guerrilla a la neurofisiología y de allí a la fotografía, para volver siempre a la política, la ciencia y el arte, y mantener la convicción de que el mundo puede cambiar.

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Cira Pascual Marquina es una militante marxista e internacionalista, venezolana de corazón. Abandonó para siempre el mundo del arte contemporáneo y eligió esta tierra para extender sus raíces, que combinan varios rincones del mundo. Vive en Caracas desde hace veinte años, donde ha construido espacios de amistad, de militancia y de formación. Aquí es la profe, la amiga, la compañera, la camarada, la comadre y la cómplice.

La Muna

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Es colombiana, gringa y mexicana. Escribe canciones sobre migrantes que son casi corridos. Sobrevivió a las redadas de Chicago, al tren carguero y a la burocracia migratoria. Hoy, a menos de trescientos kilómetros de la frontera, la Muna construye una casa donde nadie llega a un albergue.