En Yucatán, la huelga de los trabajadores avícolas de Tetiz contra una granja de pollos en 1990 fue un episodio único en la historia sindical de México. Por cinco meses, un pueblo maya entero desafió al poder patronal y gubernamental contra un negocio que con los años se ha expandido en todo su territorio.
Fotografías: Alejandro Ruiz y Archivo Macossay
Yucatán, México.– Enero de 1990. En un solar retirado de Tetiz, alrededor del brocal de un pozo, 250 trabajadores avícolas se reúnen en absoluto silencio. No hay luces; apenas se distinguen siluetas en la oscuridad. La noche es espesa, como debe ser para una reunión clandestina. Los trabajadores han acudido con sigilo, convencidos de que esta, la quinta vez que intentan formar un sindicato, debe mantenerse en secreto hasta el último momento.
Ahí, al amparo de la noche, los trabajadores de las granjas avícolas de Jorge Fernández Martín tomaron una decisión que cambiaría para siempre la historia de Tetiz: esta vez iba en serio. Ya era el quinto intento de formar un sindicato independiente. Los anteriores habían sido aplastados por la represión patronal, respaldada por el gobierno estatal que entonces encabezaba Víctor Manzanilla Schaffer.
El eslabón clave entre la organización obrera y el pueblo era Timoteo Canché Tinal, entonces presidente municipal de Tetiz. Canché había sido trabajador del sindicato independiente de la empresa Campi y fundador del Sindicato de Trabajadores de la Industria Avícola.
Una mañana de enero de 1990 los trabajadores llegaron al despacho de los asesores Julio y Mauricio Macossay e Isela Rodríguez con un mensaje: «Me mandaron los trabajadores de las granjas de Fernández porque ya se cansaron y quieren su sindicato; esta vez va en serio».
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Lo que empujó a los trabajadores a la rebelión no fueron solo los salarios de hambre −60 pesos de la época a la semana, la mitad de lo que ya ganaban los obreros de la empresa avícola Campi, donde existía un sindicato independiente y mejores condiciones laborales−, sino las humillaciones cotidianas.
Campi, ubicada también en la región y que años después sería vendida a Bachoco, funcionaba para los trabajadores de Fernández como una prueba de que otro trato era posible. También, como un antecedente directo para su lucha.
En Tetiz, sin embargo, los hombres que trabajaban en las áreas de producción de huevo lo hacían en condiciones antihigiénicas: el piso cubierto de excrementos, sin botas ni uniformes, expuestos a moscas y contaminantes. La jornada excedía regularmente las ocho horas, no se pagaban horas extras y los días festivos simplemente no existían.
Pero más que la miseria material, fue la humillación lo que encendió la chispa. «Indios de mierda», les decía el patrón Jorge Fernández cuando reclamaban. «Si no les gusta, se pueden largar; hay muchos muertos de hambre para trabajar».
La empresa no solo pagaba menos de lo que marcaba la ley para la industria avícola. Además, obligaba a los trabajadores a llevar a sus hijos o a sus esposas para poder cubrir la tarea asignada. Era una práctica ilegal que Mauricio Macossay, asesor organizativo del movimiento, califica como «una muestra de la arbitrariedad y el desprecio del patrón por la dignidad de los trabajadores mayas».
El quinto intento
La afiliación masiva al sindicato independiente, como sección del ya existente Sindicato de industria agrícola de Campi, se logró en los primeros días de enero de 1990. Cuando el patrón se enteró, «se encabronó», recuerda Mauricio Macossay, quien junto con su hermano Julio −fallecido en 2006− e Isela Rodríguez conformaron el equipo asesor del movimiento.
El emplazamiento a huelga por titularidad de contrato desató la respuesta empresarial: el despido de decenas de trabajadores identificados como dirigentes. La respuesta obrera fue inmediata y fulminante: un paro total de las granjas productoras de huevo.
«Fue impresionante ver cómo todos los compañeros acatan el paro. Y lo hacen con un gusto enorme. Se estaban cobrando tantos años de humillaciones, de ninguneos», relata Mauricio Macossay.
El paro duró doce días. El huevo, que debía salir diariamente para que no se dañara, se mantuvo en las granjas. El clima de enero permitió conservarlo dos o tres días, pero no más, pues el calor de la península lo echó a perder. Esto representó un déficit en las ganancias del empresario, quien, tras la presión, aceptó firmar el contrato colectivo con el sindicato independiente.

La respuesta del pueblo
La victoria, sin embargo, fue efímera. El patrón comenzó a violar sistemáticamente las condiciones pactadas con el nuevo sindicato, que exigía el cumplimiento de los mínimos legales: salario acorde al trabajo, pago de horas extras, equipo de protección, prohibición de entrada de niños y familiares para cubrir tareas, y cargas de trabajo acordes a los parámetros nacionales de la industria avícola.
El 5 de abril de 1990, la tensión estalló. El patrón, en alianza con la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM), una organización sindical afín a las patronales, recurrió a «golpeadores» para asaltar las granjas «a madrazos», según Mauricio Macossay.
Los trabajadores volvieron a estallar la huelga, pero ahora con el respaldo del pueblo de Tetiz.
«Respondieron bien, todos: las mujeres, los muchachos, todos se metieron», recuerda Timoteo Canché, entonces alcalde del pueblo.
Ese día, las campanas de la iglesia echaron a vuelo y decenas de hombres y mujeres salieron a defender a los trabajadores de las granjas. Canché fue el primero en llegar, reclamando la violación a la autonomía municipal, pero los policías antimotines y los golpeadores cetemistas lo acorralaron en una reja, encañonándolo con armas.
El comandante ordenó cortar cartucho. Sin pestañear, Timoteo se volteó hacia un reportero gráfico y le dijo: «Ramón, toma la foto cuando disparen». En ese momento llegaron los teticeños, que no solo hicieron huir a los antimotines, sino que detuvieron a varios esquiroles. Las mujeres los dejaron en paños menores y los corrieron del pueblo, amenazándolos: «La próxima vez que vengan a violentar, les untamos popox en sus huevos, ¿ya lo oyeron?».
La popox es una hierba urticante que causa una irritación intensa. Y la comunidad sabía usarla.
Resistencia con raíces ancestrales
Lo que distinguiría a este movimiento de cualquier otra lucha sindical fue el involucramiento de todo el pueblo y sus formas indígenas de resistencia.
«Lo que no sabíamos entonces era que detrás del conjunto de trabajadores reunidos esa noche estaba todo el pueblo de Tetiz», escribió Isela Rodríguez en un artículo a manera de testimonio titulado “Lo que no sabíamos…”.
Mauricio Macossay lo explica así:
«Tetiz tiene raíces de lucha que se remontan al Partido Socialista del Sureste en los años treinta del siglo XX. Esa memoria profunda salió a flote en 1990. A veces había cosas socialistas de las que mi hermano y yo decíamos: “Esto, ¿de dónde sale?”. Era la raíz socialista de los años treinta, que había sido preservada en la memoria generación tras generación».
La organización comunitaria era total. Cuando los trabajadores propusieron a Mauricio Macossay organizar la defensa para evitar detenciones, los teticeños le respondieron: «Eso ya estuvo; ya está listo las postas, cada doce horas tienen su relevo, todo el perímetro del pueblo lo tenemos cubierto, tenemos vigilado quién entra y quién sale». Eran estrategias aprendidas de sus antepasados.
En las asambleas, observó Macossay, se aplicaba el principio del «mandar obedeciendo»:
«Los dirigentes opinaban, pero no pretendían imponer. Muchas veces el acuerdo era por encima de la opinión de los dirigentes naturales, de las personas más influyentes, y ellos se cuadraban». Este principio, que los zapatistas harían famoso, era ya una práctica viva en Tetiz.
Sin embargo, la respuesta del gobierno estatal y la empresa no se hizo esperar. Julio Macossay fue encarcelado el mismo día del asalto a las granjas, con tres órdenes de aprehensión y tres autos de formal prisión «totalmente inventados, totalmente ilegales», recuerda su hermano.
El abogado permaneció cincuenta y seis días en prisión, cincuenta de ellos en huelga de hambre. Las mismas órdenes de aprehensión se giraron contra Mauricio, quien pasó a la clandestinidad protegido por la población.
«Yo dormía en diferentes casas para evitar que me fueran a querer secuestrar», recuerda. «Se rumoró que hubo precio por detenerme. Se decía que el patrón ofrecía 5000 pesos de ese tiempo −hace 36 años— a cada judicial si me detenían».
La comunidad respondió sacando sus escopetas de caza. «Los campesinos de Tetiz saben disparar. Y como son pobres y los tiros son muy caros, casi no fallan. Tienen muy buena puntería y eso todo el mundo lo sabe. Y hay por lo menos una escopeta de caza en cada casa», explica Mauricio. «Cuando los judiciales andaban muy mamoncitos, hasta les mostraban las escopetas: “Buena, cabrón, aquí está. Acércate, vas a saber. Te damos un tiro”».
En la madrugada del 26 de abril, más de cuatrocientos antimotines armados con rifles de alto poder y chalecos antibalas acordonaron la plaza y el atrio de la iglesia para impedir el acceso a la campana. Dos mujeres teticeñas rompieron el cordón policíaco a codazos y empujones. Los policías las encañonaron: «¡No avancen o disparamos!». Sin inmutarse, las mujeres respondieron: «¡Mátanos, pero la campana la vamos a tocar!». Y posteriormente se colgaron de la cuerda llamando al pueblo.
Las vendedoras de verduras cercadas en la plaza no dejaban de increpar al jefe de la policía, quien, enardecido, les gritó: «¡Todas las de Tetiz están fichadas!». Una de ellas le contestó a voz en cuello: «¡Y tu puta madre, ¿no está fichada?».
Cuando el jefe policíaco vio que el pueblo empezaba a salir de sus casas, ordenó la retirada. En la huida, las patrullas y camionetas antimotines fueron apedreadas y retenidas en el pueblo.
El desenlace
La segunda fase de la huelga duró cincuenta días. Fue una etapa de máxima tensión, con veinticinco órdenes de aprehensión giradas contra los dirigentes, nueve trabajadores encarcelados a mediados de mayo y una campaña de amenazas y calumnias en los medios de comunicación orquestada por el gobierno del estado, en coordinación con la cámara empresarial de Yucatán.
El Gobierno del entonces presidente, Carlos Salinas de Gortari, a través de la Secretaría de Gobernación encabezada por Fernando Gutiérrez Barrios −un exagente de inteligencia acusado de actos de tortura contra militantes de izquierda−, intervino con un ultimátum: los trabajadores se desistían del sindicato o enviaban al ejército a tomar las granjas. En asamblea de todo el pueblo, los trabajadores acordaron por unanimidad renunciar todos a la empresa y exigir la liberación de los presos.
«Preferimos morirnos de hambre antes que bajar nuestro pantalón a Fernández», fue la consigna. Las mujeres, por su parte, acordaron: «Si nos engañan otra vez y no sacan a los presos, nos sentamos con nuestros hijos en las granjas a esperar a los soldados».
El pacto político propuesto por la gobernación y aceptado por la asamblea incluyó liquidación de todos los trabajadores (un poco más de doscientos) conforme a la ley, liberación de todos los presos y perseguidos, eliminación de expedientes y compromiso del gobierno de aportar recursos para formar una cooperativa.

¿Victoria o derrota?
Cuando los trabajadores liberados regresaron a Tetiz, los cientos de hombres, mujeres, niños y ancianos que los esperaban en el pueblo andaban de fiesta, rebosando de alegría, celebrando la victoria con los puños en alto y lágrimas de júbilo. Retumbaba la consigna: «¡Sindicato independiente ni se rinde ni se vende!».
Dos días después se celebró una misa de acción de gracias en la iglesia de Tetiz, concelebrada por los dos sacerdotes que apoyaron decididamente la resistencia. El sermón del párroco fue contundente:
«Esta es una misa del triunfo de la libertad, la justicia y la dignidad de un pueblo, un pueblo de hombres y mujeres que no se arrodillaron ante nada ni ante nadie».
La lucha sindical no logró su objetivo principal: el reconocimiento del sindicato independiente. Pero los nuevos trabajadores que entraron a las granjas ya lo hicieron con mejores condiciones, respetándoseles los mínimos legales, el horario de ocho horas y las prestaciones, aunque bajo un sindicato de protección de la CTM.
Sin embargo, la empresa Avícola Fernández, que en 1990 fuera el escenario de aquella gesta obrera, hoy opera bajo el nombre de Crío, todavía en manos de la familia Fernández.
Lo que comenzó como una lucha por condiciones laborales dignas se ha transformado, tres décadas después, en una batalla ambiental que amenaza a las comunidades de la región, incluyendo a la vecina Kinchil.
Como ha documentado el periodista Patricio Eleisegui, Crío ha instalado una megagranja de pollos en las cercanías de Kinchil que opera sin los permisos necesarios, a pesar de que la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) dictó su clausura definitiva en junio de 2024.
La empresa ha convertido extensiones de selva en depósitos de excrementos de pollos, descargando a diario toneladas de desechos que contaminan el agua y destruyen los hábitats de las abejas, lo que afecta la producción de miel de las familias mayas de la zona.
El desprecio por la legalidad que caracterizó a Jorge Fernández Martín en 1990 parece haberse transmitido a sus herederos. El colectivo de organizaciones apícolas mayas Kabnáalo’on ha presentado múltiples denuncias contra Crío y Bachoco −empresa que, junto a Crío, controla el 60 % del mercado avícola nacional−, pero las autoridades apenas han tomado medidas.
Vecinos señalan la complicidad de funcionarios de la Profepa en Yucatán, encabezados por José Alberto González Medina, y la cercanía de ambas empresas con los gobiernos estatales, que han facilitado su impunidad.
La historia de Tetiz se conecta con el presente: los mismos apellidos, la misma familia, el mismo desprecio por las comunidades mayas. Solo que ahora la agresión no se limita a los trabajadores, sino que se extiende a todo el ecosistema. Hoy, los hijos y nietos de los trabajadores de los noventa enfrentan una nueva batalla por la defensa de su territorio.
El legado y el olvido
La cooperativa formada tras la huelga, llamada Dzocu Yahá U Cají Tetiz, funcionó durante un tiempo, llegando a dar empleo a unas quinientas personas −más del doble de los trabajadores de las granjas−, con mejores salarios y condiciones más dignas. Se dedicaba a elaborar artesanías que vendían en Mérida y Cancún. Pero la crisis económica de 1994-1995, al final del sexenio de Salinas, la hizo desaparecer.
«Se vino muy abajo», recuerda Timoteo Canché. «El que estaba impulsando la cooperativa era un tal Carlos Millán. Empezaron a hacer artesanías de otros estados y entonces se saturaba el mercado y ya no se vendía. Se abrió una tienda en Cancún, se llamaba México Mágico, pero resultó una quiebra».
Con el fin de la cooperativa, muchos extrabajadores y jóvenes migraron a Estados Unidos, principalmente a California, como jornaleros agrícolas. Mauricio Macossay señala las consecuencias sociales: «La migración desdibuja el tejido social de las familias. Muchos de los migrantes se van y en Estados Unidos caen en el individualismo, algunos en el alcoholismo, en la drogadicción. Al principio mandan remesas y ya luego no. Hay una serie de problemas terribles de desintegración del tejido social y comunitario».
Hoy, según Timoteo Canché, hay más de quince granjas avícolas en la zona donde muchos jóvenes trabajan ganando alrededor de 2500 a 2700 pesos semanales, con prestaciones. Reconoce que las condiciones han mejorado: se respetan la jornada laboral de ocho horas, los días festivos y las prestaciones de ley. Pero también señala problemas ambientales: «Sí hay contaminación en los pozos».

Memoria que se desvanece
«La gente de Tetiz está demasiado politizada porque no hay tanto fanatismo», dice Timoteo Canché. «La gente aprendió muchas cosas porque ha participado en varios grupos. Hay cierto respeto entre la gente, ya no hay tanto fanatismo».
Sin embargo, reconoce que esta memoria se está perdiendo entre los jóvenes: «Muy pocos recuerdan la lucha de esos años; los de mi edad creo que sí, pero los muy chavos no. Creo que es porque en ese tiempo eran niños, y también porque hoy la convivencia en el pueblo es distinta: la gente que quiere trabajar se va temprano, viene tarde. Salen de su casa a las cinco de la mañana, regresan hasta la noche».
A treinta y seis años de aquellos hechos, Mauricio Macossay reflexiona:
«En Yucatán el movimiento social es poco activo. Ahorita la lucha se está centrando en los ejidos: están robando las tierras con el apoyo del gobierno estatal y federal. La gente está dando la batalla».
Ambos entrevistados coinciden en que las condiciones para un nuevo movimiento similar no dependen solo de la voluntad, sino de condiciones sociales objetivas. Timoteo Canché piensa que haría falta «una persona que tenga liderazgo o que quiera dedicarle más su tiempo a este asunto». Mauricio, desde una perspectiva más estructural, señala que el sindicalismo independiente prácticamente ha desaparecido.
Timoteo Canché, desde su milpa, que también es trinchera, hace un llamado a las nuevas generaciones:
«Tienen que seguir luchando para que respeten sus derechos. La gente de otros pueblos que también viven condiciones precarias de trabajo, yo creo que tienen que hacer conciencia para que también puedan luchar, porque eso no se acaba, es una lucha constante».





