San Juan no tiene la culpa

por | Jul 12, 2026

El 24 de junio ocurrió un doblete sísmico que afectó dolorosamente a Venezuela. Lo paradójico e injusto con el pueblo caribeño venezolano es que este evento de la naturaleza coincidió con la celebración de una de las festividades tradicionales más representativas de la cultura afrodescendiente: la fiesta de San Juan Bautista. La celebración del cumpleaños del primo de Jesús, un santo niño, milagroso, al que le gusta que su pueblo le celebre a lo grande, con tambores, baile, comida y bebida, como debe ser.

Fotografías: Mikel Moreno

Caracas, Venezuela.- Cuando ocurrió el terremoto, a las 6:04 pm, estábamos ahí, en medio de la plaza Bolívar de Naiguatá, tomando cerveza. A medida que fueron pasando las horas y la noche se puso oscura, todo alrededor se volvió miedo, incertidumbre y destrucción. En medio de la confusión, solo podía pensar que yo había venido a La Guaira a presenciar una fiesta y ya no había nada alrededor. Lamenté que hubiera sucedido el día de San Juan, una fiesta popular que es alegría y resistencia. Por eso hay que contar lo que vimos antes de que la tierra rugiera.


La víspera del 24 de junio


Todo empezó el 23 de junio. Mi pareja y mi mamá me esperaron a la salida del trabajo para bajar en carro a La Guaira; queríamos pasar la noche en Naiguatá para estar despiertos bien temprano y vivir toda la celebración del cumpleaños del santo. Llegamos al pueblo, buscamos un hotel frente al mar para dejar las cosas y subimos de inmediato a la casa de San Juan, en Pueblo Arriba. Fuera ya se escuchaban los primeros golpes de tambores hechos con cuero y madera, ya había ruedas de baile calentando motores para el gran día.

San Juan estaba en un altar decorado hermosamente con telas y flores rojas. Es el San Juan Niño, pero esa noche estaba acompañado por un invitado especial: un San Juan «Viejo» que venía con su cofradía desde Puerto la Cruz. La gente desbordaba las calles bebiendo anís, cerveza, sangría o guarapita; bailando al repique de los tambores. Entre el gentío, las personas con las que hablábamos nos daban cifras que no podíamos creer, decían que el año pasado habían asistido 12 000 visitantes y que para este 2026 proyectaban la llegada de 20 000 personas. Mirábamos las calles estrechas y solo pensábamos: ¿dónde va a caber tanta gente en un sector tan chiquito?

La casa de San Juan pertenece a la familia custodia del santo, la familia Corro, quienes resguardan una tradición de más de cuatrocientos años. Tras el proceso violento de colonización y evangelización católica, los hacendados obligaban a las personas esclavizadas a venerar a los santos católicos. Pero el pueblo afrodescendiente no se dejó anular: el 24 de junio era un día en el que los esclavizadores les daban el día libre para que veneraran a San Juan. Los esclavos tomaron esa figura, le dieron una identidad propia, con la que pudieron seguir honrando a sus deidades originarias y la convirtieron en un santo que baila, que canta y que siente como ellos.

Altar en la casa de San Juan. Naiguatá, La Guaira, 23 de junio de 2026. Fotografía: Mikel Moreno

Cuentan que don Juan del Corro, dueño de la antigua hacienda Longa España en Naiguatá, mandó a traer de España la imagen en madera del Niño Juan en el siglo XVII. Doscientos años después, en 1854, durante la Guerra Federal, la hacienda fue saqueada y fue una mujer negra, Eloína Corro, quien resguardó la imagen en su casa. Desde entonces, el cuidado del santo ha pasado de generación en generación.

“San Juan es custodiado por la familia Corro, ellos lo resguardan, pero San Juan es de todos”, se repite en Naiguatá. Y efectivamente, la casa era de puertas abiertas. Entramos a la sala donde estaba el altar y vi cómo llevaban a un niño en brazos para acercarlo al santo y dejar que lo tocara. Como no alcanzaban, bajaron la imagen del altar y se la pasaron al niño. Fue un acto de cercanía importante, sin ese letrero institucional que distancia a los pueblos de sus creencias con un “prohibido tocar”.

Allí dentro, en medio del repique del tambor y de un bochorno indescriptible, con la ropa pegada a la piel, mojada por el calor, conversamos con Winston Romero, a quien todo el mundo conoce en el pueblo como «Lilo». Él nos desglosó paso a paso el ritual que, si no fuera por el terremoto, se cumpliría de manera milimétrica.

Nos explicó que el movimiento empieza el 22 de junio a las 6:00 pm, cuando se arregla el altar con flores y donaciones de los devotos que pagan promesas por los milagros recibidos. José Vidal, el decorador actual, lleva ya diez años manteniendo viva esa estética. Lilo nos contaba: «Ese mismo día, del 22 para el 23, se le rinde un pequeño tributo con un canto. Ese canto es porque él no está en el altar, el altar está vacío. Entonces se procede a hacerle ese canto, y ahí aparece San Juan. Se saca, se pone en el altar y se le da un pequeño repique; un preámbulo».

El 23 en el pueblo a las 11:00 am rezan el rosario y a las 12:00 pm estalla el tambor en la plaza Bolívar. De ahí, la marea de gente se traslada a la calle Bolívar, en Pueblo Arriba, donde tocan, según Lilo, «hasta que el cuerpo aguante, depende del comportamiento de la gente».

Cuando le pregunto a Lilo por algún milagro que haya hecho San Juan Niño, cuenta emocionado: «Milagros, muchísimos. Ha habido gente aquí que ha llegado y le ha pedido por sanaciones, por operaciones. Ayer vino una niña a la que el año pasado le hicieron una operación a corazón abierto, una niña de aproximadamente un año. Se lo pidieron con fe y San Juan se lo cumplió. Nosotros tenemos un dicho: ‘Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da'».

Después de hablar con Lilo nos tomamos unas cuantas cervezas, fuimos a cenar a un restaurante y a ver el partido de fútbol, jugaba Colombia contra el Congo. A la medianoche ya el cansancio nos vencía, queríamos ir a descansar al hotel para tener fuerzas para estar temprano en la misa. Pero el descanso fue una ilusión. Al llegar, nos encontramos con un edificio encendido en música. No pudimos dormir, se fue la luz, el calor se volvió insoportable y el hotel no tenía planta eléctrica. Justo encima de nosotros, un huésped mantenía la música a todo volumen, alternando entre sus llamadas personales, videos de TikTok y la repetición, una y otra vez, del gol de Colombia. Y esto hasta las 7:00 am del 24 de junio.

Fuegos artificiales y repique de campanas anuncian la salida de San Juan de la iglesia. Naiguatá, La Guaira, 24 de junio de 2026. Fotografía: Mikel Moreno


Y así llegó el 24 de junio


A las 8:30 am trasladaron al Niño a la iglesia para la Santa Misa. Lilo nos contó cómo los tambores esperaban afuera:

«Se baila siempre fuera de la iglesia, con el repique de tambores dándole buen día a Juan… ‘¡Buen día, Juan! ¡Buen día, Juan! ‘ Y la gente corea: ‘¡Buen día! ¡Buen día! ‘».

Después de desayunar subimos a la plaza Bolívar, en la parte alta del cerro, donde se encuentra la iglesia de San Francisco de Asís. Dentro de la iglesia no cabía más gente; afuera, el espacio se había convertido en un festín de espera a la salida del santo. La gente cargaba sus propias imágenes de San Juan, los teléfonos grababan en directo y los drones sobrevolaban el cielo intentando capturar la magnitud de la marea roja, porque el color de San Juan es el rojo. A lo lejos, entre el eco de la plaza, se escuchaban las palabras del sacerdote, el Padre Nuestro, el saludo de la paz, la comunión. Y finalmente, el canto de cumpleaños feliz dedicado a San Juan.

A las 12:00 pm exactas, sonaron las campanas de la iglesia, volaron cohetes y fuegos artificiales junto con miles de papelitos de color rojo. En ese mismo instante estallaron los tambores y San Juan cruzó el umbral del templo para comenzar su recorrido por las casas del pueblo.

Inmediatamente las familias tomaron control del santo: tienen todo muy bien organizado para la procesión, saben qué casas van a visitar, controlan el tiempo y cuidan el recorrido, el sangueo recorre las calles de Pueblo Arriba y Pueblo Abajo, con este canto: «Alabado sea Dios por siempre, alabado sea Juan por siempre”. A medida que van pasando las horas aparece otro canto: “San Juan está borracho, yo también. Así como vamos, vamos bien”.


Una peregrinación llena de fe, agradecimiento, reciprocidad y tambor


El santo avanzaba entre el bululú de gente y entró a la casa de la familia Hernández Sarmiento. Allí, en medio del calor, la familia nos recibió con una logística autogestionada para refrescar a los devotos: chupis, caramelos y vasos de papelón con limón, ponquecitos, un trago de ron. Ahí nos contaron por qué reciben al santo y por qué deciden compartir lo que tienen con las y los visitantes:

«Mi hija nació después de un embarazo muy complicado, de alto riesgo. Con mucha fe y devoción, le pedimos a San Juan que me ayudara para salvarnos las dos. Desde ese momento, mi hija nació, todo salió bien, y cada vez que es el día de San Juan, estamos aquí para recibirlo. Hoy se cumplen quince años y mi hija es una niña sana. Mientras Dios nos dé vida y salud, seguiremos recibiendo a San Juan, dentro de toda la humildad, dándole su logística a las personas con mucho cariño. Nosotros mismos nos organizamos con tiempo para poder ofrecerle a la gente algo para refrescarse».

El recorrido continuaba. Hombres, jóvenes y niños cargaban los tambores por las calles de Naiguatá, que se hacían cada vez más estrechas. No cabíamos, no podíamos movernos, hasta que nos dieron la bienvenida en el porche de la casa de Freddy Romero. Él y su familia se preparaban para que el santo entrara, le tocaron tambores, le bailaron, le cantaron la canción de cumpleaños, repartieron torta y güisqui a conocidos y a extraños, y luego continuó la peregrinación.

San Juan “Viejo”, visitante que llega este año desde Puerto La Cruz sale de la iglesia de San Francisco de Asís. Naiguatá, La Guaira, 24 de junio de 2026. Fotografía: Mikel Moreno

Cuando disminuyó el alboroto, nos sacaron unas cervezas mientras conversábamos con Freddy:

«Desde que tengo conocimiento soy sanjuanero de tradición, de familia, desde los abuelos, mi abuela que tiene noventa y dos años. Creo en él por infinidad de milagros que ha hecho, no solamente en este pueblo, sino a mucha gente que ha venido de otras partes del mundo”.

Freddy nos compartió su experiencia, mientras se nos erizaba la piel: “Hace dieciséis años, me dieron cuatro infartos de miocardio y mi corazón estaba casi partido a la mitad. No me dieron esperanza de vida. Ese año coincidió con la primera restauración que se le hacía al santo por su antigüedad. El dueño del santo se entera de que yo estoy en terapia intensiva y fue tanta mi fe, y la de mi abuela, que le traen a la casa el santo recién restaurado y empezaron a cantarme. Se le prometió que, si yo me salvaba, se le iba a regalar una cadena de oro con dos corazones, uno partido a la mitad y uno entero, en representación del milagro. A los quince días me levanté de terapia intensiva, eso fue un 26 de marzo, y en junio de ese año, sin tomar alcohol, me metí a bailar tambor. Los médicos no se explican cómo la fractura que estaba en mi corazón desapareció. Mi último chequeo me lo hice en el Hospital Central de Alicante, en España, y estoy perfecto».

Freddy continuó narrando cómo el santo también arrebató a su abuela de la muerte a los noventa años, cuando los médicos la daban por desahuciada debido a una severa obstrucción intestinal justo antes de las fiestas: «Ella me dijo: ‘No me saques de la casa hasta que entre el santo, porque tengo la muerte pegada’. Entró San Juan con tres tambores a su habitación, le cantamos lo que parecía su último adiós, y al salir, mi abuela sintió que algo se despegó de la puerta y se fue. Soportó la operación de emergencia y hoy tiene noventa y dos años, está viva en su silla de ruedas y es un baluarte de estos días festivos».

Freddy me habló también de la raíz profunda de esta festividad, del sincretismo y del derecho del pueblo a humanizar a sus deidades:

«¿Por qué nos vestimos de rojo en San Juan? Porque San Juan murió decapitado y se cubrió de sangre. Los negros africanos que trabajaban en las haciendas de esta zona, como la hacienda España, tapaban al santo con una tela y lo metían escondido en el pilón de maíz para que los españoles no se dieran cuenta de que veneraban a su deidad africana, que en la santería es Ogún, el rey de la guerra y del cuchillo. Celebraban escondidos. En medio de una revuelta, envolvieron al santo, lo metieron en una canasta y lo resguardaron en el río para que no se lo quitaran, porque tenían prohibido celebrar y tomar. ¿Qué hacían ellos? Tomaban y le echaban aguardiente, ron. Por eso el canto: ‘San Juan está borracho, yo también, y así como vamos, vamos bien’. Son santos humanos, apóstoles que estuvieron en la tierra».

Cuando le confesamos a Freddy nuestras ilusiones de comprar una casa en Naiguatá, sonrió orgulloso de su tierra: «Creo que te sale mejor comprar una en los sitios más exclusivos de Caracas, porque aquí casi nadie vende. Este es un pueblo de fe, un pueblo sano donde llevamos una vida tranquila. El que llega aquí se enamora».

San Juan “Viejo”, visitante que llega este año desde Puerto La Cruz sale de la iglesia de San Francisco de Asís. Naiguatá, La Guaira, 24 de junio de 2026. Fotografía: Mikel Moreno


Y tembló la tierra


Al despedirnos de Freddy, el cansancio acumulado de la noche en vela nos pasó factura. Bajamos de Pueblo Arriba hacia la zona cercana a la playa, donde teníamos estacionado el carro. Decidimos meternos a tomar una siesta de media hora con el aire acondicionado encendido. Al despertar, el eco de los cueros seguía retumbando, así que subimos de nuevo hacia la plaza Bolívar para tomarnos una cerveza, porque en la fiesta de San Juan se bebe, todas las casas se convierten en bares, restaurantes y baños abiertos al público. Estábamos allí sentados sobre unas cajas de cerveza, cuando a las 6:04 pm la tierra se estremeció.

El doblete sísmico sacudió el suelo con una fuerza que descolocó los cuerpos y las almas. De inmediato, la fiesta se transformó en pánico. La gente comenzó a llorar, a gritar, a correr hacia la línea de la playa buscando la seguridad del espacio abierto. En cuestión de segundos quedamos incomunicados, las señales telefónicas se cayeron, nos quedamos sin electricidad y el miedo se apoderó de la calle. Afortunadamente, en la plaza donde estábamos ninguna estructura se desplomó sobre nosotros, pero sentimos miedo pensando que la tierra se abriría en cualquier momento para tragarnos.

Llegamos al carro, en la esquina nos topamos con la primera estructura colapsada y el primer cuerpo sin vida. La vía principal de salida de Naiguatá era un embudo, miles de personas a pie, en motos y en carros intentaban salir del pueblo. Una muchacha de Catia La Mar nos pidió que la acercáramos a su casa, le dijimos que subiera y emprendimos el retorno a Caracas.

A medida que avanzábamos por la autopista y las zonas aledañas, la dimensión de la catástrofe se nos reveló: edificios colapsados, escombros en la vía, personas deambulando en shock por la carretera, supermercados totalmente derrumbados, urbanizaciones agrietadas y estructuras hoteleras que simplemente habían dejado de existir. Con el teléfono muerto, mi mente solo podía repasar los rostros de mis afectos, rogando en silencio que todos estuvieran vivos. ¿Por qué un 24 de junio? Qué doloroso saber que, de ahora en adelante, esta fecha ya no será solo la fiesta de San Juan, sino que también será el aniversario que nos recuerde la tragedia.


Alguien tiene que pagar


El 26 de junio estuve en la morgue acompañando a un amigo a identificar y reclamar el cuerpo de su compañera de vida, la madre de sus hijos. En medio del dolor, los miembros de distintas iglesias iban y venían repartiendo sánduches, arepas y bebidas refrescantes. Muchos lo hacían desde una solidaridad legítima, pero en su mayoría el abordaje de ciertos grupos religiosos fue grosero, en medio del colapso institucional, del duelo, de la rabia. A cambio de un vaso de papelón con limón, se ponían a predicar y a rezar para recordarles, a quienes habían perdido a sus familiares, la existencia de un dios punitivo, un dios que castiga, que reprende y que desata su furia destructiva sobre hombres, mujeres y niños.

Escuché a una mujer horrorizada exclamar en voz alta: “Esto es por culpa de la brujería”. De repente, otro comentario: “Esto nos pasó por las creencias de los negros, toda la culpa es de la herejía africana, de quienes adoran a un pedazo de yeso”.

Baile de tambor en las calles de Naiguatá, La Guaira, 24 de junio de 2026. Fotografía: Mikel Moreno

Más allá de cualquier debate teológico sobre qué deidad tenemos como referente en Occidente, lo que se devela en esas frases es una operación ideológica racista y colonial, la necesidad de atribuir un fenómeno estrictamente geológico a las tradiciones culturales y religiosas de un pueblo. Ante la incapacidad de procesar la desgracia, tendemos a buscar culpables, pero el verdadero problema es que la culpa recaiga sobre quienes no tienen nada que ver.

En el pasado los perseguidos fueron los indígenas y las personas esclavizadas, hoy los fanáticos religiosos quieren señalar a quienes mantienen vivas las tradiciones que constituyen la identidad venezolana. Estos no son momentos para incrementar los prejuicios, sino para reconocer la dignidad, pues atribuirle el terremoto a la fiesta es una pretensión de domesticar la alegría de una comunidad que ha resistido durante siglos. Ninguna espiritualidad puede sostenerse persiguiendo y señalando las creencias del otro.

Reparto de torta de cumpleaños entre músicos y asistentes en la casa de XXX. Naiguatá, La Guaira, 24 de junio de 2026. Fotografía: Mikel Moreno

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