A pesar de haber enfrentado discriminación y agresiones de profesores y colegas que aseguraban que las mujeres “no tenían el cerebro” para las matemáticas, la astrofísica Eréndira Huerta logró abrirse paso en la academia. Ahora apuesta por crear espacios para que cada vez más mujeres brinden aportaciones a la ciencia mexicana.
Fotografías: Cortesía de Eréndira Huerta
Yucatán, México.– Eréndira Huerta nació en Ciudad de México, un lugar en el que no le era posible admirar el cielo estrellado por las noches. Por eso, cuando viajó con su familia a Michoacán, aprovechó para espiar la bóveda celeste. Se acostó sobre una camioneta, lista para dejarse sorprender, pero solo encontró lo que creía que eran nubes. Decidió observar un rato más y descubrió que cada nubosidad estaba formada de estrellas. Años más tarde supo que lo que había vislumbrado era la Vía Láctea.
Ese recuerdo, junto con una visita al planetario Luis Enrique Erro y el eclipse total solar de 1991, la inspiró a estudiar Física, así como la maestría y el doctorado en Ciencias en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y el postdoctorado en Astrofísica en el Observatorio Astronómico de Roma del Istituto Nazionale di Astrofisica (INAF).
Su curiosidad por develar los misterios del universo la llevó a atravesar un mundo académico con una estructura machista para estudiar las galaxias, los agujeros negros, hacer análisis de datos, modelación matemática. Y el afán de que otras personas también conozcan la impulsó a crear el programa de difusión científica Cazadoras de Agujeros Negros, con el que busca visibilizar el trabajo de astrofísicas mexicanas e inspirar a niñas y adolescentes a estudiar ciencias.
Eréndira estudió Física durante los años de la huelga estudiantil más larga en la historia de la UNAM. Entre 1999 y 2000, la Universidad permaneció cerrada casi un año en protesta contra el aumento de cuotas, un conflicto que polarizó a la comunidad universitaria y marcó a toda una generación de estudiantes.
En entrevista con Ceiba, periodismo con memoria, Eréndira habla sobre lo que enfrentan las mujeres al adentrarse a las ciencias en México, pero también sobre las motivaciones para abrir espacios y hacer cada vez más visibles las aportaciones de las científicas a la academia.
Su paso por la academia no fue sencillo. Como muchas mujeres en la ciencia, Eréndira enfrentó discriminación y agresiones que marcaron su trayectoria y que hoy la motivan a impulsar espacios más justos para las nuevas generaciones. De esa experiencia, y de las mujeres que la inspiraron, habla en la siguiente entrevista.
Eres egresada de la generación que vivió la huelga de la UNAM, cuando no era frecuente hablar públicamente de violencia de género en espacios académicos. ¿Cómo fue dedicarte a la ciencia como mujer en ese contexto?
En algún momento sentí discriminación y yo creo que todavía la hay, a pesar de que hemos avanzado. Hubo varias situaciones cuando estaba en la facultad, desde profesores que pensaban que las mujeres no teníamos el cerebro para entender esas cuestiones, hasta compañeros que se querían poner en un nivel superior para después humillar, como el que decía: “A ver, piensa. No, no estás pensando”.
En realidad, nunca me habían explicado lo básico. Ahora que yo doy clases, me doy cuenta de que llegué a la facultad sin saber absolutamente nada. Nadie se comprometió a asegurarse de que fuera con las bases suficientes.
Entonces sí, fue muy complicado, pero algo que yo agradezco mucho es que hice equipo con amigas: éramos Susana, Jimena, Julia y yo, y un compañerito, Guillermo, contra la facultad.
Hasta la fecha existe ese prejuicio contra las mujeres que hace pensar que una no tiene la capacidad. Me tocó ver, por ejemplo, a un par de compañeras que eran superestudiosas, todo el mundo se burlaba de ellas, pero fueron las primeras en terminar.
A mí me costó mucho trabajo que me resbalara todo lo que decían de mí. Por eso pienso que también hace mucha falta que en las universidades haya psicólogos que atiendan la salud mental de estudiantes, sobre todo que eduquen a los varones a no ser agresivos. Yo sufrí mucha agresión en la Facultad de Ciencias.
Igual cuando regresé de Italia: tuve un colega que era quien decidía si me iba a quedar en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa. Él me dijo que las mujeres no teníamos el cerebro para las matemáticas ni para la ciencia. Un día me hizo una broma porque traía unos calcetines fluorescentes y me dijo que qué bueno que usaba esos calcetines tan llamativos porque así fácilmente me iban a poder identificar en el borde del Suchiate, donde han ocurrido feminicidios.
Entonces, cuando él decidió que yo no me quedara ahí, yo dije: “Yo no me quiero quedar a eso. Yo no estudié todo lo que estudié para quedarme en un ambiente así”.
Un año después las estudiantes lo acusaron de violencia de género y ganaron. Y admiré a estas estudiantes porque yo vengo de otra generación. Yo vengo de la generación que normalizó esta agresión contra las mujeres.
Y ahora que las vi, dije: “Qué bueno que ellas pudieron hacer lo que yo no pude hacer”. Me doy cuenta de que quizá es trabajo transgeneracional: que las chicas de ahora tengan esa decisión y esa lucidez para no pasar por todo lo que nosotras pasamos.
Por otro lado, también hace falta que nosotras como mujeres nos la creamos, que podamos decir: “Sí, sí puedo. Lo he hecho, lo voy a hacer y lo hice”. Y es mi idea en este proyecto de Cazadoras de Agujeros Negros: mostrar mujeres que, a pesar de todas las circunstancias, la armaron en la ciencia.

¿Qué considera que debe hacerse para que más mujeres se involucren en la ciencia?
Debe de haber un cambio de pensamiento sistemático en la sociedad. Ya dejarnos de estos prejuicios de que las mujeres no tenemos esa capacidad.
En Estados Unidos y en Europa, de alguna forma, ya son más tomadas en cuenta, respetadas. Ya hay cierta paridad; aunque no han llegado al 50-50, ya no está tan alejada. Pero en otras regiones no es así. Yo me acuerdo de que en una estancia que hice en la UAM Iztapalapa tenía una compañera iraní que era investigadora aquí en México. Pero hubo un momento en que ella se vio obligada a regresar a su país a casarse.
Pero lo que sucede en Estados Unidos y Europa no puede ser lo único que veamos, porque ellos son los líderes. Por ejemplo, en Europa, en Italia, en Francia, hay más mujeres astrónomas, más mujeres científicas. En Estados Unidos siguen esa tendencia, mientras que en Latinoamérica, África y Asia la situación es muy distinta todavía.
Sobre todo, yo siento que, por parte de los medios de comunicación, se nos encasilla a las mujeres: “tú te puedes dedicar a cosas que son sencillas, porque estas son carreras muy difíciles, entonces solamente los hombres tienen esa capacidad”. Eso no es cierto.
Las mujeres desde muy chicas tienen que dedicarse a entender bien las matemáticas, preguntar a sus maestros de física, involucrarse en la ciencia, tener curiosidad y preguntar por qué y, sobre todo, desarrollar el pensamiento crítico. Siempre buscar otras alternativas, porque así ha avanzado la ciencia.
¿En qué consiste el proyecto Cazadoras de Agujeros Negros?
Es un proyecto que empecé cuando regresé de Italia. Es a largo plazo, pienso seguir haciéndolo. Se trata de un proyecto para niñas y adolescentes con el objetivo de motivarlas a que se dediquen a la ciencia. Les hablo de científicas mexicanas que investigan agujeros negros.
Sobre todo, me enfoco en las delegaciones de Iztapalapa y Tláhuac, donde el nivel escolar es bajo, si lo comparas con Coyoacán o con Benito Juárez, donde están las universidades. A través de pláticas, les doy herramientas para que las niñas sepan que la ciencia no solo es para explorar el cosmos, sino una vía para ser una mujer plena, independiente y feliz.
Yo creo mucho en la felicidad, que sí venimos a este mundo a ser felices. Si pasaron tantos miles de millones de años para la evolución y para que los seres humanos podamos tener conciencia de lo que es la vida o los seres vivos, me parece que algo que merecemos después de tanto es llegar a ser felices y plenos.
¿Qué mujeres admira por sus contribuciones a la ciencia en México, que considere que hayan sido invisibilizadas a lo largo de la historia?
Hay varias. Una que tendría que ser superconocida es la doctora Débora Dultzin Kessler: ella fue pionera en el estudio de núcleos activos de galaxias, campo que aplica la relatividad al análisis de los agujeros negros supermasivos.
Estudió en la URSS y obtuvo su doctorado en la Sorbona de París, Francia. Luego llegó a México y no es una persona tan famosa como otros investigadores.
Tiene una trayectoria impresionante. Lo más relevante es la formación que hizo de científicos mexicanos. Si México tiene un ala fuerte en núcleos activos y astronomía extragaláctica es gracias a su liderazgo.
Está también Julieta Fierro, a quien afortunadamente se le dio el reconocimiento antes de que falleciera. Fue una superdivulgadora y yo me acuerdo de que en la facultad decían: “Ah, sí, Julieta Fierro sí, es muy buena, pero no hace investigación, no hace ciencia”.
Ella se dedicaba a la divulgación de la astronomía, era una divulgadora tan creativa: traducía el lenguaje científico a un lenguaje coloquial sin pasar por falsedades. Desde lo más básico lograba explicar conceptos muy complicados. Y eso es algo que al menos antes molestaba mucho. Afortunadamente se le dio el reconocimiento que debió haber tenido desde siempre.
También está Rosario Peniche, astrofísica mexicana que estudió en la Facultad de Ciencias en Niza, Francia. Se dedicó a la espectroscopía de estrellas y era mi profesora de astronomía observacional justamente en el periodo de la huelga, en el año 2000. Era una astrónoma superdulce.
Me acuerdo de que después de la huelga teníamos muchos problemas entre amigos entrañables. Nos estábamos peleando por posiciones políticas. Una vez estaba discutiendo con una amiga sobre cuestiones de la huelga y salió Rosario a decirnos que la amistad era lo más importante por encima de todo.
Entonces son personas que no nada más te dejan algo en el campo de las ciencias, sino que te dejan algo personalmente, que es mucho más valioso. Ahora considero a mi amiga una de las mejores que tengo, a pesar de las diferencias políticas que teníamos, que en realidad no eran tan importantes. Ahora sí lo entiendo, y que Rosario nos haya apoyado para continuar con nuestra amistad se me hace mucho más entrañable.
Está también Paris Pişmiş, que fue la primera astrónoma profesional en México y una de las pioneras en astronomía en el país. Las cuatro formaron e hicieron aportaciones con una humanidad y un amor a la ciencia inmensos.

¿Cómo está México en el campo de la astrofísica? ¿Hay muchos retrasos comparados con otros países?
Yo creo que gracias a la colaboración internacional tenemos un buen nivel en México, que ha estado en los proyectos más importantes en los últimos descubrimientos.
Por ejemplo, estuvo en el proyecto de la imagen del horizonte de eventos (la imagen de M87), obtenida por la colaboración Event Horizon Telescope (EHT). En ese proyecto participó el Gran Telescopio Milimétrico (LMT) que está en Puebla.
Ahorita está participando en un proyecto del Observatorio NSF–DOE Vera C. Rubin, cuyo proyecto principal es el Legacy Survey of Space and Time (LSST), un sondeo de diez años. Su objetivo es la investigación del espacio-tiempo como legado, llamado “gran legado de la humanidad”. Consiste en mapear el cielo de forma dinámica durante el transcurso de varios años, para saber cómo se están moviendo todos los objetos, los asteroides, los meteoritos, los planetas, hasta las estrellas: ¿cómo están brillando?, ¿cómo están dejando de brillar?, y las galaxias, ¿cómo están en movimiento?
Entonces, es un legado que vamos a dejar como humanidad a las siguientes generaciones. Es como una película en vivo del universo durante diez años.
México está involucrado; de hecho, ahorita hay una invitación al público diverso de que participen en el análisis de datos en sus computadoras, porque son tantos datos los que se tienen que analizar que ahora sí todos podemos participar.
Yo creo que la clave de que México esté al día en el nivel internacional es justamente por las colaboraciones extranjeras, las colaboraciones internacionales. De alguna forma, México ha invertido en enviar a sus postdoc, a sus estudiantes de doctorado, a hacer estancias y a investigar en otros países.
Entonces, siempre es muy importante que SECIHTI y las instituciones vean esta parte de colaboración internacional. A mí me parece que la astronomía es un ejemplo de cómo México puede ser relevante en colaboraciones internacionales. Pero hay que meter esfuerzo, recursos y mucho trabajo.
¿Sin el machismo en México los avances en la ciencia serían mayores?
Sí. De alguna forma no debería de haber ninguna diferencia de género. Cada quien avanza como puede y cada quien tiene sus propias herramientas, pero todos tenemos la capacidad. Sería un paso muy grande que en las estadísticas, en la ciencia en México, hubiese una mayor participación de las mujeres.
Yo no creo que estemos cerca de 50-50. Yo pienso que, si bien nos va, estaríamos como 25-30 % de mujeres contra el resto. Tendríamos como que luchar más al respecto, pero hay mujeres que ahorita están trabajando. Te puedo mencionar, por ejemplo, a Leticia Carigi, Anna Lia Longinotti, Erika Benítez, Alenka Negrete, Miriam Peña, Margarita Rosado, que de alguna forma salieron adelante a pesar de que ellas vivieron dificultades más pronunciadas en sus tiempos.
Entonces, si están ahí, tendremos que ver su ejemplo de trabajo, esfuerzo e inteligencia, porque por algo están ahí. Tenemos que ver su camino y abrir el camino a las nuevas generaciones para que nos sintamos más confiadas.
Hay algo que sucede mucho, yo lo he visto con muchas de mis compañeras y a mí me ha pasado. No sé si es exactamente lo que se conoce como el síndrome del impostor. Me parece que, más que un síndrome del impostor, es un problema que tiene que ver con que nos han hecho menos, entonces no nos creemos que tenemos la capacidad. A mí me pasa todavía.
Tendemos a pensar mucho que tuvimos buena suerte. Como “Ay, sí, estuve en el lugar adecuado en el momento adecuado y dije lo adecuado para llegar a este punto”. Y no es cierto. O sea, tuvimos una preparación muy pesada detrás de nosotras, tuvimos que sobrepasar muchos obstáculos.
Tenemos que trabajar con nuestra autoestima como mujeres y decir: “Sí, yo tengo un proceso detrás de mí muy fuerte, muy difícil, pasé obstáculos y estoy aquí por eso. No es de gratis”. En general, si algo pienso que puede contribuir es olvidarnos de que estuvimos aquí porque tuvimos buena suerte o porque “los supe engañar en el momento indicado”. Es lo que pensamos.
Si yo pudiera dar un mensaje, es este que mi mamá me daba: “Si fuera fácil, cualquiera lo haría. Vas a ver que esa dificultad que tú estás viviendo ahorita te va a recompensar más adelante”. No sé hasta qué punto me hizo bien porque me complicó mucho la vida
Yo no quiero que se compliquen la vida; no es así como: “Órale, váyanse a complicarse la vida”. Pero yo sí creo que el esfuerzo constante, esta épsilon que los matemáticos llaman como un pedacito infinitesimal, que vayas avanzando a diario, te va a llevar al éxito en la vida, y me refiero a ser feliz y plena. Creo que nos lo merecemos, como mujeres mexicanas nos merecemos la felicidad porque hemos luchado y hemos trabajado mucho.
Entonces, sí va a ser difícil el camino si deciden dedicarse a la ciencia, pero las satisfacciones van a ser inmensas. Les digo que trabajen mucho en su autoestima académica y la autoestima en general, porque sí valemos y sí tenemos un futuro. Como mujeres mexicanas, como país.

Usted vivió discriminación y agresiones en la academia. Hoy existen protocolos en universidades e instituciones para prevenir y atender la violencia de género. Desde su experiencia, ¿qué falta para que esos protocolos realmente protejan a las mujeres y para que las nuevas generaciones no vivan lo que usted vivió?
Las últimas veces que he visitado el Instituto de Astronomía, me he sorprendido porque tienen espacios públicos donde explican qué es la violencia de género, o sea, se está haciendo muy visible. Pero todavía tenemos que avanzar muchísimo más.
Hace poco, justo en Armenia, se dio un caso de acoso que sí se pudo resolver por la vía legal, pero los castigos son tres días sin salario, o sea, los castigos que se dan a los acosadores son muy leves. Esto tiene que ver con el sistema patriarcal, se defienden entre ellos. Entonces, es importante que hablemos más como mujeres, que se nos quite el miedo, pero que los castigos sí sean ejemplares, para que otro investigador piense dos veces antes de agredir a una mujer.
Primero se tendría que investigar de forma mucho más rigurosa. Tenemos que empezar a hablar de todos estos casos abiertamente, quitarnos el miedo de hablar y, sobre todo, escuchar a las nuevas generaciones, vienen mucho mejor preparadas de lo que nosotras estuvimos.





