Esta es la historia de la pequeña gran batalla que se libra en El Ticuiz, una población afromexicana de menos de quinientos habitantes, ubicada a orillas del océano Pacífico, donde colindan los estados de Michoacán y Colima. Ahí varios conflictos políticos amenazan con desgarrar a la comunidad irreparablemente, separando familias y poniendo fin a las tradiciones afrodescendientes del país.
Fotografías: Heriberto Paredes
Michoacán, México.- Las espadas ya no son de madera como eran hace algunos años, cuando todavía se celebraba la Danza del Cortés en las calles de El Ticuiz. Ahora son amparos, demandas y contrademandas, actas, denuncias, resoluciones de tribunales y solicitudes a organismos jurisdiccionales del estado de Michoacán.
Hace un par de décadas, los menos de quinientos habitantes de esta comunidad –ubicada a la orilla del océano Pacífico– peleaban en las calles con caballitos de palo y espadas de madera, como parte de una celebración creada en el estado de Guerrero para burlarse de los conquistadores españoles.
Cada Día de Muertos, los jóvenes de la comunidad salían disfrazados a burlarse de la figura de Hernán Cortés, conmemorando la época en que el conquistador español llegó a las costas del sur de México y sometió a las comunidades indígenas de la región.
La danza emula el entrenamiento que hacían los españoles cuando tomaron la zona de Acapulco y se consolidó como un signo de rebeldía que se fue pasando de generación en generación conforme el lugar se fue llenando de un nuevo grupo de oprimidos: los esclavos negros traídos desde África por los europeos para trabajar durante el periodo colonial.
Con el paso del tiempo, la costa de Guerrero se fue llenando de afrodescendientes que trabajaban como vaqueros, capataces y pistoleros al servicio de las encomiendas, y también para el trabajo pesado de la minería, el algodón y la caña de azúcar, fundamentados en el estereotipo racial de que los negros eran fuertes y violentos.
Las tradiciones y las personas se fueron entremezclando creando un sistema de castas que terminó difuminando la cultura afro y la indígena. Este fenómeno recién se empieza a reconocer con la reforma al artículo 2 constitucional que incluyó el término afromexicano en la Carta Magna de México, apenas el 30 de septiembre de 2024.
El Ticuiz es la única comunidad afromexicana formalmente reconocida en el catálogo del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI) en todo el Estado de Michoacán. El hecho llena de orgullo a sus habitantes, para quienes este reconocimiento es una deuda histórica.
“No debemos avergonzarnos de nuestros orígenes, a muchos nos da vergüenza reconocernos como prietitos, pues no, así somos y así siempre hemos sido, solamente que nos vendieron la idea de que eso no estaba bien”, dijo María Ibarra Laurel, maestra jubilada de la comunidad.

El diablo anda suelto
La última vez que los habitantes de El Ticuiz estuvieron tan alarmados dentro de su propia comunidad fue hace más de doscientos años. El diablo andaba suelto en las calles y todas las noches recorría el pueblo buscando a don Susano Leyva, uno de los primeros afros que llegaron al pueblo provenientes de Guerrero.
Cuenta la leyenda que don Susano había hecho un pacto con el diablo y cada noche Lucifer llegaba a su casa en forma de caballo. Ahí entraba y se la pasaban fumando del tabaco que tenía en su huerto. Luego el demonio se iba en medio de la penumbra y solamente se veía la punta del puro al rojo vivo por las calles del pueblo.
Los perros ladraban, la gente se escondía y los ticuizeños no vivieron tranquilos hasta que don Susano falleció. La magia, las apariciones y los relatos sobrenaturales son parte de la tradición negra que heredó la gente del Ticuiz.
Hoy la tensión no viene del más allá, viene de sus mismos habitantes divididos en dos grupos políticos que pelean todas las batallas que pueden entre ellos. Se apoyan en documentos, figuras jurídicas, presidentes municipales, diputados, el gobernador de Michoacán y grupos políticos externos.
El conflicto, derivado del reconocimiento como comunidad afromexicana y de la posibilidad de transitar hacia la estructura de autogobierno, fracturó a la comunidad. Lo que amenaza con ser una herida permanente mantiene a ambos grupos sin dar señales de reconciliación, a pesar de que en los dos bandos añoran épocas pasadas donde se sentía una comunidad unida en la que, además, casi todos son familiares directos.
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Todo comenzó el 30 de septiembre de 2024, cuando se emitió el reconocimiento como comunidad afromexicana de Michoacán. El Ticuiz se convirtió en la única comunidad en su clase y pasó a abarcar las localidades de Ojo de Agua, Boca de Apiza, La Mojonera, La Zorrillera, El Zapotal y San Telmo.
El hecho de que el reconocimiento abarcara más localidades generó la primera ruptura dentro de la comunidad: el certificado no llegó a la Encargatura del Orden –la autoridad civil–, sino al Comisariado Ejidal –autoridad agraria–, representado en su momento por Cándido Laurel Jiménez, lo que una parte de la población consideró un atropello.
“El Comisariado es una autoridad agraria, no es una autoridad civil, nosotros no queremos que el futuro de nuestra comunidad sea decidido por una autoridad que no nos representa, el que nos representa es el encargado del orden”, aseguró Nicolás Ibarra Sánchez, habitante de la población, quien asesora legalmente varios procesos impulsados por el grupo opositor al ejido.
En el bando de Nicolás Ibarra destacan figuras como el propio encargado del orden, Leocadio Olea Camacho, la presidenta del Fondo para el Bienestar de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos (FAISPIAM), María Heliodora Ibarra Laurel, el presidente del vecino municipio de Aquila (un apoyo regional hasta ahora), José María Valencia Guillén y hasta el gobernador, Alfredo Ramírez Bedolla, quien ha mostrado su inclinación a uno de sus proyectos.

Aquí se fraguó la idea de que El Ticuiz se convirtiera en la primera Encargatura del Orden que pudiera acceder a su propio presupuesto de manera directa, un tipo de autogobierno impulsado originalmente en el municipio indígena de Cherán, ubicado en la Meseta P’urhépecha, al centro del estado.
Este modelo consiste, básicamente, en que una comunidad se organiza para exigir que le entreguen el porcentaje del presupuesto que le corresponde de acuerdo con el tamaño de su población. De ahí se forma una figura de administración local de esos recursos que no pasan por la estructura municipal y rinde cuentas directamente ante la Auditoría Superior del Estado. Esta figura tiene facultades para bajar recursos de programas estatales y federales, con la desventaja de que pierde acceso a algunos servicios municipales.
Los autogobiernos son una figura controvertida en todo Michoacán, amada y repudiada por igual entre los pueblos y municipios indígenas que los han promovido –en donde han resultado exitosos o no–, y un campo de batalla político que ha permeado en todo el estado.
Durante el sexenio (2015-2021) del exgobernador, Silvano Aureoles Conejo, el político los combatió ferozmente para impedir que los municipios perdieran la parte del presupuesto que les correspondía a cada comunidad que exigía el autogobierno. Sin embargo, la administración actual de Alfredo Ramírez Bedolla los promueve a diestra y siniestra, incluso asegurando que El Ticuiz tendrá su propio modelo antes que termine su mandato en 2027.
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Nicolás Ibarra fue quien descubrió que podían promover el autogobierno y fue el que organizó la recolección de firmas y el establecimiento de la asamblea que pidió la instalación de esta figura. Incluso promovió los juicios que le permitieron el derecho a la libre determinación, auto adscripción, autonomía, desarrollo e identidad cultural, un fallo histórico para el pueblo afromexicano otorgado por el Tribunal Electoral del Estado de Michoacán (TEEM).
Además, el grupo de Ibarra consolidó una alianza con el Consejo Supremo Indígena de Michoacán (CSIM), una organización de comunidades indígenas que nació, originalmente, con la finalidad de unificar pueblos p’urhépechas para presionar al gobierno de Michoacán, en favor de diversas demandas sociales y políticas de sus integrantes.
A través del CSIM recibieron la asesoría legal que promovió una consulta el 12 de julio de 2025. Sin embargo, ese día perdió el bando que promovía el autogobierno con 97 votos en contra y 57 a favor, lo que terminó de exponer la fractura interna y desde entonces la población vive día a día dividida.
“Hubo toda una campaña de desinformación que está en contra de la autodeterminación, pero respetamos la decisión de la Asamblea General y convocamos a los que votaron por el sí a que no se desanimen”, dijo Pavel Ulianov Guzmán Macario, vocero del CSIM.
La idea del autogobierno sigue rondando en la comunidad y con ello crece la confrontación entre vecinos, entre familiares. Caminar por las calles de El Ticuiz es tenso para quienes viven ahí, ya que los reclamos y las peleas están a la orden del día entre las dos posturas dominantes.
El 18 de agosto de 2026 aparecieron lonas en las casas y negocios de las familias que se oponen al autogobierno. Exigen que Pavel Ulianov y el CSIM saquen las manos del pueblo. Este grupo opositor colocó, además, propaganda en contra de los “falsos líderes” en casas particulares y en zonas ejidales de El Ticuiz.
“La gente ya votó, ya dijo que no quería el autogobierno, pero les siguen vendiendo la idea de que les van a llegar 8 millones de pesos y que les van a dar tierras y casas, son promesas que ha hecho el licenciado Nicolás, pero eso es una mentira”, aseguró Norberto Fajardo Valdovinos, representante del Ejido Ticuiz para el pueblo afromexicano.

Este otro bando está conformado por el excomisariado, Cándido Laurel Jiménez, así como el actual comisariado ejidal, Porfirio Mendoza Zambrano, el presidente municipal de Coahuayana, Andrés Rafael Aguilar Mendoza, el delegado del INPI, Gerardo Cervantes Gutiérrez, Eric Méndez, oficial mayor del Ayuntamiento y el visitador agrario, Arturo Barragán.
Aunque el presupuesto directo y el autogobierno es el conflicto más visible hacia afuera de El Ticuiz, al interior las batallas son interminables: una serie de caminos artesanales que están en vilo, la construcción y destrucción de un andador, la renovación del jardín principal. Una decena de pequeños y grandes encontronazos que hay diariamente amenazan con escalar en una localidad donde sus habitantes se acusan mutuamente de sembrar odio.
Las acusaciones de robo y desvío de recursos, así como amenazas y provocaciones, son mutuas y variadas. Cada grupo se atrincheró en una parte del pueblo y poco a poco se han ido galvanizando en una espiral que ninguno de los dos quiere pero ninguno de los dos está dispuesto a detener.
Revivir el convite
Antes era con un caballo o con un burro, la última vez que se hizo fue con un tractor, pero la idea es la misma: hay que jalar un carretón alegórico que va adornado con flores por todo el pueblo y detrás de él la gente va bailando.
Eran los famosos convites, una tradición afro que se acostumbraba en las calles de El Ticuiz, pero que desde hace dos años no se celebra porque cayó víctima de la división del pueblo.
Los convites fueron parte de las prácticas que le permitieron al Ticuiz convertirse en una comunidad afromexicana reconocida ante el INPI. Estas tradiciones, junto con la historia de su gente, fueron claves para reforzar la investigación interna que sus propios habitantes hicieron.
La idea fue promovida por Norberto y Porfirio Fajardo Valdovinos. Este último cuando era trabajador del Instituto Nacional Electoral (INE) descubrió que la nueva figura de afromexicanos empezaba a ganar tracción en México y convenció a Norberto de empezar el camino rumbo al reconocimiento.
En julio de 2012 comenzó la investigación liderada por mujeres de la misma comunidad, entre ellas María Ofelia Saucedo y María Isabel Fajardo Quiñones. Ayudaron a crear el informe final de la consulta para la identificación de comunidades afrodescendientes de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), antecedente de lo que hoy es el INPI, la institución del gobierno federal para pueblos originarios y afrodescendientes.
“Fue algo muy bonito porque íbamos de casa en casa haciendo la investigación con nuestras propias familias. Entonces juntamos muchas historias y muchas experiencias sobre quiénes somos nosotros y de dónde venimos”, aseguró María Isabel Fajardo.
Luego de recibir capacitación en estudios de antropología, por parte de la extinta CDI, las mujeres de El Ticuiz pasaron semanas haciendo investigación de campo, para saber cuáles eran los elementos que caracterizaban a los afrodescendientes.
“A nosotros siempre nos dijeron ‘ay los afros del Ticuiz’, ‘ahí en El Ticuíz son los negritos’. Sabíamos que éramos afros, pero no éramos reconocidos como una cultura, hasta ahora. Ahora se nos da un lugar y tenemos un valor en México, cosa que no era antes”, detalló Fajardo Quiñones.
Gracias al trabajo de las mujeres es que se conocen las tradiciones de la danza del Cortés y los convites, la historia de El Diablo y don Susano y las historias mágicas que rodean a los ticuizeños, así como el origen de los primeros pobladores negros de la zona, quienes en su mayoría eran provenientes de Petatlán y zonas aledañas de la Costa Chica del vecino estado de Guerrero.

Además, sabemos sobre la gastronomía tradicional como el mole con arroz de pato o de pollo, el frito de puerco que se comía con tamales de ceniza conocidos como “nejos”, los frijoles refritos y el pescado con arroz, de donde nace el dicho popular “habiendo pescado y arroz, aunque no haya Dios”.
Todos estos elementos ayudaron a reforzar el reconocimiento del INPI, pero también el autorreconocimiento, ya que dentro de la misma comunidad están impulsando eventos como la Feria AfroCultural del Ticuiz que lleva dos ediciones, una en 2025 y otra en 2026.
“Esta feria la organizamos a la par de la fiesta patronal del pueblo que se dedica a San Antonio de Padua, del 4 al 13 de junio. Es una iniciativa de la Dirección de Cultura de la comunidad, un cargo que me dieron por votación popular de la comunidad, no del ejido”, aseguró Daniel Fajardo Pineda.
Estas son algunas de las formas de autorreconocimiento que han impulsado en El Ticuiz, a la par de jornadas comunitarias de limpieza y organización que se llevan a cabo de manera paralela entre los dos grupos en los que se dividió el pueblo.

El autorreconocimiento es el eslabón más débil de la cadena, de acuerdo con Martín Cortéz Noyola, miembro del colectivo AfroMichoacán. El movimiento ha promovido la visibilización de la cultura afro en distintas regiones del estado como la Sierra-Costa y la Tierra Caliente.
“El éxito del racismo en el tema afro es que está invisibilizado. Entre más se hable, entre más se rescate la aportación que hicimos los afros a la cultura mexicana, es más fácil entender el papel que jugamos y la cantidad de elementos que la cultura afro trajo a la mesa”, señaló.
Cuando se hizo el estudio en 2012, la gente de El Ticuiz supo que fueron los vaqueros negros quienes trajeron el jaripeo, que fueron los afros quienes popularizaron la comida frita a base de vísceras porque eran las partes que los españoles no querían y comprendieron que había un racismo invisible que la sociedad mexicana se niega a reconocer.
–¿Cómo fue participar en la investigación del INPI?
–Me gustó mucho participar en esa investigación, porque me di cuenta de que nosotros también peleamos por formar este país, solo que no nos reconocieron por eso. Nos llenó de mucho orgullo [la investigación], aseguró María Isabel Fajardo.
–¿Crees que sea posible volver a ese momento de orgullo de la comunidad, dejar atrás estos conflictos que afectan a El Ticuiz?
–Va a ser muy difícil. Primero hay que dejar de tener intereses personales de poder y económicos, dejar de lado la soberbia, hay que ver que no es por algo propio, es por la comunidad. Si entendemos eso creo que podríamos volver a lo de antes.
Si no se cura la fractura de El Ticuiz, se terminará por desgarrar el único lugar reconocido en Michoacán como parte de esta cultura que fue ignorada por cientos de años. Familias enteras quedarán desintegradas y el pueblo volverá a las sombras bajo los prejuicios de desorganización y violencia injustamente asociados a las comunidades afromexicanas.






