La harina de maíz, la arepa y las manos que sostienen la vida

por | Sep 27, 2026

Venezuela reclama la arepa como propia, a pesar de compartir este alimento hecho a base de maíz con Colombia. Pero es que la harina precocida, la forma de rellenar las arepas y el lugar fundamental que ocupa en la cocina y el hogar de las y los venezolanos hacen que este alimento sea simbólicamente algo asociado, sí o sí, con la nacionalidad venezolana. Representa un orgullo nacional y, con cada relleno, pudiendo existir más de cien opciones diferentes, la arepa tiene más que merecido ser reconocida como un alimento único para Venezuela.

Fotografías: Hecho en Comuna, Yonilda Montilla, Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información (MIPPCI)

Bilbao, Euskal Herria.- Isabel Hernández es una mujer al frente de un hogar de seis personas. Aprendió a hacer arepas desde que era una niña a través de un juego pedagógico al lado de su madre, mientras estaba en la cocina. “La aprendí a hacer porque era costumbre que cuando mi mamá la estaba haciendo nos daba un pedacito de masa para que hiciéramos arepitas, como con plastilina”. Hoy, en su casa, la arepa está siempre presente: “Es el desayuno por tradición”.

En su relato se evidencia el lugar cultural de la arepa dentro de un hogar, tal como lo expresa Yonilda Montilla, habitante de un barrio popular de Caracas: “La arepa es el desayuno principal, y se hace todos los días”. Por su parte, Carmen Parra, originaria de la región de Los Andes y radicada en Caracas con su esposo y sus dos hijos, explica el lugar que ocupa la arepa en su día a día: “La arepa es el alimento tradicional de mi familia. En Los Andes se come en el desayuno y en la cena. Con mis hijos y mi esposo en Caracas hacemos igual”.

Yonilda moldea la masa para darle forma a las arepas antes de llevarlas al budare para asarlas, una rutina de todos los días para desayunar. Fotografía: Yonilda Montilla


Para comer arepas se necesita maíz


El maíz, fundamental en la alimentación desde épocas previas a la colonización, se vio cuestionado por los invasores españoles, quienes introdujeron el trigo en la región. En un artículo publicado en Monthly Review encontramos la opinión de un general español, que podía “comer cualquier cosa en esta tierra excepto esas miserables tortas de maíz que llaman arepas, que solo han sido hechas para estómagos de negros y avestruces”.

En ese mismo artículo señalan: “Los patrones de producción, procesamiento y consumo de maíz permanecieron prácticamente inalterados durante muchos años después de la independencia. Esto se transformó en 1960 con la introducción de la harina de maíz precocida, que provocó profundos cambios en todo el sistema agroalimentario. En cuanto a la producción, el cultivo de maíz pasó del conuco a la producción industrial de monocultivos, dependiente de variedades de semillas comerciales certificadas”.

Entre 1920 y 1930, el auge petrolero interrumpió la producción agrícola e industrial en Venezuela, ocasionando un éxodo masivo del campo a la ciudad y provocando un intenso proceso de urbanización que alteró los hábitos de producción de la vida, de consumo y de alimentación. A medida que el Estado concentraba los ingresos en divisas por la exportación de crudo, la antigua burguesía terrateniente perdió su lugar y fue reemplazada por un nuevo sector empresarial que, en lugar de acumular capital mediante la producción agrícola, lo hacía a través de la importación de alimentos y materias primas con dólares estatales a tasas subsidiadas. Este modelo rentista convirtió la adquisición de insumos, maquinaria y productos terminados en el exterior en un negocio mucho más rentable que producir en el campo venezolano.

La familia Mendoza Fleury se insertó en esta dinámica. Tras fundar en 1941 Empresas Polar, identificó la oportunidad de hacerse a la agroindustria aprovechando el acceso a las divisas preferenciales. En 1960, con el lanzamiento de la harina de maíz precocida PAN, la Polar consolidó un dominio muy importante en el mercado, estructurando su modelo industrial en torno a la importación masiva de materia prima e insumos financiados con dólares subsidiados por el Estado.

Este nuevo producto acortó los tiempos de preparación de la arepa, ya no era necesario moler el maíz, y su practicidad tuvo tanto éxito que la arepa hecha con harina precocida pasó a estar presente en la mayoría de las casas venezolanas. La investigación publicada en Monthly Review explica que durante el procesamiento “el grano se descascara, se desgermina, se precocina, se seca, se lamina y se muele. En este proceso, se eliminan sus capas externas más nutritivas, lo que da como resultado una sustancia nutricionalmente pobre, carente de vitaminas y minerales, que luego requiere fortificación para cumplir con los estándares dietéticos básicos”.

Y añaden: “En cuatro décadas, la harina de maíz precocida llegó a representar el 88 % de todo el maíz consumido en el país”. Esto vino acompañado de un nivel de distribución tan grande que los productos Polar llegaron hasta el último rincón de Venezuela; se hicieron parte de la vida cotidiana, no solo por la harina PAN sino también por la cerveza. Así fue como, mediante la publicidad, la arepa se asoció a la marca de harina. En la televisión, anuncios de prensa y demás, parecía que en ningún hogar podrían hacerse arepas si no tenían la harina PAN de Polar.

Arepas con diversas opciones de relleno, típicas del desayuno venezolano. Fotografía: MIPPCI


La dependencia a Empresas Polar


A raíz de la centralidad de la arepa en la dieta venezolana, el reconocimiento de la harina PAN y el control sobre el procesamiento del maíz en Venezuela, Empresas Polar adquirió enorme poder económico. Tras el triunfo de la Revolución bolivariana utilizaron su referencia, su lugar identitario en la cultura popular venezolana y su producción como manera de presión política contra esta.

Al caer abruptamente los precios del petróleo en el mercado internacional y reducirse el ingreso de divisas al país, el Estado no sostuvo la asignación de dólares preferenciales para la importación de materia prima (maíz blanco) ni para el subsidio de productos terminados. Además, el Estado venezolano mantuvo una política de control de precios, que la Polar rechazó. El sector empresarial venezolano pretendía presionar para vender a precios especulativos y a precios internacionales, aunque su actividad económica era subsidiada por los dólares del Estado venezolano producto de la venta del petróleo. Decidieron no vender sus productos en el país, los acapararon y escondieron. Esto derivó en largas colas para encontrar harina a un precio justo.

También desencadenó el contrabando informal o bachaqueo, tanto de personas que traían harina PAN desde Colombia −porque allá sí estaban llenos los anaqueles con este producto− como de quienes compraban harina u otros productos esenciales a precios justos para luego, en las calles, venderlos a precios especulados, aprovechándose de la necesidad de la gente.

En diciembre de 2014, Barack Obama, emitió la Orden Ejecutiva 13692 que declaró a Venezuela una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos. Bancos, aseguradoras y proveedores internacionales comenzaron a tratar al país como un riesgo y exigir condiciones más duras para cualquier operación. Mientras, el precio del barril de petróleo venezolano caía. Con menos divisas y más obstáculos para usarlas, importar alimentos, medicinas e insumos se volvió cada vez más difícil y más caro.

Isabel sitúa el pico de la desestabilización a partir de 2016: “Fue una época muy tenaz, hacíamos largas colas cuando decían que iban a vender harina PAN. A veces, nos quedábamos desde la noche anterior para poder comprar un paquete. Esta harina era considerada un producto de primera necesidad”.

Carmen recuerda: “No se conseguía harina de ningún tipo. Fue un momento muy duro porque estamos acostumbrados a desayunar y cenar arepa. No poder alimentar a mis hijos que en esa época estaban pequeños representaba un miedo para mí”. Yonilda atravesó la escasez criando a su primera hija y viviendo el embarazo de la segunda: “En la época que no se encontraba la harina PAN, fue un choque resolverle los desayunos a mi hija porque estaba chiquita y era complejo conseguir cosas que le gustaran, como las empanadas y las arepitas con queso”.


Las que cuidan, las que crean, las que resuelven


En estos años las mujeres venezolanas, responsables del cuidado de sus familias, encontraron miles de alternativas. Hicieron colas, sí, pero también trueques, nuevas recetas y complicidad con vecinas y compañeras de trabajo.

Cuando la Polar dejó desabastecido el mercado y proliferó la especulación, la jornada de los cuidados y el trabajo doméstico de las familias se multiplicó. Las largas colas exigieron organizar el tiempo, el día y la noche, madrugar, construir redes entre vecinas y organizarse colectivamente entre trabajadoras, amigas y familias para garantizar la comida.

Isabel destaca la articulación entre familias y la alianza con los empleados de los abastos: “En el año 2016 empezó a faltar en los anaqueles la cesta básica. Un día cualquiera era ir de un establecimiento a otro buscando. Muchas familias nos organizamos para ir a sitios diferentes y si alguien conseguía, llamábamos a los otros y les guardábamos el puesto en la cola”.

Yonilda narra cómo era la situación en su barrio: “La gente sabía en la noche lo que iba a llegar al día siguiente a los abastos y comenzaron las colas nocturnas. Yo no podía hacer cola toda la noche, mi hija estaba muy pequeña, además yo estaba embarazada. En el barrio me guardaban números y yo iba al amanecer”.

En el caso de Carmen, la distribución de tareas con su pareja implicaba turnos de vigilia durante la madrugada, muchas veces sin resultados: “Mientras yo me quedaba con los niños, mi esposo tenía que levantarse a la 1:00 a. m. para ir a hacer la cola. Hubo momentos en los que, aunque hiciera la cola desde la medianoche o la madrugada, al abrir el local la noticia era que no había nada”.

En los espacios de trabajo también se tejió la solidaridad y las formas de comunicación, por ejemplo, a través de grupos de mensajería, transformando la necesidad compartida en una red eficaz de información. Las mujeres crearon grupos de WhatsApp y alianzas con trabajadores de los abastos para avisar en tiempo real sobre la llegada de productos. Este aviso de último momento resultaba salvador para poder comprar.

Yonilda recuerda cómo se articulaban durante su jornada laboral: “Compañeras nos mandaban un mensaje avisando qué producto iba a llegar a determinada tienda y salíamos corriendo a comprar. En ocasiones nos guardaban un puesto en la cola. Incluso teníamos la rutina de salir después del almuerzo a hacer cola con otra compañera embarazada para conseguir pañales, leche o harina”.

La arepa en la mesa de Yonilda, mujer residente en un barrio popular de Caracas. En esta ocasión, la arepa está rellena con huevo tipo perico. Fotografía: Yonilda Montilla


No solo de PAN vive la gente


A consecuencia del desabastecimiento, la cocina se volvió un espacio de invención y una oportunidad para retornar a prácticas culinarias más saludables. Isabel explica cómo su familia resolvió en ese entonces: “Cuando no conseguíamos harina de maíz, lo sustituíamos por yuca, topocho, plátano y cambur verde. También comprábamos maíz en grano, después de cocinarlo se molía y usábamos hasta el agua del maíz para beber. Entre familiares y vecinos también nos intercambiábamos recetas”.

Carmen relata los primeros sustitutos a la harina precocida que usó en su cocina: “El primer aliado fue la yuca; el segundo, la papa; y el tercero, el maíz dulce que usamos para hacer cachapas”. Por su lado, Yonilda recuerda el uso del maíz molido para hacer sus arepas: “Yo no llegué a moler maíz en la casa, pero le compraba el maíz molido a un señor en mi barrio. A la harina de maíz precocida que conseguía le ponía zanahoria o calabacín al momento de hacer la masa. Y cuando no había harina, hacía arepitas de yuca, auyama u ocumo”.

Las arepas de la familia de Yonilda asándose en el budare, la plancha tradicional indispensable en los hogares venezolanos. Fotografía: Yonilda Montilla


Lecciones en lo cotidiano


Tras las dificultades para conseguir harina PAN en el mercado, surgieron diversas marcas comerciales de harina de maíz precocida como Kaly, La Lucha, Mary, Maizal y Ticoporo, disponibles en el mercado y en programas sociales como el Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP), el obrero (para trabajadores públicos), Mercal y la Feria del Campo Soberano.

Isabel, Carmen y Yonilda coinciden en que la pérdida de la hegemonía comercial de Polar abrió paso a opciones de excelente calidad y más nobles para amasar. Isabel sostiene que romper con el monopolio de la Polar ha sido positivo para el país: “Ha sido muy beneficioso que haya nuevas marcas, algunas mucho mejores que la harina PAN”. “Cuando desapareció la harina PAN no tuve preferencia por una marca, lo importante era que fuera harina de maíz blanco para hacer las arepas. Las otras marcas brindaron más variedad. Por ejemplo, si hay Kaly, compro esa marca, aunque esté disponible la harina PAN”, opina Carmen. Cabe acotar que Kaly es una marca venezolana surgida en 2019 que comenzó a distribuirse en las bolsas de alimentos subsidiadas por el Estado y que hoy le disputa directamente el mercado a Polar.

Yonilda tiene esa misma visión sobre la producción nacional: “Actualmente hay productores venezolanos de harina de maíz que son mejores que la Polar, con una textura más suave y noble para la arepa. Ahora la harina PAN no me gusta tanto, prefiero las otras marcas. Además, no se nos va a olvidar todo lo que vivimos cuando Polar decidió esconder los productos”.

Al mirar hacia atrás, la memoria oscila entre la angustia, la solidaridad entre familias y la posibilidad de hacer arepas de otras maneras:

Isabel valora el aprendizaje de la soberanía alimentaria: “La situación que vivimos nos sirvió para aprender a valorar más algunos alimentos, a consumir lo producido y dejar la dependencia. No podemos volver a permitir el monopolio de empresas en los productos de primera necesidad”. “Cuando miro atrás y veo lo que inventaba para comer, me parece fino porque me di cuenta de que podía variar con alimentos incluso más saludables. Fue positivo porque encontramos otras formas de resolver la comida, mejores que la harina de maíz”, revive Yonilda.

Carmen trae al presente su capacidad de adaptación y la solidaridad de los amigos: “hay muchas anécdotas, como la harina mexicana Maseca, que nadie quería porque no se podían hacer arepas con ella. Ya no tenemos esa presión de ir a buscar comida y no conseguir, y quisiéramos que esa época no se repitiera. Pero recuerdo el apoyo entre amigos, aunque recibían su bolsa de alimentación en sus barrios o en sus trabajos, compartían con las familias más numerosas parte del mercado”.

Feria del Campo Soberano, espacio donde se distribuyen alimentos producidos por manos nacionales, entre ellos harinas de maíz de diversas marcas como Ticoporo (Hecho en Comuna). Fotografía: MIPPCI


La respuesta también surgió en la Comuna


La producción local y comunal del maíz también se fortaleció para asumir la elaboración de harina precocida a través del Circuito Económico Comunal del Maíz, un modelo de gestión productiva orientado a descentralizar la producción agrícola tradicional y transferir el control de la cadena productiva directamente a las organizaciones del poder popular y las comunas.

En este circuito se fomenta el uso de semillas locales e insumos orgánicos. Se organizan las hectáreas para la siembra y el grano de maíz se arrima a empresas de propiedad social y plantas procesadoras comunales. Ejemplo de ello es la Procesadora Leander, una empresa de propiedad social indirecta comunal transferida por el gobierno nacional al Poder Popular en 2022, que procesa el maíz cultivado en los estados Lara, Barinas y Portuguesa. Su producto es la harina de maíz Ticoporo, bajo la marca Hecho en Comuna, un alimento libre de gluten que cuenta con el sello Norven como garantía de calidad de su producción.

Ante la guerra hecha contra el pueblo por parte de Empresas Polar, la gente tuvo que conseguir maneras de resolver a nivel individual, familiar, local, popular y nacional. La arepa ha sido desde hace siglos el alimento del pueblo venezolano, y así seguirá siendo. Como concluye Yonilda: “En ese momento sentía angustia, miedo, desesperación y rabia de pensar: ‘Mierda, estos malditos que no nos sacan los productos’, porque los productos estaban ahí y no se los vendían al pueblo. Pero me alegra que eso nos hizo fortalecernos, resolver y sacar esos productos nuevos. Nos encasillaron hasta en la manera de comer; pensábamos que si no había harina PAN no podíamos comernos una arepa sabrosa. Siempre hay formas de salir de donde nos engañan, y los venezolanos somos la muestra viviente de que sí se puede”.

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