El sismo del pasado 10 de agosto en Colombia liberó veinticinco veces la energía del terremoto del Chocó de 1995. Mientras el gobierno entrante decidía qué países podían enviar ayuda, en el Chocó, el departamento más afectado, se respiraba solidaridad. Esta crónica hace un recorrido por Quibdó y el río San Juan, junto a parteras, jóvenes que descargan camiones bailando y familias que sostienen sus casas con lo poco que quedó.
Fotografías: Carlos Pérez Osorio
Quibdó, Colombia.- El 10 de agosto tembló a las siete y media de la mañana y me despertó el movimiento en un octavo piso de Bogotá. No se cayó nada, no se fue la luz, y ni Bogotá ni Medellín reportaron daños serios. Pero en cuestión de minutos empezaron a entrar noticias en el teléfono: en otras partes del país había pasado algo muy grave. El primer video que vi fue el de un edificio alto de Cali cayéndose encima de una mujer que corría para ponerse a salvo. La tragedia empezaba a revelarse en redes sociales.
El Servicio Geológico Colombiano calculó después que la energía liberada fue veinticinco veces la del terremoto del Chocó de 1995, y ciento cincuenta veces la del Eje Cafetero de 1999. Es el sismo más fuerte que ha registrado el país en unas tres décadas. Colombia no estaba preparada para eso.
El epicentro fue en San José del Palmar, un municipio del Chocó de unos cinco mil ochocientos habitantes. El pueblo que estaba parado justo encima perdió la luz, el agua, el comercio, la escuela: la Libertad, que se cayó entera, y la única carretera, bloqueada por dos docenas de derrumbes. Los primeros reportes hablaron de unas cuatrocientas casas dañadas y veinte desplomadas, pero no se perdió gente.
La gente murió más lejos: en Pereira, Risaralda, a sesenta y ocho kilómetros; y en Cali, capital del Valle del Cauca, a ciento ochenta y cinco kilómetros, donde había edificios de concreto sobre suelos blandos. Para allá se fueron las cámaras del mundo: los edificios colapsados, las máquinas removiendo escombros, los perros de rescate. Una imagen completamente devastadora.
Tres días antes del terremoto, el 7 de agosto, el derechista Abelardo de la Espriella se había posesionado como presidente de Colombia. Lo hizo en Cali, fuera de Bogotá, y durante la ceremonia hubo un momento de oraciones interreligiosas. El gran rabino de la comunidad hebrea sefaradí, David Michaan, cerró su intervención con un «viva Colombia, viva Israel». De la Espriella había prometido en campaña restablecer relaciones con Israel, se reunió con el canciller israelí Gideon Sa’ar en Barranquilla en vísperas de la posesión, anunció que suspendería la apertura de la embajada colombiana en Palestina y dijo que movería la suya a Jerusalén.
El 12 de agosto, con el país contando muertos, el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, anunció desde Panamá que De la Espriella había autorizado «operaciones militares conjuntas» en territorio colombiano y que Colombia entraba como miembro diecinueve de la Coalición contra los Cárteles de las Américas, la iniciativa que Washington llama Escudo de las Américas. La oposición respondió que autorizar tropas extranjeras le corresponde al Senado y habló de renuncia de soberanía. El presidente no se pronunció ese día: estaba atendiendo la emergencia.
Y en medio de la emergencia, el gobierno decidió también quién podía ayudar. Media docena de países ofrecieron equipos de búsqueda y rescate. David Tamayo, el recién nombrado director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), anunció que solo se formalizarían solicitudes a cuatro países: Estados Unidos, El Salvador, Ecuador e Israel. El argumento fue técnico -los equipos debían estar clasificados bajo el estándar del Grupo Asesor Internacional de Operaciones de Búsqueda y Rescate (INSARAG por sus siglas en inglés), la red que coordina búsqueda y rescate urbano bajo la sombrilla de Naciones Unidas- y se cayó rápido: la internacionalista Sandra Borda publicó el directorio regional de INSARAG, donde México aparece con cinco brigadas acreditadas. Tamayo cambió entonces de razón. Ahora el problema era que los extranjeros llegarían a relevar y no a reforzar.

Del lado mexicano, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo, en la conferencia de prensa “mañanera”, sobre las brigadas que estaban listas para viajar a Colombia: «Pidieron certificación por parte de Colombia. Están certificados, pero ahora piden otra certificación». Doscientos cincuenta y cinco elementos y veinte binomios caninos estaban listos y nunca salieron. Lo que sí salió fueron los Hércules con despensas, agua y medicamentos.
Y aun así llegaron topos mexicanos a Cali. Los vi en el aeropuerto de Bogotá, con sus overoles naranjas, mientras yo abordaba para el Chocó y ellos para Cali. Eran los Topos Aztecas, y venían de cuarenta y un días trabajando en el doble sismo de La Guaira, en Venezuela. Iban de regreso a casa y no llegaron: cancelaron el vuelo y se desviaron. Su líder, Héctor «el Chino» Méndez, ochenta años y cuarenta de oficio, lo dijo sin diplomacia: «Ya basta de luchas de poder, egos y estupideces burocráticas. Los topos vinimos a salvar vidas, no a pelear por permisos».
La delegación israelí llegó el viernes 14 de agosto: ochenta y dos militares al mando del brigadier general Yossi Pinto, en avión propio, en una operación bautizada “Pacto de Amigos”. Con ellos venía Roni Kaplan, capitán, portavoz del Ejército israelí para América Latina desde hace casi quince años, uruguayo de nacimiento, con una demanda por genocidio en su país natal. El oficio de Kaplan no es rescatar: su trabajo, en Gaza y en cualquier otro lado, es fabricar la imagen y en la capital del Valle del Cauca la fabricó con escombros de fondo. Publicó un video en el que aparece metido en un hueco, jadeando, explicando que bajo sus pies hay diez cadáveres, sin una mancha de polvo en el traje y sin guantes. Cuando termina de hablar, se regresa al hueco entre los escombros. Días después circularon fotos de integrantes de la delegación tomándose selfis y sonriendo entre los restos de un edificio.
El propio presidente se sumó a la escenografía. El domingo 16, en Buenaventura, fue grabado lanzando balones de fútbol desde una camioneta blindada a las personas damnificadas. Los balones llevaban el logo de su movimiento, Defensores de la Patria, y el lema «Firmes por la Patria». En los videos se oye a la gente gritarles que los niños se están muriendo de hambre y a una mujer preguntar: «¿Y balón es que trajo?» El líder social Leonard Rentería le recordó que cuando mandan el miedo y el hambre no hay partido que jugar. Gustavo Petro resumió: «Confundieron una emergencia humanitaria por terremoto con un partido de fútbol».
Mientras esto pasaba, en el Chocó nadie estaba discutiendo certificaciones.
Daniela Díaz, periodista de Bogotá, tenía un plan. Tiene amigas y colegas en la región desde hace años, y quería ir a cubrir lo que estaba pasando en el Chocó y publicarlo, porque casi nadie lo estaba haciendo.

En el Chocó, el terremoto no fue un evento
El Chocó es el departamento más empobrecido de Colombia: 67,4 % (DANE 2024) de su población vive bajo la línea de pobreza, y en Quibdó, la capital, sesenta y dos de cada cien personas son pobres y treinta y tres viven en pobreza extrema. Es un departamento de mayoría afrocolombiana, pero también con muchas personas de los pueblos indígenas: Emberá Dobidá, Katío y Chamí, Wounaan y Gunadule. Un territorio atravesado por ríos y selva, rico en oro y platino, el único del país con costa en los dos océanos, y con una de las precipitaciones más altas del planeta.
Las cifras oficiales de esa primera semana eran poco claras y modestas. El informe de la UNGRD con corte al 13 de agosto reportaba en Quibdó nueve muertos, ciento diecinueve heridos, cien viviendas colapsadas y 2125 averiadas. En todo el departamento, trece muertos. Uno lee eso y se hace una idea, pero recorriendo el territorio uno ve una realidad distinta.
Sí hubo colapsos. En el barrio Medrano, en el centro de Quibdó, donde murió la mayoría, un edificio de más de cuatro pisos se vino abajo. Justo enfrente está el Instituto Educativo Integrado Carrasquilla Industrial, el colegio más grande del Chocó, con varios salones llenos de ladrillos, varillas y tierra, los muros desplomados hacia dentro. En ese edificio murió la sobrina de Linda, quien además perdió su casa y su negocio, y aun así se pasó esas semanas cruzando Quibdó en su moto, para ayudar a quien la necesitara.
Pero el daño que define al Chocó es otro y no se fotografía bien. Conforme fuimos recorriendo, lo que veíamos eran grietas, muros partidos a la mitad, apuntalamientos improvisados con lo que hubiera para sostener un techo; casas de pie que ya no eran habitables; familias durmiendo afuera de una casa que sigue parada pero rota. Eso no entra en el conteo de edificios colapsados. Aparece meses después, cuando el agua se mete por las grietas. En el Chocó el terremoto no fue un evento: es un problema de vivienda de muchos años.
Entonces uno empieza a desconfiar de los números. No porque estén mal levantados, sino porque el censo de daños se hace por evaluación en terreno y en el Chocó no hay terreno al que se llegue fácil: treinta municipios afectados, la mayoría de las comunidades accesibles solo por río, sin conectividad. Una casa agrietada en un caserío del Bajo San Juan no entra en ninguna estadística porque nadie va a ir a anotarla. Esa primera semana, encima, cayeron tormentas sobre Quibdó, la gente que dormía afuera se metió bajo techos que no aguantaban, los arreglos de emergencia se volvieron a caer, los caminos y los viajes se complicaron todavía más. Llover sobre mojado, en el sentido más literal de la expresión.

En Quibdó, cerca del malecón, nos sumamos al trabajo de un grupo de parteras amigas de Daniela. La asociación se llama ASOREDIPARQUIBDÓ -Red Interétnica de Parteras y Parteros del Quibdó-, que agrupa a más de mil parteras y parteros con presencia en las cinco subregiones del departamento. Existe porque en la mayoría de los poblados del Chocó no hay sistema de salud al que llegar. Los partos los atienden ellas, en casa, con lo que saben, que lo aprendieron de sus abuelas.
La sede es un edificio de dos pisos: al entrar, un espacio muy grande, y al fondo una cocina pequeña. Varios ventiladores girando todo el día contra un calor que no cede. La oficina la lleva Shirley, una mujer cálida que abraza fuerte y que desde que te conoce te cuida como si fueras su hijo: que si ya comiste, que si no te vas a ir con esa lluvia, que te sientes ahí. Sus hijas están metidas con ella en la organización, así que aquello es medio oficina y medio casa. Siempre había una jarra de limonada con panela, y para el almuerzo ya estaba el sancocho para quien cayera.
Cuando llegamos, ese espacio grande era un centro de acopio: comida, pañales, productos de higiene, agua. Shirley, Yolanda, Paola y Esilda empacaban y organizaban sin parar. Y los camiones seguían llegando. Esilda había perdido su casa completa. Nos mostró una foto de lo que quedó: un muro en pie. Era una casa sencilla donde tenía su propio nicho, que es como se le dice aquí al lugar donde las parteras ayudan a nacer. Daniela le preguntó por eso y Esilda contestó entre lágrimas que tenía miedo de quedarse en la calle, pero que ahora había que pensar en unas familias a las que les había ido peor.
Fue la primera vez que oí la frase. Después la oí de muchas otras personas, casi siempre de gente que estaba durmiendo en un patio o en la casa de un pariente. Ayudar a alguien a quien le fue peor. Así estaban Shirley y Yolanda también.
Las acompañamos a repartir ayuda humanitaria en poblados a las afueras de Quibdó, empezando por los pueblos donde vivían sus compañeras parteras, unas afro y otras emberá. En esos días se nos sumaron dos amigas. Una es Usy Caizamo, lideresa emberá dobidá y directora de su propia organización, la escuela Nepono Werara, donde trabajan con la paruma, la tela con la que se visten las mujeres emberá. En una de las comunidades emberá fue ella la que tomó el liderazgo: armó la olla comunitaria y fue el enlace. La otra es Luna Feu, con quien compartí barco en la Flotilla Sumud el año pasado y que apareció en Quibdó a los cuatro días del terremoto. Hay gente que simplemente va a donde hay que ir. Las dos anduvieron con nosotros en las comunidades y en las ollas comunitarias, donde las mujeres que cocinaban también tenían la casa rota.

He estado en un terremoto en Nepal y otro en México, y en los dos vi lo mismo: la sociedad civil moviéndose antes y mejor que el Estado. No es una novedad. Lo que me pegó distinto en el Chocó fue la proporción entre lo que la gente tenía y lo que la gente daba. Llegaban camiones y camiones a Quibdó desde todo el país y desde fuera, más de 1000 toneladas de aseo, mercado y materiales de construcción, a un departamento donde seis de cada diez personas son pobres. Se respiraba solidaridad, y una manera muy particular de hacerla: ponerle alegría a la tragedia y tenderle la mano a quien sea. Poco a poco fui entendiendo el espíritu de la gente del Chocó.
Por la sede de las parteras pasó de todo: rescatistas, periodistas, creadores de contenido, ingenieros que iban casa por casa revisando estructuras hasta gente que no sabía hacer nada en particular y solo quería ponerse a disposición. Se quedaban empacando, juntando fondos, cargando. Nadie les pidió certificación.
Toda esa ayuda que aterrizaba en Quibdó tenía que moverse, y ahí es donde aparecen Los Bárbaros. Son entre ciento cincuenta y doscientos muchachos, la mayoría de dieciséis a veinticinco años, que se volvieron virales por su manera de descargar camiones: cadenas humanas pasándose bultos de mano en mano a toda velocidad, bailando. Camisetas con el nombre y la frase «El Chocó se levanta».

Los acompañamos una mañana. Nos subimos a sus motocicletas y salimos haciendo escándalo, con la bandera del Chocó ondeando adelante, cientos de jóvenes gritando y tirando buena onda por todos lados. Al frente iba Yomo, Yoswar Moreno, atendiendo llamados por teléfono y dividiendo cuadrillas. Ese día atendieron el llamado del padre de una pequeña iglesia. Estacionaron las motocicletas y Yomo gritó para armar la fila, alguien pidió música a gritos, y los que no alcanzaron lugar en la cadena se quedaron en medio moviendo la cadera y animando a los demás.
Los bultos pasan volando y el ritmo contagia a todos los presentes. Cuando terminaron de descargar, todos rodearon al padre y empezaron a gritar «¡el padre, el padre, el padre!», cada vez más rápido y brincando más alto, cerrando el círculo, y el padre eufórico con las manos en el aire gritando, sudando y brincando con ellos. Al final Yomo lanzó la pregunta, fuerte y clara: «¿Quiénes somos?» Y ciento y pico de voces al unísono: «¡Los Bárbaros!”.
Ahora que el internet se la pasa midiendo quién farmea más aura, quién tiene más carisma sin despeinarse, habría que decirlo clarito: hoy nadie farmea aura como Los Bárbaros.
Yomo lo explicó en Noticias Caracol mejor de lo que yo podría: «Si estamos viviendo una emergencia como esta y nosotros como jóvenes llegamos con tristeza a los barrios, siento que no es muy acorde a cómo somos nosotros. Por eso siempre llegamos con actitud, con alegría, con folclor para que la gente se contagie de eso».
La gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba, dijo que todos los camiones que entraron al departamento en esos días pasaron por manos de estos muchachos. Escribió una columna con la frase que mejor resume el problema de fondo: «Tenemos la oportunidad de hacer algo distinto: no limitarnos a reconstruir lo que cayó, sino construir lo que durante décadas nos ha hecho falta». Esa misma semana acompañó a Shakira por Quibdó, la cantante llegó el 17 con Howard Buffett, recorrió el Carrasquilla, anunció diez escuelas y un paquete de un millón doscientos cincuenta mil dólares que no era dinero suyo sino la suma de cuatro bolsillos, y dejó la frase que todo el mundo escuchó: «Los colombianos tienen una deuda histórica con el Chocó». Es verdad. También es verdad que el Chocó es enorme y que muchos pueblos solo se alcanzan por el río, donde no llegan ni las escuelas ni las cámaras.

Una serpiente café en medio de la selva
Viajamos más al sur, a un pueblo que se llama Istmina para hacer base, y en un chochito (taxi) a un lugar a 20 minutos llamado Condoto, porque las parteras no encontraban a una de sus compañeras. Aleida no contestaba el teléfono desde el 10 de agosto y Daniela, que ya la conocía, quería encontrarla. Desde el primer día del terremoto me dijo que estaba preocupada. No tardamos mucho en dar con ella. Es una mujer de mirada bondadosa y sentido del humor filoso. Cuando Daniela le preguntó por qué no había contestado el teléfono ni los mensajes, respondió que estaba abrumada y deprimida; lo dijo así, y se le veía en los ojos. Con cansancio nos mostró las grietas que el terremoto le dejó en la casa. De Istmina para abajo teníamos que alcanzar un pueblo al que sólo se podía llegar por el río.
Llevábamos una antena de Starlink para Negría, una de las partes más remotas del Chocó, un encargo de Usy para la escuela de la comunidad de un amigo suyo. En esos mismos días el presidente anunció que los niños de las zonas afectadas terminarían el año escolar por internet, «tal cual se hizo en la pandemia». Shakira, que andaba en Quibdó, le contestó lo que cualquiera ve al llegar: «Aquí no hay conectividad, no es que puedan ver clases desde la casa». A nosotros nos tomó dos días de río entregar una antena.
Hicimos equipo con ACADESAN, el Consejo Comunitario General del San Juan, que iba a bajar repartiendo mercados, kits de limpieza, colchones y cosas de primera necesidad. ACADESAN agrupa a setenta y dos comunidades afrocolombianas del curso medio, bajo y costero del río. Daniela consiguió con la diócesis de Istmina casi doscientos mercados bastante nutridos y entre muchos cargamos el barco hasta que solo quedaron los espacios exactos para los tripulantes.
Era un barco típico del río: muy largo, angosto, con bancas de plástico y de madera, los tambos de gasolina atrás, y un techo verde de lona que no siempre alcanzaba a cubrir del sol. Navegando iba el señor Ramón y ayudándole Tony y un muchacho de dieciséis años, Carlos Andrés. Por la organización iban Nando y Steven. Todos conocen el río porque sus casas están repartidas a lo largo de él. Carlos Andrés y Steven están construidos de otro material: cargan bultos que a mí me doblaban, suben y bajan los muelles de madera y las barrancas resbalosas con los costales al hombro, van repartiendo entre la gente que se acerca a recibir, no se detienen, no se quejan y encima tiran buenos chistes.
El San Juan es una serpiente café en medio de la selva. Un río que nutre a los pueblos que lo abrazan y también los aísla. El sol tiene dos momentos buenos, cuando sale y cuando se esconde; en medio no perdona. El calor y la humedad son aplastantes; se meten por los huecos de la lona, y uno pasa la tarde mirando el cielo a ver si alguna de esas nubes negras cargadas de tormenta se coloca entre uno y el sol. Solo de regreso nos tocó un día nublado con lluvia, y el río mostró otra cara igual de hermosa: ahí sí se le agradece y se le contempla completo.
En el camino se ven todo el tiempo: dragas, retroexcavadoras, playones removidos: minería ilegal y minería artesanal, que son cosas distintas y que en la práctica se mezclan. Son la principal fuente de ingresos de las familias chocoanas, oro y platino, y es también lo que envenena el agua: las dragas trabajan con mercurio, río abajo lo toman las comunidades, y en municipios como Istmina la producción de oro va de la mano con brotes de malaria. Esa parte del Chocó se mantiene de pie gracias a eso.
Hay algo más que el río impone. La navegación iba a tomar más tiempo de lo planeado porque aquí no se navega de noche. El primer día hubo tensión: Nando y Steven querían seguir bajando, aunque se hiciera oscuro. Ramón fue firme y breve: se para en el pueblo más cercano cuando se esconda el sol. Él es quien mejor conoce este río, y conocerlo no es solo saber navegarlo: es saber dónde están los límites y a qué hora empiezan. El San Juan es un corredor entre la cordillera y el Pacífico, una salida al mar, y por eso lleva décadas disputado por grupos armados, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el Clan del Golfo y grupos ilegales locales que lo usan para mover droga, oro y madera. Quien controla el río impone las reglas de quién se mueve y cuándo, y una de esas reglas es que de noche no se navega. Esa misma semana, la Defensoría del Pueblo alertó sobre combates entre esos grupos en esta misma subregión, lo que generó restricciones a la movilidad, la pesca y la agricultura para la población civil. Ramón no necesitaba la alerta para saberlo.

Paramos en San Miguel. El bar-billar del pueblo era de las pocas luces brillantes en una noche muy oscura, con buen ambiente. Ahí un hombre nos enseñó con mucho orgullo la foto de una piedra de oro casi del tamaño del puño de un niño que había minado esa misma semana. Valía una pequeña fortuna. Nos prestaron una bodega llena de colchonetas y las acomodamos en el piso para dormir. A las cinco de la mañana seguimos.
En una parada en Copomá, Jesús nos invitó a tomar una limonada. Es un hombre de unos cincuenta años, de carácter bonachón, y estaba jugando dominó en el porche con otro señor mientras sus nietos, Mateo y Emanuel, veían TikTok tirados en un colchón adentro. De inmediato nos llevó a ver el daño. La casa es grande, toda de madera, construida en altura sobre muchos palos que hacen de columna, como casi todas las casas de la orilla. El techo se había partido a la mitad, las láminas de zinc se rompieron y quedó abierto; la parte frontal se vino abajo y ahora estaba sostenida por un palo de madera clavado en medio del cuarto. Los niños seguían en el colchón, justo debajo. No se movieron: es su espacio, y Jesús confía en el apuntalamiento que hizo. Alcanzó a poner un plástico grande sobre lo que quedó expuesto para que no se le meta tanta agua con las lluvias.
Fue enumerando los problemas sin dejar de sonreír, saltando de uno a otro: conseguir el dinero, ubicar los materiales, conseguir más dinero para la gasolina, porque no tiene «ni canoa ni motor», y debe traer todo hasta esta parte del río. Su esposa quedó mal del susto, con un miedo tremendo a que vuelva a pasar. Eso lo escuchamos muchas veces, sobre todo de niños.
En cada lugar donde paramos escuchamos música a todo volumen. Los primeros días después del terremoto, me contaron, la ciudad estuvo en un silencio que nadie recordaba: el Chocó sin música es una anomalía tan grande como el Chocó sin lluvia. Pero al cabo de unos días alguien le subió a una bocina, y después a otra, y para cuando bajamos el río el volumen ya había vuelto a su lugar natural, que es demasiado alto. Saliendo de Istmina nos topamos con un picó (un soundsystemque se asemeja a un sonidero) que reventaba una calle entera con una potencia que habría funcionado en un concierto no tan pequeño. Y lo que salía era reguetón, música del Pacífico y, claro, música mexicana: Los Tigres del Norte y Vicente Fernández a todo volumen, en caseríos sin carretera, a dos semanas del terremoto. Subir el volumen fue la primera señal de que la vida seguía.

Lo más abajo que llegamos fue a Las Delicias, una vereda ya en el municipio de Litoral del San Juan, hacia la desembocadura. La antena se la entregamos a Carlos, el presidente de la Junta de Acción Comunal de Docordó, un hombre grande, para que se la hiciera llegar al amigo de Usy en la comunidad de Negría. Carlos nos ofreció un viche endemoniado que quema la garganta y te levanta de madrazo para seguir el camino. El barco ya estaba vacío y había que regresar. Después de dormir en Panamacito, salimos a las cinco de la mañana del día siguiente, las bocinas del pueblo habían dejado de sonar poco tiempo antes, y como el día anterior habíamos avanzado bastante, antes de las once ya estábamos de vuelta en Istmina.
Tres días en el río no son nada. Eso fue lo más lejos que pudimos llegar, y costó dos días de navegación, un tambo de gasolina tras otro y la ayuda de gente que conoce el agua de memoria. Lo que llevamos en el barco, que parecía mucho, se hizo muy pequeño ante la cantidad de pueblos y la necesidad inmensa; apenas un momentito de alivio para pocos en cada pueblo. Si la ayuda va a alcanzar a los pueblos que abrazan el San Juan, y si detrás de la ayuda van a ir las autoridades, los ingenieros, el censo, va a hacer falta muchísimo combustible, muchísima organización y muchísimos recursos. No es solo un problema de voluntad. Es un problema de distancia, de dinero y de ayuda sostenida en el tiempo. El día del terremoto, en Quibdó, el presidente prometió que el Chocó «nunca más será la tierra de los olvidados».
De vuelta en la capital quedaba despedirse de las parteras. El espacio grande de la entrada, que dos semanas antes estaba atiborrado de comida y de bultos, estaba vacío. Todo se había movido. Había gente nueva que había llegado después de nosotros y ya andaba en otro proyecto por otra parte de la ciudad. Era muy temprano, así que solo estaban Shirley, sentada frente a un ventilador, Yolanda y dos muchachos recién llegados de voluntarios.
Shirley abrazó a Daniela y no la soltó por un rato largo. Le hablaba al oído mientras la tenía abrazada, diciéndole lo conmovida que estaba por toda la gente que había pasado por ese edificio, con los ojos brillándole de las lágrimas que venían, y repitiendo que todavía quedaba mucha gente por ayudar. Que necesitaba las palabras de aliento que le dio Daniela, que necesitaban sentirse vistos y que siempre hay alguien peor que uno al que atender. Entre ellas dos hay una conexión que se extiende a las otras parteras y que no me corresponde explicar. Ese abrazo fue una de las cosas más lindas que he visto en mi vida, y resumía lo que aprendí en esas dos semanas, nada complejo, un recordatorio sencillo: hay que estar cerca de la gente que se quiere en los momentos difíciles.

Trato de hacer la lista completa de la gente con la que me crucé y no me sale. Esilda empacando bolsas para otros con una foto de su casa en el teléfono y un solo muro en pie. Aleida mostrando las grietas de la suya. Shirley y sus hijas convirtiendo una oficina en bodega, con la limonada de panela y el sancocho listos para quien quisiera. Yolanda y Paola sin sentarse. Yomo repartiendo gritos y movimientos de cadera. Ciento cincuenta muchachos descargando camiones en cadena, bailando, sudando sin descansar y gritando el nombre de un padre hasta quedarse sin voz. Usy organizando una olla comunitaria en su propia comunidad. Luna apareciendo donde había que aparecer. Daniela consiguiendo doscientos mercados con una diócesis y reportando para El País lo que en ese momento nadie estaba reportando, por amor profundo a esa región y a sus parteras. Don Ramón leyendo el río y sabiendo cuándo hay que parar. Carlos Andrés y Steven cargando bultos como si pesaran la mitad. Jesús enumerando entre risas todo lo que no tiene. Los ingenieros revisando muros ajenos. Los atascos de tráfico en Quibdó por el flujo de camiones pesados llegando de Medellín, Cartagena y Bogotá. Un mural pintado en Cali en agradecimiento a los rescatistas mexicanos que el gobierno no dejó entrar. Y decenas de personas cuyo nombre no alcancé a preguntar porque iban corriendo de un lado a otro con algo en las manos.
Nosotros estábamos en el Chocó, pero sabíamos que las movilizaciones eran igual de grandes en todas las otras ciudades afectadas.
Todos tienen una cosa en común, y es la única conclusión que me atrevo a sacar de este viaje: todos estaban tratando de ayudar a alguien a quien le fue peor. Lo decía gente que dormía afuera de su casa sin saber cuándo iba a poder volver a dormir adentro.
Del otro lado estaba la política. Un gobierno de tres días de nacido que en plena emergencia eligió con quién sí y con quién no; que dejó fuera a la brigada del país con más experiencia sísmica del continente y adentro a un ejército que llegó con su propio portavoz a hacer propaganda; que a las cuarenta y ocho horas del terremoto autorizó operaciones militares extranjeras en su territorio; que fue a repartir balones con su logo desde una camioneta blindada.
En Quibdó el presidente prometió un plan de reconstrucción para el Chocó y dijo que abandonaron al departamento a su suerte y que era el momento de reivindicarlo. La frase es correcta. También es antigua: investigadores han documentado que el discurso del abandono del Chocó se viene repitiendo desde hace más de un siglo, y que sirve para dibujar el departamento como un espacio vacío al que hay que ir a poner algo, en vez de un lugar con gente que sabe perfectamente lo que necesita.
Mientras eso pasa o no, la gente del Chocó va a seguir haciendo lo que la vi hacer: buscarse entre ellos, subirle a la bocina y ayudar a alguien a quien le fue peor.





