Los sismos del 19 de septiembre de 1985 y 2017 sacudieron a la Ciudad de México y revelaron las condiciones de explotación en los talleres de costura, muchos de ellos clandestinos. En entrevista, Gloria Juandiego Monzón, presidenta de la Asociación de Costureras y Costureros 19 de Septiembre, hace un repaso de cincuenta años dedicados a la lucha social.
Fotografías: Erika Lozano y archivo de la Asociación de Costureras y Costureros 19 de Septiembre
Ciudad de México.- Gloria Juandiego Monzón caminaba hacia el Centro Histórico de la Ciudad de México cuando le dijeron que no había paso. Era 19 de septiembre de 1985. Llegó a la zona y todo estaba derrumbado. «No nos encontramos enseguida con las demás compañeras, porque primero hay que estarse localizando, ver qué está pasando, hasta dónde puedes apoyar», recuerda. Los gritos, dice, eran lo más tremendo. Durante tres días levantaron escombros junto a mujeres del movimiento urbano, integrado por habitantes de zonas populares en torno al derecho a la vivienda, que fueron llegando de otros lugares de la ciudad. Cuando por fin se sentaron a pensar qué seguía, Gloria ya lo había decidido: dejó su trabajo, le pidió permiso a su familia y se metió de lleno a apoyar.
Cuarenta y un años después, Gloria es presidenta de la Asociación de Costureras y Costureros 19 de Septiembre, en la colonia Obrera, en la Ciudad de México. Desde este espacio siguen sosteniendo colectivamente la tarea de rescatar y difundir lo que fue la lucha del sindicato que nació de aquel derrumbe, hoy convertido en asociación civil, y que, dice, hay que evitar que se pierda.

Fotografía: archivo de la Asociación de Costureras y Costureros 19 de Septiembre
El camino a la organización
Gloria nació en Soria, un pueblo textil de Guanajuato, en el bajío mexicano, la penúltima de diez hermanos. Su padre trabajaba en la fábrica del pueblo, que solo aceptaba a un hijo del trabajador principal; ya estaban su papá y su hermano mayor, y no había lugar para nadie más. Así que la familia se vino a la Ciudad de México, a buscar mejores condiciones de vida. «Yo extraño mucho mi lugar de origen», dice. Su padre era un hombre callado, de los que no demostraban lo que sentían. Su madre, en cambio, fue quien buscó la forma de que todos fueran a la escuela. «Yo creo que imperaba el matriarcado en mi casa», dice Gloria.
Salió de la secundaria sin cumplir los quince años. Uno de sus cuñados empezó a estudiar en la Preparatoria Popular de Tacuba y ahí conoció a un maestro que además tocaba en un grupo de música latinoamericana y llevaba a sus alumnos a los plantones, a las huelgas, a las tomas de tierra. Gloria y sus hermanos le compraron unas guitarras y le pidieron que les enseñara. Fue así, entre canciones, como empezó a acompañarlo a las comunidades.
Su primer trabajo, saliendo de la secundaria, fue en una fábrica textil: turnos dobles, casi triples, «yo estaba chiquilla y decía pues no me pasa nada». Después entró a Cerraduras y Candados Phillips, en Naucalpan, Estado de México, donde trabajaba buena parte de su familia. Ahí quiso aprender a usar el taladro, una tarea mejor pagada que casi nadie les daba a las mujeres. Se impuso, aunque sus propios primos le reclamaban: «como eres débil no puedes hacer esto, como eres mujer, pues tú ganas esto». La nombraron delegada del departamento de bisagras. Cuando llegó la revisión del contrato colectivo, citaron a los delegados a una mesa grande donde, en cada lugar, estaba escrito su nombre y, junto a él, un fajo de billetes: la oferta para que aceptaran que la empresa recortara una de las prestaciones. Gloria era la única mujer entre ocho o nueve delegados. Se negó, junto con otros, a firmar. Cuando volvieron a la fábrica al día siguiente, ya no los dejaron entrar. La habían despedido.

Las malas condiciones
Dos semanas después entró a la fábrica de Levis, también en Naucalpan, ya en la línea de máquina recta, una forma de trabajo en serie en las maquilas. Desde el inicio no le gustó, pues el ritmo era apresurado, había que ir pasando la prenda de una operación a otra sin detenerse, y eran los tiempos de la mezclilla, que “suelta un polvo fino que se mete en la ropa y en los pulmones”, explica. Gloria cuenta que les daban cubrebocas y un litro de leche. A los seis meses, una compañera de la línea de al lado, que llevaba más de veinte años cosiendo, empezó a toser. De pronto escupió sangre. Sacaron a todas las trabajadoras del área, llegó una ambulancia y ya no supieron más, salvo que la compañera murió y que, según se decía, la máquina le había dañado los pulmones.
Gloria tenía entonces diecinueve años. «Yo no quiero ser costurera», pensó, y pidió que la cambiaran al área de materia prima. Ahí, comparando los pedidos que salían hacia otras ciudades como Tepic, Querétaro y otras plantas, y viendo lo que se vendía en la tienda de saldos junto a la fábrica, Gloria y sus compañeros se dieron cuenta de que la empresa mentía cuando dijo que ese año no habría reparto de utilidades. Decidieron estallar la huelga y hacer un plantón.
El sindicato de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), les quiso “dar la vuelta”, pero se acercaron a otros grupos: trabajadores de Teléfonos de México, de la Central Obrera Mexicana y compañeras de organizaciones feministas. La huelga duró tres meses. Despidieron a treinta trabajadores, entre ellos a Gloria, y les hicieron firmar su renuncia. «Yo les aventaba ahí a los patrones a cada rato sus canciones», recuerda sobre esos meses tocando frente a la empresa. Ocho meses vivieron del apoyo de otras organizaciones y de tocar en el metro para sacar su sueldo, mientras los abogados que se suponía los representaban, dejaban de presentarse a las audiencias. Al final negociaron directamente y consiguieron el ochenta por ciento de los salarios caídos y de la liquidación.

Llevar la lucha más lejos
Tras el despido, Gloria pasó varios meses moviéndose entre sindicatos y organizaciones del movimiento urbano en Naucalpan. Ahí conoció a América Abaroa, una lideresa vecinal que la invitó a una marcha del Primero de Mayo alrededor de la zona industrial. También llegó Rosario Ibarra, madre buscadora y fundadora del Comité Eureka, una de las primeras organizaciones de familiares de personas detenidas desaparecidas durante los años setenta en México.
Gloria volvió entonces a la costura, esta vez en un taller de ropa infantil donde no pagaban ni el salario mínimo ni las horas extra, las malas condiciones laborales persistían. Empezó a reunirse con compañeras feministas y a compartir lo que iban aprendiendo sobre derechos laborales, y a asistir a pláticas sobre género. «Eres mujer, date la importancia que te mereces, valórate», esa serie de ideas, dice, le parecieron interesantes desde el principio.
A través de esas mismas compañeras llegó una petición de una organización para irse a la frontera, varias maquiladoras estaban cerrando de la noche a la mañana y dejando a las trabajadoras sin liquidación. Necesitaban a alguien que fuera a apoyar. Gloria levantó la mano sin consultarlo con su familia. Pensó: «si yo sirvo para esto, si de veras quiero esto, pues me la voy a jugar». Se fue a Matamoros, Tamaulipas, con una compañera a capacitar a las trabajadoras de una maquiladora de mariscos.
Organizó a las trabajadoras, logró que las indemnizaran, y se siguió a otra maquiladora que empezaba a tener problemas. Ahí la amenazaron. Una tarde, saliendo de una reunión, una camioneta se les vino encima; una compañera la jaló y la aventó contra la pared justo a tiempo. «No, Gloria, esto no es de a gratis. Estos cabrones andan detrás de nosotras», le dijo. Esa misma noche la sacaron de Matamoros, le cortaron el pelo y la llevaron a San Fernando. Cuenta Gloria que, por esos años, cuando un vecino le propuso matrimonio, le dijo que no. Ella ya había decidido dedicarse a la lucha.

Una costurera vale más que toda su maquinaria
De vuelta en Ciudad de México, Gloria siguió juntándose con las compañeras que había conocido en esos años: organizaron talleres y plantones frente a fábricas donde corrían rumores de despidos. Así llegó el 19 de septiembre de 1985. El sismo de aquella mañana, de 8.1 grados en la escala de Richter, derrumbó más de doscientos edificios en la Ciudad de México y dejó miles de víctimas, el número exacto nunca se esclareció: el gobierno reconoció alrededor de seis mil muertos, mientras que organizaciones independientes y la Cruz Roja hablaron de hasta veinte mil.
En la zona de San Antonio Abad y Manuel J. Othón, en la colonia Obrera, donde hoy está la sede de la asociación de Gloria, trabajaban cerca de cuarenta mil costureras en más de doscientos talleres clandestinos. Se calcula que alrededor de seiscientas quedaron bajo los escombros. En los días siguientes al derrumbe, mientras se levantaban escombros, las familias y las trabajadoras que habían sobrevivido se toparon con otra batalla: impedir que los dueños de los talleres sacaran la maquinaria, la materia prima y las cajas fuertes de los edificios colapsados antes de que se supiera cuántas costureras seguían atrapadas adentro.
Gloria recuerda que el ejército llegó a custodiar ese saqueo, no a las trabajadoras, y que ella y otras se plantaban a rodear las fábricas para detener los camiones de carga. El olor, dice, ya para entonces delataba cuántos cuerpos o partes de cuerpos quedaban bajo el concreto. De esas semanas salió una demanda que iba más allá de la indemnización: que se revisaran los talleres antes de reabrirlos, que las primeras en ser recontratadas fueran las mismas costureras, que se les pagara el tiempo sin poder trabajar.
Entre las compañeras que habían salido con vida de los talleres colapsados destacaba Evangelina Corona, cuya imagen serena y su forma de hablar, muy formal, ayudaron a que el movimiento madurara rápido, recuerda Gloria. El 18 de octubre, más de cinco mil costureras marcharon a Los Pinos para plantear esas exigencias al entonces presidente Miguel de la Madrid, y la conformación de un sindicato.
Ahí mismo, el gobierno puso como condición para dar el registro de un sindicato independiente, que tuvieran afiliaciones en al menos dos estados del país. El congreso donde se fundó el sindicato se armó casi al vapor: había escritorios de estudiantes y voluntarios tecleando listas de afiliación, mientras llegaban organizaciones con experiencia sindical previa en otros estados, como el Frente Auténtico del Trabajo, recuerda Gloria.
«Yo creo que le apostaban a que no lo íbamos a lograr», dice. En dos días reunieron las firmas y lo lograron.
Su tarea era ir a los talleres, encontrar a las trabajadoras dispuestas a organizarse y prepararlas para pelear la titularidad de sus contratos colectivos. No era sencillo, muchos talleres ni siquiera tenían local propio, funcionaban en casas registradas por “prestanombres”, con veinte o treinta trabajadoras adentro.
Con los años consiguieron contratos en empresas grandes con mejores salarios, pago por tiempo en vez de por destajo, y algo que a Gloria le sigue dando orgullo cuando lo cuenta: un Centro de Atención Infantil con ludoteca, y la cláusula de que las madres que estaban lactando pudieran salir a alimentar a sus hijos e hijas. Décadas después, dice, ha ido a otros sindicatos a platicar de aquella lucha y las compañeras le dicen que ellas todavía no logran lo de la lactancia. Con el tiempo, el gobierno les retiró el registro sindical. Gloria no dice que lo perdieron: «nos lo quitaron porque estábamos creciendo, porque estábamos mejorando las condiciones laborales y de vida de las compañeras y de muchos en general”. Después se convirtieron en asociación civil.


Mismo día, otro terremoto
Treinta y dos años después, el 19 de septiembre de 2017, un nuevo sismo, de 7.1 grados, volvió a sacudir el centro del país a las 13:14 horas. Dejó cerca de 370 personas fallecidas, más de 200 de ellas en la Ciudad de México, y decenas de edificios colapsados. Gloria estaba en el local de la asociación, en la colonia Obrera, esa tarde. Había ido con una compañera a un taller en la Martín Carrera con el que Gloria había litigado un contrato colectivo hace años.
Ahí acostumbraban a proyectar documentales sobre la lucha de las costureras, No les pedimos un viaje a la luna, de Maricarmen de Lara, o Mujer, se va la vida compañera de Mariana Rivera y Josué Vergara, para las nuevas generaciones, y estaban en eso cuando la tierra se removió. «Sentí en los pies como si me levantaran», recuerda. A su lado estaba su hermana menor, quien la ha acompañado en buena parte de esta historia. Salieron corriendo detrás de una compañera que se puso a gritar, estaban en shock, gente asomada a las ventanas de los talleres, que, dice Gloria, con el tiempo volvieron a instalarse en esos mismos edificios.
Cuando por fin se reunieron todas en la calle y decidieron dispersarse, no había metro. Gloria empezó a caminar sola por la avenida Eje Central. Al pasar frente a un edificio en la calle Chimalpopoca, en la colonia Obrera, oyó los gritos y se quedó un rato parada, sin hacer nada. «La verdad no entiendo hasta ahora qué me pasó», dice sobre esas horas. En algún punto del camino, ya no supo bien dónde, pero se quedó plantada a mitad de una calle, hasta que una persona desconocida la tomó del brazo y la llevó a la banqueta. «¿Qué tiene, señora, qué tiene?», le preguntó. Fue hasta entonces que Gloria se dio cuenta de dónde estaba.
Días después fue con sus compañeras a Chimalpopoca, donde se habían derrumbado talleres de costura, primero a llevar despensa y luego a un ritual que las convocó.
«A mí me pegó mucho ver que alguien repitió la misma frase que nosotras dijimos en el 85: una costurera vale más que toda su maquinaria”. Algunas compañeras que reconoció de los grupos feministas le pidieron que hablara. Gloria tomó el megáfono y reclamó por estar viviendo nuevamente el mismo dolor.

La unión te hace crecer
Del primer local que ocupó el sindicato en la colonia Obrera las desalojó el gobierno de la ciudad, se llevaron hasta las lonas, y por un tiempo se habló de levantar ahí una unidad habitacional con apenas unos cuantos departamentos reservados para costureras. Cuando Gloria regresó de un tiempo fuera, en 2019, sus compañeras le contaron cómo había sido el desalojo. El gobierno capitalino planteó entonces que se organizaran como asociación civil para poder disputar el predio.
Al frente de esa pelea estuvieron Tere Uribe, una maestra que redactó buena parte de los oficios y gestiones, y Conchita Guerrero, costurera de toda la vida y compañera «muy aguerrida», cuenta Gloria. La batalla se ganó, y fue Guadalupe Conde quien pidió que el espacio se destinara a una escuela de costureras y costureros, y quien empezó a difundir la idea puerta por puerta. Así se los entregaron, primero en comodato, y ahí Guadalupe abrió la escuela.
En 2024, ya como presidenta electa, Claudia Sheinbaum dio la instrucción de que la escritura del predio pasara, por justicia social, a nombre de la Asociación de Costureras y Costureros. Ser dueños trae también otra carga, dice Gloria: el predial de un inmueble así no es cualquier cosa. Ellas sostienen ese espacio desde entonces, organizando talleres de costura, junto con quienes se acercan a apoyar y con otras organizaciones sociales con las que comparten el espacio. Para ella ahí está la clave de que el lugar siga en pie: seguir inmersos en el movimiento social.
Cuando piensa en la Gloria de aquellos años, habla de la unión: “la unión, en todos los sentidos, la unión en la familia, entre trabajadoras, entre colonos, entre estudiantes, en el sector que se llame, siempre te va a hacer crecer y te va a hacer lograr las cosas. No todo lo que queramos, pero sí avanzar, hoy no nos agachamos, vemos de frente a los patrones y a quien sea. Esa es la enseñanza”.
Por eso sigue ahí, cincuenta años después de empezar, y reflexiona: “El sismo nos vino a tumbar, pero también nos rescató de los escombros, seguimos en memoria de las compañeras, de quienes perdimos y quienes se nos han ido también por estar en la lucha. Porque tenemos derecho a una mejor forma de vida y seguimos luchando por eso”.







