Entre el polvo de los escombros y el eco de los sismos que han marcado a México, se teje una memoria visual y emotiva de las tragedias de 1985 y 2017. A través de 18 postales que retratan la devastación y la solidaridad, este testimonio nos sumerge en la crudeza de los derrumbes, la rabia ante la corrupción y la indomable energía popular que, sismo tras sismo, ha enseñado a un país a levantarse una y otra vez.
Fotografías: Heriberto Paredes y Servicio Geológico del Departamento del Interior de los Estados Unidos
Ciudad de México. – En México aprendimos a la brava a responder a las consecuencias de estas tragedias con la energía del esfuerzo popular. Algo de comer tras arduas jornadas de rescate, un poco de café en las silenciosas noches en que se trata de escuchar un murmullo que venga desde los escombros. El abrazo que acompaña cuando se ve la dimensión del dolor. En materia de movimientos de la tierra, al menos desde el gran sismo de 1985, pasando por los terremotos de 2017 hasta llegar a nuestros días, las personas que habitan este país saben sobrevivir y saben levantarse tras la destrucción telúrica de la que también son parte quienes han construido edificios y ciudades saltándose las leyes e ignorando medidas provisorias.


En buena parte del país hay cientos de historias que hablan de cómo la gente ha logrado salir de los escombros y de cómo se ha repuesto y se ha vuelto a levantar lo caído. Ya se sabe que Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas son los orígenes más frecuentes para nuestras sacudidas habituales, aunque Morelos y la propia Ciudad de México se han destacado en años recientes. Todos estos estados guardan una relación que viene desde lo más profundo de la tierra. Una suerte de acomodo tectónico que hermana.

En este mes de septiembre de 2026 recordamos cómo las cosas cambiaron de una manera estrepitosa, eslabón por eslabón, sismo tras sismo, y sin que pudiéramos darnos cuenta. Los terremotos alteraron la visión del acomodo de la tierra, de lo que acontece en el subsuelo; los terremotos nos hirieron y dejaron huellas imborrables. Presentamos una selección fotográfica de 18 postales que muestran momentos distintos: algunas son de 1985, otras de los dos movimientos ocurridos en 2017. Quienes tuvimos la posibilidad de registrar el desastre y el dolor ya no volveremos a ser los mismos, hemos cambiado definitivamente. A través de nuestras lentes siempre habrá algo de este polvo de cemento que se levanta cuando las manos luchan sin descanso por quitar los escombros y salvar una vida.



La madrugada entre el 7 y el 8 de septiembre, pocas horas después de que un sismo de 8,2 grados en la escala Richter afectara la bella ciudad de Juchitán, Oaxaca, y otros pueblos cercanos –el corazón de la zona zapoteca del Istmo de Tehuantepec–, comencé la cobertura en campo: las calles presentaban mucha destrucción y conforme pasaba el tiempo, otras poblaciones cercanas también se reportaban como destruidas. Una selección de fotografías de esta cobertura la pueden observar aquí, frente a sus ojos.

Frente a los míos tuve la dura versión real de las cosas: muchas casas derrumbadas, mucho dolor en las personas que perdieron a seres queridos y su patrimonio, mucha rabia e impotencia al ver que el gobierno estatal y federal robaban las ayudas y las distribuían solamente a ciertas familias, o bien, las etiquetaban con los logotipos de los partidos políticos para hacer desde ya campañas electorales.



Ante ustedes hay fotografías de Juchitán, Ixtaltepec, Unión Hidalgo y San Mateo del Mar, poblaciones medianas que al ver llegar a la prensa se acercaban pensando que veníamos a traer comida, ropa o una respuesta de alivio. Desafortunadamente no, y nuestro trabajo se vio muy limitado para poder denunciar, mostrar y demostrar que una tragedia estaba ocurriendo.

Doce días después otro sismo trajo terror y muerte. La tarde del 19 de septiembre de 2017, justo 32 años después de ocurrido el gran terremoto de 1985, un movimiento de origen volcánico, a tan sólo 160 km de la capital mexicana, remató la poca estabilidad que estábamos logrando.


Tomé mi cámara y lo necesario para estar comunicado, hablé lo más pronto que pude con mi familia y con las amistades. Fue por estos últimos que me enteré de varias zonas en donde los edificios se habían convertido en tumbas gigantescas, así que empecé a caminar por la ciudad hasta llegar a los puntos de desastre más cercanos. La impotencia y el miedo me llevaron a tratar de ayudar en la remoción de escombros y cuando hubiera oportunidad tomar las fotografías posibles, hablar con la gente.

Recuerdo que cuando tenía 12 o 13 años el fantasma de 1985 estaba todavía fresco en los simulacros, en las historias de gente que había perdido a sus familiares o sus casas, la ciudad parecía bombardeada aún en las calles, sabía desde entonces que un terremoto volvería a pasar, toda mi generación creció con este fantasma.

Tal vez no pude registrar todo lo que observé. La razón es simple: mi prioridad fue sumar un poco de ayuda y en segundo lugar captar momentos para poder mostrarlos en espacios como este.
Las fotografías que tomé y que tienen frente a ustedes son el resultado de dos tragedias y son al mismo tiempo una muestra parcial, una pequeña mirada a lo ocurrido. Espero que en el gesto de las personas que aparecen, en el detalle de los cascos y los escombros, del día y la noche, pueda transmitirles estas inmensas ganas de vivir y de salir adelante.







