¿Qué desafíos planteó el ataque militar estadounidense del 3 de enero (3E) a la Revolución bolivariana? ¿Es el 3E la continuidad de un proceso de agresiones de más de veinte años o el inicio de una nueva etapa en la Revolución iniciada por el comandante Chávez? ¿Cuáles son los elementos contrarrevolucionarios? ¿Qué tanto incidió en la política venezolana el doble terremoto del 24 de junio? ¿Desde dónde y cómo es el anunciado Renacer de Venezuela? Aquí, un análisis detenido de estas y otras aristas sobre la actualidad de la Revolución bolivariana.
Fotografías: Archivo revista Mate amargo, TeleSUR, Francisco Frazzo, Tom Grillo, Ariadna A. Mogollón y Heriberto Paredes. *En la foto de portada podemos ver una pintura de Simón Bolívar, resguardada para la memoria, por una familia chavista que sobrevivió a los ataques del 3E en La Guaira.
Caracas.- Con un pequeño grupo de periodistas nos encontramos en una casa de seguridad en Montevideo, Uruguay, en la primavera de 1994. Allí, bajo estrictas medidas de seguridad, recibimos al militar venezolano que intentó dos años atrás un golpe de Estado. Fue una postal de los años setenta que resultaba inverosímil, pero que alentaba nuestra curiosidad, el aroma a posible “peruanismo”* renovado.
Ese militar, el comandante Hugo Chávez, nos habló en una peculiar entrevista de la inspiración del Caracazo de 1989, de su programa popular y antiimperialista. Nos dejó con la total convicción de que eso que denominaba la Revolución bolivariana había llegado para quedarse y, más temprano que tarde, estaba decidida a recorrer un camino de liberación nacional.


Desde aquel momento hasta la escritura de este artículo, he seguido atentamente las peripecias de la Revolución bolivariana, el faro en que se convirtió para la izquierda revolucionaria del continente, así como el proyecto de construcción del Poder Popular de las Comunas. También, la siempre acechante perspectiva de que el imperialismo estadounidense perpetrara un ataque militar que finalmente llevó a cabo el 3 de enero del 2026.
Es una mirada subjetiva que, sin embargo, es capaz de mantener la lucidez suficiente para reconocer las contradicciones internas que se expresan en pugnas de poder, en los corruptos que pasan por debajo del radar de las fuerzas revolucionarias, el rol de los vacilantes y de los que abiertamente traicionan el proyecto original, los que buscan salvaguardarse de los efectos del bloqueo económico mientras hay un pueblo que le para bola a la crisis. Elementos todos que, hay que tener claro, no emergieron luego del 3E.
Por eso expresamos que la intensidad de los eventos acaecidos en Venezuela en poco más de nueve meses (ataque militar, terremotos, inundaciones) no facilitan –ni deberían facilitar– arribar a conclusiones determinantes. Lo sufrido por la Revolución bolivariana es un fuerte revolcón que ha dejado importantes raspones en el cuerpo y alma del chavismo, pero no representan su capitulación.
Por Ahora
Como en el alzamiento militar del comandante Chávez de 1992, la situación que se vive desde el 3E es un nuevo “Por Ahora”.
Desde la óptica de una Revolución que desde hace más de dos décadas viene sufriendo el asedio del imperialismo estadounidense, las agresiones de la ultraderecha y las conspiraciones de la oligarquía venezolana, con el bloqueo económico de Estados Unidos y la Unión Europea, el 3E es un jalón en la continuidad de una nación agredida.


El Gobierno de la presidenta encargada Delcy Rodríguez es, por su forma, el gobierno de una nación que pasó de ser agredida a sometida, con cierto nivel de desgaste político que la ultraderecha venezolana no pudo capitalizar y que solo el enorme poder militar de Estados Unidos pudo aprovechar.
Este poder militar se basó en una superioridad tecnológica y en el uso de armas no convencionales (e incluso desconocidas hasta el momento). Tuvo a recaudo la presencia de marines en territorio venezolano que no se enfrentaron a una capacidad de resistencia de los millones de milicianos dispuestos a combatir.
Los llamados a la paz y a la reconciliación –expresiones de un desgaste político originado en el brutal bloqueo económico iniciado en el 2015– y la exacerbada violencia de la ultraderecha venezolana aplicada en diferentes circunstancias hasta julio del 2024 son las consecuencias del seguimiento –por parte de Delcy Rodríguez– del camino que venía perfilando el presidente Nicolás Maduro, anunciado en la entrevista que el primero de enero del 2026, concedió al periodista Ignacio Ramonet.
El salto de ser Venezuela el país con las mayores reservas petrolíferas del planeta a convertirse en el principal productor ya había sido anunciado por Nicolás Maduro en dicha entrevista. La preocupación reside en la propuesta de habilitar la inversión de empresas extranjeras, incluidas las de origen estadounidense.
La Ley de Amnistía votada en febrero del 2026, tiene sus antecedentes en los Gobiernos de Chávez y de Maduro. En la primera oportunidad de tratamiento de la Ley de Amnistía, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez realizó una extensa intervención en la que resaltó el carácter histórico del debate parlamentario y el significado político de la ley aprobada.
Rodríguez afirmó que el país se encuentra ante una “encrucijada entre la destrucción y la reconciliación, entre el conflicto y la construcción del perdón”. Señaló que la Ley de Amnistía representa un punto de partida para allanar el camino hacia la paz, una apuesta que también hicieron en su momento los gobiernos anteriores de la revolución.
El “Por Ahora”, que sigue apostando a las consultas populares de las comunas, se transforma en el sustento de la Revolución bolivariana, asediada por las fuerzas de la naturaleza, con sus terremotos inusuales y sus abundantes lluvias. El “Venezuela renace” apela a la reconstrucción del hábitat devastado, pero sin fundamento político claro, lo que genera una nueva situación política con cambio de elenco oficial incluido.
Es en este escenario, donde los raspones en el cuerpo del chavismo arden.

Raspones y cicatrices
La derrota militar y política del 3E sigue generando debates.La visión que sustenta admitir una derrota ante una fuerza militar superior que combatió con una tecnología que por el momento no es posible enfrentar en un plano de igualdad, convive con otra visión que sostiene –reconociendo esa superioridad militar del enemigo– que no se tuvo la oportunidad, en un enfrentamiento dentro del territorio, de demostrar la capacidad de movilización y resistencia de las fuerzas revolucionarias.
En lo que ambas visiones concuerdan es en que la derrota política del agresor se expresó en la incapacidad de desatar lo que imaginaban podía ser una insurrección popular y guerra civil promovida por la ultraderecha venezolana.
El Gobierno de Delcy Rodríguez empezó a ejecutar rápidamente el nuevo tablero político, en parte llevando adelante algunas de las líneas anunciadas por Nicolás Maduro y otras producto de la injerencia del Gobierno de Donald Trump –gobierno que hace gala de su reconquistada hegemonía geopolítica en el continente−, con vientos a favor por el triunfo de gobiernos de derecha en la región.
A pesar de esa sensación de estar ante lo inevitable, el retomar relaciones diplomáticas y la apertura de las embajadas de Estados Unidos e Israel forman parte de los raspones que están lejos de cicatrizar.
La desconfianza está cebada en el caso de Estados Unidos por el “casual” simulacro llevado adelante por militares estadounidenses, poco antes de los terremotos del 24 de junio, y por las supuestas operaciones parapoliciales conjuntas entre fuerzas militares y de la DEA, y fuerzas policiales y militares venezolanas, denunciadas por organizaciones revolucionarias que tienen presencia territorial en la Comuna 23 de Enero.
La presencia de las Fuerzas de Defensa de Israel, genocidas del pueblo palestino, sin tener muy claro sus objetivos, más allá de la colaboración en las tareas de rescate de víctimas del terremoto, parece del todo innecesaria. Si algo no le faltó a Venezuela fue la contundente y masiva ayuda internacional, sin dejar de mencionar la capacidad de respuesta de los cuerpos venezolanos en las operaciones de rescate y asistencia a los damnificados.
La situación de secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada de la Asamblea Nacional, Cilia Flores, enfrentados a una farsa de juicio que prolonga su prisión preventiva hasta el 2027; el martirologio de los 32 militares cubanos y los más de cien venezolanos –entre civiles y militares– ameritarían una presencia más contundente en el relato oficial.
La realización de la Gran Peregrinación Nacional por parte del gobierno, exigiendo se levanten las sanciones contra Venezuela, pareció ser una suerte de despedida a las marchas convocadas por el PSUV.

En ese contexto, hay otros raspones que están en la cotidianeidad del pueblo venezolano y que parecen necesarios atender prontamente: combatir el proceso inflacionario y la especulación de las grandes empresas que cotizan el bolívar según les convenga al valor del dólar o del euro. Esta especulación se expresa también de distintas formas en esta etapa de atención a los damnificados por los terremotos: mercado de ofertas de viviendas y sobreprecios en obras de refacción, a pesar del combate frontal dado por el gobierno nacional y los gobiernos territoriales.
El resurgimiento de prácticas clientelistas por parte de algunos funcionarios del Estado, que actúan a la sombra y fuera de los límites de los controles del Poder Popular, son factores clave a cuestionar y erradicar de la vida común de los venezolanos y venezolanas en el plan Venezuela Renace.
El horizonte
Al cierre de este artículo, el Gobierno de Delcy Rodríguez hace público el acuerdo petrolero con Estados Unidos, mismo que contempla desarrollar diecisiete campos estratégicos con un potencial probado de 65 000 millones de barriles, una inversión superior a los 100 000 millones de dólares y más de 209 000 millones de dólares en tributos para el Estado de Venezuela.
El país concesiona a EE. UU. diecisiete campos, pero posee 350. Ciertamente, 65 000 millones de barriles es mucho petróleo, pero representa el 21,5 % de las reservas probadas (300 mil millones de barriles).
La voluntad y decisión de gestionar una distribución equitativa de ese ingreso será una señal inequívoca de un gobierno que priorice cubrir la demanda de los más desposeídos. La llama viva del espíritu chavista será ver parte de esa ganancia invertida en la construcción del Estado comunal.
*Peruanismo: En la historia latinoamericana de los años 70, se conoció como tendencia o movimiento peruanista al impacto del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas del Perú, liderado por el general Juan Francisco Velasco Alvarado desde 1968. Este militarismo reformista, de carácter nacionalista y popular sirvió de inspiración o referente para sectores de izquierda y movimientos políticos en otros países de la región (como los Tupamaros o sectores del Frente Amplio en Uruguay) que visualizaron una posible alianza cívico-militar progresista.





