Durante siglos, las historias afropuertorriqueñas fueron contadas por otros. Hoy, una generación de escritoras y escritores toma la palabra para narrar su memoria, su presente y su futuro sin pedir permiso.
Fotografías: Postales trabajadas por Daniel Rivera para el Centro de Investigación y Archivo Digital en Afrodescendencia
Puerto Rico.- Nos hicieron creer que nuestras historias y memorias solo podían contarse desde el trauma, y siempre romantizadas a través de su mirada. Sin embargo, con el tiempo, nuestros lápices y nuestras tintas tomaron un rumbo distinto, uno que incomoda a quienes han intentado invisibilizarnos.
Cada vez que se habla de cultura afro en Puerto Rico, la conversación suele detenerse en la bomba, la plena, la gastronomía o la religiosidad. Son expresiones fundamentales de nuestra herencia africana, pero limitar la discusión a esos espacios oscurece una historia que merece contarse de manera más diáfana. También escribimos. También narramos. También hemos construido este país desde la palabra.
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La literatura afropuertorriqueña es una manifestación artística de resistencia, memoria y afirmación cultural. Sus raíces se encuentran en la tradición oral que sobrevivió al desplazamiento forzado de millones de africanos esclavizados. Mucho antes de aparecer en libros o archivos, nuestras historias vivían en cuentos y relatos transmitidos de generación en generación. Allí se preservó una memoria colectiva que logró sobrevivir incluso cuando la historia oficial decidió pasarla por alto.
Durante mucho tiempo, la literatura puertorriqueña habló sobre las personas negras sin necesariamente escucharnos. La experiencia afrodescendiente fue interpretada desde miradas externas que, aunque en ocasiones aportaron a la construcción de una identidad nacional, también reprodujeron estereotipos. El personaje negro aparecía envuelto en un fino organdí de exotización: símbolo, paisaje o elemento folclórico, pero pocas veces como un ser humano complejo, con aspiraciones, contradicciones y una vida propia.
La diferencia entre representar una comunidad y hablar desde ella es compleja. Por eso resulta tan importante el desarrollo de una literatura escrita por autores y autoras afrodescendientes que reclamamos el derecho a narrar nuestras propias experiencias.

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Esa transformación puede observarse claramente en la literatura afropuertorriqueña contemporánea. Escritoras como Mayra Santos Febres, Yolanda Arroyo Pizarro e Yvonne Denis Rosario han contribuido a ampliar el panorama literario puertorriqueño desde perspectivas que reivindican la negritud, la memoria ancestral, el cuerpo, la identidad y la resistencia. Nuestras obras no solo cuestionan narrativas coloniales; también crean nuevos espacios para imaginar quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser.
Sin embargo, todavía existe la expectativa de que toda persona afrodescendiente que escribe debe hacerlo exclusivamente sobre racismo, esclavitud o discriminación. Como si nuestra experiencia estuviera limitada al sufrimiento.
Sí, escribimos sobre racismo porque continúa siendo una realidad que afecta nuestras vidas. Pero también escribimos sobre amor desde todas las interseccionalidades, deseo, amistad, maternidad, humor, espiritualidad, ciencia ficción, duelo y futuro. Escribimos sobre la alegría de existir y sobre las complejidades que forman parte de cualquier experiencia humana.
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Reducir la literatura afrodescendiente al dolor termina reproduciendo otra forma de exclusión. Nos convierte en personajes atrapados en un único relato cuando precisamente la literatura existe para ampliar las posibilidades de representación.
La historia oficial de Puerto Rico ha insistido durante generaciones en la idea de una convivencia armoniosa entre tres razas. Aunque esa narrativa ha sido utilizada para promover una imagen de unidad, también ha servido para encubrir las profundas desigualdades que han persistido a lo largo del tiempo. Mientras se celebraba el mestizaje como símbolo nacional, el racismo continuó manifestándose en la educación, el empleo, los medios de comunicación y los espacios culturales.
Escribir desde la experiencia afro no significa únicamente denunciar esas estructuras. También implica recuperar memorias familiares, rescatar voces silenciadas y documentar realidades que durante mucho tiempo permanecieron fuera de los libros. La literatura se convierte así en un acto de memoria, pero también de afirmación.
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En los últimos años he tenido la oportunidad de ofrecer talleres de escritura creativa dirigidos a jóvenes afrodescendientes. Más allá de enseñar técnicas narrativas, esos encuentros se han convertido en espacios donde muchos descubren que sus historias también merecen ser contadas.
Hay algo profundamente transformador cuando una persona joven comprende que no necesita parecerse a los personajes que encontró en los libros escolares para convertirse en protagonista de una historia. Que el barrio donde creció, la voz de su abuela, el cabello que durante años intentó esconder o las conversaciones de su familia también poseen valor literario.

No se trata únicamente de formar nuevos escritores. Se trata también de formar lectores capaces de reconocerse en las páginas de un libro. Porque cuando una comunidad no encuentra su reflejo en la literatura, corre el riesgo de pensar que su historia no importa.
Los talleres comunitarios cumplen precisamente esa función. Democratizan la escritura, descentralizan la producción cultural y cuestionan la idea de que la literatura pertenece exclusivamente a quienes tuvieron acceso a determinados espacios académicos o editoriales. Escribir deja de ser un privilegio para convertirse en una herramienta de expresión y participación.
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La representación importa porque construye imaginarios. Un cuento puede desmontar prejuicios que un ensayo con dificultad alcance. Una novela puede devolver la humanidad allí donde durante siglos existieron caricaturas.
Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente sobre quienes escribimos. También corresponde a editoriales, universidades, bibliotecas y escuelas abrir espacios permanentes para estas voces sin convertirlas en una cuota simbólica ni en una conversación limitada a determinadas fechas del calendario.
Puerto Rico necesita leer más autores afrodescendientes, pero también necesita leerlos sin esperar que todos escriban el mismo libro. La diversidad existe dentro de nuestras propias experiencias. Hay tantas formas de ser afrodescendiente como personas negras habitan nuestro archipiélago.
Cada libro que recupera una memoria familiar, un barrio, un lenguaje o una experiencia cotidiana amplía la conversación sobre quiénes somos como país. Esa conversación no pretende reemplazar otras narrativas; busca completar una historia que durante demasiado tiempo fue contada de manera incompleta.
La cultura afro no necesita permiso para ocupar un lugar dentro de la literatura puertorriqueña, porque siempre ha estado allí. Lo que ha cambiado es que cada vez somos más quienes decidimos escribir nuestra propia versión de la historia. Quizás esa sea la éntasis de nuestra literatura: el punto de mayor fortaleza desde el cual sostenemos nuestra memoria y reclamamos el derecho de contarnos con nuestras propias palabras.

Y quizás ese sea el verdadero acto de resistencia: impedir que otros nos narren y asumir, de una vez por todas, el derecho y la responsabilidad de contarnos con nuestras propias palabras, levantando el lápiz y la tinta como una tea que ilumina nuestra memoria y abre camino para quienes vendrán.





