Afromayas: el redescubrimiento de la raíz negra de Yucatán

por | Jul 12, 2026

Aunque la influencia africana persiste en el lenguaje y las tradiciones de Yucatán, este legado fue invisibilizado institucionalmente por el proyecto de nación mestiza del siglo XX. Hoy en día, más de 69 000 personas se reconocen como afrodescendientes en la entidad, enfrentando un racismo estructural que las ha mantenido fuera del radar oficial por décadas. Ante esto, jóvenes activistas como Flore May y Aracelly Neri impulsan cambios legislativos y espacios de visibilidad para combatir el estigma y la falta de políticas públicas.

Fotografías: Cortesía de Jorge Victoria, Carlos Gutiérrez, Flore May y Aracelly Neri.

Yucatán, México.- Aunque durante los siglos XVI y XVII la población de origen africano en Yucatán casi igualaba en número a la española, su presencia fue borrada del imaginario colectivo por el proyecto de nación mestiza del siglo XX. Hoy, gracias al trabajo de historiadores y jóvenes activistas, la identidad negra resurge para reclamar sus derechos y denunciar el racismo estructural que persiste en un estado donde más de 69 000 personas se reconocen como afrodescendientes, según el más reciente censo realizado a nivel nacional en 2020.


Una historia de resistencia silenciada


La población africana llegó a Yucatán de la mano de los invasores españoles –lo que significa que fue simultánea a la colonización y no posterior a ella–, en un movimiento que Jorge Victoria, investigador de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), califica como “migración forzada”.

El primer registro que se tiene de la presencia negra en la península data de 1519, cuando el militar Bernal Díaz del Castillo mencionó la presencia de personas africanas en la expedición de Hernán Cortés a Cozumel, en Quintana Roo.

Dichas personas llegaron en condiciones de esclavitud, al servicio personal de los españoles o como parte de la milicia, lo cual les solía otorgar privilegios, como la posibilidad de obtener la libertad, de acuerdo con Carlos Gutiérrez, investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS).

Posteriormente, se dieron arribos en oleadas, que responden a la baja demográfica de mayas por causas relacionadas con la invasión española, como las enfermedades traídas desde Europa. Los españoles y criollos tuvieron que traer mano de obra esclavizada.

A partir de 1567 se empezó a tener registro de matrimonios entre africanos y mujeres mayas. Tanto Victoria como Gutiérrez consideran que esto fue una estrategia para evitar que la descendencia fuera esclavizada, ya que el estatus jurídico de esclavitud o de libertad se heredaba de la madre: si ella era esclava, el hijo o hija también lo sería, en lo que se denominó como el “derecho de vientre”. Con el tiempo, esta situación ocasionó que los rasgos fenotípicos se diluyeran.

Las aportaciones de la población africana en Yucatán han sido invisibilizadas por racismo a lo largo de la historia, de acuerdo con el investigador Jorge Victoria. Fotografía: cortesía de Jorge Victoria

El pico más alto de presencia africana fue de 1722 a 1737, cuando llevaron ochocientos esclavos a Campeche, como parte del Asiento de Negros Inglés, un monopolio comercial derivado del Tratado de Utrecht.  Traídos de África, Jamaica, Santo Domingo, Brasil, Belice y Cuba, eran vendidos en Yucatán, con destino a Oaxaca, Chiapas y Guatemala, pero también eran comprados por encomenderos de Mérida.

Entre 1779 y 1780 se realiza, en el Palacio de Gobierno de Yucatán, una de las ventas de esclavos más grandes de la región. Doscientas cuarenta personas capturadas en Belice, marcadas en la cadera con las siglas “YR” (Yucatán Real), fueron comercializadas. Ciento noventa y nueve de ellas fueron compradas por esclavistas establecidos en Mérida.

En esta ciudad, la mayor parte de las personas esclavizadas se dedicaban al ámbito doméstico, pues al no existir en la zona minas ni plantaciones, los esclavistas simplemente compraban esclavos para obtener estatus social y económico.

“Los encomenderos buscaban, como hasta ahorita algunas familias, el abolengo. Entonces buscaron el estatus social y económico a través de la posesión de gente esclavizada. Y como la economía no era muy boyante, al esclavo lo adquirían como un bien para guardar el dinero: el dueño podía rentarlo, darlo como dote si su hija se casaba, lo podía empeñar o vender”, explicó Victoria. Agregó que generalmente a las mujeres les asignaban tareas de cuidado de infancias y labores domésticas, mientras que a los hombres se les enseñaba algún oficio para desempeñarse como herreros, cocheros o diligencieros.

Es precisamente por ello –sostuvo además Victoria– que había presencia negra tanto fuera como dentro de la ciudad. “Se suele decir que el centro de Mérida era para la gente blanca, y tal vez sí tenían sus casas ahí, pero lógicamente necesitaba del servicio de otros grupos. Entonces, aunque tú hables del centro de Mérida como solo para los blancos, ahí tenían que vivir indígenas y gente esclavizada. Eran núcleos prácticamente multiétnicos y multiculturales”.

En 1686 se inauguró la iglesia del Santo Nombre de Jesús, ubicada en lo que ahora son las calles 59 entre 62 y 64 del centro de Mérida, para los negros y mulatos de la ciudad. Hacia 1774 les asignan la iglesia de la Tercera Orden, en la misma calle 59 entre 58 y 60. Esto es, de acuerdo con el especialista de la UADY, un indicador del crecimiento demográfico de la población negra en Yucatán.

Incluso a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el gobernador Benito Pérez Valdelomar declaró que “era imposible tener la administración” de la población africana y afrodescendiente, porque “viven en todos lados, tanto en los barrios como en el centro de la ciudad”.

De acuerdo con Victoria, en 1788 se contabilizaron 2441 personas de origen africano únicamente en Mérida. En el censo de Revillagigedo de 1790, se indicó que la cifra subía a 43 000 personas en toda la provincia de Yucatán (la cual incluía hasta Tabasco en aquel entonces). “Los africanos y sus descendientes lograron prácticamente igualar en número a los españoles”, precisó Gutiérrez.

El investigador Carlos Gutiérrez se ha sumergido en archivos históricos para conocer la historia de la población afrodescendiente en Yucatán. Fotografía: cortesía de Carlos Gutiérrez

Estudios de ambos historiadores apuntan que, a finales del siglo XVIII, el barrio de Mejorada reportó una alta concentración de afrodescendientes, posiblemente porque se dedicaban a la milicia, para obtener estatus social y económico. Ese barrio se encontraba cerca de la ciudadela de San Benito y la Casa Mata (el depósito de pólvora). También el barrio de San Cristóbal, que en ese entonces era considerado un poblado para indígenas, tenía una concentración alta de personas negras.

Por otro lado, se identificó la creación de dos poblados de personas africanas y afrodescendientes. El primero fue San Fernando Aké, cerca de Tizimín, al oriente del estado, fundado en 1796 por exmilicianos negros evacuados de Santo Domingo y Haití, quienes abandonaron el lugar hacia 1847, durante la Guerra Social Maya.

El otro fue San Francisco de Paula, cerca de la ciénaga de Sisal, Hunucmá, al poniente de Yucatán. El primer registro de este poblado es de 1830 y aparentemente habría sido abandonado en 1915 por una epidemia de viruela.

Sin embargo, de acuerdo con Victoria, hay registros de personas identificadas como pardas (hijas de un africano y una maya o viceversa), o mulatas, en casi cualquier poblado de Yucatán.

Esto ocurre también en la actualidad. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020 realizado por el Instituto de Estadística y Geografía (INEGI), en la entidad hay 69 599 personas afrodescendientes, es decir, 3 % de la población, y solamente en el municipio de Acanceh no se tiene registro de afromexicanos o afromexicanas.

Lo poco que los especialistas han podido obtener de los archivos es que las personas negras, incluso cuando obtenían su libertad o eran parte de la milicia, eran tratadas con recelo por las autoridades.

Gutiérrez ha encontrado documentos donde se hace patente el estereotipo que se tenía sobre ellos: que eran personas “difíciles de tratar, de controlar, que no se podía confiar en ellos y traían muy malas mañas”. En otros fragmentos se indica que “pueden contaminar a los indígenas con las malas mañas que tienen”.

El experto incluso encontró un documento eclesiástico, en el cual una autoridad agradece que en Yucatán “no se permitió tanta entrada” de africanos y afrodescendientes, ya que eran personas “que no se podían controlar, malvadas”, como un argumento para defender la explotación de mayas en el territorio.

También se sabe que hacia el siglo XVI solían, sobre todo las mujeres, dedicarse a prácticas de magia o brujería, y con ello lograban hacerse conocidas. Incluso cobraban sus servicios, pese a que dichos actos estaban prohibidos, generalmente porque los cargos fueron desestimados por las autoridades eclesiásticas. Hacia el siglo XVIII se incorporaban a la milicia, para obtener estatus.

Pese a estos hallazgos, es complicado para las y los investigadores determinar el alcance e influencia de las raíces africanas en la población yucateca, ya que la presencia negra ha sido prácticamente borrada o ignorada a lo largo de la historia.

Flore May, activista afromaya, se pronuncia contra el racismo y la hipersexualización de las mujeres afrodescendientes. Fotografía: cortesía de Flore May

Si bien desde el período colonial hubo una tendencia, incluso entre los mismos grupos afrodescendientes, a borrar el pasado afro porque, en palabras de Gutiérrez “no podía traer nada bueno, no te iba a permitir tener algún privilegio ni ascender socialmente”, a partir del siglo XX, con el proyecto de nación mestiza, se comenzó a invisibilizar de manera institucional.

“Estaba José Vasconcelos con su Raza Cósmica. Y había también una tendencia entre las élites, entre los intelectuales que fijaba una postura muy clara de que México era una nación mestiza de españoles y de indígenas, suprimiendo o invisibilizando a cualquier otro grupo social que hubiera tenido alguna injerencia o participación en siglos posteriores: no solo afrodescendientes, sino también la población asiática era totalmente excluida del proyecto de nación”, indicó Gutiérrez.

Victoria puso como ejemplo las excavaciones realizadas en la antigua casona de Francisco de Bracamonte, uno de los capitanes más importantes del militar invasor Francisco de Montejo y quien solicitó esclavos. Los arqueólogos encargados del estudio únicamente catalogaron los hallazgos en las categorías española y maya: no tomaron en cuenta la presencia de un tercer grupo que pudo dejar huellas materiales ahí.

“Esta invisibilidad del tercer grupo la seguimos arrastrando en todos los ámbitos, hasta lingüísticos, porque, por ejemplo, las palabras mochila y bemba son de origen africano. Hay muchas palabras que desconocemos que tal vez las hayamos tomado y asimilado de esa raíz. Entonces no podemos saber cuál es la influencia cultural. Podemos empezar a deducir, porque estas personas estuvieron metidas en los fogones, por supuesto que hicieron aportaciones”, sostuvo el experto.


Jóvenes afromayas luchan por el reconocimiento de sus raíces


La situación no cambiaría sino hasta agosto de 2019, cuando fueron publicadas en el Diario Oficial de la Federación (DOF) las reformas realizadas a la Carta Magna que reconocen a la población afrodescendiente “como parte de la composición pluricultural de la nación”.

Gracias a ese cambio, en 2020 se hizo el primer censo que contó a la población afrodescendiente en México. Pero esto no es suficiente para las personas a las que la discriminación les afecta día con día.

Tal es el caso de Flore May, de veinte años, estudiante de gestión de negocios, originaria de Valladolid, Yucatán. Ella recuerda los episodios de bullying de los que fue blanco en la escuela por su cabello crespo, su estatura alta y su nariz ancha, características heredadas de su padre afrodescendiente de Veracruz.

Para la activista afromaya Aracelly Neri –en primer plano del lado derecho–, uno de los principales obstáculos para lograr la visibilización de la población afrodescendiente es la falta de interés del Estado en la promoción de políticas públicas que brinden justicia social a ese sector. Fotografía: cortesía de Aracelly Neri

Afortunadamente, como hija de la activista maya Candelaria May, quien la educó autónomamente y la instruyó en temas de derechos humanos, desde los diez años abrazó sus raíces y se comenzó a reconocer como afromaya. A partir de los dieciséis empezó a participar activamente en organizaciones como Afropoderosas, Mano Amiga de la Costa Chica y Ubuntu, para fortalecer la lucha de la defensa de derechos de personas afrodescendientes.

Específicamente, ahora se concentra en la denuncia del racismo y la hipersexualización de las mujeres afrodescendientes, así como en la participación política de personas afrodescendientes. Si bien considera que es importante que ocupen puestos de elección popular, también condena que algunas personas no se posicionen ni promuevan políticas públicas a favor de ese sector de la población cuando están en el poder.

Ha encabezado esfuerzos para convocar a la población afrodescendiente en el territorio. En 2024 organizó una afrocampamenta, para generar diálogo y una agenda común.

“Hay mucha discriminación y el racismo estructural que se vive día a día lleva a que las personas o incluso familias no se reconozcan. Los diferentes ejercicios de violencia llevan a que las personas no se denominen como lo que son. Yucatán no es un espacio afro centrado, hace falta una iniciativa para que las personas se puedan reconocer como afrodescendientes sin que sean juzgadas o cuestionadas”, señaló May.

Aracelly Neri es una abogada de veintisiete años originaria de Ticul, Yucatán, que también se reconoce como afromaya. Forma parte del colectivo Flores de Hokab y ha liderado esfuerzos por la defensa de los derechos de personas afrodescendientes en el ámbito legal.

Su labor fue decisiva para que en 2024 su madre, la diputada Neyda Pat, presentara una iniciativa ante el Congreso del Estado para cambiarle el nombre a una Comisión Permanente que incluyera a la población afrodescendiente y se llamara Comisión para la preservación de la Cultura, Identidad y Visibilidad de los Pueblos y Comunidades Mayas, Indígenas y Afromexicanas.

Aracelly también ha recibido comentarios racistas por sus características físicas, heredadas también de su familia paterna veracruzana. Por eso, después de que en 2020 se reconocieron los derechos de personas afrodescendientes en la Constitución Mexicana, decidió involucrarse en la lucha. Participó en el Primer Encuentro de Mujeres Afrodescendientes, organizado en octubre 2022 por el Instituto de Formación Simone de Beauvoir y la organización Muafro, donde detectó conductas que podrían ser erradicadas en su región.

“En Yucatán todavía existe ese estigma o el colorismo de que tienes que ser una persona negra con cabello afro tupido para ser considerada afrodescendiente. También hay mucho racismo, discriminación hacia quienes no cumplen con ciertos estereotipos. Yo misma recibí muchos comentarios de odio y racismo por participar en un foro de la ONU sobre el tema, pero en lugar de desanimarme pensé que es necesario visibilizar el tema”, apuntó.

Esto, agregó, cobra especial relevancia si se toman en cuenta los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS), realizada en 2022 por el INEGI, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en los cuales se reveló que Yucatán encabezó la lista de entidades con mayor porcentaje de población adulta víctima de discriminación.

“El principal obstáculo para lograr la visibilización de la población afrodescendiente es la falta de interés», comentó Neri. Incluso, la iniciativa que impulsó la diputada Pat tardó más de un año en ser aprobada. “Las y los diputados no tenían mucho interés en aprobarla. Y me ha tocado hablar con funcionarios de diversos sectores en la misma situación. Como que todavía no existimos, no estamos en el radar”, sostuvo Neri.

“En algunos casos esto es fruto de las prácticas racistas que insistían en el mestizaje para invisibilizar la composición multicultural del Estado mexicano”, añadió la activista.

Por ahora, no hay políticas públicas específicas creadas para combatir esa invisibilización y para proteger los derechos de la población afrodescendiente. No hay ni siquiera dependencias que se encarguen de ello en Yucatán a pesar del pasado tan ligado que tienen con la población maya y la yucateca. Tampoco las hay en ámbitos como el legislativo o el electoral, de acuerdo con Neri.

Para Neri lo más importante es apostar por políticas públicas en temas de migración, movilidad y educación. Fotografía: cortesía de Aracelly Neri

“Podemos hablar de una reversión, de una concientización, pero creo que obviamente también las políticas públicas son insuficientes, hay muchos vacíos legales. Entonces yo creo que esto apenas es el comienzo, pero pienso que es un buen augurio el que al menos en Yucatán 69 000 personas se reconozcan como afrodescendientes”, opinó el investigador Gutiérrez.

Para Neri lo más importante es apostar por políticas públicas en temas de migración, movilidad y educación. Estas son importantes sobre todo para evitar la discriminación o bullying contra niños y niñas con fenotipo afrodescendiente.

“Lo más importante es que se empiece a nombrar, a dialogar, discutir, poner sobre la mesa que estamos aquí. Eso ayuda a muchas y a muchos para abrir esos espacios que se nos han negado siempre”, concluyó la activista.

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