Organización popular en Colombia: desafío a la ultraderecha

por | Jun 21, 2026

En una de las elecciones presidenciales más cruciales de su historia reciente, Colombia se debate entre continuar su transición hacia políticas más progresistas o sumarse al ascenso del fascismo regional.

Fotografías: Daniela Díaz

Bogotá, Colombia.- Han pasado cinco años desde uno de los episodios más convulsos de la historia reciente en Colombia. En 2021, el descontento por décadas de injusticia y desigualdad llegó a su culmen y la lucha por la justicia se volcó a las calles. Una lucha que tenía un rostro de jóvenes, de jóvenes pobres. Hubo sangre, angustia, mutilados, muertos y prisioneros políticos. Ese momento marcó el rumbo del país por los siguientes años y consiguió sembrar la semilla que daría vida al primer mandato progresista de su historia, el de Gustavo Petro.

El pasado 1 de junio, cinco años después, las calles volvieron a vibrar. Sin importar el frío o la lluvia, el clamor social revivió y se lanzó a las principales vías de capitales como Bogotá, Tunja y Cali. Un levantamiento masivo sucedió luego de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, donde el candidato de derecha, Abelardo de la Espriella, superó a Iván Cepeda −la apuesta izquierdista− por 659.134 votos. Esa noche comenzó una batalla cultural sin precedentes y, desde entonces, Colombia se ha tomado por asalto la democracia.

Han sido veintiún días que difícilmente cualquier colombiano imaginaba las semanas previas. El ambiente en cualquier ciudad o pequeño pueblo se ha teñido de caravanas, marchas multitudinarias, cadenas de oración de familias enteras, campañas digitales virales, personas del común haciendo colectas para costear el traslado de quienes viven lejos de sus puestos de votación, ciudadanos haciendo pedagogía en el transporte público. Aunque también, amenazas con armas de fuego y machetes, noticias falsas, violencia machista y acusaciones de fraude. En menos de dos semanas Colombia lo ha vivido todo, porque lo que está en riesgo es eso: todo.

El giro inesperado y nunca antes visto ha llegado de Iván Cepeda, un curtido defensor de derechos humanos, parte de la misma coalición del actual Gobierno de Gustavo Petro (2022-2026) y quien ha asegurado dar continuidad a muchas de sus políticas. Desde el inicio, Cepeda quiso hacer una campaña de esencia modesta y sobria: sin publicidad excesiva, sin campañas digitales impresionantes, apelando a lo básico. En conclusión: sin grandes demostraciones.

Pero al día siguiente de la primera vuelta, donde fue sobrepasado por De la Espriella, esa decisión se convirtió en letra muerta y el pueblo se echó al hombro la campaña de la izquierda sin pedir permiso. Un vecino donó dinero para imprimir carteles, la abuela pagó una cadena de oración al candidato, el primo ofreció su carro para llevar a los votantes de la zona rural a sus puestos de sufragio, un cantante compuso un eslogan y un rapero creó pistas para musicalizarlo. Sus más de nueve millones de votantes se convirtieron en democracia viva y en un hito.

Tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, el clamor social revivió y se lanzó a las principales vías. Fotografía: Daniela Díaz

Juana Castillo es una de ellas. En su caso, ha aportado dinero de su bolsillo para apoyar diferentes tipos de actividades electorales. “En este momento tengo cierta estabilidad económica y he visto que lo que más se requiere es recursos para movilidad de votantes en lugares muy apartados, por eso considero que mi mayor aporte en este momento es el económico”, dice la contadora de profesión.

Leonardo Pedraza comparte esa necesidad de hacer del gobierno popular un ejercicio práctico y desde la gente. El hombre de treinta y cinco años ha participado en varias manifestaciones en Bogotá para apoyar a Cepeda. “Mi mayor temor si llega una persona como De la Espriella es que avance el fascismo en Colombia, porque cuando el fascismo llega, lo hace para quedarse. Eso implica recortes en el empleo, que atente contra los páramos, que llegue el fracking, la contaminación de los suelos y del agua. Por eso estamos con la política de la vida, una política donde todos quepamos”, dice.

Como Pedraza y Castillo, miles de colombianos y colombianas han encontrado formas inimaginables para resistir al fascismo que amenaza con “destripar” a la izquierda. “La mayor resistencia ahora es dialogar, abrir espacios y desde la paz, desde el diálogo, desde la tranquilidad: resistir”, reflexiona Pedraza. A ninguno de los dos les paga la campaña, los mueve solo una visión de país.

Miles de colombianos y colombianas han encontrado formas inimaginables para resistir al fascismo. Fotografía: Daniela Díaz


Reconfiguración regional y solidaridad internacional


En los últimos años, el tablero regional ha tomado un inesperado y trágico rumbo: la ultraderecha ha ascendido. Primero, fue Bolsonaro en Brasil; luego, Milei en Argentina; Bukele, en El Salvador; Noboa, en Ecuador; Kast, en Chile; y ahora, Fujimori en Perú. Una reconfiguración ideológica en la que será medular lo que suceda en Colombia. Un momento que identificó rápidamente Donald Trump, quien en contravía del respeto a la soberanía, se pronunció a favor del candidato de derecha en Colombia. Hace algunos días, a través de su red social, aseguró que si De la Espriella gana contará con «el apoyo y la fuerza total» de su país.

Días antes, el turno había sido de Daniel Noboa. El mandatario ecuatoriano tuvo una videollamada con el ultra en la que afirmó que, si este triunfaba, eliminaría los aranceles a las exportaciones colombianas. Una decisión que tomó unilateralmente hace cinco meses, alegando que el presidente Gustavo Petro no colabora en temas de seguridad en la frontera de 586 kilómetros que comparten ambos países. El daño a la población que vive en zonas limítrofes no ha sido menor y se han registrado al menos 5.000 empleos perdidos. Una tensión que no se veía desde 2008, cuando el expresidente Álvaro Uribe Vélez bombardeó territorio ecuatoriano en su cruzada militar contra la extinta guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP).

Por entonces, las relaciones diplomáticas entre ambas naciones estuvieron rotas durante varios años. Pero a diferencia de ese hecho, aquí no hay motivaciones legales para imponer aranceles y para negarse a quitarlos como hizo Noboa ante la exigencia de la Comunidad Andina (CAN) −organismo internacional regional integrado por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú−. Para expertos como Guillaume Long, exministro de Relaciones Exteriores de Ecuador, la decisión de Noboa fue arbitraria y políticamente motivada. “En 2015-2016, la última vez que Ecuador impuso aranceles, fue porque Colombia había devaluado su moneda. Según la ley, debe establecerse un plazo para la medida. En este caso, no está debidamente justificada, ni existe un plazo, ni se hace distinción entre productos; en otras palabras, es totalmente arbitraria”, declaró en entrevista.

Por su parte, David Adler, codirector de la Internacional Progresista, explica que las acciones de ambos mandatarios tienen una misma raíz. “El auge del fascismo en América Latina no puede entenderse como una serie de debates nacionales entre la izquierda y la derecha. Estamos presenciando, en cambio, la aplicación del corolario de Trump a la doctrina Monroe: el esfuerzo activo por reorientar la política de la región al servicio de los intereses estadounidenses y el auge de candidatos conservadores que se comprometen a hacerlo de la forma más eficaz”, explica.

En contracorriente de esa avanzada, Petro no la tuvo fácil con sus pares de derecha. En escenarios como la Cumbre del G20 en Río de Janeiro, el jefe de Estado tuvo un famoso choque verbal con su homólogo argentino, quien antes lo había llamado “comunista asesino”.

Ha sido en esos momentos donde la solidaridad internacional se ha vuelto más necesaria que nunca. Tras las declaraciones de Trump sobre el candidato de derecha en Colombia, los presidentes Lula y Sheinbaum se declararon en defensa de la no injerencia en el país. Un llamado que le compete a la región entera que sufre la zozobra de la amenaza injerencista del Gobierno de Estados Unidos. Colombia tiene un ejemplo vecino: el bombardeo a Venezuela el pasado 3 de enero.

Han sido veintiún días que difícilmente cualquier colombiano imaginaba las semanas previas. Fotografía: Daniela Díaz

Para Gustavo Petro, sostener un proyecto progresista en ese contexto, además de materializarlo y lidiar con sus propias contradicciones, triunfos y errores, ha sido un reto. Aún con ello, el mandatario logró posicionar a Colombia en escenarios atípicos y ahora se ha convertido en un referente contra el genocidio en Gaza, al que se ha referido en múltiples ocasiones, incluso en una plaza pública en Estados Unidos, lo que le costó perder su visa estadounidense temporalmente.

Al inicio de este mismo año en Bogotá se realizaron dos cumbres clave en ese camino de la unión latinoamericana: la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos (CELAC), y otra impulsada por la Internacional Progresista. Esta reunió a noventa destacados líderes de izquierda a nivel global, quienes se dieron cita no solo para mostrar su apoyo irrestricto a la soberanía de los países del sur global, sino también para aunar esfuerzos en acciones que promuevan la solidaridad entre pueblos. Del encuentro salieron varios compromisos, entre estos, crear mecanismos hemisféricos para hacer frente a las sanciones, los bloqueos y las crisis económicas; defender los derechos de las personas migrantes latinoamericanas en los Estados Unidos y oponerse a las deportaciones masivas; fortalecer las protecciones democráticas, la autonomía financiera y comercial, la soberanía energética y alimentaria y la integración regional; y en esencia darle vida al sueño de José Martí y construir Nuestra América.

En menos de dos semanas Colombia lo ha vivido todo, porque lo que está en riesgo es eso: todo. Fotografía: Daniela Díaz


Otro país posible


El Registro Único de Víctimas (RUV) de Colombia registraba más de ocho millones de personas afectadas por el conflicto armado interno, una cifra que abarca desde los años ochenta hasta el 2016, cuando el Estado firmó el Acuerdo de Paz con la guerrilla de las FARC. Esos millones de personas han sido afectadas por diferentes tragedias, como la desaparición forzada, el desplazamiento, el reclutamiento, entre muchas otras. Son heridas que han marcado profundamente a la sociedad colombiana y que en los momentos electorales afloran.

Este año se ha revivido una muy honda: hace diez años, la mayoría de la población votó negativo en un plebiscito en el que se le preguntaba si quería firmar la paz con la que, en ese momento, era la guerrilla más vieja y poderosa del continente, las FARC. El “No” ganó y ese voto negativo a la paz se concentró en el centro del país; el “Sí” ganó en las periferias. En muchas zonas donde la guerra fue cruenta y persistente, la gente clamó por la paz. En las grandes ciudades del país, clamaron por continuar con la “mano dura”. Una mano dura que promete implementar el candidato de la derecha.

Ese enfoque de la seguridad fue promovido por el expresidente Álvaro Uribe Vélez (2002-2010), quien tuvo un mandato marcado por denuncias de violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Quizá las más conocidas fueron las ejecuciones extrajudiciales −mal llamadas falsos positivos− donde el Ejército nacional asesinó jóvenes empobrecidos, los acusó de guerrilleros y así aumentó sus cifras de bajas en combate; se estiman al menos 7 837 víctimas.

De la Espriella promete retomar algunas de tales estrategias, pues con la llegada de gobiernos de derecha que no cumplieron lo acordado con la otrora guerrilla de las FARC en el 2016, en los últimos años se ha generado un círculo de violencia sin fin que, gradualmente, ha regresado a los territorios. Paradójicamente, en la primera vuelta de esta elección presidencial el pasado 31 de mayo, el mapa electoral era casi una calca del mapa del referéndum de paz de 2016: el centro del país votó a la derecha y los márgenes votaron a la izquierda. De nuevo, Colombia se debate entre la vida y la muerte.

Es ese el corazón de los comicios que se llevan a cabo este 21 de junio: quienes reclaman una doctrina de guerra versus quienes creen que todavía la paz es posible en Colombia. Una posibilidad que, pese al regreso de la violencia, se mantuvo viva con Petro que incluyó en su plan de administración una ambiciosa idea −mal implementada− para impulsar, en paralelo, diálogos de paz con numerosos grupos ilegales. Lo llamó Paz Total”. Él mismo es firmante de la paz, pues perteneció a la guerrilla M-19 en los ochenta. La paz siempre fue una idea en la que insistió.

Este domingo un país de más de cuarenta millones de personas, y en el que solo sufraga la mitad, sea cual sea el resultado, ya hay un ganador irrestricto: el movimiento social que entendió rápidamente que solo el pueblo salva al pueblo, dejándole claro al fascismo que la política de la vida y del goce, de las risas y de la comunidad, puede vencer a su política de la muerte.

En Colombia ya hay un ganador irrestricto: el movimiento social. Fotografía: Daniela Díaz

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