Desde Venezuela, donde la crisis política y el bloqueo reconfiguraron el mapa literario, la editora Giordana García Sojo construye puentes. Frente al relato de la diáspora que instaló la idea de un país a oscuras y sin literatura, ella responde con hallazgos: una escena interna efervescente, el auge de las narradoras y poetas, y un diálogo editorial que se teje, como las hormigas, en forma de marabunta.
Fotografía: Cortesía de Giordana García Sojo
Yucatán, México.– Giordana García Sojo es mediadora cultural, editora y escritora. Dirige Nila Ediciones, sello independiente venezolano que en apenas tres años ha tendido redes con editoriales de México, Colombia y Argentina, y que investiga y difunde literatura venezolana y latinoamericana con una vocación de rescate y descubrimiento. También cura la colección de mujeres poetas Yo Misma Fui mi Ruta, para Fundarte (brazo cultural de la alcaldía de Caracas) que ya suma cuarenta títulos de autoras de distintas generaciones.
Formada en el momento de mayor ebullición de las políticas culturales de la Revolución Bolivariana, Giordana vivió el estallido positivo de múltiples subvenciones, el bloqueo económico posterior y la fractura del campo literario entre quienes se fueron y quienes se quedaron. Desde adentro, su trabajo editorial es también una toma de posición: busca recomponer un tejido que las narrativas mediáticas y ciertas literaturas de la diáspora dieron por inexistente. «Lo que ha sucedido en los últimos años −advierte− decantó en una especie de relato muy apoyado por factores externos, que generó un sentido de ‘ausencia’ de literatura puertas adentro de Venezuela, como si todo lo que se estuviera escribiendo se escribiera desde el sujeto de la diáspora”.
Su mirada, sin embargo, no se agota en la denuncia. Editora de vocación artesanal y política a la vez, Giordana prefiere hablar de lo que está brotando: una generación de autoras y autores que transitan sin complejos entre la poesía, la narrativa y el ensayo, el auge de la crónica como género dúctil para contar la historia desde la vivencia personal, y una búsqueda compartida −dentro y fuera del país− por reencontrarse sin intermediaciones instrumentalizantes. Esta conversación recorre ese mapa.
Desde tu posición como editora, ¿cómo describirías el panorama actual de la literatura venezolana? Me refiero a la convivencia −a veces tensa, a veces superpuesta− entre lo que se escribe dentro del país y lo que se produce desde la diáspora. ¿Cómo se está redefiniendo la identidad literaria venezolana en ese cruce?
Creo que es importante, cuando hablamos de nuevos tiempos y espacios de enunciación en la literatura venezolana, tomar en cuenta que en las últimas décadas veníamos trabajando en espacios que de alguna manera propendieran a la concurrencia de sectores antagónicos políticamente: espacios de encuentro entre gente más cercana al chavismo y gente más cercana a la oposición. Al respecto, hace poco hice una antología para la revista Tierra adentro, del Fondo de Cultura Económica mexicano, y la titulé La casa necesita ambas manos. Muestra de literatura joven de Venezuela.
El título alude justamente a esa necesidad de convivencia y de mirarnos, sobre todo de mirarnos, porque lo que ha sucedido en los últimos años −principalmente a partir del bloqueo, aunque en realidad siempre ha existido una campaña mediática muy fuerte contra todo lo que se produzca dentro del chavismo desde el campo cultural− decantó en una especie de relato muy apoyado por factores externos: el relato de la diáspora. Eso generó un sentido de supuesta ausencia de literatura puertas adentro de Venezuela, como si todo lo que se estuviera escribiendo se escribiera desde ese sujeto de la diáspora, identificado con ella y, además, preferentemente, con un discurso negativo de lo que pasa en el país. De Rodrigo Blanco Calderón en adelante, toda esa narrativa de la oscuridad (The Night), de la noche que cayó sobre Venezuela con el chavismo, es lo que más se difundió, editó y tradujo en ese bloque. Tenemos autores de la diáspora muy publicados, como el mismo Rodrigo Blanco Calderón o Karina Sainz Borgo, por ejemplo, que ficcionalizan sobre ese relato de una idea muy negativa de la historia política reciente.
Pero también hay que decir que no toda la oposición tiene ese cariz ideologizado en su literatura: hay un poco de todo. Acá adentro hay escritores que hacen una literatura política desde el otro lado, que historiza y genera una visión distinta a la instalada desde afuera, como José Negrón o Wildredo Machado, por ejemplo.
Yo creo que uno de los puntos centrales de lo que pasa en Venezuela en el campo literario es esta fractura que, en realidad, ha terminado siendo una superposición: visiones antagónicas, sí, pero que comparten el mismo suelo y que están atravesadas por intereses foráneos y por discursos mediatizados e inducidos. Es como cuando se rompe un hueso y el cuerpo genera un cartílago nuevo para unir las partes: una articulación no forzada, pero sí orgánica en situaciones adversas.
Lo que pasa es que tanto desde la diáspora como desde adentro hay una búsqueda por reencontrarnos de manera directa, sin tantas intermediaciones ideologizantes, sin tantas intermediaciones instrumentalizantes que buscan más bien la cooptación. Se trata de reconocernos de nuevo, sin esa instrumentalización politizada, en el mal sentido. Porque yo no creo que nos hayamos despolitizado, ni que la gente necesite despolitizarse, para nada. En todo caso, necesitamos repolitizarnos: volver a la vida social real con pensamiento propio y pensamiento crítico.
Eso es lo que ha pasado en toda la situación venezolana de los últimos años: la satanización y la instigación al odio hacia el chavismo, y también la actitud excesivamente defensiva de ciertos sectores del chavismo. Entonces, de lo que se trata es de volver a mirarnos, a escucharnos y a seguir escribiendo nuestro propio relato, pero desde el encuentro real.

Frente a ese relato de la ausencia que se instaló desde cierta diáspora, ¿qué hay realmente del lado de adentro? ¿Quiénes están escribiendo, desde qué géneros y con qué marcas generacionales se está moviendo la literatura que se hace en Venezuela hoy?
Esa supuesta ausencia es la mirada desde afuera. Los que vivimos adentro sabemos que el panorama de escritura es muy activo y nunca ha dejado de serlo. Si bien las publicaciones se han visto afectadas por un tema económico −sobre todo por el acceso a insumos importados para la impresión−, estamos hablando de un país que venía de políticas culturales de impresión masiva: millones de ejemplares, miles de títulos en editoriales públicas y subvenciones a editoriales pequeñas. El bloqueo acabó con todo ese tipo de apoyos, las políticas menguaron y los bienes culturales generados disminuyeron. Quizás eso contribuyó a reforzar el relato instalado por “la diáspora”. Pero realmente en los últimos años está sucediendo una recuperación, una emergencia paulatina de publicaciones y de editoriales independientes.
Aquí hay un cuerpo de escritores jóvenes —y no tan jóvenes— que nos quedamos en Venezuela y que seguimos escribiendo distintos géneros. Históricamente se ha dicho que este es un país de poetas, y yo creo que sí: hay muy buenos poetas de distintas generaciones, hombres y mujeres. Pero algo que viene sucediendo es que muchos de los poetas jóvenes también son narradores o narradoras. Hay una capacidad de escribir en varios géneros −poesía, ensayo y narrativa− que se da en las nuevas generaciones y también en gente un poco más reconocida. Por ponerte un ejemplo, Esmeralda Torres ganó en 2025 el premio Casa de las Américas en poesía, y en 2023 había sido mención en narrativa de ese mismo premio. Ella es narradora y poeta. Pero también hay gente mucho más joven, de veinte años, como Soriana Durán, que es periodista, narradora y poeta; acaba de sacar su primer poemario, pero es una gran narradora.
Quiero detenerme en mi propia experiencia editorial, porque ilustra bien este momento. Yo vengo de la formación que se dio en un período de la historia editorial del país, de ebullición de las políticas culturales públicas de la Revolución Bolivariana. Pero después de todo lo que ha pasado −la crisis política, el bloqueo económico− y también por razones personales, hace muchos años decidí trabajar por mi cuenta. Fundé Nila Ediciones y me dedico a ofrecer servicios editoriales y a sostener un catálogo propio que busca investigar y difundir la literatura venezolana y latinoamericana, con trabajo de traducción, de edición y de rescate de otras ediciones.
El gran hallazgo ha sido poder trabajar con otras editoriales pequeñas, emergentes o independientes de otros países −Colombia, México, Argentina− y ayudarnos. Hacemos trabajo de marabunta, como decíamos cuando sacamos el primer libro, que fue del poeta venezolano Juan Sánchez Peláez. Eso ha sido lo más interesante: la articulación editorial entre pequeños editores y escritores que nos hemos dedicado a investigar y difundir nuestra literatura. Y he visto que hay mucho interés por la literatura producida en Venezuela actualmente, desde México, desde otros lugares.
Ahora bien, en ese paisaje activo hay que detenerse en el auge poético de las mujeres. Yo creo que se da en toda la región, pero en Venezuela particularmente lo he vivido con mucha fuerza. Curo y edito una colección de mujeres poetas para Fundarte que se llama Yo Misma Fui mi Ruta. Ya lleva cuarenta títulos de mujeres de distintas edades: novísimas, gente nacida después del 2000, y también autoras con una trayectoria. Y con las narradoras pasa ese juego transgénero que mencionaba: escriben poesía, ensayo y narrativa, y su narrativa de alguna manera exuda poesía. Quizás esto se deba a la formación tan sólida de maestros y maestras poetas venezolanos, a la influencia de tanta poesía en la formación de los escritores del país, incluso los más jóvenes.
En cuanto a las temáticas hay de todo. No me atrevería a encasillar nada. Además, siempre lucho contra esa idea de que la poesía escrita por mujeres es intimista y confesional, y no social, en comparación con la de los hombres. No creo que sea así. Creo que puede ser ambas cosas. Hoy, con todas las luchas y las investigaciones feministas se ha dado al traste con esa idea de que lo personal es privado y doméstico, “para la casa”, y lo público es lo realmente común y colectivo. Creo que no es así, y eso se traduce y se evidencia en lo escrito por las mujeres actualmente, tanto en narrativa como en poesía. Hay temas eróticos, temas urbanos, temas sociales y también, por supuesto, temas personales imbuidos en lo social y lo colectivo. Las mujeres venezolanas están escribiendo desde todos esos frentes, sin pedir permiso y sin aceptar el casillero que les quieren imponer.
En cuanto a las marcas generacionales, está también lo multimedia, sobre todo en las nuevas generaciones: todo atravesadísimo por lo audiovisual, lo sonoro, los archivos sonoros, la música. Todo eso que permiten, y a veces imponen, las redes sociales: los carruseles, los reels, los memes. Estos formatos afectan tanto la forma de editar y de divulgar literatura como la forma de escribirla. Y hay también un auge de la ciencia ficción, sobre todo entre los jóvenes.
La novela histórica ha tenido mucho peso en Venezuela. Hoy, en medio de una crisis tan compleja y prolongada, ¿qué géneros te parece que están resultando más potentes para narrar la Venezuela contemporánea? ¿Qué historias solo pueden contarse desde el «aquí»?
Sí, la novela histórica en Venezuela ha tenido mucha relevancia, sobre todo durante el siglo XX. Son indispensables nombres como Arturo Uslar Pietri, Francisco Herrera Luque, Ana Teresa Torres, por citar un puñado. Pero creo que hoy en día la crónica puede ser uno de los géneros disruptivos más interesantes para contar la historia, porque lo hace desde la vivencia personal. Quizás no tanto desde la visión académica, sino desde la cotidianidad, más cercana a la narrativa íntima, pero imbuida de lo social y lo común. La crónica como género está efervescente en Venezuela: la crónica literaria, la crónica histórica, la crónica personal. Es un género bien amplio y dúctil.
Creo que hay razones de fondo para esa efervescencia. Aquí adentro hay una literatura que tiene un signo particular, sobre todo por los últimos acontecimientos. Este es un país que ha sufrido un bombardeo en distintas ciudades. Yo lo vi con mis propios ojos, lo viví, no me lo contaron, no lo vi por redes sociales. Luego hubo un apagón que duró tres días, y después múltiples agresiones. Aquí ha habido de todo en los últimos años: violencia callejera, apagones, mucho hostigamiento, incitación al odio por distintos medios. A eso se suma la situación actual de coacción y de imposición imperialista —lo digo por Donald Trump y sus halcones, por cómo ha devenido la forma de gobierno occidental en la región: una vuelta a la doctrina Monroe, a la era del garrote, a la era del más fuerte que amedrenta y coacciona a los pequeños—. Bueno, nosotros, que vivimos todo eso, por supuesto lo reflejamos en la forma en que escribimos y en la forma en que nos relacionamos con el hecho editorial.
Últimamente he estado leyendo poemas, pero también crónicas y cuentos que tienen que ver con estos hechos de violencia externa que ha sufrido Venezuela y con la manera en que han afectado las cotidianidades y las resistencias populares. Creo que en un futuro cercano se van a comenzar a ver colecciones de libros o antologías que agrupen este tipo de relatos. Ojalá. Es parte también de mi investigación. Quizás, en contraposición a ese relato ya tan instalado desde cierta diáspora −que escribe ficción y poesía contra todo lo que viene pasando dentro de Venezuela−, se termine de consolidar un relato que no necesariamente antagonice, pero sí responda, que cuente lo que pasa en Venezuela desde distintas perspectivas, no atravesadas por la caricaturización mediatizada de lo que sucede adentro. Esta sería una de las formas más contundentes de diálogo y encuentro.





