“La poesía es una iluminación que potencia una verdad”

por | May 3, 2026

Hay una idea que Liliana Ancalao Meli rechaza: que la poesía sea un eufemismo, un modo de nombrar sin decir. Para la escritora mapuche, el poema es justo lo contrario: una iluminación que potencia una verdad. Es el oficio de buscar, entre palabras, esa verdad que aún no tiene nombre.

Fotografías: Cortesía Centro Cultural Kirchner y Natalia Espinoza

Buenos Aires, Argentina.- Liliana Ancalao Meli juega con sus primos y hermanos en el campo alrededor de los barrios obreros y pozos petroleros de Diadema, una localidad de la provincia de Chubut, Argentina. Son un grupo de niñas y niños que corren, juegan, son libres. En primavera ven florecer las estrellitas, los conejitos. En verano, a la flor del Calafate. Otras veces viaja al campo con sus papás y sus cinco hermanos, a ochocientos kilómetros de donde vive. Por el camino, su mamá les señala los guanacos, los choiques, todo lo que le parece bello y a ellos también.

“Creo que ahí surgió la poesía. Por vivir en Diadema y por hacer esos recorridos al campo. Ese deseo de contar, describir y mostrar el asombro y la admiración que me producían las cosas que yo veía”, cuenta ahora, a sus sesenta y cuatro años.

Liliana Ancalao Meli es hoy una de las poetas y escritoras mapuche más publicadas y reconocidas. Forma parte de la comunidad mapuche Tehuelche Ñamkulawen, fundada en 1994 a partir de un movimiento que la tuvo a ella y a otros integrantes como protagonistas. Estudió Letras en la Universidad Nacional de la Patagonia, donde conoció a su compañero de vida, el músico Lucho Martínez. Fue docente, investigadora y directora de una escuela secundaria hasta que se jubiló hace siete años. Desde entonces lee vorazmente todo lo que no pudo en aquellos años de extensa actividad.

Desde niña le gustó leer. Su padre había comprado la enciclopedia El mundo de los niños y se pasaba las tardes leyendo esas páginas ilustradas con imágenes de niños y familias yanquis que narraban mitos griegos, hebreos, bíblicos. Empezó a escribir poesía en la adolescencia, cuando se enamoraba y no era correspondida. “Tenía que escribir ese drama… Ahora me río, pero ¡miércoles! qué sufrimiento era”, dice. También, inspirada en el rock nacional, que llegó a su casa en la década de los setenta, mientras hacía el secundario en un colegio religioso de niñas. Empezó a subirse al escenario, a agarrar el micrófono y leer sus poesías con la vuelta de la democracia. Y en el 2001 publicó su primer libro de poemas, Tejido con lana cruda.

Ahora habla por teléfono desde su casa en Comodoro Rivadavia, a veinticuatro kilómetros de su Diadema natal. Se escapó de la Feria Internacional del Libro que se desarrolla en Buenos Aires, donde participa en varias de las actividades, para volver a la actividad doméstica y familiar. Del 6 al 8 de mayo integrará las jornadas del ciclo La Palabra Indígena. Allí, Liliana presentará el libro Un mal salvaje, del premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee y el escritor argentino Fabián Martínez Siccardi. Además, es jurado del Premio Poesía Indígena de Argentina, cuya ceremonia de premiación será el 5 de mayo en la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Comodoro es el lugar que eligió para vivir: paisaje desértico de la estepa patagónica, de matas bajas, desde donde puede admirar el mar y ver el horizonte. “Acá llegaron mi mamá y mi papá en los años cincuenta más o menos, desde Fitatimen y Cushamen, que quedan a ochocientos kilómetros aproximadamente de donde vivo. Llegaron a esta ciudad petrolera buscando trabajo porque en el territorio asignado por el Estado argentino no alcanzaba para alimentar a todos. Y un poco también porque, como siempre, los jóvenes buscan nuevos horizontes”.

Después de muchos años de escribir en la mesa de la cocina, ahora tiene su lugar. En la casa colectiva donde vive adelante con Lucho y atrás con su hija, yerno y nietos, logró construir una habitación en la entrada: su escritorio. “Es el espacio donde puedo concentrarme a escribir. Tengo mis libros, los objetos que voy trayendo de mis viajes. Cierro una puerta y todos saben que es mi momento y mi espacio”, describe. Ese tiempo lo conjuga con las tareas de la casa y de cuidado: barrer muy seguido y pasar un trapo húmedo porque con el fuerte viento se llena de polvo, cocinar, lavar, darse una vuelta para ver si sus hijas o nietos necesitan algo, regar las plantas.

Desde Ceiba conversamos con ella para hablar sobre su escritura, las historias que la inspiran, el rol de la poesía y el momento actual de la literatura indígena.

¿Por qué elegís la poesía para expresarte? ¿Qué capacidades tiene un poema?

Cuando uno logra un poema, realmente es un hallazgo. Hay una palabra que se llama “eufemismo” que significa que uno nombra las cosas por no nombrarlas. Alguna gente piensa que escribir poesía es escribir eufemismos, escribir bonito, sin decir lo que se tiene que decir. La poesía es otra cosa: una sabiduría, un conocimiento que llega al escritor después de escribir mucho en palabras, de buscar decir algo que no se sabe bien qué es o sí se sabe, pero no se encuentran las palabras. Y de pronto uno escribe y escribe y llega a una idea que condensa, sintetiza y es una iluminación. No siempre llega, a veces sí. Eso es para mí la poesía: una iluminación hecha con palabras e ideas que potencia una verdad, que saca a la luz algo que no estaba.

Liliana Ancalao Meli es hoy una de las poetas y escritoras mapuche más publicadas y reconocidas en América Latina. Fotografía: Natalia Espinoza

¿De qué temas te interesa escribir y leer hoy?

En este momento me está interesando hablar de la historicidad. A nosotros, como pueblo mapuche, se nos negó la participación en la historia desde el momento en que hablaron de nosotros en tiempo pasado. Nuestra participación siempre estuvo, tanto en la historia argentina como en la de Chile, antes de que se conformaran los Estados. Tuvimos incidencia y protagonismo en los destinos de estos pueblos que se llaman argentino o chileno.

Me está interesando mucho en este momento conocer la historia del trabajo en Argentina, en Puel Mapu, para encontrar allí qué identidades originarias había bajo esas denominaciones de hacheros, de peones, todo eso que todavía es la base de la pirámide capitalista. Me parece que hay mucho por decir desde ahí.

Tus padres fueron parte de esos trabajadores del campo que tuvieron que migrar a la ciudad. ¿Cómo aparece esta tensión entre urbanidad y ruralidad en tu escritura?

En el libro Rokiñ. Provisiones para el viaje (2020, Ediciones Hudson) pensé mucho en ese tránsito del campo a la ciudad, de cuán abismal fue la diferencia de las vidas de quienes se animaron a hacer este paso. Tanto mi mamá en Cushamen como mi papá en Fitatimen tenían una vida vinculada al ciclo de las estaciones, que también es el ciclo de las pariciones y las cosechas; de andar a caballo, levantarse a la madrugada para ir a cuidar a las ovejas, las chivas, hacer recorridos por el campo. Las mujeres de mi familia sabían andar a caballo, carnear, esquilar, tejer.

De esa vida tan unida al territorio se vinieron a la ciudad y cambiaron sus ciclos por horarios escolares, un calendario mensual acomodado al tiempo en que les pagaban el sueldo, con feriados que tenían que ver con Navidad, el Día de la Virgen, marcado por Occidente. Además, recuerdo el rigor de levantarse todos los días a la misma hora, ser cumplidores en el trabajo. Mi papá y mi mamá no se sentaban a aconsejarme. Me enseñaron con el ejemplo. Yo los veía salir tempranito a trabajar todos los días, con paso firme y sin quejarse, darle para adelante. Eso me sirvió para mi vida en la ciudad, para terminar mi carrera y ocuparme de las cosas.

En relación con el trabajo o los roles de cada persona en una comunidad, ¿qué lugar tiene el poeta dentro de la cosmovisión mapuche?

La poesía tiene una relación con el canto. Hay dos géneros que yo conozco. Uno es el taül, que es un canto colectivo para el ritual, para convocar a las fuerzas del territorio. Es un idioma que en algunas partes se puede traducir y en otras no: un idioma especial que entiende el río, el guanaco, el luan. Se viene transmitiendo generacionalmente y siempre es igual, no se improvisa. Después hay otro género musical que es el ülkantun. Tiene que ver con la creación personal de alguien que posee esa habilidad de componer en el momento, de improvisar. Son cantos individuales que surgen para momentos muy profundos, como cuando llega alguien y estás muy contento y le das una bienvenida. O cuando te despedís de alguien que no sabés cuándo vas a volver a ver. O cuando te enamorás. Esos géneros creo yo que se vinculan a la poesía.

Después está el epew, que son los cuentos, más vinculados a la narrativa. Hay un libro importantísimo para nosotros, que se nos apareció hace unos cinco años, quizás un poquito más. Se llama Historia y conocimiento oral mapuche. Lo escribieron Margarita Canio Llanquinao y Gabriel Pozo Menares. Ellos, estudiantes universitarios, se fueron becados a Berlín, donde se encontraron con los archivos de [el antropólogo Robert] Lehmann-Nitsche, que había estado acá, en La Plata, trabajando en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata y había entrevistado a sobrevivientes del Futa Winka Malón [la campaña militar contra pueblos originarios]. Ellos le contaron cuentos. Estos autores rescataron, tradujeron al mapuzungun y publicaron un libro. Sigue siendo un alimento para mi escritura leer ese libro.

Las investigaciones y los documentos son parte esencial de tu obra. Sin embargo, durante mucho tiempo existió una tensión entre la academia y los pueblos indígenas. ¿Cómo lo ves actualmente?

Hay procesos. Cuando nosotros iniciamos en 1994, en nuestra comunidad se hablaba de los informantes. Los autores publicaban lo que los informantes les decían. Y nosotros notábamos que ganaban notoriedad. Anotaban, grababan y después publicaban. Eso no volvía a la comunidad, quedaba como mérito propio. Había bastante prejuicio tanto con respecto a los que informaban como hacia el académico que llegaba a recolectar la información.

Después empezaron a aparecer publicaciones de los que habían estudiado en las universidades en Buenos Aires, Río Negro, Neuquén. Hubo un cambio en los docentes, imagino. Probablemente tuvo que ver con el advenimiento de la democracia que cambió la perspectiva. Los leo más comprometidos con que se conozca lo que sucedió, apartándose de la historiografía oficial y escribiendo desde otra perspectiva crítica. Valoro esta segunda oleada. Nosotros sabíamos muchas de estas historias desde la oralidad, pero no teníamos documentación. Esta gente pudo acceder a los archivos tanto del Ejército como de la Iglesia y documentar lo que la gente contaba. Me parece importante sobre todo en esta época donde necesitamos corroborar con datos y documentos lo que sucedió: probar la verdad.

¿Cómo ves el desarrollo y la difusión de la literatura actual indígena?

Para mí fue una sorpresa cuando como jurado recibí los quince libros que me enviaron para el Premio Poesía Indígena de Argentina. Tenía mucho miedo de la apropiación cultural. Como la presentación de la obra es anónima, tenía miedo de que llegara gente que no tuviera esta identidad y se hiciera pasar como alguien que sí. Eso no lo puedo aceptar. Le compartí a los organizadores ese temor. Pensaba que quizás nadie iba a mandar textos o que poca gente iba a mandar. Uno piensa que como uno no conoce no existe, pero no. Desde aquello a lo que accedí hay bastante producción.

Creo que en este momento hay gente muy valiosa escribiendo, que lo está haciendo muy bien para lo que yo espero en una escritura originaria: es decir, conocimiento de ese mundo espiritual, de esa unión con el territorio, de haber pasado por la experiencia, de sostenerla aun viviendo en la ciudad, de las contradicciones que nos surgen siempre por estar entre dos mundos. Eso que yo veía como algo lejano se está produciendo.

En una entrevista te escuché hablar del concepto “caosvisión del mundo” en vez de cosmovisión de mundo. ¿Podrías contar de qué se trata?

Por ahí es una visión de este momento de la humanidad. Un momento muy doloroso que estamos transitando, en el que no sabemos qué va a suceder con los territorios. La administración que está en este momento en gran parte del mundo tiene una visión extractivista, utilitaria del territorio, es la visión capitalista. No es solo este momento. Uno transita el mundo y vemos cómo es imposible abstraerse, aun estando en el campo, de las consecuencias que tiene esta visión del mundo que ve a la tierra como un recurso y a los seres humanos como desechables. Este verano que pasó creo que sufrimos todos con los incendios en la Cordillera. Con tantos espacios devastados, la sequía.

¿Ves luz al final del túnel?

Tengo dos sentimientos contradictorios. Por un lado, creo que hubo un fracaso en esta generación que ya es vieja en transmitir esas ideologías colectivas, de comunión, de solidaridad, de pensar en el otro −esas ideas que este [presidente Javier] Milei tacha de comunistas−. Por supuesto tuvo que ver con la generación de los desaparecidos [de la última dictadura militar argentina].

Por otro lado, en el caso del pueblo mapuche estoy viendo que las nuevas generaciones están haciendo fuerza para que el mapuzungun [lengua mapuche] se revitalice. Están produciendo, en vez de la platería, otras joyas para vestirnos y adornarnos. Están publicando sus tesis, están participando en las ceremonias espirituales. Hay ahí una fuerza que yo, con mis sesenta y cuatro, acompaño, pero ya no puedo sostener con la misma energía que cuando tuve esa edad. Eso me produce esperanza.

Hay una imagen que leí alguna vez: “Cuando los seres humanos van caminando hacia el final se van peleando y matando entre ellos”. Me parece que eso no sucede con muchos colectivos. No nos vamos masacrando entre nosotros, sino que vamos juntos en armonía. No sé hacia dónde. Nosotros queremos pensar que hacia algo mejor.

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