La primera traición contra Emiliano Zapata

por | Abr 5, 2026

La hacienda de Chinameca siempre será recordada como el lugar en el que mataron al Caudillo del Sur, el sitio que marcó el final de Emiliano Zapata y el comienzo de su leyenda. Pero también fue el lugar donde lo traicionaron por primera vez, en donde nació el Plan de Ayala y la lucha perpetua del Ejército Libertador del Sur.

Fotografías: Colección George Grantham Bain y Colección Museo de Historia Mexicana

Michoacán, México.- El maquinista se cansó de hacerle señas al general Cándido Aguilar, pero fue en vano. El Estado Mayor no se dio cuenta de que estaban cayendo en una trampa hasta que el tren empezó a reducir la velocidad a la entrada de la antigua estación de Yecapixtla, aquella tarde del 17 de agosto de 1911.

Alrededor de doscientos cincuenta zapatistas esperaban que el tren llegara a la estación para rodearlo. Tenían órdenes explícitas del general Emiliano Zapata Salazar de no dejarlo pasar en su camino a Cuautla, en el estado mexicano de Morelos, ubicado en el centro del país, al sur de la Ciudad de México.

Finalmente, el tren se detuvo. Arriba viajaba el líder del movimiento revolucionario, Francisco I. Madero, junto a su Estado Mayor, incluyendo a los generales Cándido Aguilar y Juan Isidro Andreu Almazán. Buscaban apaciguar a las tropas de Zapata, que se encontraban en medio de una campaña en contra del Gobierno federal.

El Ejército Libertador del Sur combatía los avances del general Victoriano Huerta y su subalterno, el general Aureliano Blanquet, quienes habían iniciado una guerra contra la población que apoyaba a los rebeldes, con tácticas similares a las que usaron durante la Guerra de Castas en contra de los pueblos indígenas mayas de la península de Yucatán.

“De él [Aureliano Blanquet] se contaba que después, en la campaña de Quintana Roo, desollaba a los rebeldes mayas y los abandonaba en la tierra quemada por el sol”, escribió el escritor José Emilio Pacheco en su cuento “La luna decapitada”.

Los abusos de los generales del recién formado gobierno provocaron un nuevo levantamiento del ejército rebelde en el sur, encabezado por Emiliano Zapata, quien se mantenía leal a Francisco I. Madero, pero desconocía el Gobierno del presidente interino Francisco León de la Barra.

De la Barra estuvo temporalmente al frente del Gobierno mexicano luego de la renuncia y exilio del primer gran dictador de América Latina, Porfirio Díaz, quien había gobernado México desde el 28 de noviembre de 1876 hasta el 25 de mayo de 1911, es decir treinta años con ciento diez días.

Sin embargo, su Gobierno estaba conformado en su mayoría por políticos y militares del viejo régimen porfirista. Cada vez más revolucionarios querían que se llevaran a cabo nuevas elecciones, mientras los grupos conservadores conocidos como “los científicos” impulsaban campañas militares que trataban de desmantelar a las guerrillas antes del proceso electoral.

Francisco I. Madero había iniciado la Revolución mexicana el 20 de noviembre de 1910. Se perfilaba como el principal líder opositor, con miras a convertirse en presidente de México, por lo que buscaba conciliar el movimiento que había iniciado con el régimen que buscaba instaurar.

Por eso había prometido al presidente apaciguar los ánimos en Morelos y ahora viajaba en tren rumbo a Cuautla. Pensaba entrevistarse con Emiliano Zapata, a quien le prometía que se iban a cumplir todos los puntos del Plan de San Luis, específicamente la restitución de las tierras a los campesinos, piedra angular de la lucha zapatista bajo el lema “la tierra es de quien la trabaja”.

“En prueba de lo cual voy a esa a pesar de que han venido noticias de que mi vida peligrará yendo allí, pero no creo nada de eso, porque tengo fe en ustedes. Repítole que saldré esta tarde a las cuatro p. m., en tren especial”, anunció Madero en un telegrama, horas antes de que fuera detenido en la estación de Yecapixtla.

Antes de llegar allí, el convoy había tenido un incidente en la estación de La Cascada, donde las tropas zapatistas habían detonado una carga de dinamita para tratar de detener el tren. Fueron frustradas por la población local, que permitió el paso de Madero lanzando vítores y cohetes al aire.

Pero ahora no había pobladores, el tren llegó a la estación de Yecapixtla donde los soldados del Caudillo del Sur hacían maniobras y se habían atrincherado a lo largo de las vías. Los líderes del grupo eran Eufemio Zapata (hermano del caudillo), Próculo Capistrán y Jesús Jáuregui, quienes tenían órdenes de detener el tren de Madero y fusilarlo si fuera necesario.

Sabiendo que Madero se dirigía a una muerte casi segura, su madre Mercedes González Treviño le pidió al general Juan Isidro Andreu Almazán que lo acompañara. Andreu Almazán era muy cercano a Zapata y uno de los principales enlaces entre los movimientos armados del sur y el Gobierno federal.

Almazán bajó del tren y se sentó a dialogar con los generales zapatistas para pedir una conferencia con Emiliano, a quien conocía desde el inicio del movimiento armado y había apoyado para que fuera el máximo líder del Ejército Libertador del Sur. Madero, junto a sus hombres de confianza, se quedó esperando arriba de la máquina.

Al final de la plática, Zapata, Capistrán y Jáuregui acordaron escoltar personalmente a Madero hasta Cuautla, a donde llegaron casi en la noche del 17 de agosto de 1911. Luego de una larga plática entre Emiliano y Francisco, sus luchas parecían haberse reconciliado.

“Acabo de celebrar conferencia con Zapata y delegados de todos los pueblos y han aceptado las condiciones de ese Supremo Gobierno”, anunció triunfal Madero al presidente a través de un telegrama. Al mismo tiempo recibió noticias de que el general Huerta avanzaba hacia Cuautla y sus tropas continuaban su campaña de terror en la zona.

Apaciguar a las fuerzas revolucionarias de Zapata implicaba una victoria estratégica para el Gobierno interino de De la Barra, pero más aún para las aspiraciones presidenciales de Francisco I. Madero. El general legitimaba su lucha y representaba un aliado importante en caso de que su régimen sufriera el embate de la contrarrevolución.

El general Emiliano Zapata retratado por Heliodoro Juan Gutiérrez. Imagen: Colección Museo de Historia Mexicana


El Caudillo del Sur


Para ese momento, Emiliano Zapata Salazar ya era el Caudillo del Sur, un general que había participado en tres rebeliones distintas a sus treinta y dos años. La primera de ellas fue en 1908 cuando los latifundistas les quitaron sus tierras a los pobladores de Villa Ayala y Anenecuilco. Zapata y un grupo de campesinos intentaron arrebatarles las tierras, pero fueron detenidos por fuerzas federales enviadas desde la capital para sofocar el levantamiento.

El general pasó una temporada en la cárcel y otro tiempo en el ejército. Fue obligado a participar en este a manera de sentencia por lo que había hecho, una práctica conocida como “leva”, en la que conscriptos son utilizados como carne de cañón por las fuerzas armadas. Adquirió el rango de sargento en el Noveno Regimiento de Caballería.

La segunda rebelión fue cuando apoyó la candidatura de Patricio Leyva para la gubernatura de Morelos, en 1909, en contra del hacendado Pablo Escandón. Este ganó las elecciones en medio de acusaciones de intimidación y de haber sido impuesto por el oficialismo porfiriano.

Un año después se integró formalmente a la Revolución mexicana, en la que participó apoyado por Juan Andreu Almazán, quien fue el contacto entre Zapata y Madero para extender el movimiento del norte al sur de México.

Con el levantamiento de Zapata, el maderismo logró controlar gran parte de los estados de Morelos, Guerrero y Puebla, dándole una ventaja estratégica sobre las fuerzas federales y recibiendo la legitimidad de una figura campesina al frente de la lucha.

El general Urbina, el general Villa y el general Zapata retratados por Agustín Víctor Casasola en 1914. Imagen: Colección George Grantham Bain


Los dos Maderos


El discurso comenzó temprano en Cuautla, el 18 de agosto de 1911. Madero se dirigió a la población para asegurarles que el Supremo Gobierno no se había olvidado de ellos y que sus demandas serían escuchadas, además de respaldar el liderazgo de Emiliano Zapata.

“Las calumnias de nuestros enemigos habían hecho aparecer que en el estado de Morelos había efervescencia, había inquietud; que el Ejército Libertador no guardaba el orden debidamente; se contaban miles de calumnias, miles de mentiras; yo siempre protesté contra ellas”, pronunció Madero ante los espectadores de Cuautla.

“Y por esto había crecido la idea y decían que yo era un gran patriota y un hombre sincero; pero que me faltaba energía, que me faltaban dotes para gobernar, porque no había mandado fusilar al general Zapata, y ustedes comprenden, señores, que para eso no se necesita valor ni energía; se necesita ser asesino y criminal para fusilar a uno de los soldados más valientes del Ejército Libertador”, concluyó Francisco I. Madero.

El 19 de agosto, un día después del discurso conciliador, Huerta y Blanquet avanzaron en contra de los zapatistas rompiendo el pacto y acertando un duro golpe al Ejército Libertador. Sus maniobras tenían como objetivo aplastar al movimiento y quitarle el apoyo de la población.

Cuando Almazán se enteró de los movimientos de Huerta, se movilizó hacia Jolalpan, Puebla, para buscar a Emiliano. Antes de encontrarlo, el general Jacobo Harotian le entregó un mensaje urgente de Ciudad de México. Le advertía que por ningún motivo fuera a ver a Zapata, porque este quería fusilarlo; el mensaje venía de los hermanos Madero.

Para terminar de distanciar a Emiliano Zapata de Juan Andreu Almazán, el general Raúl Madero buscó a los generales zapatistas Eusebio Jáuregui Nolasco y José Trinidad Ruiz. Se encontraban hospedados en el Hotel del Jardín en la Ciudad de México, bajo protección de Almazán.

Raúl Madero mandó a llamarlos a su casa. Les pidió que convencieran a Zapata de mandar fusilar a Almazán, pues había sido comprado por el Gobierno del presidente De la Barra para matar al caudillo. Luego les repartió diez mil pesos y los regresó a Morelos.

Esa sería la última vez que Emiliano Zapata tuvo algún contacto con Francisco I. Madero, así como su amigo el general Juan Isidro Andreu Almazán. A partir de ese momento el zapatismo y el maderismo serían enemigos durante el resto de la Revolución mexicana.

“Esta acción tan sucia de los hermanos Madero se debía a que Almazán estaba en muchos de los secretos políticos de la familia y juzgaron conveniente, dado que era también leal amigo de Zapata, eliminarlo para que no tuviese oportunidad de hacerle ver a Emiliano las maniobras preparadas en su contra”.

“Todos estos hechos marcaron el rompimiento definitivo de Almazán con Francisco I. Madero y con su grupo, pero, al propio tiempo, decepcionaron al jefe suriano respecto al concepto en que tenía a Emiliano Zapata, ‘a quien quería como a un hermano’ y lo hicieron prometerse a sí mismo que no volvería a mezclarse jamás en esos asuntos”, narró Baltasar Dromundo en su libro Emiliano Zapata, biografía.

Retrato del Caudillo del Sur por Leopoldo Méndez. Imagen: Colección Museo de Historia Mexicana


La boda de Federico Morales


Quince días después del discurso de Francisco I. Madero, el general Emiliano Zapata se encontraba rumbo a la hacienda de San Juan Chinameca, atendiendo a la boda del comandante Federico Morales, que había invitado al caudillo el 30 de agosto de 1911.

Zapata acudió con pocos hombres y casi sin armas, en parte porque iba a una celebración y porque sus tropas estaban dispersas debido a los embates de Huerta y Blanquet. Poco antes de llegar a Chinameca, Emiliano encontró un jaripeo y un baile, en donde se detuvo a comer junto con su amigo Antonio Posada.

Apenas estaba empezando la comida cuando seiscientos jinetes de las tropas de Federico Morales llegaron al lugar. Zapata les hizo frente, pero al verse superado en número terminó huyendo. El Caudillo del Sur llegó a Ixcamilpa sin gente y herido. La traición se había consumado y ahora el Ejército Libertador del Sur tendría que pelear solo. Ocho años después, Zapata sería asesinado en esa misma hacienda. 

“Si la Revolución no hubiera sido a medias”, denunció Emiliano Zapata, “no nos veríamos envueltos en este conflicto”.

Notas relacionadas

Historias de la tierra que hoy llamamos Brasil

Historias de la tierra que hoy llamamos Brasil

Uno de los países con mayor concentración de la propiedad privada de la tierra en pocas manos es Brasil. Se trata de una realidad que afecta diariamente a millones de personas que ven restringido el acceso a la tierra para construir una vida mejor. A través de una revisión histórica de los orígenes de esta terrible desigualdad y de las luchas de resistencia nos encaminamos a la demanda de una verdadera reforma agraria que incluya prácticas agroecológicas y una comprensión integral del territorio.

Defender el territorio para nuestro futuro

Defender el territorio para nuestro futuro

En entrevista, Carlos González, asesor jurídico de muchas luchas en defensa del territorio en México, apunta algunas importantes reflexiones sobre la relevancia del territorio y su defensa en el escenario de guerra actual, y sobre el comportamiento de los gobiernos, el crimen organizado y Estados Unidos. También emite una crítica contundente a la continuidad del capitalismo neoliberal en América Latina.

Lucha por la tierra en Venezuela: latifundio o comuna

Lucha por la tierra en Venezuela: latifundio o comuna

La lucha por la tierra en Venezuela resume siglos de violencia, despojo y desigualdad. Desde el latifundio construido sobre el exterminio indígena hasta la Ley de Tierras de 2001, y su reforma en 2010, el campo ha sido escenario de conflicto. Hoy, experiencias como la Comuna Pancha Vásquez muestran una transformación aún abierta entre propiedad, poder y autogobierno.

Los nuevos latifundistas en México

Los nuevos latifundistas en México

La Revolución mexicana prometió repartir la tierra entre quienes la trabajaban. La reforma de los años noventa traicionó ese pacto: abrió la propiedad colectiva del campo a la privatización y con ella las puertas al acaparamiento. Tres décadas después, los cambios de destino convierten el uso común en parcelas, las rentas vacían las asambleas ejidales y las corporaciones mineras y agroindustriales imponen su ley sobre el territorio. Este es el mapa del nuevo latifundismo en México.