Colombia entra en la recta final de las presidenciales con tres bloques trenzados en una guerra de relatos. La derecha se canibaliza, la izquierda se atrinchera en su base y el centro espera su momento. Más que votos, lo que está en juego es el país que cada cual promete y el que amanecerá después de las urnas.
Fotografías: Diana Salazar
La Vega, Colombia.- A pocos días de las elecciones presidenciales en Colombia, el panorama electoral parece dividirse en tres actores. Por un lado, una derecha representada por las candidaturas del abogado Abelardo de la Espriella y la senadora Paloma Valencia. Por otro lado, el senador Iván Cepeda, abanderado del proyecto político del presidente Gustavo Petro y el Pacto Histórico. En tercer lugar, candidatos y candidatas del centro político como Claudia López y Sergio Fajardo.
¡Qué nudo!
Los primeros, de un tiempo hacia acá, han tendido a fragmentar y disputarse, de manera directa, el voto de su sector. Esto podría interpretarse, entre otras cosas, como un efecto de la recepción que tuvo la designación de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia después de la Gran Consulta.
Tal vez la designación de una fórmula vicepresidencial abiertamente gay y con una agenda, en ciertos temas, progresista, no caló muy bien en sus electores. Y eso a pesar de que, semanas antes de las consultas, Oviedo había logrado un impulso importante y un lugar en la discusión política. Su carisma, su posición de centro, su agenda de género y una estrategia de comunicaciones enfocada en el electorado bogotano −siempre clave en las definiciones electorales del país− le habían dado un aire de figura en ascenso.
Pero, una parte del electorado de la senadora Valencia ha optado por respaldar una candidatura mucho más abiertamente de derecha radical, la de quien algunos comparan con el presidente de El Salvador, una especie de «Nayib Bukele colombiano», el candidato Abelardo de la Espriella, quien se autodenomina el Tigre.
Por su parte, Iván Cepeda, en contravía de lo que analistas electorales preveían, designó a la mayora Aida Quilcué, senadora indígena del pueblo Nasa del departamento del Cauca, como su fórmula vicepresidencial.
Esta designación, en un principio, suscitó fuertes debates, especialmente dentro de su mismo electorado, bajo la idea de que la elección de una candidatura vicepresidencial de su misma base política «no sumaba». Sin embargo, con el paso de los meses, se ha evidenciado una estrategia que no responde a los cálculos políticos iniciales, los cuales apuntaban a designaciones que, como la de Valencia, buscaban recoger votos de centro para potenciar aspiraciones en términos numéricos. Lo que ha hecho el candidato Cepeda ha sido profundizar en su propio electorado, amarrando su discurso al proyecto político y a los resultados del presidente Gustavo Petro.

Sumado a esto, la estrategia de campaña de Iván Cepeda, centrada más en intervenciones en plazas públicas que en debates con otras candidaturas, ha suscitado críticas. A simple vista, podría considerarse una contradicción en términos de exposición mediática tradicional. Sin embargo, al parecer le está funcionando, pues hoy es el candidato que encabeza las encuestas y el único que, en prácticamente todos los escenarios, tendría asegurado un lugar en una eventual segunda vuelta.
En un tercer escenario aparecen esas candidaturas que, si bien hoy muestran números bajos en las encuestas, como las de Sergio Fajardo y Claudia López, no dejan de tener una importancia determinante.
Todas las campañas están enviando a sus electores un mensaje de triunfo en primera vuelta; sin embargo, lo que muestran las encuestas apunta, más bien, a un escenario de segunda vuelta. Es justamente allí donde estas candidaturas de centro tendrían un papel muy relevante en la definición del próximo presidente. Por eso genera curiosidad cómo podrían jugar políticamente en ese escenario: si deciden apoyar a uno u otro candidato o si, por el contrario, dejan a sus electores en libertad de elegir.
Estas candidaturas de centro, en asuntos fundamentales −como la defensa y garantía de derechos para las minorías o los temas medioambientales− han mantenido posturas contrarias a las propuestas de los sectores de derecha, y también han marcado una distancia evidente con el presidente Gustavo Petro y la izquierda, por lo que no es posible prever un apoyo o adhesión automática en esa hipotética segunda vuelta.
La narrativa
Hay que reconocer que las elecciones terminan siendo, sobre todo, una disputa narrativa: una lucha de relatos, de formas de pensar y de entender el mundo. Lo cierto es que, más allá de los cálculos fríos que suelen marcar estas épocas electorales −donde se cuentan adhesiones, se sacan cuentas y la política se presenta como una operación matemática−, lo que está en juego es más profundo. Bajo esa lógica, la política colombiana y latinoamericana suele dramatizarse.

En medio del show de prime time que los medios de comunicación presentan como discusión de país, es importante recordar que lo que realmente se disputa es un proyecto de nación. En esa diatriba, por un lado, se posiciona una derecha que se alinea con corrientes que han ganado terreno en América Latina, como se ha visto en los casos de El Salvador, Argentina o Chile. Por otro lado, una izquierda progresista que ha puesto sobre la mesa discusiones relacionadas con la garantía de los derechos humanos, el cumplimiento del acuerdo de paz, el reconocimiento de la crisis medioambiental, las salidas negociadas a los conflictos y una agenda social.
¿Qué hay del desenlace?
Más allá de describir qué están haciendo o dejando de hacer las candidaturas, es importante preguntarse cuál es el relato que formulan. ¿Cuál es esa historia que cada candidatura quiere que la ciudadanía crea? ¿Cuál es el país que proponen? Porque, al final, esa narrativa que hoy construyen en campaña es también la historia que buscarían escribir durante su mandato. Ahí es donde la discusión deja de ser únicamente electoral o mediática para convertirse en una discusión sobre el rumbo del país. Amanecerá y votaremos.





