En el Pacífico colombiano caucano, la comunidad indígena del Resguardo Calle Santa Rosa, declaró la Reserva Protectora Regional K’õk’õî Euja , una zona de conservación que protege la riqueza natural y cultural de este ecosistema tan importante del Chocó biogeográfico. Como parte de esta iniciativa, las mujeres de la comunidad han encontrado en el rescate y cultivo de sus prácticas artesanales una forma de fortalecer no solo su economía, sino también el tejido social, la identidad cultural y la defensa ambiental de su territorio frente a la minería que lo amenaza.
Fotografías: Héctor Fernando Cortez, David Chirimía y Harold Puama del Equipo de comunicación del Resguardo Calle Santa Rosa
Cauca, Colombia.- Sobre el río Saija avanzamos rompiendo el agua, bamboleándonos con las olas que dejan las lanchas al pasar. En la orilla, la selva espesa se nos presenta como una franja verde sobre las que se levantan casas de tabla construidas sobre palafitos, y al borde, sobre un barranco, tres niños, con sus barrigas templadas, menean sus brazos mientras sonríen esperándonos.
El Resguardo Calle Santa Rosa en Timbiquí −entre otras cosas, hábitat de la rana dardo dorado, el vertebrado más tóxico de la Tierra− es un territorio indígena del pueblo Eperara Siapidaara, que queda a poco más de una hora del casco urbano del municipio. Hace parte de una de las ecorregiones más importantes del mundo, el Chocó Biogeográfico, región que se extiende desde el norte en el Golfo de Urabá y la frontera con Panamá, hasta el sur de Colombia con la frontera ecuatoriana. Por el lado oriental, limita con la cordillera occidental y, por el occidente, tiene como punto de contacto directo el océano Pacífico. Dadas estas condiciones geográficas y ecosistémicas, es considerada parte de los hotspots de biodiversidad (lugares insustituibles para la vida en el planeta).



En el año 2020, las comunidades organizadas decidieron declarar la Reserva Forestal Protectora Regional K’õk’õî Euja, con una extensión cercana a las 12 000 hectáreas, como una estrategia y figura de conservación y protección de la biodiversidad y su cultura, integrando iniciativas de control y monitoreo de fauna y flora, de formación y asociatividad, entre otras. En ese sentido, de manera complementaria, en el 2023 las mujeres Sia se organizaron alrededor de la Asociación Tau P’irra – Mujeres artesanas Sia, que en español traduce “Ojo grande que lo ve todo”. Cuenta con el respaldo de la Fundación Herencia Natural, organización dedicada a acompañar el proceso de fortalecimiento y funcionamiento de esta iniciativa, y de las demás dinámicas de gobernanza y autonomía que se gestan al interior de la comunidad. Su apoyo no se limita en términos económicos, sino que abarca las capacidades humanas, sociales y logísticas necesarias para llevar a cabo este proceso de manera integral.


Fotografía: Héctor Fernando Cortez

De la asociación hacen parte más de cuarenta mujeres artesanas de las comunidades que conforman el Resguardo: La Sierpe, Unión Málaga, Las Peñas y Calle Santa Rosa. Tienen como eje central de trabajo el rescate de la práctica artesanal del tejido con fibras naturales como estrategia no solo de empoderamiento económico, sino también de acción de protección medioambiental: navegan la selva, tejen su memoria y son, en medio del conflicto, hacedoras de paz, guardianas de la vida y la memoria.


El río
Sobre estas aguas, por las que navegan sus cuidadoras, también pasan quienes las destruyen. Lo supe en el momento en que, mientras navegábamos, intenté tocar con mis manos el agua que bajaba pintada de un verde esmeralda precioso, brillante, que se hacía más intenso con el golpe del sol en el río. Arriba la minería y, a su alrededor, el narcotráfico se erigen como amenazas que tiñen y destruyen la belleza de estos territorios.
No toque, no toque, me advirtieron. Yo, sin preguntar nada, me incorporé nuevamente. Días atrás, con el mismo tono amable de quien protege, me dijeron: A partir de aquí no tome fotos. Supe que nos veían, que alguien a quien yo no podría identificar estaba por ahí, en medio de la hojarasca, vigilante de todo y de todos.


Aquí no se puede bajar, me dijeron también en otro momento, no lo conocen. Me quedé en la lancha, esperando que el motorista saliera nuevamente. Me entretuve escuchando una conversación que tenían dos hombres, cada uno desde su lancha amarrada al muelle. Uno de ellos decía que días atrás había visto un espanto: Pa’ mí que era el diablo, dijo. Contó que lo vio a lo lejos, acercándose en la noche, mientras cepillaba madera. Que él lo retó a ver quién era más berraco con el machete cortando monte, pero que el espanto no se animó. Fue una de esas conversaciones cómplices, en las que ambos se saben embusteros, y que, por lo general, terminan con un “yo a vos no te creo es pero nada” fraternal, y un “hasta luego” perdido en la risa. Sin embargo, pienso ahora, en el fondo todos sabemos que el diablo anda por aquí, anda en todos lados.


Mujeres Sía: palabra y tejido
Tejen en sus casas de manera autónoma y, a veces, como hoy, reunidas a la sombra de un techo de hoja de caña y paja. Trenzan las fibras de tetera, chocolatillo, yaré o pitigua, con agilidad hipnótica. Conversan en su lengua entre ellas, y se carcajean de cosas que yo no entiendo. Tal vez hablan y se burlan de los chorros de sudor insoportables que me sofocan sobre el rostro al medio día y que me obligan a andar por ahí, como muchas de ellas, con el torso al descubierto. Quizás hablan de la lancha y el motor que estrenarán en los próximos días o de cómo les fue en la última feria a la que mandaron sus tejidos. Tampoco entiendo lo que dicen en la asamblea de asociadas durante casi media hora, con aspavientos, meneando sus brazos, con gestos que parecen más de discusión que otra cosa; algunas acostadas bocabajo sobre el suelo fresco de tabla, otras sosteniendo a sus hijos en brazos. Al finalizar, al preguntarles qué concluyeron durante todo ese tiempo en el que no logramos descifrar nada, sentencien la reunión con un no, nada, sigamos. Y rían nuevamente.



Tejer el color
Las acompañé a recoger mapuchi (o mapuche), una planta de hojas pequeñas, de un verde oscuro intenso, que, al macerarse y cocinarse, escurre una tinta rojo sangre con la que tinturan las fibras para sus tejidos. Usan también plantas como la sangregallina, la cúrcuma, el quinde y el mangle. Pude ir con ellas también a los sitios donde cultivan el chocolatillo y la tetera. Juntas, con sus machetes, limpian la tierra, tumban el monte, siembran la semilla, cosechan la memoria para tejer el color de nuevos días.

Doña Albina se pierde en el monte con su canasto a la espalda sostenido en su frente. Mientras camina pienso en el verde del mapuchi y el rojo de su tinta; en el dorado de la rana y el naranja de la tarde; en el marrón del barro que deja la puja bajo las casas; en el cielo azul por donde se filtra el sol que tuesta las manos cobrizas de quienes pintan con la selva y tejen para ella. Tanta color y textura… tanta gente buena surcando la selva, tanta vida negándose a morir en el verde esmeralda que navega el río.







