Se formó la rebambaramba con la Sonora Ponceña

por | Jun 14, 2026

La ciudad estaba sumida en la efervescencia de la noche. El trayecto hacia el lugar en donde horas después tocaría una de las orquestas de salsa más emblemáticas del Caribe se hacía larguísimo. Desde que a finales de marzo se anunció que la Sonora Ponceña tocaría al sur de la Ciudad de México, los boletos comenzaron a escasear y la espera se parecía mucho al espeso aire caliente que flotaba en la víspera del bailongo.

Fotografías: Heriberto Paredes y Alicia Mendoza

Ciudad de México.- Arremolinados en autos particulares, taxis o a pie, las parejas engalanadas se iban acercando al salón de baile y poco a poco sonaba cada vez más cerca aquel murmullo de la gente emocionada. Un murmullo que entre pieza y pieza se mantendría para recordar que el lugar estaba completamente lleno.

Como ocurre en otros salones, la pista estaba rodeada de mesas en las que las personas afortunadas encuentran o reservan un lugar, piden los primeros tragos o cervezas y comienzan a instalarse para divertirse toda la noche. Debajo de las mesas hay bolsas que guardan zapatos de tacón bajo o tenis para que, luego de horas de bailar en tacón, las mujeres puedan descansar y seguir el baile.

Los meseros se apresuran a reconocer quiénes serán sus clientes, mientras que la gente sentada en las mesas toma las primeras cubas o simplemente bota sus abrigos y comienza a bailar.

La fiesta salsera empezó previamente a la presentación. Antes del plato fuerte hubo algunos entremeses de muy buena calidad sonora: el veracruzano Grupo La Libertad confirmó por qué sigue siendo una referencia para el público salsero de la ciudad y de México; la Criminal Orquesta puso a vibrar la pista con una potente versión de S.E.R.A. y el sensacional Herman Olivera regaló uno de los momentos más celebrados de la noche con una extraordinaria interpretación de La Lengua.

Sudor, salsa y baile, tres pilares de la noche en que la Sonora Ponceña volvió a México. Fotografía: Heriberto Paredes

La lista de piezas musicales fue un entramado de puro filete, nada de rellenos por complacencia o de salsas multi escuchadas en cada fiesta o bar de Latinoamérica. Sonaron Ray Barretto, La Conspiración, Markolino, Ángel Canales, Larry Harlow, Ismael Rivera, Eddie Palmieri, Ismael Quintana; pura salsa brava que no se escucha ya en los salones gentrificados de la capital mexicana.

Contundentes giros y contoneos, movimiento de caderas acelerado, coreografías, sudores, parejas que duran lo que una salsa (aquí habría que hacer un paréntesis obligado para agradecer que no se cortaran las canciones y se optara por dejar los solos instrumentales y las versiones largas, no como en esos rancios lugares de moda a los que se suele ir mucho en estos días).

Y ya que está abierto el paréntesis, pienso, mientras soy testigo del frenesí que atrapa al respetable, que es importante defender los lugares en donde se puede ir a bailar sin que le corten a uno el placer. Es un derecho disfrutar las salsas en toda su extensión, incluso más largas, pero no más cortas (sin albur).

El ron en cubas servidas en vasos grandes, las luces de colores y la pista vibrando en cada movimiento, fueron creando el ambiente ideal para que –ya entrada la madrugada– estuviéramos calientitos, listos y listas para seguir sudando, cerrar los ojos y dejarnos llevar en el beso eterno de la Sonora Ponceña.

A veces ocurre, que al cambiarse los zapatos, dejen los elegantes esperando en la pista de baile mientras se termina de girar al compás de la salsa. Fotografía: Alicia Mendoza


72 años de historia


Creada en 1954 por Enrique Lucca, originario de Ponce, Puerto Rico, esta orquesta es el resultado de varios intentos que tuvo su creador por consolidar un grupo dedicado a ritmos caribeños puertorriqueños, como la plena y la bomba. No fue fácil, pero la constancia y la entrada de Papo Lucca, su hijo, fueron los ingredientes que terminaron por convertir a la Ponceña (inspirándose en la Sonora Matancera) en una de las orquestas más importantes de la escena musical latinoamericana.

El primer disco grabado en que participó la Sonora Ponceña se llamó Al compás de las Sonoras y fue una producción en conjunto con la Sonora Habanera (aunque en alguna entrevista Quique Luca afirmó que no era otra sino la propia Sonora Matancera). Un sonido propio comenzó a gestarse en estos primeros pasos; sin embargo, fue hasta 1968 que se editó lo que conocemos como el primer LP de la Ponceña: Hacheros p’a un palo.

Este disco y un primer viaje a Nueva York se convirtieron en los detonantes de su evolución musical hacia su estilo peculiar, algo que definitivamente se convirtió en la explosión que dirigió el piano de Papo Lucca y las voces de sus distintos vocalistas en más de siete décadas de salsa brava.

La Sonora Ponceña se trata de un grupo de orquesta que ha trascendido generaciones sin perder vigencia. Su legado no se mide únicamente por su grandísima cantidad de grabaciones o por la influencia que tuvo sobre otros músicos, sino también por su capacidad de seguir emocionando al público tantas décadas después.

Con su estética –forjada por el diseñador Ron Levine– tan especial para la portada de sus discos, la Ponceña fue forjando un mundo entero, en donde el futurismo, los caballeros con armaduras y la fantasía mostraban las innovaciones salseras. Esta orquesta y sus álbumes bien podrían ser la banda sonora de los universos creados por Úrsula K. Le Guin.

Su lugar y la rebambaramba ya están asegurados en la historia salsera y, con ello, el fuego de su música en cada pista de baile en donde toquen.

Herman Olivera regaló momentos extraordinarios de salsa brava con sus excelentes interpretaciones. Fotografía: Heriberto Paredes


El fogón sigue prendido


Se prendió el fogón mucho antes de que sonara la primera nota de la Sonora Ponceña.

Tal vez comenzó hace un par de décadas, frente a un televisor encendido, viendo aquellas transmisiones de música tropical desde el Gran Forum, un salón de baile al sur de la Ciudad de México. Mucho antes de tener un gusto particular por la salsa y por el baile, ya reconocía esa pista llena, las cámaras grabando a los bailadores y las grandes orquestas tocando en vivo. Antes de conocer el lugar, ya conocía su imagen.

Con los años llegaron los conciertos y las pistas de baile a mi vida. Entonces el Gran Forum dejó de ser una referencia televisiva para convertirse en un lugar real, un espacio que forma parte de la geografía sentimental de quienes encuentran en la música tropical un estilo de vida.

El Gran Forum no pertenece necesariamente a la generación de los salones de baile más emblemáticos de la ciudad, los de la época de oro, aquellos cuyos nombres forman parte de la memoria cultural de varias generaciones, como el California Dancing Club, el Salón Los Ángeles o el desaparecido Salón Colonia. Sin embargo, durante las últimas décadas se convirtió en un espacio relevante para la música tropical y la salsa en la CDMX. Por su escenario han pasado algunos de los grupos más importantes de la música tropical y se consolidó como uno de los puntos de encuentro más importantes para la comunidad salsera capitalina.

En la noche del 30 de mayo del 2026, el concierto de la Sonora Ponceña fue una prueba de esa importancia.

Momentos de franco hipnotismo se vivieron en esta velada salsera. Fotografía: Heriberto Paredes

Mientras esperaba que apareciera la Sonora Ponceña me descubrí haciendo una de las cosas que más disfruto de los salones de baile: observar la pista. Ahí conviven distintas formas de entender el cuerpo, la música y el baile, están los bailarines formados en academias, capaces de ejecutar secuencias complejas con una precisión admirable, están también quienes bailan sin ninguna pretensión, dejándose llevar únicamente por el ritmo y el placer de compartir una canción con otra persona.

La diversidad de la pista no se expresa solamente en las formas de bailar, también aparece en las edades y en las historias que coexisten en un mismo espacio. Hay personas jóvenes que quizá tienen solo algunos años escuchando salsa y personas que probablemente escuchan a la Sonora Ponceña desde hace varias décadas, quienes están construyendo sus primeros recuerdos en los salones de baile y quienes regresan una y otra vez a un lugar que forma parte de su vida.

La pista guarda muchas más posibilidades, hay quienes no necesitan una pareja y encuentran en el movimiento individual una forma de dialogar con la música, quienes apenas se desplazan unos pasos, concentrados en sentir cada instrumento, quienes cierran los ojos durante una descarga y parecen escuchar con todo el cuerpo, quienes convierten el baile en una demostración de destreza y quienes lo entienden como una conversación, personas capaces de adaptarse a cualquier estilo de baile y cualquier nivel, encontrando placer precisamente en esa diferencia.

Creo que quizá ahí reside una de las mayores virtudes de la salsa brava, no exige una sola forma de participación, la misma canción puede vivirse de muchas formas. En la gran noche de la Sonora Ponceña todas esas maneras de habitar la salsa convivieron sin competir entre sí.

Cuando finalmente apareció la Ponceña, el recibimiento fue digno de una leyenda.

La leyenda de la Sonora Ponceña continúa fresca en el alma salsera de la gente. Fotografía: Alicia Mendoza

Abrieron con Y te vas de mí, y a partir de ahí empezaron a sonar los compases de Yaré, Boranda, Canción y Yambeque, recibidas con gran emoción por un público que conocía cada coro y cada arreglo del querido Papo Lucca. Durante el concierto podía sentirse que algo iba mucho más allá del gozo musical, lo que estaba pasando era una celebración colectiva de la permanencia.

Para cuando sonó Fuego en el 23, la pista estaba completamente encendida. Los coros eran acompañados por cientos de personas, los pies y los hombros no podían dejar de moverse, Durante esos minutos parecía encontrarse todo aquello que hace especial un salón de baile como el Gran Forum: la música, el baile, la comunidad y los recuerdos.

Cuando iba saliendo del salón recordé aquella imagen que conocí primero a través de la televisión, pensé que lo que se preserva en lugares como el Gran Forum no es únicamente el género musical, sino que es una forma de estar juntos para quienes disfrutamos de este movimiento cultural.

En una ciudad tan grande y fragmentada, estos lugares siguen permitiendo encuentros improbables, personas de distintas generaciones, oficios e historias que quizá nunca cruzarían palabra en otros contextos, pero que encuentran en la salsa un lenguaje común. Quizá por eso resiste la salsa brava.

Una pregunta que me acompañó durante esta reflexión, ¿por qué un salón de baile se sigue llenando en el 2026 para escuchar una orquesta de más de siete décadas de edad?

La resistencia de la salsa brava en la Ciudad de México se sigue construyendo.

Detalle de toda buena fiesta: en las afueras del Gran Forum podían encontrarse algunas joyas musicales gracias al buen gusto del buen José Efraín del barrio de Peñón de los Baños. Fotografía: Alicia Mendoza

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