En el desierto, la esperanza florece

por | Feb 22, 2026

A dos décadas de la tragedia en la mina 8 de Pasta de Conchos, propiedad del Grupo México, en San Juan de Sabinas, Coahuila, donde sesenta y cinco mineros murieron a causa de una explosión por acumulación de gas metano, sus familias y acompañantes hacen un repaso de la lucha que marcó a un país. Ellas demostraron que siempre tuvieron razón, que el rescate era posible, y lograron arrancar de las entrañas de la tierra y de la indolencia empresarial y gubernamental a sus familiares. Al día de hoy, mientras el rescate avanza, siguen exigiendo justicia y no repetición, hasta que el último de ellos regrese a casa.

Fotografías: Erika Lozano, Organización Familia Pasta de Conchos y Centro Prodh

Video: Erika Lozano e Isabel Campaña

Ciudad de México.- Mario Alberto se fue a trabajar a la mina como cualquier otro día. Su madre, Yolanda Ramos, lo esperaba en casa con barbacoa; el esposo prendió la tele y escuchó que en la mina de Pasta de Conchos ocurrieron derrumbes por una explosión que subió la temperatura a 800 grados. Era la hora de la llegada de Mario y se le hizo rara su tardanza. Doña Yola se fue a misa y el sacerdote empezó a pedir por los mineros que murieron en la explosión. Ella le gritó que eso no podía ser cierto porque su hijo estaba ahí. Entonces, Yola entendió lo que había pasado.

Martha Iglesias y su mamá se despertaron a causa de un estruendo, eran aproximadamente las 2:30 de la mañana. Tronaron los ventanales de su casa. Pasó el tiempo y se les hizo raro que el señor Guillermo no llegara. Fue cuando recibieron la llamada de una vecina, quien les contó de la explosión. Rápidamente se fueron a la mina.

Cuando Trinidad Cantú se enteró de la tragedia, estaba lejos de casa. Ella recordaba que en 1969 murió un primo suyo en una explosión en una mina y lo entregaron ya muerto. Se encomendó a Dios y se fue a Pasta de Conchos a ver qué había pasado con su hijo Raúl.

Hacía mucho frío, era un domingo 19 de febrero de 2006. Las familias se posaban frente a las rejas de la mina 8 pidiendo información de sus seres queridos. Ahí se encontraron y comenzaron a organizarse. Desde hace veinte años caminan juntas.

Sesenta y cinco mineros quedaron atrapados en una explosión en la mina 8 en Pasta de Conchos, propiedad de Grupo México, el 19 de febrero de 2006. Fotografía: Organización Familia Pasta de Conchos


El mandato de una región


“Yo viví lo que ya se vivía muchos años antes en la región, la muerte de los mineros”, recuerda Elvira Martínez, quien perdió a su esposo Vladimir en la mina 8. Y es que desde 1900, en los inicios de la minería de carbón en la región, al menos 3000 mineros han muerto en explosiones y siniestros.

La región carbonífera está localizada al noreste de México, en el estado de Coahuila. Se compone de cinco municipios: Múzquiz, San Juan de Sabinas, Sabinas, Juárez y Progreso.

Cristina Auerbach, directora de la Organización Familia Pasta de Conchos, describe la región como una zona de sacrificio, un territorio donde un elemento se vuelve preponderante y a partir del cual se organiza la vida: el carbón. Los pueblos se configuran en función de las minas, los trabajadores en función de la empresa que los emplea y las empresas se articulan en ese mismo sentido, explica. Aunque ya no existen grandes minas como antes y ahora predominan pozos y cuevas, que representan mayores peligros, persisten los mismos dueños de siempre. Señala también que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) otorgó nuevamente contratos a empresarios que ya han tenido trabajadores muertos en sus minas.

“Cuando empecé a leer cuentos del realismo mágico mexicano, siempre me imaginaba que los paisajes eran de la región carbonífera. El llano en llamas, Elena Garro, Martín Luis Guzmán. Yo me imaginaba que esos paisajes eran con los que había crecido. Sin embargo, también estaban lastimados por la extracción de la minería”, cuenta Omar Ballesteros, integrante de la Organización Familia Pasta de Conchos. Explica que en esta región se pueden ver paisajes hermosos, atravesados por tajos y boquetes que evidencian la violencia ejercida contra la tierra. Cuenta que, cuando era más joven, las únicas opciones laborales para las mujeres era trabajar en la maquila y para los hombres, en la mina. Omar considera que era lo mismo, nada más que de una salías vivo, y de la otra era muy probable, si bien te iba, que salieras mutilado.

Omar Ballesteros es voluntario en la Organización Familia Pasta de Conchos. Fotografía: Erika Lozano.


Siempre tuvieron razón


Desde aquel domingo 19 de febrero de 2006, las familias siempre exigieron el rescate de los sesenta y cinco mineros. Una exigencia que mantienen hasta el día de hoy.

En los meses posteriores a la tragedia, fueron recuperados los cuerpos de Juan Torres Reyna y de José Manuel Peña. Sin embargo, en abril de 2007, la empresa Grupo México, de la cual Germán Larrea es dueño, y el Gobierno federal mexicano, encabezado en aquel entonces por Felipe Calderón, cancelaron el rescate, argumentando que no había condiciones de seguridad para ello.

Durante la primera campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador, en 2012, doña Trini viajó de Nueva Rosita a Torreón para asistir a un acto público. Cuenta que se subió al templete y le pidió al candidato que si llegaba a la presidencia les hiciera el rescate de los sesenta y cinco mineros atrapados en Pasta de Conchos. López Obrador se lo prometió.

Doña Trini pidió el rescate a Andrés Manuel López Obrador en 2012. Fotografía: Organización Familia Pasta de Conchos.

Años después, en 2018, Andrés Manuel llegó a la presidencia y retomó ese compromiso con las familias. En junio de 2024 su Gobierno presentó el Plan de Justicia para Pasta de Conchos en San Juan de Sabinas. La entonces presidenta electa, Claudia Sheinbaum, se comprometió a continuar con las labores de rescate en caso de que no se terminaran en ese sexenio, es decir, en septiembre de ese año.

“Frente a la insistencia de las familias de que no solo era moralmente necesario y una función de reparación para ellas, sino que también era técnicamente viable, tres administraciones federales negaron el rescate. Sin embargo, cuando en 2019 la administración del presidente López Obrador, con valoraciones técnicas de personas expertas de otros países, confirmó que el rescate sí era posible técnicamente, viene la constatación de que las familias de Pasta de Conchos siempre tuvieron la razón, pues finalmente se logran los primeros rescates en 2024”, cuenta Eduardo Guerrero Lomelí, abogado del Centro Prodh, organización que desde el inicio ha acompañado la lucha de las familias.

Cuando se dan las primeras notificaciones de los hallazgos y viene el proceso de recuperación de los restos por parte de las autoridades, a través de diversos peritajes antropológicos y óseos se logra la identificación y la certeza de quiénes fueron las personas restituidas, explica Eduardo.

“Nunca me imaginé que me lo pudieran rescatar. Que me dijeran de la noche a la mañana que lo habían encontrado. Fue una alegría que no sabía si reír o llorar, donde me dieron la noticia de que realmente lo habían encontrado después de tantos años, casi diecinueve años. Yo tenía una esperanza de que realmente los iban a rescatar y, bendito Dios, me lo pudieron entregar”, cuenta doña Yola, quien vio volver a su hijo Mario Alberto a casa.

Más que un funeral, es una bienvenida, considera Cristina, y comparte que los rescates y posteriores restituciones, de los padres, esposos, hijos, hermanos, han traído una sensación de felicidad, porque terminan el turno y vuelven a su pueblo, con su gente.

Desde el 2024, veintiún mineros han sido rescatados, pero la exigencia sigue hasta que todos regresen a casa.

Yolanda Ramos vio volver a su hijo Mario Alberto a casa, después de casi 19 años. Fotografía: Erika Lozano


Un siniestro por negligencia


“Siempre hemos dicho que en Pasta de Conchos no fue un accidente lo que sucedió, fue una tragedia, porque las condiciones estaban puestas para que eso sucediera”, recuerda Elvira. No había condiciones de seguridad en el interior y hubo una suma de negligencias: de Grupo México, en manos de Germán Larrea, al no invertir en los equipos necesarios; de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, encabezada en aquel entonces por Javier Lozano, la cual no hizo las inspecciones adecuadas para garantizar las condiciones laborales; por último, del Sindicato Minero, en representación de Napoléon Gómez Urrutia, quien no hizo nada para proteger la vida de los trabajadores.

“En un día de trabajo en las minas, pues te vas y no sabes si vas a regresar a casa, te despides de tu familia y te vas”, narra Martín Hernández, quien perdió a su hermano Ricardo en la explosión, así como a su concuño y a sus amigos. Martín dejó de trabajar hace apenas un año en las minas y cuenta que las condiciones no han cambiado. “Yo les digo que fue un crimen empresarial, los que estaban ahí sabían poner todos los equipos y no se los dieron. Tanto la empresa, el sindicato y la Secretaría [del Trabajo] fueron los culpables”, cuenta. Para Martín, la tragedia sigue palpable y doliendo, y mientras no dejen de pensar en ellos, siguen presentes.

Transformadores prohibidos por la ley y máquinas de soldar fueron fotografiadas en Pasta de Conchos por las familias en 2006, lo que contradecía la narrativa oficial de la empresa que se vendía como una mina de alta tecnología. Esta empezó a operar en 1985 con maquinaria de otra mina que también les había explotado, cuenta Cristina. Muchas personas la confunden con abogada, pero es teóloga, y desde el 2006 llegó a la carbonífera y se quedó para luchar junto a las familias.

Junto a la casa de Matías Zamora, en Cloete, Coahuila, hay un tajo que dejó una mina. Muchos de sus vecinos fueron despojados, pero su familia resistió. Él vivió la violencia empresarial en carne propia. Todo comenzó en el 2015 con amenazas de personas que le pedían vender su terreno a cambio de dejarlo vivir, cuenta. Fue secuestrado y golpeado. En esa época conoció a Cristina y a la Organización Familia Pasta de Conchos, quienes le ayudaron a resistir al despojo. Matías es minero y agricultor, además de dedicarse al carbón, cuida de su huerto, sus chivos y guajolotes.

Matías Zamora vivió la violencia empresarial en carne propia y su familia resistió al despojo. Fotografía: Erika Lozano


La demanda contra el Estado mexicano


Ante el agotamiento de las vías internas y debido a la incapacidad de las instituciones mexicanas para garantizar justicia, evitar la impunidad y avanzar en el rescate, las familias, acompañadas, por el Centro Prodh, el Centro de Reflexión y Acción Laboral (Cereal) y la Organización Familia Pasta de Conchos, acudieron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en 2010, cuatro años después del siniestro, para buscar justicia a nivel internacional, cuenta Eduardo.

“Ha sido un poco difícil, ya después de que pasa todo esto, pues nuestra vida ha cambiado. Porque es un dolor como madre que pierdes un hijo. Nunca se me olvida a mí. Que yo diga ‘ya me resigné’, no, tampoco. No me he resignado a que se quedara ahí. Por eso cuando nos hablan de la demanda internacional, dijimos: pues si esa es una vía para seguir luchando y que se rescataran, pues vamos a seguirle”, narra doña Trini, quien en 2010 viajó a Washington a presentar la demanda ante la CIDH en representación de las familias.

En 2018, la Comisión emitió el informe de admisibilidad, reconociendo indicios de violaciones a derechos humanos atribuibles al Estado mexicano. Actualmente, el caso se encuentra en etapa de fondo, donde se analizan los hechos y pruebas que han presentado, para determinar el alcance de la responsabilidad estatal.

La exigencia de las familias en estos años se ha centrado en el rescate, en la justicia, pero también en las garantías de no repetición. El caso de Pasta de Conchos puede ilustrar las condiciones que se viven en la región y contribuir a evitar que ocurran más siniestros como este, explica Eduardo.

En 2010, Trinidad Cantú viajó a Washington para presentar la demanda ante la CIDH en representación de las familias. Fotografía: Centro Prodh


La apuesta por la vida


En una región cuya vida ha sido organizada en torno al carbón, lo primero es escuchar qué dice la población sobre su territorio y cómo se construye su relación con él, para así imaginar si hay otras formas de habitar este lugar, cuenta Pablo Montaño, de la organización Conexiones Climáticas.

Las familias dijeron “tenemos que dar un paso hacia la vida y que nuestra narrativa ya no sean las muertes en las minas, sino la vida que podemos generar”, narra Cristina. Aun cuando siempre les dijeron que de esas tierras no podría salir nada más que carbón, una señora dijo: “probemos poner un huerto”. Así inició el proyecto: Sembrando Transición, en conjunto con Conexiones Climáticas.

Comenzaron a trabajar entonces con escuelas e iglesias para sembrar huertos que pudieran funcionar como pilotos, para replicarlos después en casas.

Pablo explica que se ha visto la región como una zona de sacrificio y han predominado narrativas que la reducen a un semidesierto. Aunque no niega las particularidades del clima, dice que la existencia de minas inundadas, además del paisaje con grandes árboles y plantas, es evidencia de que hay agua. Considera que cuando no se está viendo el territorio es más fácil que lo destruyan. Pero, piensa que el nuevo camino ha implicado su recuperación.

El primer huerto se sembró en la preparatoria de Barroterán, recuerda Omar. Era un 22 de mayo y hacía un calor intenso. Aun así, acudieron estudiantes, madres y padres de familia, docentes, personal administrativo y vecinos del pueblo. Desde la tarde hasta entrada la noche trabajaron juntos, sembrando. Para él, esa experiencia demostró que sí era posible cultivar en ese territorio, pese a todo lo que se decía. El huerto se convirtió en una metáfora de que otras formas de crear también eran posibles.

Las familias dijeron “tenemos que dar un paso hacia la vida y que nuestra narrativa ya no sean las muertes en las minas”, narra Cristina. Fotografía: Erika Lozano


La lucha y el rescate siguen


Que una lucha como la de Pasta de Conchos, al día de hoy, tenga estos avances y victorias tan significativas es un mensaje para la sociedad mexicana: la justicia, la dignidad y la verdad, en nuestro país, suelen ser carreras de largo aliento. Son caminos muy largos, en los que hay que enfrentar muchos obstáculos, terrenos espinosos, falta de voluntad política. Pero al final del día, vale la pena y rinde frutos, considera Eduardo.

“En el momento histórico que vive el mundo y nuestro país, el ejemplo de dignidad que tiene el rescate que lograron las familias de Pasta de Conchos es un aliento. Saber que esa dignidad florece a pesar de hacerlo en un desierto tan árido”. Un mensaje para una sociedad tan resignada a la impunidad, a la corrupción y a los intereses económicos y políticos que mueven mucho en este país, explica.

Para Pablo, el rescate y retorno de los mineros, gracias a las familias de Pasta de Conchos, es la prueba de que estas luchas se ganan. “Sí pudimos cerrar este capítulo doloroso y eso es esperanza”, dice.

“A veinte años, le apostaron mucho al tiempo y todo se ha hecho difícil», dice Elvira. Para ella, una forma de justicia sería, además de que le regresen los restos de su esposo Vladimir y de todos los que faltan, que se diga exactamente qué sucedió al interior de la mina aquel 19 de febrero.

Cuando preguntan qué ha cambiado desde la tragedia en Pasta de Conchos, solemos pensar en las minas, en las condiciones laborales o en el rescate, y por eso muchas veces respondemos que nada ha cambiado. Pero lo que sí cambió fue la gente, considera Cristina. Cuenta que en este caminar se han tenido que mover del lugar en el que estaban a ser una organización de familiares, de defensa del territorio, a acompañar a otros mineros afectados y, desde hace tres años, al proyecto de transición energética y los huertos en escuelas.

Para Cristina siempre se trata de algo más que pueden hacer y eso les permite la posibilidad de construir esperanza y de seguir caminando.

*Agradecemos a la Organización Familia Pasta de Conchos, al Centro Prodh y a la Fundación Heinrich Böll su apoyo para la realización de este reportaje.

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