Soy hijo de un llanero y una llanera. Crecí entre Guarenas y Caracas donde desde niño buscaba en las calles esa música que tanto escuchaba en casa, incluso desde antes de nacer. Hoy, cuarenta años después, llego a la casa del maestro Lobo, de la mano de Alejandro “Salvaje”, a intentar saber qué pasó con el joropo llanero en Caracas.
Fotografía: Miguelangel Machado García
Caracas, Venezuela.- Las grandes metrópolis de los países suelen tener una muestra de cada identidad cultural que en ellas reside. Caracas no escapa a esta norma que es consecuencia de las migraciones internas y externas. El joropo es una de esas tantas manifestaciones que, al igual que miles de personas, migró a la ciudad en busca de un futuro mejor. Al parecer, hoy en día ese futuro vuelto presente no es tan brillante como soñó, quizás, paradójicamente, igual que la realidad de muchas de esos miles.
Qué pasó con el rock y qué pasó con el joropo en esta ciudad son preguntas que me guardo desde hace mucho. Así que salí de la mano de mi curiosidad y mi deseo de tratar de responderme la segunda cuestión. Creo que ver mi ciudad atacada vilmente por el fuego imperialista yanqui me ha hecho cubrir de urgencia esta y otras búsquedas en las cuales refugiarme y sanar.
Es mediodía en Caracas, el sol quema y me encuentro en la parroquia Sarría. Llego puntual a la esquina en la que Alejandro “Salvaje” López, el segundo muchacho de ese nombre que conozco en mi vida, me citó. Se retrasa un poco y yo atípicamente siento ganas de una cerveza, la pido y bebo con un bienestar particular.

Alejandro es un pana que conozco hace poco. Tenemos historias similares, ambos nacimos y crecimos joropeando en las afueras de Caracas, específicamente en Guarenas. Ale llega a los pocos minutos, le ofrezco una cerveza a la cual se niega. Caminamos un par de cuadras y se distingue un letrero con forma de arpa que dice Casa Cultural.
Allí nos espera el maestro Humberto Lobo, un arpista y luthier de ochenta y cuatro años nacido en Timotes y criado en Tabay, estado Mérida. Desde 1961 habita en Caracas y es un referente gigante para el mundo del joropo de esta ciudad y sus alrededores. Nos recibe con afecto. Su taller es un templo del que me habían hablado mucho. Nos sentamos, le pido permiso para sacar el grabador y me dedico a hurgarle la memoria y escucharle.
Estoy sentado muy cerca del Maestro, Ale está en el sofá de enfrente, surge entonces la primera y obligatoria curiosidad ¿Cómo llegó usted aquí, Maestro? Cuenta que de niño, al presenciar y ayudar a su padre que se dedicaba a fabricar cuatros y reparar instrumentos, se enamoró de la música. Años más tarde, en su adolescencia, de casualidad visitando la universidad de Mérida, vio a unos llaneros con un arpa, un instrumento nuevo para él. El flechazo fue inmediato, tanto que decidió construirse una, la cual resultó tan grande que solo podían trasladarla, cuando iban a tocar, en el camión volteo de un amigo. Entre el arpa gigante y el camión volteo, la familia decidió arreglarle un matrimonio. Es cuando decide, a los veinte años, venirse a Caracas para evitar las nupcias.
Aquel Humberto Lobo se instala en Catia, al oeste de la ciudad, e inmediatamente se incorpora en la fabricación de instrumentos, específicamente de arpas, oficio que ya había perfeccionado desde aquella arpa gigante que construyó para aprender a tocar en su querido Tabay.
Durante los años sesenta, setenta y ochenta nos describe una escena joropera de gran efervescencia y vida en la ciudad, específicamente con el joropo llanero. En Venezuela existen diversos estilos de joropo, se puede distinguir hasta veinte tipos, cada uno de ellos con su propia forma de interpretación, baile y celebración. Sin embargo, los tipos de joropo más populares son el joropo llanero, el joropo central, el joropo tuyero, el joropo andino y el joropo oriental.

Uno de los puntos de encuentro para los llaneros, a quienes llamaban por esos tiempos “los sombrerudos”, era en la esquina de Cipreses, en pleno centro de la ciudad. Ahí quedaba la Radiodifusora Venezuela y, debajo, el bar La Crema. En esa estación se transmitía todos los días joropo en vivo y el bar era el punto de encuentro de los músicos. Allí se reunían para esperar y subir a tocar en la radio o ser contratados para algún evento, baile o serenata. Entre La Crema y la Radiodifusora Venezuela se gestaba la vida joropera de la ciudad. El programa de radio se llamaba Brindis a Venezuela y era conducido por Pedro Montes. Grandes figuras del arpa, como el mítico Indio Figueredo, llegaron a tocar en él.
Otro lugar de referencia guardado en la memoria del maestro Lobo es la avenida El Rosal, ubicada en la parroquia Chacaíto. El Maestro narra que esta avenida solía estar colmada de músicos de joropo llanero a la espera de contrataciones al momento.
Durante todo ese tiempo, Lobo se fue consolidando en la escena caraqueña del joropo llanero como un gran arpista y luthier. Hasta Hugo Blanco, uno de los compositores y arpistas más importantes de la música venezolana del siglo XX, llegó hasta su taller. Hasta hoy la casa de Lobo en Sarría es visitada por músicos de lugares tan lejanos como Japón, para conocerle y encargarle un instrumento, no sin antes mostrar sus habilidades joroperas, aun siendo de tierras tan lejanas
¿Y, entonces, Maestro, qué pasó con el joropo?, le pregunto. “Antes había muchas cervecerías, tascas por todos lados que contrataban joropo llanero para el disfrute de su público, había joropo en vivo en todas partes. Eso fue mermando lentamente, la movida fue bajando y bajando, aparecen otras músicas y también entran con más fuerza otros joropos, como el tuyero, que hoy en día goza de más popularidad porque cansa menos al bailar”.
En medio del cuento soltamos algunas risas. El Maestro prosigue y nos explica: “El joropo llanero ya casi no se baila. En los muy pocos sitios que tocan esa música la gente la escucha sentado y es iniciativa más de quien administra el lugar que otra cosa. En cambio en el tuyero hay muchos bailes organizados por quienes bailan, porque quieren bailar y buscan grupos y lugares para hacer el baile”.
Aprovecho que el Maestro se para un momento y converso con Ale, quien es un joropero de esta época, de la ciudad, sin sombrero, con gorra, e hijo de cultores de este género. Él asiste casi todos los sábados a los encuentros que propicia el maestro Lobo para entusiastas y amantes de esta música. Le pido me cuente cómo él vive el joropo llanero ahora en la ciudad, cómo lo encuentra, a dónde acude. Alejandro me narra una escena casi en su totalidad doméstica, puertas adentro, una escena a la que se asiste por curiosidad, porque a falta de lugares en los que tocarse y celebrarse el joropo llanero se ha convertido en un ritual íntimo. Destaca que, en efecto, la escena del joropo tuyero tiene más impacto y lugares en donde se congregan aún cientos de parejas al son de arpa, maraca y buche.

El Maestro vuelve con fotos en las que podemos ver gente de China, Japón y de muchos países más que le han visitado y se han retratado con él. Entre esas fotos también encontramos imágenes de Palmasola, la agrupación de joropo llanero que sostuvo por décadas y con la que ofrendaba música por toda la ciudad.
Miro al Maestro fuerte, a pesar de sus ochenta y cuatro años. Me muestra su taller y sus trofeos, porque también fue campeón de bicicleta y corrió las más importantes competencias de ciclismo de nuestro país. Y me quedo pensando cómo la falta de bailadoras y bailadores puede ser una de las grandes causas del amaine de la movida del joropo llanero en la ciudad. Si no hay interés en bailar ¿quién busca la música? Si no hay más gente con ganas de pogo, ¿la banda de punk carece de sentido y comienza a desaparecer? Siempre vuelven las preguntas iniciales a mi cabeza ¿Qué pasó con el rock y el joropo en esta ciudad?
Me marcho y días más tarde, un sábado, vuelvo a Sarría. Suena joropo llanero a lo lejos, incrementa al acercarme a esta casa-templo de una de nuestras tantas músicas. Ingreso con la cámara ya en la mano, me presento ante las personas allí reunidas. En efecto, nadie está bailando, algunos en los instrumentos, otro se acerca a mí con un whisky cuyo nombre no llegué a leer y, envuelto en valentía, acepté a pesar del almuerzo que nunca llegó y la calurosa tarde.
El maestro Lobo sale del fondo con una sonrisa, propongo una foto, me dan otro whisky. Sintiendo el calor en mis orejas disparo, el Maestro empieza a tocar y yo a grabar. Una felicidad me invade, el momento es discreto, austero, magnífico y real.

Salgo de la casa del Maestro. Mis amigos Helyn y David me esperan afuera, ellos ese día fueron mis cómplices para llegar a tiempo a esa cita. El sol es un beso en mis ojos. No soy de los que creen en los para siempre; todas nuestras tradiciones mutarán, morirán, vivirán lo necesario, como usted y como yo. Esa tarde viví y morí un poco, como todos los días, y algo especial quedó en mí. Gracias a la vida por el joropo y el rock que son la misma vaina y están en el underground de esta ciudad.





