Es colombiana, gringa y mexicana. Escribe canciones sobre migrantes que son casi corridos. Sobrevivió a las redadas de Chicago, al tren carguero y a la burocracia migratoria. Hoy, a menos de trescientos kilómetros de la frontera, la Muna construye una casa donde nadie llega a un albergue.
Fotografías: Alberto Duarte
Sonora, México.- Natalia Serna nació en los Estados Unidos el 28 de junio de 1986. Hija de Álvaro Serna y Jody Geitz. Creció en un barrio de Colombia y aprendió a escribir y a tocar la guitarra. Desde pequeña, su origen estuvo marcado por las fronteras. Primero, la del idioma: el inglés de su madre y el español colombiano de su padre. Esa situación, al observar el cielo nocturno, la llevó a mezclar la palabra “luna” con su contraparte anglosajona, “moon”, y así dio origen a su futuro nombre artístico, con el que se dedicaría a elaborar “retratos musicales”: la Muna.
Conocí a la Muna hace unos doce años, en un concierto gratuito y de beneficencia, poco después de que llegó a Hermosillo, Sonora. Natalia no sabía todavía que convertiría la ciudad en su casa, ni que su casa se convertiría en la ciudad de muchas otras personas. Sobre todo, de las personas migrantes que el Instituto Nacional de Migración dejaba en la calle tras mantenerlas encerradas por 36 horas, o más.
Hace un par de días llegué a María Almendro −como se llama su casa desde que fue abierta para recibir sin costo a personas migrantes, principalmente familias, y desde que es una biblioteca infantil para la gente del barrio, en la colonia Centro. Llegué con un par de piezas de pan para ofrecerle como agradecimiento por la entrevista. Pero tenía algunos años sin verla, así que olvidé que es alérgica al trigo.
Ella tomó el pan y se lo llevó a dos jóvenes que pasaban unos días allí. Luego fue por un “tinto”, como le llama al café, y volvió para contarme cómo llegó al noroeste de México hace más de diez años. Yo quería saber de dónde venía y entender por qué tras muchos años de viaje, cuyas historias había contado a medias durante la última década, decidió convertir una casa abandonada en una esperanza ubicada a menos de trescientos kilómetros de la frontera con los Estados Unidos.
La casa, recuerda orgullosa, encendió sus luces por primera vez cuando Jonathan, uno de los primeros migrantes que llegó, arregló los desperfectos eléctricos. Fue poco antes de la pandemia derivada del Covid-19.
Sus primeros años
Nacida en los Estados Unidos, donde sus padres se conocieron, la Muna se crió realmente en Colombia. “Yo era una niña gringa en Colombia; aunque fuera colombiana, yo era la niña rara”, dice. Desde entonces ya mostraba interés en escribir cuentos y canciones, mientras su padre, como científico, le transmitía a Natalia su pasión.
“Mi papá es un gran apasionado del cielo. Siendo físico, se interesaba en la astronomía. Siempre me mostraba la Luna y yo siempre decía ‘la Muna’, por confundir el inglés con el español. Yo todavía digo la Muna, no pensando en mí, sino como que es lo que se me viene natural. Y me gustó. En algún momento me lo dejé como nombre porque me gustó esa metáfora, la ilusión de uno poder irradiar algo mayor”, contó a Ceiba, periodismo con memoria.
Las primeras canciones de la Muna tenían un sentido introspectivo: “eran más personales, como de una búsqueda espiritual”. Pero luego se fue a vivir a Pilsen (Chicago), un barrio primordialmente latino desde mediados del siglo pasado, para inscribirse a una licenciatura en Sociología. En el año 2006, su visión comenzó a cambiar.
“Era un lugar maravilloso. Casas culturales, gente que tocaba su jarocho, taquerías en todas las esquinas, gente vendiendo mangos, gente jugando fútbol. Era un barrio muy familiar, era un barrio muy especial. Yo tocaba en una banda donde el bajista era chileno y se había ido de Chile por la dictadura; el guitarrista era ecuatoriano; el cantante era guatemalteco; el baterista era mexicano; y yo, colombiana gringa”.
Cuando la Muna se graduó de la universidad, en 2008, ya habían comenzado las primeras grandes redadas contra migrantes en una zona de la ciudad conocida como Southwest Side.
El 24 de abril de 2007 tuvo lugar uno de los operativos más intensos hasta el momento. Organizaciones locales informaron que cerca de sesenta agentes de migración, guiados por la presunta apariencia física de una persona latina, detuvieron a unos ciento cincuenta trabajadores y clientes al interior de un centro comercial llamado Little Village Discount Mall.
El 31 de octubre del mismo año se reportó la detención de dieciséis trabajadores y siete trabajadoras que vivían en Pilsen y prestaban sus servicios a distintas bodegas. Tras seguirles la pista, los agentes realizaron la redada en su lugar de trabajo, en Rock Run Business Park, a más de sesenta kilómetros de su hogar.
“Los mexicanos, entre los latinos en Estados Unidos, son como el grupo más representativo y el que tiene más historia allá. Entonces, la violencia se fue en gran medida en contra de ellos. En el barrio, a la gente se la empezaron a llevar y hubo grandes marchas. Yo estudiaba Sociología, entonces también era un tema de interés académico: los sociólogos estaban estudiando cómo las iglesias se estaban ayudando, movilizando y protegiendo a la gente. El caso es que a mí me empezó a interesar el tema de la historia de México y Estados Unidos, y la frontera”.

El bautizo mexicano
En el año 2009, Natalia Serna viajó a México. Llegó a través de Nogales y se unió como voluntaria a la organización No Más Muertes, que ofrece ayuda humanitaria a las personas que cruzan el desierto tratando de llegar a los Estados Unidos. Apoyaba en un campamento en medio del desierto, donde auxiliaban a personas extraviadas. Al poco tiempo se desplazó hacia Hermosillo, pero con la idea de llegar a Veracruz.
“Yo había visto un documental de un teólogo gringo. Ese documental me impactó mucho y yo hablé con el director, con el sacerdote, y le dije: ‘Me impacta mucho el tema y quiero saber cómo experimenta la gente el tema del tren de carga, o cómo viven esa situación’. Él me conectó con un tipo que es un fotógrafo muy famoso de Los Ángeles, que se llama Don Bartletti, que hizo una serie muy famosa donde él sigue a un niño que está buscando reencontrarse con su mamá en Los Ángeles. Ese niño cruza todo México en tren de carga con la ilusión de ver a su mamá. Don me dijo: ‘Es muy peligroso, pero ve hasta Veracruz y no vayas más al sur. En Veracruz encuentras el tren’”.
La Muna llegó al puerto de Veracruz y pronto averiguó que el tren carguero pasa por Orizaba. “En ese tiempo, Orizaba era un punto muy procurado por la gente que trabaja con migrantes. Pero años después pasé por allí y la situación era muy álgida, porque era muy peligroso”, recuerda. Luego de pedir indicaciones a gente que la miraba con extrañeza, por ser un sitio alejado del turismo, llegó al tren.
“Encontré un grupo de muchachos que estaban esperando el tren. Había como unos doce, quince muchachos: todos hombres jóvenes, todos centroamericanos, todos estaban esperando el tren. Me puse a platicar con ellos muy tímidamente, me senté con ellos, me puse a escribir unas canciones, a cantarles unas canciones. Y pues me preguntan: ‘¿Y tú qué estás haciendo?’. Yo dije que estaba de viaje y me ofrecieron ir con ellos. Yo dije: ‘Vámonos’”.
A punto de subir al tren, Natalia ya había hecho grupo con cuatro jóvenes. Ellos se habían delegado el equipaje de la Muna: su mochila y su guitarra.
“A pesar de que hoy en día no lo haría, porque sé de todo el peligro que corren las mujeres, yo con ellos nunca me sentí en peligro. Me trataron como una persona que estaba migrando con ellos, como hermana o amiga. ‘Tú puedes, güerita’, me decían. Cuando uno está en lugares tan desconocidos, te sientes más seguro acompañado”, cuenta.
En ese tiempo, Natalia comenzaba a conocer a profundidad la dinámica de la migración. Cuando poco a poco se fueron bajando algunos, se hizo más claro “lo que estaba pasando”.
“Yo iba en un grupo de cuatro, donde uno era el que los llevaba y sabía para dónde iba. Y él había ya acordado con un traficante llevarlo a San Luis Potosí y meterlo por un tráiler por Texas, al último. A los otros los fue descargando en otras partes de México. Entonces yo no sabía esto, pero ya después empecé a conectar los cables y entendí. Yo llegué con ellos hasta San Luis Potosí y me dijeron como ‘Ay, nosotros ya tenemos nuestro plan, nuestro contrato’. No me lo dijeron así, pero entendí que nuestra relación se había acabado. Después perdí el celular que tenía entonces y ya después no supe de esos muchachos, aunque tengo fotos de ellos, algunos todavía”.
De Harlem al estallido social en Chile
Terminado el viaje en el tren carguero, Natalia Serna viajó a Nueva York a visitar a sus padres. Una vez allí, en búsqueda de trabajo, se involucró en un albergue para jóvenes sin hogar ubicado en Harlem, un barrio al norte de Manhattan con gran cultura e historia afroamericana, y uno de los considerados cunas del jazz.
“Era un lugar para que los muchachos en situación de calle estuvieran ahí, pudieran vivir. Y trabajaba en un proyecto muy bonito, que es muy exitoso. Se llama Story Corps. Ellos tienen un proyecto móvil nacional: tienen unas cabinas de grabación que giran, viajan por todo Estados Unidos e invitan a personas que se conocen a que se entrevisten. Yo podría entrevistar a mi papá, por ejemplo. En ese momento ellos estaban con una iniciativa que se llama Historias de latinos en Estados Unidos. Eso hacía en Nueva York”.
Tras cerca de un año de trabajar en Harlem, Natalia fue invitada por una de sus compañeras de cuarto, chilena, a visitar Chile. Para el 2011 ya se encontraban instaladas y vivieron en carne propia la movilización de miles de estudiantes levantados contra el sistema educativo neoliberal heredado de la dictadura, con la consigna de una “educación gratuita y de calidad”. “No somos hijos de esta democracia, sino padres de una revolución”, dice una frase conocida, pronunciada por la estudiante de dieciocho años Eloísa González.
“Fue un desmadre impresionante el movimiento de los estudiantes en Chile en esos años. Tengo un video, un proyecto audiovisual que retrata a los estudiantes, y es una bella cápsula de un movimiento estudiantil muy organizado. Esos muchachos eran pero tremendos. Llegaban todos los de secundaria un día a la escuela y decían: ‘Bueno, gracias, maestro, maestra, director, pero ustedes se pueden ir. Nosotros nos vamos a hacer cargo de la escuela’. Y cerraban la escuela y ahí se quedaban. Ibas y los visitabas. Tenían turnos para limpieza, turnos para la comida, turnos para vigilancia. Un movimiento estudiantil muy admirable, el de los muchachos chilenos”.

En Nogales fue feliz
La Muna vivió en Chile durante dos años, suficientes para observar la represión del movimiento estudiantil, orquestada por más de mil carabineros, y para atravesar una crisis existencial que la llevó a una nueva decisión: volver a Chicago.
Allí, tras pasar un “largo y nevado invierno”, comenzó a buscar proyectos de ayuda a migrantes para sumarse: alguno que tuviera un componente de fe, que estuviera en la frontera y que la llevara a trabajar con la gente. Había concluido que, para ello, tendría que abandonar la música.
Tomó la decisión de volver a Nogales para conocer la organización llamada Iniciativa Kino, entonces incipiente comparada con su estado actual. Mientras que hoy opera con médicos, trabajadores sociales, coordinadores, administrativos y más, en aquellos años era “un hueco en la pared” que se mantenía vivo por “un montón de señoras que venían y se sangraban el corazón por la gente”, recuerda Natalia. “Era música, era baile, eso era. La gente compartiendo. Uno a veces no sabía quién era migrante y quién era voluntario. O sea, era una cosa viva”. Las mujeres eran las Hermanas de la Eucaristía.
“Yo me fui a Nogales pensando que estaba renunciando a hacer un proyecto musical que igual era importante para mí. Pero cuando llegué, a las monjas les parecía así fantástico que yo escribiera canciones. Ellas son una congregación chiquita que se llama Las Hermanas de la Eucaristía, son de Colima. Es una congregación pequeñísima, pero ellas eran chingonsísimas. La jefa mía es una señora formidable; la voy a ir a ver, creo que tendrá como ochenta años. Pero la señora era una píldora, era una pila de señora, o sea, una energía, una vocación política, un nivel de compromiso. Ellas eran increíbles”.
Las Hermanas de la Eucaristía fueron una parte importante para que la Muna escribiera uno de sus trabajos más representativos: el álbum llamado Corazón Norte. Las canciones son “retratos”, “casi corridos” de historias de migrantes que pasaron por Nogales.
“Y ellas me llevaban a todos lados, me llevaban a la radio, a las universidades. A ellas les parecía genial que yo hiciera canciones y me promocionaban, y como que se logró todo. Podía ayudar a la gente y, a la vez, podía estar escribiendo música. Y esa música era significativa para la gente, porque se la podía cantar a la gente, porque la gente estaba ahí”.
Una de las canciones más sentidas de Corazón Norte se llama Yo me llamo José Antonio. Los primeros sonidos reproducen la llamada que reportó el crimen del que fue víctima José Antonio Elena Rodríguez, asesinado a sus dieciséis años por decenas de balas provenientes de un agente de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos, Lonnie Swartz. La primera frase de la canción dice: “Yo me llamo José Antonio y la vida me han robado”.
“Esa canción la escribí para la abuela Taide, la abuela de José. Ella me pidió que la escribiera para una vigilia. Yo vivía al lado, ahí, de la cruz −del sitio donde José Antonio fue asesinado−”.
Aunque cada día era de trabajo arduo y de situaciones que rozaban el borde de la humanidad, Natalia, recuerda, fue feliz en Nogales.
Entre las canciones que más atesora de aquellos días se encuentran El deportado, Alfalfa y A mi padre. Las tres cuentan historias de hombres que migraron para buscar dinero que pudiera alimentar a su familia. Los tres se volvieron ilegales en el camino; algunos “cometieron errores” y otros no, cuenta la Muna.

Camino a María Almendro
Iniciativa Kino vivió cambios en su dirección cerca del 2015 y el trabajo comenzó a institucionalizarse. Las cualidades que hacían que valiera la pena, de acuerdo con Natalia, se dejaron de lado, y el sitio se volvió más profesional y frío.
La Muna se fue a vivir a Guatemala, donde pasó unos meses, hasta que se quedó sin dinero y viajó a los Estados Unidos, donde realizó una gira por doce universidades. De allí volvió a Guatemala y conoció a Maco y Félix, dos hermanos con los que inició una nueva gira, ahora por México.
La gira terminó en Hermosillo, donde la conocí y donde pasó los siguientes años en “buscar qué hacer”. Tiempo durante el cual visitó con frecuencia la Estancia Migratoria del Instituto Nacional de Migración para acompañar a las personas encerradas, a la par que realizaba pequeños conciertos y otras actividades.
Durante algunos meses trabajó como voluntaria en un campo agrícola de una localidad llamada La Atravesada, cerca de Guaymas, Sonora, como maestra de música. Entre las horas de clase, se iba a los surcos, donde estaban jornaleros y jornaleras agrícolas, la mayoría migrantes, para platicar. Entonces escribió lo que en el 2019 se convirtió en el álbum Ay de ti Sonora, que retrata desde dentro la explotación de campesinos migrantes en la agricultura industrial del norte de México. Un claro ejemplo es Calabaza.
El mismo año del lanzamiento de Ay de ti Sonora, después de adquirir una vieja casa abandonada con apoyo familiar y de reconstruirla con ayuda del trabajo desinteresado de la gente del barrio, se mudó a lo que hoy es Casa María Almendro. Para entonces ya había recorrido decenas de albergues, conocía sus maneras de trabajar y estaba convencida de construir una verdadera casa para migrantes.
Los primeros inquilinos fueron una familia que, tras detenerla y encerrarla por días, el INM dejó en la calle.
“Todo esto empezó porque yo llegué un día al instituto y Naydelin, Janet, Marvin y Jazlyn estaban sentados en la banqueta. Y dijeron: ‘Nos acaban de sacar, no tenemos ni idea de a dónde vamos’. Estaban pasmados. Estaban ahí sentados en la banqueta y pues yo dije: ‘Bueno, vamos a la casa. Imposible que no sea mejor la casa, con todo y el desmadre −porque todavía no estaba reparada−’. Así llegaron ellos y así fueron llegando los demás”.
Desde entonces, el hogar de Natalia mejoró cada día, lo mismo que algunos predios abandonados del barrio que convirtieron en jardines. Pronto se habilitó la zona de la biblioteca infantil y el lugar se pasó a llamar oficialmente Casa María Almendro.
“Yo no quiero un albergue. No quiero que la gente llegue a un albergue. No quiero esa dinámica, no quiero esa realidad, no quiero esa desigualdad de poder inevitable en la situación donde tú eres el propietario. De todos modos, esa desigualdad se da, pero yo no quería eso. Yo de verdad quería que llegaran a un lugar que fuera reparador. Yo quería que llegaran a una casa, que se sintieran queridos, que hicieran pasteles, que les dieran libros. Yo quería cosas maravillosas”.
Igual que cuando vivió en Nogales la última vez, cada día desde entonces significa enfrentar problemas y situaciones complejas, incluyendo la falta de fondos, que generalmente se subsanan por el trabajo de la gente del barrio y de organizaciones, donaciones y, ocasionalmente, organismos internacionales. Pero se le ve feliz.
Es cercana a la teología de la liberación y asegura que la religión se trata de un padre que trata de reunir a todos alrededor de una mesa. “Mi tesis personal o de reflexión teológica en todos estos años es que la vida se construye alrededor de la mesa o no se construye”.





