La unidad que no vende

por | Jun 21, 2026

Hay una unidad que llega envasada, lista para consumirse: una emoción fugaz que nos hace sentir parte del mundo sin mover el mundo. Otra, en cambio, se construye a contrapelo, sin garantías ni atajos. A esa le apostamos.

Fotografías: Ariadna Mogollón, Erika Lozano y Heriberto Paredes

Un comercial en la televisión anuncia, con orgullo, que 48 naciones del mundo se vuelven a unir para jugar un solo juego: el fútbol, la Copa del Mundo. La cámara del comercial nos muestra sonrisas, camisetas intercambiadas, anfitriones que reciben viajeros como si fueran familia, todo mediado por el gran capital, ahora representado por Airbnb y la FIFA, quienes, según la imagen que proyectan sobre sí mismos, han roto las fronteras con el simple hecho de abrir una aplicación y pagar una tarifa.

En un minuto y medio el capital también sabe vender unidad. La sabe envasar, comercializar, ponerla en un video de YouTube y provocar la sensación de que, con solo reservar un alojamiento, ya estás del lado correcto de la historia. Pero la unidad que necesitamos no es la que se consume, sino la que se construye contra la lógica misma de esos negocios. Es, ante todo, la unidad contra el capital.


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La unidad de la que hablamos es una que tiene sus raíces en el reconocimiento y respeto de nuestras diferencias, no en un producto envasado que importamos del extranjero, elaborado con una receta que se aplica de manera uniforme. Nuestra unidad reconoce en esas diferencias las capacidades de los pueblos para reconquistar su personalidad histórica, dejar de ser un objeto en ella y convertirse en sujeto.

Parroquia de San Agustín, Caracas, Venezuela, noviembre de 2025. Fotografía: Heriberto Paredes

La unidad verdadera es una que, sin rodeos, tiene como horizonte nuestra liberación, apostando a que nuestros pueblos recuperen el control sobre sus fuerzas productivas y sus decisiones económicas y culturales. Unidad frente a un capitalismo mundializado que sigue alimentando la polarización entre centros dominantes y periferias dominadas de formas sutiles, y a veces no tanto. Queremos ir hacia un horizonte en el que cada pueblo pueda decidir, con otros, las reglas del intercambio, la dirección del desarrollo tecnológico y el sentido de lo común. Eso implica construir alianzas desde el sur global, desde abajo, sí, pero también aprender a desconfiar de la mano que te invita a la fiesta mientras te cobra la entrada.


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Para conquistar nuestra unidad tenemos que dar batalla en todos los frentes, de todas las formas. No hay otra alternativa. Ya sea en las urnas, como Colombia; en la comuna, la organización y resistencia, como Venezuela y Cuba; en los territorios y la defensa comunitaria, como en México; o con las armas frente al invasor, como Palestina. Nuestra única alternativa es la lucha, sea cual sea el momento o coyuntura que nos atraviese.

La amenaza más evidente contra nuestra existencia es militar: Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, extendió la doctrina Monroe (ahora llamada donroe) a todo el planeta. Azuzó guerras preventivas, derrocamiento de gobiernos que no se pliegan, control de rutas energéticas y un derecho unilateral a intervenir donde se considere necesario.

Caracol La Garrucha, Territorio Zapatista, Chiapas, México, octubre de 2017. Fotografía: Heriberto Paredes

Pero la amenaza más profunda, quizás, es la colonización del imaginario. Es que las clases populares del mundo terminen creyendo que no hay alternativa, que el capitalismo globalizado es el único horizonte posible, que la unidad solo puede ser consumo y no construcción común. Nos muestran la diversidad como decorado, no como conflicto; nos muestran el encuentro como algo que ya está resuelto en el mercado. Y aunque en estos momentos la historia nos demuestra que el enemigo está decidido a utilizar todo su armamento para aniquilarnos, creemos que, en realidad, la lucha más difícil es la lucha contra nuestras propias debilidades.

En los movimientos de liberación, en las organizaciones populares, en los gobiernos progresistas, en el movimiento indígena y afrodescendiente, la amenaza más persistente no es solo el imperio, sino la tentación de reproducir dentro de nosotros y nosotras las jerarquías que combatimos afuera: el oportunismo, el patriarcado, el tribalismo manipulado, la burocratización, volvernos patrones, dominadores, opresores.

Esta fragilidad no es accidental. Las potencias globales, llámese Estados Unidos, llámese Occidente, llámese China o Rusia, necesitan que las periferias estén fragmentadas. Por eso fomenta guerras civiles, por eso celebra cuando los movimientos populares se rompen por diferencias étnicas, religiosas o nacionales. Pero, además, hoy, el capital despliega una forma más amable de desmovilización: la experiencia. Como ejemplo, el comercial de Airbnb, donde la empresa no nos vende una habitación, nos vende «pertenecer a cualquier lugar» y «la emoción de unir al mundo».

Mural Migrantes, Bronx, New York, Estados Unidos, agosto de 2023. Fotografía: Heriberto Paredes

Resistir implica también desarmar esa seducción, reconocer que la unidad verdadera no se siente como una compra, sino como un compromiso a largo plazo. Resistir es construir organización barrial, cooperativa, sindical, de defensa de las comunidades y el territorio, frente a la lógica de la plataforma que individualiza el encuentro y lo convierte en transacción.

Ahí encontramos la unidad, aun con nuestras diferencias, aun con nuestras debilidades, porque ellas propician el encuentro, la discusión, el debate y el acuerdo.

La mundialización neoliberal no es un destino inevitable, sino el proyecto de una clase dominante que, paradójicamente, es muy frágil en lo productivo. Pero esa fragilidad no la resuelve la bondad de las empresas, sino la presión organizada desde abajo. Por eso, el primer acto de resistencia es recordar que otro mundo es posible, y que ese otro mundo no lo traerá ninguna aplicación de viajes, ningún mundial de fútbol o concesión a la alegría, sino la acción colectiva consciente. La amenaza también es nuestra pasividad: aceptar la fiesta tal como nos la sirven, sin preguntar quién puso la música, quién cobra la entrada y quién se queda con la ganancia de la cerveza.

Marcha de la Unidad de las Madres Buscadoras, Ciudad de México, México, mayo de 2024. Fotografía: Heriberto Paredes


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Si miramos el Mundial o Airbnb, el «nosotres» se vuelve más concreto y más complejo. Porque la fiesta global también la hacen los trabajadores de la construcción que levantaron los estadios en Qatar, Brasil o México sin protecciones sociales, los empleados de las plataformas que limpian los departamentos alquilados por horas sin contrato fijo, los vendedores ambulantes que aprovechan el flujo de turistas, pero son multados por los gobiernos. El «nosotres» de la unidad no puede ser solo los viajeros con pasaporte válido y los anfitriones con propiedad inmobiliaria. Tiene que incluir, sobre todo, a quienes hacen posible la fiesta y sin embargo quedan fuera del encuadre publicitario. Esa es la unidad que no vende ninguna campaña: la que se teje en la precariedad compartida, en la huelga de los trabajadores de la limpieza, en la organización de los repartidores de aplicaciones, en la resistencia de los barrios, comunidades y pueblos que se niegan a ser convertidos en zonificaciones turísticas.

Por eso sostenemos que el sujeto de la liberación −ese al que llamamos a la unidad− no es una clase pura. En los estados neocoloniales que habitamos, algunas veces ese «nosotres» contempla a élites locales que suelen tomar la delantera, pero que muchas veces caen en la trampa de la ilusión de la victoria o en el espejismo de volverse opresores. Élites que, en casi todos los casos, traicionan los procesos emancipatorios y se reafirman en la nueva élite neocolonial.

Fotografía: Erika Lozano.


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La alegría también es política. No se trata de volverse amargos y decir que todo encuentro es falso. Se trata de preguntar, de cuestionarse críticamente: ¿quién organiza esta fiesta? ¿Con qué dinero? ¿Quién queda afuera? ¿Qué tipo de unidad produce? La unidad que necesitamos no se agota en un partido de fútbol ni en una noche de hospitalidad pagada. Se parece más al mitote, la murga, la rumba, la descarga, la fiesta de barrio o el U cha’anil kaaj, espacios colectivos de encuentro en donde cada quien se responsabiliza de lo suyo por el bien común: el goce, la alegría y la mística.

El imperio del caos y la guerra permanente no se derrumba solo porque seamos buenos anfitriones o buenos invitados. Se derrumba cuando recuperamos la confianza en nuestra capacidad de producir, de decidir, de soñar sin permiso, y también de decirle al gran capital: gracias por la imagen, pero la unidad la construimos nosotros, y no la vas a facturar.

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