Ni freidora de aire ni freezer: cornetas y parlantes son los que mandan

por | Jun 14, 2026

Antes que la nevera, la cocina o la freidora de aire, en el hogar venezolano reina un electrodoméstico que el forastero nunca espera encontrar en el tope de la lista de prioridades: la corneta. Psicólogo, compañero de limpieza y máquina del tiempo que devuelve a la sala de la abuela, el parlante manda en Caracas con una autoridad ruidosa y entrañable. En una ciudad donde los decibeles no son enemigos sino una forma colectiva y estridente de sentirse vivo, a veces toca preguntarse si tanto volumen es un grito de alegría o un pacto social que nadie se atreve a cuestionar.

Fotografías: Laura Salcedo y Heriberto Paredes

Caracas, Venezuela.- Son las ocho de la mañana. Como todos los días, se me hace tarde para ir al trabajo. Tengo el don de la procrastinación, la impuntualidad crónica y una preocupante incapacidad para calcular el tiempo a mi favor. Da igual que me despierte con anticipación, el desenlace siempre es el mismo: un grito desesperado de «¡se me hace tarde!» antes de salir corriendo con el teléfono en la mano, un puñado de bolívares sueltos para pagar el pasaje, el cabello mal peinado y mi típica mancha de crema de dientes en la comisura de la boca.

Al llegar a la avenida cercana a mi casa, me subo a una Encava. En ella va a bordo un personaje indispensable de nuestro transporte urbano: el colector. Con una garganta prodigiosa, grita la ruta como si fuera un mantra: ¡Sabana Grande, Chacaíto, Petare, Baloa!. Él es también el encargado de recordarnos la estrechez de los pasillos de las camionetas o busetas del transporte público: Circulen al pasillo, Mami, ruédate más que hay espacio (nunca lo hay), El pasaje subió a partir de hoy, 140 bolívares el pasaje.

Toda esta letanía sucede mientras las paredes de metal de la camionetica vibran al ritmo de Si yo pudiera, una canción de Manfredy Solís -un cantante de Guatemala, para mi sorpresa-. En Caracas la salsa baúl es el género musical soberano que requiere que se destaquen las cornetas, Bad Bunny no ha logrado colonizar el gusto musical en estas tierras, y, aunque a veces tenga chance, siempre la gente vuelve a lo suyo, a lo que realmente le hace tararear y mover el cuerpo. Esta canción de salsa la conocí gracias a una amiga que siempre habla del tema del pelabola, que en Venezuela significa estar limpio, quebrado, sin nada en el bolsillo. La letra retumba en los bajos de los parlantes modificados de la camioneta y en mi corazón: Yo no tengo nada, nada nada que ofrecer / No tengo dinero, tengo solo corazón / Hasta mi vida es prestada, no sé cuándo me la vayan a quitar.

Un hombre enchufa la corneta a la corriente eléctrica para que empiece a sonar salsa romántica en los locales de venta de sopas, pollo frito y cervezas. Zona F, barrio 23 de enero. Fotografía: Laura Salcedo

A medida que avanza el recorrido empiezan las protestas de los pasajeros: ¡Llévame pa’ tu casa!, ¡La paradaaaaa!. Viajar de pie, apretados como sardinas en lata y asumiendo un aumento de pasaje ya es bastante difícil como para que, además, el chofer lleve el sonido a un volumen tal que imposibilite cualquier comunicación. Me bajo de la Encava, después de meter la panza para aparentar 15 kilos menos y desplazarme entre personas para poder llegar a la puerta intentando apagar el zumbido de mis oídos, frustrada y de mal humor porque mis propios audífonos fueron incapaces de ganarle la batalla a la música colectiva.

Esta ciudad a veces me recuerda lo centrada en mi individualidad y amargada que puedo llegar a ser. Mientras yo me quejo, a mi alrededor la gente convive en una extraña armonía con el ruido: van deslizando el dedo por las pantallas de sus celulares videos de Tik Tok o Facebook a todo volumen, mientras hay una corneta estruendosa o mientras están en la barra de un bar, con más personas a su alrededor. ¿Molestarán a los demás? No lo sé, pero a mí sí.

Horas más tarde, la respuesta a esa pregunta empieza a dibujarse lejos del ruido de la avenida, en la intimidad de un almuerzo. Estoy sentada en el comedor de la oficina compartiendo la mesa con Euris, Dayana y José. La conversación se desvía inevitablemente hacia el sonido que entra por las ventanas. Es aquí conversando con ellos que entiendo que la corneta en Venezuela es un miembro más de la familia, un artefacto de primera necesidad.

“La música es vida para mí. Soy feliz en mi casa escuchando música a todo volumen, sobre todo cuando limpio” me dice Euris, quien confiesa “la corneta fue lo primero que me compré. Ya tenía la nevera, pero entre otras cosas que faltaban le di prioridad a la corneta porque eso me motiva a limpiar la casa. Cuando la alegría se me brota por los poros, tiene que tener todo el volumen. Es como el psicólogo. La música me inspira y automáticamente me siento bien”.

José, que está al lado, interrumpe entre risas compartidas:

“Así me multen, pero ¡súbele el volumen!”

Desde mis prejuicios nunca lo había visto de esa manera, nunca había pensado en la corneta como herramienta de desahogo cotidiano, ni como garante del bienestar emocional en lo privado del hogar. Dayana se suma a la conversa post almuerzo:

“Cada música está escrita de acuerdo con una vivencia o algo que le pasó a alguien en un momento específico de su vida y que al escucharla te ubicas en esa historia o te trae algún recuerdo. Yo no tenía corneta en mi casa; lo primero que hice cuando me mudé fue comprar una porque sentía que estaba reprimida. Quería cantar y tomar. Escuchar Franki Ruiz, Hildemaro, Maelo Ruíz. Y eso es un acompañamiento, te hace sentir bien, te hace sentir viva”.

Euris se entusiasma con lo que está diciendo Dayana y agrega otra motivación para encender su corneta:

“A veces hay parejas que hacen su vida muy cotidiana, monótona. Y siempre hay uno de los dos que quiere vivir al máximo, romper el molde. Decir: ‘llévame a bailar, llévame a comer, vámonos a caminar, vámonos a la playa, tengas o no tengas carro’. Tú no lo vas a hacer sola pero la música sí te lleva. Tú con la música puedes insultar a alguien, puedes transportarte a otro lugar, conversar con alguien y decirle: ‘escúchala’. Es como si se lo estás diciendo tú, pero se lo está diciendo la música”.

A las 2 de la tarde empiezan las pruebas de sonido en un local de sopas, carne en vara y cervezas. Zona F, barrio 23 de enero, Caracas. Fotografía: Laura Salcedo


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En Caracas, uno de los grandes dilemas cuando quiero salir con mis amigos es encontrar un lugar donde podamos tomarnos unas birras y, al mismo tiempo, conversar. Quienes rondamos los treinta o cuarenta años terminamos refugiados en tascas antiguas donde, a excepción de los viernes y sábados, el volumen de la música nos da chance de hablar. Pero mi necesidad de silencio choca con la lógica de toda una ciudad.

Cuando le pregunto a Euris si no le molesta el volumen que impide intercambiar palabras me dice: “Si voy con mi pareja sola, a veces me gusta ir a un sitio a tomarnos unos tragos, conversar de nuestra vida diaria, de lo que podemos hacer, de nuestro futuro. Pero cuando yo quiero bailar, no quiero conversar, ni que me digan nada. Llévame pa’ la pista que yo no vine aquí a hablar. Así de clara soy. Si yo dije bailar, es bailar. Yo no voy a ir a un sitio donde tengan buena música, los pies se me estén moviendo y alguien me esté hablando”. De nuevo esta ciudad me devuelve lo sosa que puedo ser. Ni siquiera es un tema generacional, es un tema de no sentir “la puta vibra”. Euris es abuela y está clara en la función del volumen, de la música y del baile en su vida.

En el comedor, los tres comensales coinciden en que el protagonismo del decibelio alto no es cosa reciente, sino que se hereda desde la infancia. La corneta está presente en el árbol genealógico. Euris me cuenta que a su mamá siempre le gustó la música, que cantaba hermoso y limpiaba la casa escuchando a los Hermanos Arriagada. Dayana viaja a su infancia con su abuela a través de Los 50 de Joselito: «Esas canciones yo las escucho y me traen unos recuerdos de mi abuela bailando y cantando. Esas cosas se van arraigando. En estos días que cumplió años, hicimos un almuerzo recordándola con las canciones que a ella le gustaban». José, por su parte, evoca una imagen común en los hogares venezolanos: «Mi abuela limpiaba escuchando a Julio Jaramillo a todo volumen. Ella iba por ahí sacando polvito y barriendo con Julio Jaramillo. Después de ahí con mi mamá brincamos a las baladas y a la salsa». Hoy, José, padre de tres hijos, también pone música para limpiar, aunque nos saca unas risas en la mesa al decir: «Yo pongo de todo… menos vallenato. Yo escucho salsa, rock, chatarritas». Euris, en cambio, despliega su lista: «Yo empiezo con Pablo Alborán, Enrique Ramil, Mon Laferte… ¿y sabes cómo termino? ¡Termino en guaguancó, papá! Electro House o tecno que me encanta».

Escuchándolos, siento envidia por dos razones, la primera, que sigo sin encontrarle una pizca de placer al acto de limpiar; la segunda, que no tengo una corneta en mi sala. Quizás esa sea mi gran falla técnica. Tal vez con un parlante retumbando al son de la champeta mi casa estaría impecable, pero la realidad es que, a falta de música y guaguancó, mi hogar actual se parece sospechosamente a la habitación desordenada de un adolescente.

Sin embargo, en el comedor empiezan a emerger contradicciones. El bochinche propio no se ve tan mal como el ruido ajeno. José recuerda el calvario que vivió el fin de semana anterior:

«Todo tiene su momento. Está bien que escuches música, pero un domingo a las tres de la mañana, donde todo el mundo tiene que escuchar obligado lo que tú estás poniendo, es demasiado… Para mi familia eso no fue agradable, pero los vecinos estaban tomando y felices». Euris salta con una anécdota buenísima: «Nosotros tenemos una vecina que cuando sale a tomar, regresa al apartamento a las tres de la madrugada y pone el aparato a todo volumen, que provoca matarla. Tú estás durmiendo de domingo a lunes y te meten esa música que hace que te levantes timbrado. Cuando ocurre eso siempre decimos: ‘Ahhh es que la niña que llegó ebria otra vez’».

Zapatería de Sabana Grande donde destaca la corneta y el letrero de “Gran Oferta”. Fotografía: Laura Salcedo

Es en ese punto donde las anécdotas vuelven al transporte público, un trauma compartido. José recrea el suplicio de su ruta habitual de Caracas a Guatire: «Me obstina el chofer que tiene siempre el equipo a todo volumen. Cuando te pasas de la parada porque no te escucha que le estás gritando y reclamas, el sinvergüenza te dice: ‘¿Por qué no avisas antes?'». Euris menciona la prioridad que tiene el sonido para muchos conductores: «Invierten mucha plata para modificar el sonido de la camioneta, pero no invierten en reparar el asiento con los ganchos salidos que te rompen el pantalón o que se mueve porque no está fijado a la estructura del autobús».

Según explica José, estas unidades hiperamplificadas nacieron para el negocio de las excursiones playeras y los Full Day, no para el transporte público ordinario. Recuerda su uso en la época del desabastecimiento (2015-2018), cuando las Encavas se convirtieron en el transporte predilecto para los viajes nocturnos a Colombia en busca de comida y productos higiénicos. En aquellas jornadas extenuantes, el volumen al máximo cumplía la función de evitar que el chofer se durmiera en la vía. Sin embargo, en la actualidad esa costumbre quedó para el día a día de la ciudad, donde las distancias son cortas y el volumen está igual de alto mañana, tarde y noche. Para José, el peor momento es a primera hora del día: «Es horrible en la mañana. Yo siempre peleo, pero hay gente que se calla por respeto».

José también nos cuenta sobre la cultura del carro tuning: «Sacan el sonido para pararse en una licorería a beber. Unos lo hacen para pavear, otros para sentirse en la onda, aunque hay unos que modifican el carro, pero no saben lo que hacen: le suben volumen y el carro empieza a vibrar y se les desajusta la carrocería, los tornillos, las ventanas. Existen los carros monstruo de música que ni siquiera son para andar, son solo para poner música; los alquilan para eventos, hacen competencias formales con premios en estacionamientos como el CCCT, en la playa, en las universidades, en La Carlota o en la Esfera de Soto».

Esa necesidad de competir con el sonido se traslada también a la naturaleza. Al hablar de la playa, la tensión en el grupo reaparece. Euris suspira: «Cuando voy a la playa no voy a un retiro o a un lugar a buscar relajación, porque siempre hay alguien con una corneta y eso no se puede controlar. El Día de las Madres estábamos en la playa y había una camioneta con un sonido tan potente que no hubo necesidad de que nadie más prendiera un equipo de sonido; esa sola corneta nos surtía a todos. Si quieres estar en la playa sin música no vayas un fin de semana, ve un lunes o paga un club privado». Mientras Dayana, que vive frente al mar, defiende la música en la playa: «mejora la relación sol-arena-playa-cerveza», José muestra un desacuerdo porque no le molesta el volumen, sino que: «son muchas cornetas al mismo tiempo, aturde porque no suena una sola música, sino que son varias a la vez. ¿Será que no se escuchan o están compitiendo a ver cuál suena mejor?».

Al final de la conversa, José concluye con que el fenómeno de la corneta y su volumen es de toda la vida: «Tengo cuarenta y cinco años y siempre he visto la música así en Venezuela. Desde un buhonero, un kiosco, un autobús. Siempre hay alguien que quiere hacerse sentir más que el otro. La diferencia es que antes todo el mundo escuchaba a todo volumen en equipos que sonaban un desastre; ahora, en cambio, las cornetas tienen mucha más calidad en la ecualización del sonido».

Corneta en la entrada del Centro de Economía Popular Manuelita Saénz. Torre adecuada por el presidente Hugo Chávez para reubicar a los buhoneros que se encontraban en el bulevar de Sabana Grande antes de su remodelación. Fotografía: Laura Salcedo


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Al salir del trabajo vuelvo a la calle y camino el bulevar de Sabana Grande. Este espacio peatonal existe desde 1976, cuando se cerró el paso vehicular por las obras del Metro de Caracas. Sufrió un duro abandono a finales del siglo XX, convirtiéndose en un territorio percibido como peligroso. En 2009, fue recuperado y rehabilitado por el Gobierno de Chávez a través de PDVSA, empresa que lo transformó en el gran centro comercial a cielo abierto que es hoy, y un lugar de esparcimiento y recreación para las y los caraqueños.

En el bulevar son las 4:00 pm y las santamarías de los negocios están arriba, cada uno con su sonido reclamando la atención de los transeúntes. Pero el sonido no es solo privilegio del comercio formal, también está presente en la personificación de “corneta” en los miles de puestos de comercio informal conocido como buhonería. Me detengo frente al puesto de Alexander, un buhonero que vende gorras. De su puesto sale un sonido a todo volumen honrando al querido por los caraqueños, Erick Franchesky. Le pregunto qué significa esa corneta para él y me responde con una sonrisa, extrañado por la pregunta: “Es para distraernos todos aquí. Escucho de todo un poquito. No tengo horario; yo llego y a veces la prendo en la mañana, a veces al mediodía, y se apaga en la noche cuando recojo el puesto”.

Unos metros más allá, me detengo frente a un local de réplicas de zapatos deportivos. Desde allí sale una mezcla del olor a plástico y la estridente de música electrónica que choca directamente con el parlante del negocio vecino que tiene salsa. Me acerco a uno de los vendedores y le pregunto si el volumen tan alto es una estrategia para atraer clientes. Su respuesta desarma cualquier lógica preconcebida por esta servidora:

No, es para nosotros aquí. Ponemos electrónica o salsa.

– ¿Y no te molesta que tu música se estrelle con la de al lado? 

No, no me molesta -contesta con absoluta naturalidad-. A veces aturde un poquito, pero generalmente nos concentramos en lo que está escuchando cada quien.

Camino a la avenida para tomar el autobús de regreso a casa. Esta vez el calor sofoca, vamos de pie, derritiéndonos. El colector está de mal humor y el chofer también, porque un pasajero se bajó sin pagar. Paradójicamente, empiezo a extrañar la corneta, la preferiría mil veces antes de escuchar los insultos que van y vienen entre el chofer y el de la camioneta que va al lado, compitiendo por pasajeros. Solo quiero llegar a mi casa, soltar el bolso, abrir una lata de cerveza y dejar de sudar. Pido la parada y, esta vez, sí me escuchan. Camino dos cuadras hacia mi casa. En el trayecto tropiezo con las barberías callejeras, que son peluquerías ambulantes que en la acera tienen espejos, máquinas, sillas de salón y un despliegue de profesionalismo arrechísimo capaz de conseguir los degradados más perfectos del mundo mundial. Y, por supuesto, la corneta. Son dos o tres puestos seguidos que, afortunadamente, pactaron una tregua para que un solo parlante les provea música a todos. ¿Qué escuchan? Clase Social de Los Adolescentes, representantes de la salsa romántica.

Las barberías callejeras son parte del concierto constante que se vive en Caracas. Fotografía: Heriberto Paredes

Avanzo un poco más. La licorería de la esquina está abierta de par en par, afuera la gente se aglomera alrededor de la corneta del local con vallenato, pero también alrededor de dos carros estacionados, cada uno con las maletas abiertas con su propia música. A unos metros, un grupo de viejitos juega dominó sobre una mesa de madera, acompañados por Lucho Macedo y su Ramona sonando en una minicorneta de Bluetooth y una botella de plástico con ron. Cada quien en lo suyo.

Compro unas birritas pa’ subir a casa, mientras me viene a la mente diciembre. Podría jurar que el electrodoméstico más vendido del año fue la corneta; todas las motos en la ciudad iban con una amarrada a la parrilla. Recuerdo también la rifa de Navidad en el trabajo: el grito de celebración de quien se ganaba el parlante era incomparable; ni la freidora de aire ni el freezer generaban un entusiasmo tan estridente. Al final de la jornada, entiendo que la música en Caracas es una forma legítima de habitar el espacio público, una escapada al sueño de la vía, una afirmación de la existencia, una muestra de presencia e incluso de poder. Es la escapada necesaria ante el cansancio o la rutina, o la reafirmación de la alegría y la felicidad. Y aunque a mí me aturda el volumen alto y mi amargura florezca, la prefiero mil veces antes del silencio impuesto por la excesiva regulación policial que existe en otros países. Por eso ¡que viva la corneta!

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