Mundial 2026: cuando la pelota pica envenenada

por | Jun 7, 2026

Un nuevo mundial de fútbol, a disputarse en México, Estados Unidos y Canadá, concentrará por cuarenta días ante la nueva reglamentación la atención de los hinchas durante los ciento cuatro partidos que van a jugarse, y con la expectativa creada por la participación de nuevos seleccionados. Una vez más, la pelota se pondrá a rodar y, con ella, la pasión de multitudes y el millonario negocio de unos pocos.

Fotografías: FIFA México, FIFA y UNIRED 

Montevideo, Uruguay.- En 2026, tres países se reparten el negocio y el espectáculo: México, Estados Unidos y Canadá. Nunca un mundial se jugó en tres naciones a la vez. Nunca participaron cuarenta y ocho selecciones. La maquinaria es más grande que nunca. Sin embargo, en alguna calle de Montevideo, de Buenos Aires, de Managua o de La Habana, un botija seguirá colocando championes para armar el arco. El potrero no se rinde.

El fútbol se lleva en los pies antes que en los contratos. Se aprende en una calle de adoquines, en un potrero sin pasto, en un pueblo que el domingo se vuelve fiesta. Después, mucho después, llegan los reflectores, los trajes, los negocios. Pero la pelota −esa que pica envenenada− no olvida de dónde viene. Y tampoco olvida quiénes se la quieren quedar.


Goles nuestros


La cuadra


En una calle de poco tránsito, que disminuye en circulación hasta desaparecer a la hora de la siesta, los botijas colocan los pares de championes que harán de improvisados arcos.

Dos de «los líderes» de la barra de muchachos se paran frente a frente a una distancia de diez pasos y, de a un paso por vez, poniendo un pie delante del otro, avanzan; el que toque pisando al contrario es el primero en seleccionar a un miembro de su equipo, luego lo hace el rival, hasta completarse los equipos, y el que pisó primero es el cuadro que mueve la pelota.

Como la calle es de adoquines, los goleros, sobre todo, deben estar atentos a los piques de la pelota, ya que el rebote de esta contra un adoquín desvía la trayectoria del balón y más de un golero se comió un gol por ese pique envenenado.


El Potrero


Con cinco medias viejas, los pibes armaron su balón de trapo; los niños y niñas de la manzana de la villa queman energías corriendo detrás de esa improvisada pelota, que imaginan una N.º 5 profesional, aunque cada dos patadas haya que volver a armarla.

Para los goleros, el desafío no es atajar la pelota casi con forma de huevo, sino evitar ser atropellado por los rivales, tal es el envión que le imprimen a su cuerpo para que esa masa blanda y fofa ingrese al arco, luego de haber dejado detrás suyo rodillas lastimadas, ropa embarrada, moretones en las pantorrillas y miles de risas burlonas.

Los potreros del barrio, semillero de futuros futbolistas y «escuela al aire libre» donde el alma deportiva es cobijada por la cultura popular, sin distinción de razas o géneros, donde conviven la habilidad y lo posible, la pasión y la estrategia, lo individual y lo colectivo. Foto: UNIRED


El pueblo


El domingo el pueblo se viste de fiesta; decenas de obreros dedicarán su día libre a vestir el uniforme de su equipo para disputar el partido, y amigos, parientes e hinchas colmarán las tribunas con bullanguero y colorido aliento.

Los trapos que ofician de banderas oficiales florecen en el alambrado y, agarrado de este, un desafinado coro entona gritos de aliento, de guerra, de feroz burla.

Es un grito terapéutico que libera las tensiones de la semana laboral, o de los desempleados, de la pobreza cotidiana, de la falta de un venturoso horizonte inmediato, de la necesidad de exhibir una violencia contenida y contagiada, sin saber desde cuándo y por quién.

Mezclada en el tumulto está la alegría, claro, el orgullo de ser amigo, pariente o amante del portador del cabezazo que, elevándose del suelo, metió la globa contra el ángulo, dejando al golero sin nada que hacer. El honor y la gloria comparten gradas desgastadas, camisetas sudadas y revoleadas, historias nunca del todo ciertas y nunca del todo falsas sobre descomunales victorias o insignificantes derrotas, aunque seguramente todo eso fue al revés.

La ovación del equipo triunfante lanza una lluvia de papel picado, de gritos destemplados, de vocales interminables, de lágrimas de alegría, de parches de bombos que retumban hasta rajarse, de pitos y trompetas que vacían pulmones. Es la hora en que los desapercibidos tienen su hora compartida.

Allá va, entre la multitud, el canchero que mantiene el pasto regado y a la altura necesaria, que remarca las líneas con cal, controla la presión de las pelotas, el estado de las redes y los banderines, y cambia, cuando hay alguna moneda de más, los focos de luz de la cancha. Saltan de alegría desbordante el aguatero, el enfermero del barrio que se encarga de los primeros auxilios, el veterano ex jugador que ofició de DT, los pequeños comerciantes del barrio que llevan como dirigentes las riendas del club, las madres, tías y abuelas que cosen banderas y lavan las remeras.

Son nuestros goles, con juez vendido y medio tiempo contra arco contrario que está en repecho; pasión popular que, quién sabe, se va gestando desde la succión del pecho materno. El esférico e inflado hueco atrae como un imán a los pies, descalzos primero, calzados después, con tapones en la cima de la dedicación.

Sin reconocimiento como oficio y sin leyes laborales, con una vida útil terminada en plena edad de actividad laboral, la mayoría de los futbolistas que no han sido presas del mercado, culminan inventando trabajos para subsistir. Foto: Diario Colonia Uruguay





Goles en contra



Delanteros de traje y corbata


Hay quienes la bajan con el pecho en el medio del área, y quienes la bajan con los bolsillos en enmoquetados edificios. Muchos de los que la bajaban con el pecho y hacían estallar multitudes con sus goles hoy son personas mayores que acomodan autos en las calles.
Quienes las bajan con los bolsillos son hombres y mujeres de trajes gerenciales que amasan fortunas en la explotación del sentimiento nacional chauvinista que el fútbol despierta.

La Federación Internacional de Fútbol Asociación, más conocida por sus siglas en francés, FIFA (Fédération Internationale de Football Association), es la institución que dirige a las federaciones de fútbol a nivel global. Se fundó el 21 de mayo de 1904 y tiene su sede en Zúrich, Suiza. Forma parte de la F.A Board Internacional (IFAB), organismo encargado de modificar las reglas del juego. Además, la FIFA organiza la Copa Mundial de Fútbol, los otros campeonatos del mundo en sus distintas categorías, ramas y variaciones de la disciplina, y los Torneos Olímpicos en coordinación con el Comité Olímpico Internacional (COI).

La FIFA agrupa doscientas once asociaciones o federaciones de fútbol de distintos países, contando con dieciocho países afiliados, más que la Organización de las Naciones Unidas (ONU).


El negociado de las almas


Sin riesgo de que le saquen tarjeta roja y jugando siempre en posición adelantada, los empresarios del fútbol se hacen dueños de destinos humanos, un tiempo efímero que absorbe la edad vital para este deporte y cuyo máximo rendimiento no está en el físico, sino en los contratos logrados.

Si bien es cierto que muchísimos jugadores gozan de apropiarse de una buena parte de esos negociados, y se convierten en niños ricos jugando a la pelota, son miles los que terminan sus días sin llegar a los podios de la fama.

Fue un nacido y criado en una villa argentina. Desde el podio, plantó cara fiera a los patrones del balón. Se hizo portavoz de los relegados, fortaleciendo con su ejemplo los sindicatos (denominados mutuales) de estos proletarios sui generis. Cuestionó el poder de la FIFA y se hizo amigo de los gobiernos antimperialistas. Un dios sucio, como lo definiera Eduardo Galeano: Diego Armando Maradona.

La legislación dominante no ampara los derechos laborales de los y las jugadoras que pasan a ser mercancía y propiedad privada de los clubes, hasta convertirse en material de desecho cuando el rendimiento físico deja de ser rentable.

Los pocos que se convierten en héroes de la pantalla y ocupan un patriótico privilegio de ser como el escudo o bandera de una nación olvidan en un mundo más competitivo a los miles de jugadores que quedaron por el camino. Muchos de estos famosos jugadores serán los futuros empresarios de un negocio construido sobre el sentir popular.

El precio de las entradas para ver en directo la final del Mundial 2026 se multiplica por 10, desde el comienzo del torneo a su final, trepando a cerca de 9.000 dólares. La venta de entradas es apenas una millonaria parte del negocio que incluye derechos de televisación y sponsors. Foto: FIFA


Los dueños de la pelota


Fue el FIFA Gate uno de los mayores escándalos de corrupción en la historia del fútbol, revelado en 2015 tras una investigación del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. El caso demostró una extensa red de sobornos, fraude y lavado de dinero que involucró a altos funcionarios de la Federación, confederaciones continentales y empresas vinculadas al deporte.

Las investigaciones detallaron cómo se utilizaban sobornos para otorgar derechos de transmisión, comercialización y organización de torneos internacionales, además de influir en la elección de sedes para competiciones. Argentina ya lo había sufrido en carne propia: el Mundial de 1978, jugado bajo la dictadura militar, fue usado para maquillar de fiesta el terrorismo de Estado. La investigación permitió detectar más de 150 millones de dólares en sobornos.

La investigación penal que lleva a cabo la Fiscalía de Nueva York versa sobre la atribución de derechos mediáticos y de derechos de mercadotecnia y de patrocinio para Estados Unidos y América del Sur, de competiciones organizadas por la FIFA (incluyéndose Concacaf y Conmebol).

Un soborno comprobado fue el pagado a los dirigentes de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), para asegurar los derechos de televisación de las próximas cuatro versiones de la Copa América, incluyendo la realizada en Chile durante 2015.

La empresa Datisa habría realizado pagos por sobornos por un total de 25 millones de dólares dentro de un contrato de 100 millones en 2013, entregando 3 millones al presidente de la Conmebol y a los presidentes de las asociaciones de Brasil y de Argentina, 1,5 millones a cada uno de los otros siete presidentes de las federaciones de la confederación, y 500 mil dólares para otros once oficiales de la Conmebol.

El uruguayo Eugenio Figueredo, expresidente de la Conmebol, reconoció que tanto él como otros directivos de la organización recibieron dinero de empresas televisivas para favorecerlas comercialmente. También admitió que los presidentes de cada federación percibían sueldos mensuales que no figuraban en los balances oficiales.

Este escándalo permitió exponer algunas de las principales empresas dedicadas al negocio: Traffic Sports de Estados Unidos, Traffic Sports International de las Islas Vírgenes Británicas y Traffic Group, también de Estados Unidos.


El negociado inmobiliario


Los torneos de Copa del Mundo se convierten en mega show donde todos se llevan su parte del león.

En la orgía del despilfarro de capital hay lugar para todos: editores de figuritas y álbumes, empresas de transporte, publicidad e indumentarias, y, no podía faltar, un pequeño pero poderoso ejército de notarios y agentes de bienes raíces y constructores.

El negocio de la construcción de estadios de fútbol tiene impactos directos en muchos sitios donde, para poder contar con el espacio necesario para la obra, se impuso el desalojo de moradores.

Como estas construcciones y el propio evento implican un aporte de dinero a las arcas del Estado, los derechos laborales y ciudadanos quedan relegados ante el acontecimiento, donde además estará presente la selección nacional. En ocasiones, se destinan millonarios fondos públicos a megaconstrucciones que, tras grandes eventos, quedan subutilizadas, restando recursos esenciales que podrían invertirse en salud, educación o vivienda.

En la cancha se enfrentan poderosas selecciones que disputan la copa contra equipos de menor entrenamiento o historia mundialista. Fuera de ella, millonarios empresarios que amasan dinero obtenido en cuarenta días de torneo condenan a miles a vivir hasta su muerte perdiendo la seguridad del techo obtenido, o con la incapacidad adquirida en un accidente laboral.

La construcción de estadios deportivos, forma parte del negocio inmobiliario y de un proceso de gentrificación, que ha venido siendo cuestionado por organismos de derechos humanos, y algunos gobiernos que imponen reglamentos estrictos para su instalación. La coyuntural entrada de divisas a los países, termina siendo determinante. Foto: UNIRED

En términos más académicos, la construcción de estos estadios produce gentrificación y desplazamiento: suele elevar el costo del suelo y los alquileres en el sector, forzando la expulsión de residentes de bajos recursos hacia zonas periféricas.

Muchos proyectos sustituyen áreas verdes o de libre acceso por infraestructuras privadas y exclusivas, limitando el disfrute ciudadano a los días de evento.


Tarjeta amarilla


La fiebre mundialista irá una vez más contagiando voluntades, el más sabroso de los opios de los pueblos; sin embargo, será la canalización de pequeñas revanchas, con sabor a desquite.

Así como Venezuela lo encontró en la obtención del campeonato mundial de béisbol de 2026, ganando a Estados Unidos en Estados Unidos, los pueblos del sur global esperan el triunfo en el mundial de alguna de sus selecciones. Un triunfo que será una suerte de tarjeta amarilla para los poderosos, si la pelota no pica envenenada. Y a veces, cuando todos miran, pica limpia.

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