La historiadora Elena Román hace un balance de estos primeros años del Gobierno del cambio en Colombia, la importancia de su continuidad y los errores que se deben superar. Desde el análisis crítico, aborda los retos actuales del feminismo popular frente al feminismo liberal y el individualismo libertario. Aborda también las tensiones en las relaciones con Estados Unidos, la necesidad de abandonar el servilismo histórico y la urgencia de consolidar un bloque regional para resistir al imperio.
Fotografías: Cortesía
Caracas, Venezuela.- Conversamos con Elena Román, mujer colombiana, feminista e historiadora enfocada en la historia política de Colombia y la región latinoamericana, asesora política de procesos electorales de mujeres e integrante del movimiento Democracia que Seduce.
Se cumplen casi cuatro años desde que se instaló el Gobierno de Gustavo Petro bajo la promesa de una transformación estructural. ¿Qué valoración haces de este periodo?
No olvidemos que en Colombia estamos en una transición democrática. Eso implica muchas cosas en términos dialécticos: ¿Cómo hacer para que, en un proceso de cuatro años, muera lo viejo y nazca lo nuevo? Esto implicaba que las fuerzas progresistas, el mismo pueblo, la izquierda del siglo XX, conversara con las del siglo XXI. Suponía hacer un tránsito de legitimidad, pasar de la existencia de unas guerrillas revolucionarias a un Acuerdo de Paz en 2016 que abrió el espectro político y les quitó protagonismo a esas guerrillas para dárselo al pueblo. Es una transición que lleva nueve años y que se consolida en 2022 (aunque nosotros pensábamos que sería en 2018). El acuerdo permitió transitar de una representación de las guerrillas revolucionarias del siglo XX a la vocería de una nueva izquierda del siglo XXI: una generación con una agenda ambientalista, antirracista, feminista, del poder popular y de la democracia radical popular.
Como historiadora y como militante, este periodo es bellísimo. Yo pensé que no lo iba a vivir. Pasamos muchos años soñando que este país merecía un relato por fuera de la guerra, para finalmente entender el neoliberalismo. Nuestra matriz solo era «guerra o paz»; en medio del conflicto no hablábamos sobre qué significaba que nos quitaran los derechos. La reforma laboral se dio en medio de la guerra, donde nadie pudo decir mucho. Cerraron sindicatos, echaron a los trabajadores a la calle y la jornada laboral se extendió hasta las diez de la noche a nombre de un «reajuste económico» hecho con el bolsillo de la clase trabajadora.
Si pienso en un plano cartesiano, antes estábamos en cero. Ahora llevamos un 25 % de lo que debería ser un Estado de bienestar y el desmonte de las estructuras narco-paramilitares y de las ideas mafiosas y fascistas. Este Gobierno se dedicó a priorizar la reforma agraria y la discusión sobre la tierra, que es lo que nos había llevado al conflicto armado. Pero lo más importante es el cambio en la narrativa, quitarle a la élite la hegemonía de la guerra y la paz, y situar la política en lo popular, en la fiesta, en volver a intentarlo.
Sin embargo, ese impulso se ha topado de frente con una institucionalidad que siempre había estado al servicio de las élites. ¿Cómo explicas esta disputa entre lo nuevo y lo viejo dentro del Estado?
Abramos la discusión sobre la famosa frase liberal capitalista «separación de poderes». Se supone que ese es el instrumento de la democracia. Pero, ahora sí tenemos separación de poderes, mientras que antes de este Gobierno todos los poderes eran de la misma sazón. Antes el Estado era único y servía exclusivamente a la élite. Hicimos ruptura. La primera que logramos fue solo en el poder del gobierno, antes estábamos en cero. Nos dimos cuenta de que el Banco de la República, el Consejo de Estado y la Corte Constitucional son de la élite y que realmente frenaron el proyecto del cambio.
Hoy vemos campañas abiertas frente a un centro político desesperado que dice que el país ahora está polarizado. Tenemos bloques de poder y narrativas hegemónicas en disputa: la narrativa del fascismo y la narrativa del proyecto político progresista, internacionalista y de la vida. Es una disputa contra esas ideas mafiosas y fascistas que todavía persisten, pero ahora la tenemos en las urnas y en las calles.
Estamos en transición democrática y en disputa. No tenemos nada consolidado, falta mucho. Pero se espera que un segundo gobierno progresista, más que cometer errores, pueda centrarse y perfeccionar su ejercicio de gobernabilidad, en la calle con movimientos sociales gobernando, presionando y también entendiendo el aparato del Estado, comprendiendo que ser gobierno no significa tener todo el poder, pero que eso no quiere decir que no pueda haber un Estado que sea cuidador y que tengamos que seguir transformando.

Hay sectores que ven en Gustavo Petro a un aliado en el poder para construir un proyecto popular, mientras otros consideran que no es un gobierno del pueblo. ¿A qué atribuyes esta diferencia de miradas?
El espectro de la izquierda tradicional, incluso de la izquierda antielectoral, es poco. Al pueblo le gusta participar, un ejemplo de esto es el Caribe colombiano, a la gente le gusta la fiesta electoral. En Colombia no habíamos podido tener fiesta electoral porque no había mística sobre ello, ni había un presidente que moviera las entrañas y el afecto. El amor por la política y el amor por un presidente es algo que no se veía desde hace mucho tiempo; desde Gaitán, para hablar solamente de un siglo.
Es el presidente Petro el que levanta la emoción política. Esta es una emoción centrada en el amor, en la posibilidad del debate y del diálogo, aún más para un país en el que estábamos con la boca tapada, casi en su totalidad, para hablar de política.
La ganancia de estos años también es que los movimientos sociales han ido comprendiendo que la lucha social y la lucha política no son cosas diferentes. Eso no implica que todo el movimiento social deba entrar al aparato del Estado, tampoco que no pueda hacer campaña directa y que no podamos politizar, con una militancia social y política, a otros movimientos y a la gente. Yo puedo ser una feminista y también puedo decir que soy orgánicamente de un partido. Otros dirán «Soy militante, pero no pertenezco a un partido». También vemos la emergencia de nuevos liderazgos individuales y virtuales de jóvenes que llenan las calles o que hacen activismo virtual; es un sector joven y popular al que Gustavo Petro le llegó.
Para la construcción del gobierno popular, lo primero es la narrativa de lo popular, y lo segundo la elevación de la estima del pueblo. Este pueblo estaba muy aporreado, sin media victoria, sin tener un presidente que se hiciera al lado de la gente. Uno necesita que lo quieran y que demuestren que realmente lo quieren a uno y no a la élite. Este presidente mostró que quiere a la clase trabajadora, al campesinado, que la prioridad es las comunidades indígenas y el Pacífico, y erradicar el hambre.
Los sectores tendrán que discutir, porque tenemos ideologías y hay que poner el debate en los movimientos. La mayoría de los movimientos sociales acaba de decidir unánimemente que se va adelante con Aída Quilcué como vicepresidenta. Es la primera vez que una mujer indígena ocupará ese cargo en el país.
En estos años has construido Democracia que Seduce. ¿En qué consiste exactamente esta apuesta política? Me llama la atención el término; ¿por qué hablar de «seducción» en un terreno como la política?
Nosotras venímos de ser un combo en Estamos Listas, con una enunciación y una estética que inauguramos no solo para el movimiento feminista, sino para el país. Intentamos mover a la izquierda y mover la agenda política a lo antirracista, feminista y popular. Empezamos a plantear que veníamos de un país lleno de odio que pasó por muchos periodos, donde el pueblo no se enamoraba de la política.
El método ya no era el de sentarnos a teorizar sin tener práctica, sino que había que generar propuestas para seducir el diálogo. Queríamos ponerle estética al debate político, seducir para que la gente saliera de la creencia de que la política es solo de unos cuantos y democratizarla para las mujeres populares. Buscábamos poner al centro que en política se puede dialogar con seducción y que eso permite hacer un feminismo irreverente. Poder decir: “¡Venga, bebé, ¡qué sí es pa’ eso!”, “¡Venga, que sí lo voy a seducir para que usted vote por el proyecto de la vida!”, “¡Venga, que aquí sí pasa bueno!”, ¡Venga a gozar, que este es el placer!
Utilizamos términos que venían del feminismo más radical y del feminismo más reivindicativo de la libertad, como el goce, el placer y los orgasmos. Hemos jugado con decir «Me orgasma escuchar al presidente», porque es no abandonar nuestra disputa de la narrativa feminista en lo popular, asentada en el goce y en el placer del proyecto nacional popular. Nacemos de aportar a narrar este proyecto con alegría y con una narrativa estética interesante. Con las chicas jóvenes esto nos ha dado muy buen resultado, porque ellas se sienten muy cómodas para hablar de sexo, placer, feminismo y poder político. Combinar esos temas funciona. Nosotras no somos feministas para hablar por fuera del proyecto político.
Es ver un feminismo muy fresco y no tenemos problema con la disputa del poder y con trabajar para el Estado, ni con amar a un presidente que a veces se descacha con sus comentarios. Tenemos la apuesta de construir un feminismo que no caiga en el abolicionismo, en el negacionismo o en el biologicismo para, en su lugar, consolidar un feminismo más militante, revolucionario y alegre. Un feminismo con una clara vocación de poder en el Estado y en el proyecto político que, aunque no es perfecto, es el que está.

Hoy nos enfrentamos a una sensación de desencanto en ciertos sectores latinoamericanos frente a gobiernos progresistas que están bajo el asedio constante de las élites, o bien no lograron cumplir con todas las demandas de las organizaciones. Ante esto, algunos movimientos sociales dicen que el poder contamina o fractura. ¿Qué análisis haces de este fenómeno? ¿Crees que en Colombia la izquierda abandonaría la disputa institucional en este momento?
Yo ubico a Colombia en un lugar particular, porque nosotros siempre hemos estado solos. Cuando estuvo la primera ola progresista en la región, éramos el país que experimentaba la ultraderecha más retrógrada. En los momentos más grandiosos −con Chávez, Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, México−, nosotros estábamos imbuidos en la guerra. Ahora, cuando varios gobiernos progresistas ya no están y hay un debate sobre las equivocaciones o se ha caído en la desilusión, nosotros apenas estamos empezando. Casi que le estamos dando la esperanza a los que están desesperanzados.
Colombia es un país raro. Nuestra izquierda ya no es aquella que solo hizo oposición, a la que masacraron y tiraron del ring varias veces. Ahora es una izquierda que ya gobernó, que volverá a gobernar y que debatirá la posibilidad de un proyecto de bienestar. La disputa es bien grande dentro de la izquierda; radica en un debate muy fuerte sobre el autonomismo, porque el discurso de ciertos sectores autónomos puede parecerse al de los libertarios. Hay una similitud entre ambos: plantean la no existencia del aparato del Estado como regulador o generador de bienestar y comunidad. Para los libertarios, esto se basa en el triunfo del mercado y del individualismo sobre la comunidad.
Los proyectos autonomistas tienen mucho más potencial cuando hay un gobierno de izquierda porque les respeta. A la gente que quiere negar al Estado le va mejor con un gobierno donde el bienestar está por encima.
En una agenda política descolonizadora radical, quienes podrían plantear otra forma de gobierno serían las comunidades indígenas y afro que vienen resistiendo hace quinientos años y que han sobrevivido sin el Estado de las élites que las expulsó a las zonas más desérticas y les quitó sus tierras y el agua. Para quienes estamos en lo urbano, por ahora, el aparato del Estado es quien regula el bienestar de la colectividad.
La izquierda falla al poner hombres y mujeres conservadoras que, así necesiten y amen la libertad o la redistribución, son hijos e hijas de la colonización y de sus jerarquías. No estamos listos para que todo cambie mágicamente, pero lo que no va a pasar en Colombia es que un ejército de izquierda se arme para agredir a las feministas. Las fallas del progresismo en América Latina nos dejan una responsabilidad mayor que no se puede cometer en un segundo gobierno.
Las tensiones dentro de un proyecto progresista existen, pero ¿esas tensiones te llevarían a montar en el poder al fascismo? Creo que no. La gente desilusionada lo que quiere es radicalizar el proyecto, enunciarlo más, pero no ir en contra del gobierno en un momento donde el «ir en contra» le suma a una oposición fascista que busca ganar de nuevo el Estado.
Históricamente se dijo que en Colombia la izquierda nunca llegaría al poder por la vía electoral. Sin embargo, Petro y Francia rompieron esa inercia y llegaron vivos a la presidencia y vicepresidencia. Ante las próximas elecciones ¿consideras que esto ha generado un cambio en la cultura política colombiana o estamos viendo un reacomodo de los sectores tradicionales para recuperar el poder político?
En mi mirada tenemos tres campañas: (i) la campaña de la continuidad del cambio, la izquierda y la alegría, con Cepeda; (ii) la campaña de la ultraderecha puesta en personajes como Paloma Valencia, con la carga de Uribe, y de Abelardo de la Espriella; (iii) la campaña del centro, encarnada en Fajardo y en Claudia López.
La derecha no sabía que era de derecha; pensaba que era centro, y le costaba asumirse como centroderecha o centroizquierda. Claudia López pudo construir por fuera de Fajardo una centroizquierda, ella venía de denunciar la parapolítica y de darle muy duro a las élites, pero se dejó enredar en dos cosas. La primera, la idea de que el neoliberalismo no es malo, que no es de derecha, que es un modelo que sí logra redistribuir y desarrollar el país, sin mirarlo en su diversidad, su campesinado y sus comunidades indígenas y afro, las cuales en ese discurso estaban totalmente excluidos. Ella quiso modernizar el país pensando solamente en el mundo andino. El segundo elemento es que a ella no le cae bien Petro, entonces se obsesiona con pensar que es el proyecto de Petro y no un proyecto del cambio al que ella pudo aportar. En cambio, sí lo hizo Ariel Ávila al apoyar a Cepeda. Es un sector que, aunque es liberal y se atemoriza cuando hablamos de la nación popular, no es fascista, entonces se suma en las negociaciones pertinentes.
El centro se quedó sin agenda económica porque el presidente puso sobre la mesa las discusiones reales sobre las pensiones. Ellos quisieran volver al concepto de seguridad democrática y a la narrativa de lo público-privado para hacer un Estado corporativo, pero eso no da por ahora.
Por otro lado, la ultraderecha tradicional tiene pocas posibilidades de ganar. Está dividida, repite el escenario de elecciones pasadas en las que se limitaba a gritar «guerrillero», le echa la culpa a todo el mundo y enuncia pocas propuestas. Sabe que, si dice lo que realmente quiere, la gente no vota por sus candidatos. Está estancada en su electorado orgánico de siempre, el que repite que todo es culpa de la guerrilla y del castrochavismo, y que el comunismo no puede llegar. Por ahora, ese sector no crece, mantiene un proyecto que no anuncia nada nuevo. Por eso, Paloma Valencia intenta mostrarse de centro.
Pero ahí Abelardo de la Espriella se adelanta y quiere modernizar la ultraderecha colombiana. Más que imitar a Milei o a Bukele, quiere mostrar una figura fresca, no partidista: «Yo no soy de los partidos tradicionales, soy yo con yo». Eso posibilita, en una nueva generación fruto de las redes sociales, un vaciamiento de la política muy peligroso, asentado en las fobias, el racismo y la frustración de jóvenes reaccionarios y libertarios. Estos dicen: «No quiero estudiar cuatro años ni trabajar por un salario mínimo, quiero ser influencer y no pagarle impuestos al Estado». De la Espriella se presenta como un outsider y atrae a estos sectores apelando a la política del espectáculo.
Está surgiendo una subjetividad que en su discurso coloca a «esos zurdos que quieren todo regalado» frente al modelo del empresario y el espectáculo. Es una vieja ultraderecha uribista, con un Abelardo que sabe que tiene que desligarse del uribismo, pero que quiere mostrarse más radical. Obviamente, va a atraer a los electores a los que no les gusta que haya un gay de candidato a vicepresidente, como lo hay en la fórmula de Paloma Valencia. Abelardo no le gusta a la élite aristocrática y terrateniente tradicional, así que prefiere presentar a Paloma como alguien de “centro” y más «decente», aunque a ella se le sale siempre su verdadera postura.
Estamos empatados porque todavía no somos hegemonía. Por eso no podemos ser triunfalistas, puede pasar cualquier cosa con el porcentaje de indecisos. Pero miremos la ruptura: antes la izquierda era el 5 % o el 10 %, hoy estamos en el 45 % o 50 %. Esto nos va a mantener afirmando el proyecto.
Finalmente, también está el factor tradicional de las maquinarias políticas regionales, como el Partido de la U, Cambio Radical, el Partido Liberal y el Conservador. Están al servicio del mejor postor, calculando cómo acomodarse con el ganador, para las alcaldías y consejos municipales. En ese terreno tendremos otra discusión, porque allí nos falta mucho todavía. Algunos criticarán diciendo que nos vamos a volver «electoreros», pero el reto es cómo recuperamos la narrativa del poder local para seguir construyendo el proyecto nacional popular.

¿Qué posibilidades reales de profundización ves en la fórmula de Iván Cepeda y Aída Quilcué? ¿Cómo responde esta propuesta a la continuidad de un proyecto político de cambio en Colombia?
Nosotros, los colombianos, tras la desintegración de la Gran Colombia, tenemos un pequeño mal que pervivió mucho en el pensamiento santandereano y del virreinato de la Nueva Granada: un temor profundo al caudillo y a la idea de que la política no se hace sobre la emoción. Por primera vez estamos hablando de la continuidad de un proyecto, tenemos a un hombre que quisiéramos que no se fuera, que es Petro, pero él se va para demostrar que la figura no necesariamente tiene que permanecer.
Aunque Petro no sea el candidato, no abandona el proyecto, pone el juego político. A alguna gente eso no le gusta, con lo que sigue el argumento de la ultraderecha, es decir, que él gobernará tras bambalinas. Es la matriz que utilizaron contra Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador en México. Lo que no entienden estas escuelas liberales, individualistas y obsesionadas con la alternancia política, es que los procesos son a largo plazo. EE. UU. ha tenido un proyecto de continuidad imperial desde su fundación hasta hoy, gobiernen demócratas o republicanos, no hay alternancia en su política.
Iván Cepeda llega como una posibilidad de legitimidad maravillosa. Creo que a él mismo le cayó por sorpresa ser el candidato, porque va a ser el candidato de la transición. Representa los dolores de esta izquierda que fue opacada, eliminada y que estuvo en la oposición, pero que ganó protagonismo al perderle el miedo a Uribe. Con Iván la izquierda se siente doblemente protegida; es un hombre que fija la línea y que coincide plenamente con el presidente Petro en el proyecto político. Eso garantiza que el proyecto continúe, no se está inventando el agua tibia. Además, Iván tiene una capacidad que no tienen otros en la izquierda, no está buscando poner su impronta propia, entiende perfectamente qué significa un proyecto de continuidad.
El complemento es Aída Quilcué, la sorpresa más bella y épica que hay. ¿Cómo contrarrestar a una ultraderecha que va a venir con un discurso mujerista, siendo la más clasista y racista, como la que representa Paloma Valencia? Pues con una mujer del pueblo, una mujer indígena que antagoniza históricamente con la familia terrateniente de Paloma. Es bastante bonito.
En 2022, el feminismo y los movimientos populares apostaron con fuerza por la vicepresidencia de Francia Márquez. Sin embargo, en el actual panorama electoral vemos a una Francia marcada por las tensiones de la práctica institucional, y su movimiento, Soy Porque Somos, apoya la opción de Roy Barreras en lugar de la continuidad con Iván Cepeda. ¿Cómo analizas lo que ha sucedido en este periodo?
Lo de Francia es producto de las complejidades de la transición democrática. Por supuesto que hay racismo, pero también hubo muchas discusiones internas sobre cómo gobernar y cuál es el papel de una vicepresidenta. A ella le dieron muy duro, y creo que faltó asesoría y determinar mejor la estrategia frente a una derecha que ya sabíamos cómo iba a actuar. Su discrepancia real y sus denuncias de racismo la llevaron a marcar distancias, pero el punto de quiebre con el presidente realmente fue el Ministerio de Igualdad y Equidad, más que su papel como vicepresidenta.
Su rol internacional fue muy bello, estableció relaciones con África y lideró el debate por las reparaciones históricas frente a la empresa esclavista. Pero la transición también develó que el poder negro no es homogéneo; mostró que tiene facciones e ideologías. En el propio Gobierno se ha mostrado este panorama con figuras como Luis Gilberto Murillo o Aurora Vergara, que vienen de una línea más liberal. Eso abre el espectro y demuestra que la discusión no es puramente identitaria o de no discriminación o de reivindicación dentro de la evolución del capitalismo, sino que debe trascender para ser un proyecto antirracista y revolucionario.
Aída Quilcué viene del Senado y de un movimiento como el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) que es mucho más compacto y estructurado organizativamente. Eso le permite tener visiones muy concretas sobre lo que se quiere en relación con el buen vivir y la defensa de la tierra, lo que le da un respaldo muy sólido. El interrogante para ella a futuro será si asumirá el modelo de ser vicepresidenta y ministra a la vez, como hizo Francia. Si hacemos una evaluación de la actual vicepresidencia, vemos que hizo un trabajo hermoso abriendo caminos que estaban cerrados, pero en la gestión del Ministerio de la Igualdad, la discusión cambia.
Bajo mi consideración, esto responde a malas asesorías. Hay diversas miradas sobre lo que pasó internamente. Me parecería muy justo con ella hacer una evaluación separada de su rol en la vicepresidencia, a pesar de los escándalos y los señalamientos mediáticos que hubo, para poder rescatar lo que verdaderamente se construyó allí y sumarlo al acumulado del proyecto del cambio. Ahora bien, ella, como cualquier otra figura, tiene todo el derecho de que su movimiento político defina por dónde irse. Creo que su respaldo actual se da más intentando distanciarse de la izquierda por discusiones internas y dinámicas propias del comportamiento político, que por un paso estratégico real sobre el proyecto que ella misma venía representando.
El papel que Aída Quilcué podrá jugar de ahora en adelante tendrá que reflejar el aprendizaje en un segundo gobierno. Ella va a aprender porque, idealmente, debería tener una conversación profunda con la vicepresidenta saliente para comprender dónde están los nudos críticos de la institucionalidad y qué se podría hacer para mejorar.

Paloma Valencia está intentando cautivar el voto de sectores populares afirmando que el cuidado y el trabajo doméstico no representan una opresión, sino que es algo que se disfruta, que el feminismo es excluyente y que no representa a todas las mujeres ¿Cómo debe responder ante esto el feminismo popular? ¿De qué manera la candidatura de Aída Quilcué logra hablarles a las mujeres sin reproducir discursos del feminismo liberal?
Ese fenómeno del mujerismo es un efecto del feminismo liberal. El problema empezó cuando el feminismo en las campañas políticas se redujo al eslogan de «mujer vota mujer». Que un feminismo esté por fuera de un proyecto político histórico o que el feminismo mismo sea el proyecto, es un problema. Es posible enunciar el feminismo como un proyecto en sí mismo, pero si no lo vinculas a la construcción de un Estado cuidador, antifascista y popular, dejas el terreno abierto para el vaciamiento político. A mí me preguntan: «Profe, ¿cómo así que no vamos a votar por Paloma, si el feminismo es apoyar a las mujeres?».
Lo que está haciendo Paloma Valencia es muy hábil: va a los barrios a cautivar a un grupo de la economía popular, a las emprendedoras, vendiéndoles el relato de la mujer súper poderosa que puede sola con el hogar, con la calle y con el trabajo, pero omitiendo deliberadamente el costo del doble trabajo, la explotación y el estrés.
Nuestra campaña, teniendo a Aída Quilcué allí, pone de manifiesto una identidad real. Frente a una propuesta que habla aspiracionalmente y desde el privilegio, de lo que podemos llegar a ser, nosotras nos identificamos con una mujer que viene de abajo y nos narra su historia desde lo colectivo. Sin embargo, debemos dar un salto fundamental. A Aída le corresponde visibilizar todo lo que se ha construido por el amor profundo que el proyecto del cambio le tiene a las mujeres del pueblo.
Las mujeres del pueblo siempre se han distanciado del feminismo liberal porque este solo enuncia la violencia y la autonomía económica individual, pero sin pensar en que, si yo soy de una comunidad indígena, yo lo que quiero es tener mi propia tierra o la tierra para mis hijos o la tierra como propiedad colectiva; o que los grupos armados no pasen y que no me recluten los hijos. Además de eso, tener un trabajo que me permita ir a cuidar a mis hijos. O sea, es una agenda muy diferente a la de las súper poderosas mujeres blancas que tienen poder y que consiguen a una trabajadora que les cuide el hijo, que casi siempre es una mujer del pueblo. El feminismo tiene un reto, y es construir un feminismo popular.
No se está diciendo que un proyecto del cambio no acepte que todas las mujeres sufren al patriarcado, pero en relación con los derechos colectivos, estos están dados sobre las mujeres populares. Eso no implica lo que ella ha intentado decir, que nosotras estamos dividiendo a las mujeres. No se está dividiendo, es que hay una clase y las necesidades de las mujeres del pueblo son diferentes a las de la élite.
El feminismo no va a atacar a las mujeres elitistas solo porque sean de élite, pero a la hora de las políticas públicas y de la redistribución de los recursos, obviamente hay un gobierno que opta por las mujeres del pueblo.
El escenario regional cambió drásticamente el 3 de enero de 2026 tras la agresión imperialista contra Venezuela, que incluyó un bombardeo y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores. Ese mismo día, Donald Trump acusó directamente a Gustavo Petro de ser un narcotraficante. Todo esto sumado a las operaciones de varios meses bombardeando lanchas y asesinando pescadores, varios de ellos de nacionalidad colombiana. Ante este nivel de hostilidad y el evidente matiz que ha tomado el discurso antiimperialista del presidente Petro desde entonces, ¿cómo crees que deben configurarse en adelante las relaciones entre Colombia y Estados Unidos?
Nosotros no teníamos relaciones diplomáticas con EE. UU., nosotros teníamos relaciones serviles. Cambiar el panorama de una relación servil a una relación de tú a tú cuesta muchísimo. Por un lado, una parte del pueblo admira a EE. UU., pero por el otro le teme mucho. Nosotros, que venimos de una guerra, nos planteamos con mucha claridad qué implicaciones tiene esto para el presidente Petro.
El sentimiento antiimperialista que despertó Petro fue maravilloso. Yo era muy pequeña cuando Ronald Reagan vino a Colombia y los movimientos sociales lo recibieron con protestas, pero en ese entonces la indignación era de un solo sector. En cambio, ante la amenaza real de que EE. UU. viniera a invadirnos, se empezó a gestar un sentimiento antiimperialista muy generalizado.
Lastimosamente, el presidente lo frena con la llamada de Trump y su posterior visita a EE. UU. Sin embargo, eso le subió los puntos internos que le faltaban, él no se arrodilló, no fue allá a decir «Discúlpenme, por favor no nos invadan», sino que fue y le habló de tú a tú, cosa que ningún presidente colombiano había hecho. Sin embargo, otra parte de la base quería más; exigía radicalidad, sin entender que venimos de una herencia servil y que no se pasa de la subordinación absoluta a una ofensiva contra el imperio de la noche a la mañana.
Además, cargamos con el problema del narcotráfico. En Venezuela, EE. UU. tuvo que secuestrar a su presidente porque no pudo demostrar de cuál narcotráfico hablaba, pero la estrategia del imperio con México, Colombia y Ecuador es muy distinta. Utiliza el narcotráfico como el pretexto perfecto para decir que nos pueden invadir o que, en un momento dado, pueden asesinar a un presidente.
Yo creo que Estados Unidos no sabía cómo podía reaccionar este país y por eso no se arriesgó al extremo, moviéndose más bien en una línea entre el diálogo y la humillación. Nosotros no nos dejamos humillar, pero es real que seguimos en una relación muy subordinada. Por eso, el sentimiento antiimperialista es fundamental para que en estos próximos cuatro años movamos la formación política del pueblo hacia la comprensión real de nuestra relación con el imperio.
En la región hace falta el liderazgo antiimperialista y la genialidad del comandante Chávez. Eso hoy no está. Al mismo tiempo, vemos la cobardía de Lula. Le abono al presidente Petro que ha intentado rescatar el proyecto de integración latinoamericana y evocar de nuevo el espíritu de la Gran Colombia, porque la realidad es que solo organizados sobre la base de bloques regionales podemos negociar con EE. UU. e, incluso, contrarrestar una intervención.
Habría que construir un proyecto que nos permita poner la dignidad y la demanda de un nuevo orden mundial sobre reglas que le pongan límites al imperio. Límites que, de hecho, ya existen, porque el imperio ya no siempre gana las guerras solo por el hecho de invadir. Nos puede invadir y bombardear, claro que sí, pero no puede sostener esas intervenciones en materia económica, que es donde hoy se juega su verdadera hegemonía.
Los riesgos económicos para Estados Unidos son concretos: una intervención no planeada le puede generar un desbalance y una crisis energética que no pueda controlar. No tiene la exclusiva para imponer los precios del mercado mundial. Si una intervención le dispara los costos internos de los servicios, la vida dentro del imperio se deteriora inmediatamente. Esa es nuestra ventaja en este momento histórico: el juego económico y las mismas medidas de bloqueo o sanción con las que nos agrede pueden revertirse, porque también depende de nosotros. Es lo que China ha dejado claro: si le imponen aranceles, responde con aranceles del 100 %. Estamos ante una guerra económica donde el imperio mantiene toda la hegemonía militar, pero ya no tiene el control absoluto de la economía del mundo.

Ya hemos visto como EE. UU. interviene en procesos electorales en la región, desde el apoyo explícito de Trump a Nasry Asfura en Honduras o el respaldo estratégico a figuras como Daniel Noboa en Ecuador o Javier Milei en Argentina ¿Qué análisis se hace desde Colombia sobre esta injerencia en las próximas elecciones?
Trump quiere armar un bloque para América Latina, y un proyecto de cambio representa un tropiezo para ese objetivo. Ahora bien, la pregunta que debemos hacernos es el nivel de maniobra que tiene, considerando que no cuenta con toda la legitimidad al interior de EE. UU.
Se ha denunciado muchas veces que el software para los comicios es muy sospechoso, pero la realidad es que a nosotros nos tocaría actuar con contundencia si se diera alguna irregularidad. Ahí es donde entra el cuidado del voto y todo lo que tenemos que aprender como movimiento popular. En el terreno electoral todavía arrastramos cierto temor, a pesar de que en la calle se siente un ambiente totalmente dado para ganar. En Medellín, por ejemplo, hoy podemos ver un equilibrio en una ciudad históricamente adversa. No estamos en un 50-50, ellos todavía son un poquito más, pero antes nosotros éramos una absoluta minoría. Sentir ese cambio te demuestra que no es posible que en las urnas eso no se refleje, a menos que ocurra una intervención directa en el sistema electoral. Ese escenario no está descartado.
El segundo periodo del proyecto de cambio nacerá en medio de una vecindad compleja, con Venezuela en un momento de resistencia y reconfiguración, y con Ecuador directamente volcado contra nosotros. La ventaja geográfica y política que tenemos es Brasil, porque Perú, en medio del enredo interno que tiene, ni va ni viene. En estos últimos días de campaña tenemos que estar muy pendientes de lo que vaya a pasar, pero no hay un escenario vislumbrado en el que uno sienta que sencillamente no van a reconocer las elecciones, aunque con Trump cualquier cosa puede suceder. El escenario hay que discutirlo, pero parto de la base de que Trump necesita reconfigurar primero todo el desgaste que ha tenido en Irán y eso le obligará a darle una espera a lo que decida hacer con América Latina.
Aun así, nos tenemos que preparar para lo que va a ser una intervención directa de Estados Unidos en nuestros países. A estas alturas ya no lo podemos poner en duda. Lo que pase en Cuba en los últimos meses u horas también determinará qué vamos a poder hacer, porque si algo ocurre en la isla, a él se le abrirá otra puerta. Trump abre puertas, pero no sabe cómo cerrarlas, y no siempre se cierran catastróficamente a favor del imperio.
En este juego también estamos dependiendo de otras potencias globales que, en mi percepción, tampoco tienen un interés real en enfrentar a EE. UU. a nivel militar, sino que prefieren disputarse la reconfiguración del poder económico mundial.
Finalmente, ¿cuál es la estrategia para lograr el triunfo y asegurar la victoria en primera vuelta?
Dialogar en la calle y activar la politización de cada uno de nosotros, es decir, sentir la campaña. A mí por eso me parece tan bonita esta campaña, porque cada quien está diciendo “en qué ayudo”, “qué falta”, “a quién convenzo o a quién dejo en la casa”, porque también la estrategia puede ser convencer al 10 % que no ha decidido por quién votar o persuadir para que se quede en la casa aquel que no quiere a la izquierda y no le va a votar.
En esta estrategia lo que buscamos es seducir. Está la campaña del millón de afiches por Iván y Aída en las ventanas, están los diálogos que se están haciendo, está la chiva de la Minga, todo para que la gente sienta que la campaña está en la calle. De ese 10 % indeciso, podemos convencer al 5 % que dice: «No entiendo mucho de política, pero voy a votar si me explican bien cómo es que es eso», o «Nunca entendí que hablaran tan mal de Petro, pero tampoco entiendo por qué la derecha es mala». Hay gente que está pensando así y a ese 10 % lo compone en su mayoría la clase trabajadora.
Espero que de ese 10 % un 5 % se deje seducir: se dan piquitos, besitos, abracitos, se invita a cerveza, se invita guaro, «venga que sí es para eso, venga amor yo le cuento, venga que, si usted confía en mí, sabe que no estamos no lo voy a llevar a un proyecto malo».
Ha sido el invento de todos: bailar, estar en la calle con nuestras consignas, hacer una llamadita, mandar una canción, aportar canciones. Pero creo que falta mucha más conversación y necesitamos más voluntarios en la calle. Tenemos una abstención más o menos histórica del 45 %, a esa gente nos la encontramos en la calle y nos dice: «No me hablen de política»; está desilusionada y dice que todos son ladrones. Esa narrativa de «todos son ladrones» y «la política no sirve» le tributa mucho a la derecha.
Vamos con toda. Yo creo que tenemos todo para ganar en primera vuelta; si no se puede, en segunda vuelta igual ganaríamos. Pero queremos ahorrar el tiempo y queremos la fiesta el 31 de mayo, no postergarla hasta el 21 de junio.






