Fauna feral en Yucatán: ecosistemas en riesgo

por | Abr 19, 2026

En los últimos años, organizaciones civiles han reportado ataques de perros y gatos ferales a animales silvestres, como tortugas y flamencos, en Yucatán. Además, aumentó el número de casos de mordeduras de perro atendidas en centros de salud públicos. Especialistas aseguran que el origen de la fauna feral es la irresponsabilidad de las personas propietarias de animales domésticos y que el problema se acentua con la ineptitud de las autoridades, por lo que llaman a la aplicación de medidas polémicas, como la eutanasia humanitaria.

Fotografías: Club de la Tortuga de Telchac Puerto

Yucatán, México.- En la oscuridad de una madrugada de 2023, Ernesto Kantún percibió una sombra arrastrándose con lentitud en ka arena: era una veterana tortuga carey de ciento veinte centímetros de largo y ciento treinta kilogramos de peso que se preparaba para desovar, una escena común en las playas de Telchac Puerto, donde al joven le tocó patrullar como técnico de campo del Club de la Tortuga de Telchac.

Todo era normal, salvo la silueta blanca que la acompañaba. Kantún se acercó a prisa: pensó que era una persona escarbando para quedarse con los huevos. Pero al aproximarse vio que era un perro mordiendo los hombros del quelonio. Como pudo, el especialista ahuyentó al canino, pero ya era muy tarde.

“Vi las aletas ensangrentadas y los huesos expuestos de la tortuga. En ese entonces yo no tenía permiso de manejo, me comuniqué con el Club, llamamos a la Secretaría de Desarrollo Sustentable, pero tardaron hora y media en llegar. Y después era una hora hasta el traslado a un lugar de manejo. La tortuga se desangró”, relató Kantún, quien también es biólogo y veterinario de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY).

No ha sido el único caso. Al año se reporta en todos los municipios con campamentos tortugueros, desde Celestún, al poniente del estado, hasta Dzilam de Bravo, al oriente, al menos un ataque a tortugas, flamencos, garzas y demás fauna silvestre por parte de animales ferales. Se llaman así a aquellas especies que al principio eran domésticas, estaban bajo el cuidado de una persona para fines de compañía o alimentación, pero por diversos factores dejaron de estarlo y para sobrevivir volvieron a su estado salvaje y se adaptaron a la vida silvestre.

El término contempla situaciones intermedias, esto es, a la fauna semiferal: transita entre el cuidado humano y el desamparo, tanto en ecosistemas urbanos como en rurales y naturales. Son los animales comúnmente denominados “callejeros”.

Las personas especialistas entrevistadas por Ceiba identificaron tres focos rojos de esta problemática en Yucatán. Uno de ellos es Sisal, playa perteneciente al municipio Hunucmá donde el año pasado durante una sola noche se reportaron siete ataques letales de perros a tortugas.

El otro es Telchac Puerto, donde se han registrado hasta tres ataques en una sola jornada. En total, en los últimos cuatro años se reportaron diecisiete ataques en esa comunidad, doce de ellos mortales, de acuerdo con Kantún. El tercer foco rojo es Kanasín, localizado al oriente de la ciudad de Mérida, de acuerdo con Silvia Cortés, fundadora de la asociación de defensa de derechos de los animales, Evolución Animal.

No hay cifras oficiales sobre los ejemplares ferales en Yucatán. Solamente el Ayuntamiento de Mérida, la Universidad Autónoma de Yucatán y la Coalición Internacional para la Gestión de Animales de Compañía (ICAM) realizaron un censo en la Reserva de Cuxtal, al norte de Mérida, en respuesta a los numerosos reportes de ataques de animales ferales a animales silvestres como armadillos y aves. El estudio reveló que hay al menos trescientos setenta ejemplares dentro de la zona núcleo y alrededor de ochocientos en las comunidades aledañas a la reserva.


Una amenaza a la biodiversidad y a la salud pública


La fauna feral no es un problema inofensivo. Estos animales fueron capaces de subsistir en condiciones difíciles, por lo que se vuelven altamente competitivos y resistentes. Por ello, en ecosistemas naturales suelen ser depredadores y desplazan o menguan a la fauna silvestre por instinto o por la necesidad de alimentarse, explicó Santiago Arizaga, coordinador del Departamento de Sistemas y Procesos Naturales de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES), Unidad Mérida.

Tal es el caso de los perros que atacan a las tortugas marinas en la costa yucateca. “Hemos identificado que estos perros no cazan para alimentarse; solo lesionan a las tortugas, las dejan sin ojos, sin aletas, pero no las matan ni las consumen”, precisó Kantún.

La mayoría de esos quelonios rondan los ochenta y cien centímetros de longitud, es decir, son ejemplares de avanzada edad, lo cual implica un mayor daño ecológico por los servicios ambientales que proveen. A diferencia de las jóvenes, las tortugas veteranas pueden salir hasta tres veces al año a poner huevos, según el técnico de campo del Club de la Tortuga de Telchac.

A la par, en Telchac se han detectado tanto perros como gatos ferales escarbando los nidos. Si bien es natural que animales como la zorra gris, mapaches o coatíes se alimenten de los huevos, lo cierto es que la presencia de fauna feral está aumentando la competencia y generando presión entre las especies. En varios municipios se han reportado gatos merodeando el monte y matando lagartijas, aves e insectos. Todo esto puede generar un grave problema ecológico.

Otra consecuencia medioambiental y sanitaria es la zoonosis: la fauna feral funge como vector de enfermedades hacia los animales silvestres, domésticos y los seres humanos.

“La fauna feral es portadora de patógenos. Al moverse a los entornos naturales transmite esos patógenos a la fauna silvestre y puede ocasionar daños letales. Pero la fauna feral también puede adquirir los patógenos propios de la fauna silvestre y traer esas enfermedades a animales domésticos o a los humanos. La fauna feral es un vínculo que está rompiendo las barreras naturales para mover patógenos de los ecosistemas naturales a los humanos y viceversa”, explicó Arizaga.

De hecho, en 1982, el especialista Ernest Jackson Soulsby publicó un listado de más de cincuenta parásitos de perros, zorras y gatos que pueden intercambiarse con otros animales y con los humanos. La mayoría de esos organismos ocasionan daños al aparato digestivo, al hígado, al aparato respiratorio y al urogenital, a los músculos y tendones y al sistema nervioso central.

Ejemplos clásicos de esto son la rabia, el parvovirus, la toxoplasmosis y la larva migrans que puede penetrar la piel y posicionarse dentro del cuerpo humano como parásita. Esto último puede ocurrir por los desechos de los animales ferales, sobre todo en las playas, frecuentadas por personas descalzas.

“Como no hay manejo de sus desparasitaciones y vacunas ni tienen controles preventivos, seguramente hay parásitos dentro de esas heces. Entonces esto se puede volver un tema de salud pública”, detalló Kantún, quien agregó que el exceso de heces fecales de los animales ferales se acumula en las calles sin ser limpiado, por lo que se pulveriza y puede generar problemas respiratorios y la contaminación del agua.

A la par, se han registrado casos de ataques directos a humanos. Por ejemplo, se han detectado jaurías de perros, las cuales suelen tener un comportamiento agresivo. En Sisal, ya se identificó una jauría de entre quince y veinte perros, pero están conformadas al menos otras siete.

“Hay un riesgo latente de que puedan agredir a las personas y puedan ser transmisores de enfermedades, porque no están bajo cuidado sanitario de una persona que pueda vacunarlos contra la rabia u otros virus o parásitos”, detalló Arizaga.

De acuerdo con el Boletín Epidemiológico de la Secretaría de Salud, los casos de mordeduras de perro aumentaron en Yucatán en los últimos cinco años, aunque no se especifican las circunstancias en las que ocurrieron los ataques, ni si los perros eran ferales o semiferales.

Estos casos implican costos económicos de atención médica. Además, los impactos ambientales no están cuantificados, pero la reducción o extinción local de la fauna silvestre que brinda servicios ecosistémicos específicos, por la depredación de la fauna feral, ocasionaría daños económicos incalculables.

Aunque no suele ser tomado en cuenta, también se producen impactos a nivel social. Por ejemplo, si la población, al verse rebasada por esta problemática y ante la inacción de las autoridades, decide tomar medidas por cuenta propia sin informarse y opta por envenenar a los animales, provocándoles sufrimiento y generando potenciales afectaciones a las personas que tienen contacto con ellos.

En algunas entidades del país, se han documentado casos de personas que se intoxican con las sustancias empleadas. En Yucatán se han reportado incidentes de bebés que entran en contacto con los venenos al gatear y tocar los residuos que alguna persona adulta pisó en la calle. “Esa no es una medida adecuada para controlar el problema, solo abre la puerta a otros tipos de violencia social”, subrayó Silvia Cortés.


La irresponsabilidad de los propietarios y la ineptitud de las autoridades


El origen de la fauna feral es la negligencia e irresponsabilidad de quienes poseen animales domésticos. “Tener fauna acompañante nos debería comprometer a cuidarla, no solo a dar alimento y cobijo, sino a mantenerla dentro de casa, vigilar su salud y no permitir que salga a la vía pública”, precisó Arizaga.

Pero las estadísticas indican que esto no está pasando. Hasta finales del siglo pasado se estimaba la presencia de 24 millones de perros en México, de los cuales 70 % estaban abandonados, según datos del académico. De acuerdo con elÍndice de las Mascotas sin Hogar de la Fundación Mars Petcare, publicado en 2022, cuatro de cada diez personas encuestadas en el país abandonaron a su mascota porque les requería demasiado compromiso o tiempo, y tres de cada diez, porque no tenían espacio suficiente en su hogar.

Esto también ocurre con las personas que alimentan a animales semiferales y no asumen por completo su cuidado. Es algo que percibe cada año el Club de la Tortuga de Telchac, cuando se aproxima a quienes alimentan a las jaurías, para concientizar, pero reciben negativas a asumir la tutoría de los animales o a permitir su manejo, control o reubicación.

Por ello, la agrupación se acercó a las autoridades municipales para realizar campañas de esterilización, adopción, concientización sobre la tenencia responsable de mascotas y reubicación de animales ferales. El Ayuntamiento de Telchac Puerto “se declaró incompetente por no tener un capital humano ni instalaciones para hacer el manejo” de los ejemplares.

Entonces acudió a la Secretaría de Desarrollo Sustentable (SDS), del Gobierno del Estado, de la cual dependían, pero la institución tampoco tenía equipo ni personal para hacer esas tareas, solamente realizaron esterilizaciones, aunque la mayoría de los ejemplares que atacan a la fauna silvestre están castrados. Las campañas ayudaron como control para las hembras, pero aquellas que no tenían un propietario no fueron esterilizadas y, a la larga, sus cachorros aprendieron los comportamientos agresivos y se unieron a las jaurías.

“Los controles que hemos tenido con secretarías, con el Gobierno y el municipio no han sido exitosos ni eficaces y no ha habido una respuesta contundente ante la problemática”, afirmó Kantún.

Este año, el Club de la Tortuga pasó de depender de la SDS a independizarse. Ahora acude directamente a la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) y a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), pero tampoco ha obtenido respuesta satisfactoria.

“Lo que han hecho de manera no formal es decirnos que hagamos el trabajo como creamos conveniente, pero que como secretarías no se pueden involucrar. Es algo más político, porque si llegara a suceder algún manejo que no fuera el más adecuado para los ciudadanos, a lo mejor sí se les pudieran complicar las cosas”, comentó el biólogo.

En total, el Club de la Tortuga lleva diez años monitoreando las playas de Telchac Puerto, realizando peticiones a las autoridades municipales, estatales y federales para evitar daños por fauna feral y, a la fecha, no ha obtenido respuestas contundentes ni eficaces. “La autoridad no es ajena, no desconoce todos estos tipos de ataques o los registros que se hacen”, aseguró Kantún.

Algo similar atravesó Evolución Animal que, durante diez años, junto con otras organizaciones no gubernamentales, iniciativa privada y el Gobierno del Estado, realizó las “Macrocampañas de esterilización”, con resultados de hasta 3 000 animales intervenidos anualmente. El esfuerzo fue suspendido en 2016 bajo el argumento de la falta de recursos.

Aunque actualmente el Gobierno del Estado realiza acciones similares en municipios, de acuerdo con Cortés no han vuelto a tener los resultados de las Macrocampañas, por lo cual la agrupación está intentando revivir la iniciativa. A principios de este año se reunieron con Federica Quijano, quien era la titular de la SDS.

“Notamos interés en el tema, sensibilidad en cuanto a los perros, pero también muchísima desinformación sobre las graves raíces de este problema e irrealidad en cuanto a cómo abordarlo”, precisó Cortés.

Sin embargo, la funcionaria fue destituida y, desde entonces, Evolución Animal “no ha vuelto a encontrar una puerta abierta para reencaminar nuevamente las acciones para el control de estos problemas”.


La solución: eutanasia humanitaria y multas para propietarios negligentes


Las personas expertas consultadas para este reportaje coincidieron en que la solución es realizar una campaña de monitoreo para detectar dónde y con qué densidad hay fauna feral y semiferal, para finalmente aplicar un programa de mitigación, control y erradicación sobre las poblaciones que así lo requieran.

Eso hizo el Ayuntamiento de Mérida en la Reserva de Cuxtal: tras el censo, se retiraron jaurías para esterilizarlas. Pero 30% de los animales estaban muy enfermos o eran muy agresivos y se procedió con la eutanasia humanitaria.

Por supuesto, la eutanasia animal “implica dos partes, blanco y negro” y “es muy difícil llegar a un gris”. Pero, en la opinión de Kantún, con lineamientos bien fundamentados en la ciencia, es posible identificar el número de individuos de una jauría, si están o no castrados, y si manifiestan conductas agresivas para erradicarlos sin sufrimiento, o bien, si pueden ser rehabilitados o incluso dados en adopción.

Ante lo polémico del tema, las y los especialistas enfatizaron que la medida es necesaria, debido a los daños que ocasiona la fauna feral. Además, la esterilización y la creación de albergues no son medidas realistas de erradicación del problema: controlar las poblaciones solo es el primer paso y la adopción no es una posibilidad para los ejemplares agresivos, sobre todo porque ni siquiera los animales que sí pueden socializar son adoptados.

“Las autoridades no toman cartas en el asunto porque temen perder la simpatía de sus votantes y el problema no puede esperar más. Necesitamos hablar y establecer las cosas sobre bases reales, no sobre lo que quisiéramos o lo que afectaría menos nuestros sentimientos, sino lo que realmente en comunidad sería mejor. Ya es triste y doloroso pensar en quitarle la vida a algunos animales que están ocasionando graves problemas en nuestras áreas naturales, pero solo con sentimentalismo lo único que hacemos es que el problema crezca. Es importante trabajar con profesionales, no con advenedizos y personas que plantean cosas que no se pueden realizar”, señaló Cortés.

“¿Matar a los animales ferales es maltrato animal?”, le preguntó Ceiba al investigador Arizaga, quien contestó:

“Maltrato animal ocasionamos cuando no atendemos al animal y lo dejamos a su suerte, que él mismo empiece a encontrar su sustento. A lo largo de miles de años se le domesticó y terminó en el sufrimiento: raquítico, subalimentado, bajo condiciones infrahumanas. Ese es el verdadero crimen. Sacrificarlo es una solución para resolver una problemática y no es atentar contra la vida, sino resolver la negligencia de quienes no fueron responsables. Podemos evitar esa situación cuando avancemos hacia la responsabilidad que debemos adquirir al tener fauna doméstica”.

Pero lo justo, agregaron, sería que también se apliquen medidas a las personas propietarias que no se hacen responsables de sus animales de compañía. Actualmente, el Código Penal de Yucatán considera delito de crueldad animal el abandono de ejemplares, con penas de seis meses a dos años de prisión y multas de 50 a 150 UMA (Unidades de Medida y Actualización); en opinión de expertas y expertos, es necesario que se aplique a cabalidad.

“La sociedad tiene que entender que se debe responsabilizar de sus mascotas, de sus actos hacia las mascotas y de los actos de las mascotas al medioambiente: si defecan en un lugar, recoger; sacarlas a pasear con correa, esterilizarlas, vacunarlas, desparasitarlas. Y si crían animales de la calle, se tienen que hacer responsables: adoptarlos o hacerse cargo de ellos, y si no pueden, no darles ni siquiera de comer, porque solo les dan recursos suficientes para que se sigan multiplicando y no acaba la problemática”, expresó Kantún.

En 2025 el Ayuntamiento de Mérida aplicó al menos dieciocho multas por abandono de animales domésticos en la capital yucateca. Y han turnado a la Fiscalía General del Estado (FGE) los casos que, por su gravedad, le corresponden a dicha instancia.

Actualmente, Evolución Animal busca a alguna diputada o diputado que pueda apoyar en la presentación de una iniciativa que incida en las raíces del problema, específicamente, en las regulaciones de compraventa de perros y gatos, pues dicha práctica suele derivar en el descontrol de las camadas y el abandono de ejemplares.

El Club de la Tortuga ha ido más allá. Con la asesoría de organizaciones internacionales, como el Fondo Internacional para el Bienestar Animal (IFAW, por sus siglas en inglés), y con base en la Ley General de Vida Silvestre, diseñó el piloto de un protocolo de atención que fue entregado a la SDS en abril, justo después del primer ataque de una jauría a una tortuga. Se estima que al concluir el 2025 ya esté listo el documento para someterlo a aprobación y que sea implementado en la temporada de desove del 2026.

El proyecto se basa en legislación que sustenta los manejos éticos de jaurías ferales. “Estamos hablando de que, si bien hay perros que a lo mejor pudieran ser dados en adopción, hay perros que por el comportamiento o agresividad que tienen, no lo van a permitir y hay que hacer un protocolo para una eutanasia humanitaria, bajo criterios éticos, morales y médicos, para que se haga como se debe de hacer y no provocar un dolor no humanitario e innecesario”, precisó Kantún.

También se proponen protocolos de tenencia responsable de fauna doméstica, así como captura, manejo y, en su caso, de reubicación o rehabilitación de la fauna feral; y, por supuesto, medidas para reaccionar y atender casos de ataques a tortugas. La idea del Club es que el protocolo pueda replicarse en otros municipios, sobre todo en la costa yucateca.

Eso sí, es necesario que las autoridades se comprometan con estas acciones para que funcionen. Las personas especialistas indicaron que deben implementar algún consejo que incluya tanto a grupos rescatistas, albergues, defensores animalistas, especialistas en veterinaria y biología, medios de comunicación e investigadoras o investigadores que puedan aportar soluciones a la problemática, pero, sobre todo, que trabajen de manera coordinada.

Kantún sentenció: “No podemos trabajar unos de un lado y otros de otro, porque no vamos a avanzar. Es un problema que amerita una vinculación integral desde muchos ángulos y perspectivas, pero tiene que haber una voluntad de reunirlas para que se pueda llegar a una solución”.

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