La muerte de uno de los salseros más importantes despertó algunos comentarios contradictorios. Por un lado, el reconocimiento a su talento musical y a su papel fundamental en la historia de la música latinoamericano; por el otro, el señalamiento de seguidores sobre sus elogios a los políticos sionistas y de derecha en Estados Unidos. Aquí algunas pistas para reflexionar no desde lo maniqueo, sino a partir de las dudas que surgen cuando se trata de separar a la obra del artista.
Fotografías: Archivo FANIA y cuenta personal de Willie Colón en X
Michoacán, México.- El trombón –como si fuera una lengua rasposa– suena eterno y dibuja el ritmo que marcará un antes y un después en la historia de la salsa. “¡Guapea Willie Colón, el Diablo!”, el grito queda inmortalizado en la grabación de La Murga de Panamá, una de las piezas más conocidas y populares que nos dejó el dueto Lavoe-Colón en su orquesta. Lanzada en 1970 bajo el sello Fania, esta pieza también se convirtió en el colofón musical que sonó en el funeral del Malo del Bronx hace tan solo unas semanas, el pasado 10 de marzo de 2026. Decenas de trombones entonaron la melodía en el atrio de la catedral de San Patricio, en la también latinoamericana ciudad de Nueva York.
En el funeral de Héctor Lavoe en 1993, se desplegó todomundo y se formaron largas filas para despedirlo, en donde los gritos, aplausos y los llantos de miles de familias colmaron las calles de Bronx. El caso de Colón fue distinto. El recinto católico lucía en calma, un centenar de personas, entre la familia cercana y amistades acompañaron el servicio litúrgico, sendos discursos elogiaron la figura del neoyorquino descendiente de una familia puertorriqueña, y al salir una serie de trombonistas elegantemente vestidos tocaron la pieza referida. En el velorio de Lavoe –según se muestra en varios videos–, la gente va vestida con lo que tiene –sobre todo con camisetas con su cara– y es imposible no escuchar los gritos a pesar de que la transmisión televisiva daba preferencia al locutor. Existe un claro distanciamiento hasta en la manera de despedirse de este mundo.
Originalmente, estas anotaciones sobre la salsa comenzaron en el barrio caraqueño de San Agustín, con la intención de hablar de la noche y de la fiesta salsera en una noche de rumba, de la vigencia de la salsa brava. Las cosas cambiaron drásticamente en el camino: los gringos bombardearon Caracas, el mundo comenzó a estar en vilo con las amenazas de dominación de Trump y, sin más, uno de sus fans públicos más polémicos murió. Sí, el 21 de febrero, Willie Colón dejó este mundo terrenal.
Extraordinario trombonista, impecable productor y arreglista, compositor, una de las figuras claves de la salsa, compartió escenario y proyectos con Héctor Lavoe, Rubén Blades y muchas otras figuras determinantes en la construcción de la cultura salsera. A pesar del vacío que deja en los escenarios y en los estudios de grabación, en los últimos años también se volvió una figura polémica por haber apoyado a la derecha estadounidense.
“No ha movido tanto todo lo que ha pasado con él, porque para muchos de nosotros que gustamos de este movimiento cultural, cuando empezamos a escuchar la música de Willie Colón, no era este personaje incómodo, sino que era una figura clave dentro de la música que nos abrió muchas cosas, identidad, curiosidad, gusto, una forma de conectar con la cultura salsera y con todas estas historias de salsa”, me confía Ali, salsera, melómana, bailadora, y una persona con la que comparto muchas opiniones al respecto. Con ella conversé sobre esta situación incómoda.

¿Es posible separar la obra del artista?
A lo mejor para Rosalía sí es posible, o así parece ser en la entrevista que le hace la escritora argentina Mariana Enríquez. Tal vez desde la ignorancia es más sencillo, pero tratándose de la música de Willie Colón y de todas las personas que nos formamos con su música, no es tan simple. Lo que representó para generaciones enteras –desde que a finales de los años sesenta comenzó a definir el “sonido sucio del barrio” como si se tratase de un grito de resistencia– les dio ritmo y soltura a las historias de la migración latinoamericana en el corazón del imperio, en el barrio neoyorquino del Bronx.
En la carta de despedida y homenaje que escribió Blades a propósito de la muerte de Colón, expresa que el encuentro con él fue algo que detonó –para ambos– una suerte de revolución musical: “Sostuve mi primera conversación con Willie sin que imagináramos que en pocos años crearíamos una conexión personal, emocional e intelectual, capaz de cambiar la estructura tradicional de la salsa, desde un esquema de temas con letras y de arreglos dirigidos al baile y estrictamente limitados a la realidad del barrio, a una música de contenido urbano y nacional, que no evadía la presentación del asunto político”.
La obra musical de Colón –en su carácter cósmico– comenzó en las calles del barrio en el que nació y en el que se podían ver las contradicciones de la vida latinoamericana bajo el capitalismo estadounidense. Contó historias determinantes que mostraban a los personajes, los tipos de relaciones que surgían entre el trabajo asfixiante y la necesidad de ocio y descanso. Consolidó su trabajo con la mancuerna que sostuvo con Lavoe y al encontrar a Blades pasó a una fase más continental, aunque siempre bajo lo popular.
Siembra, el disco más vendido en la historia de la salsa, no habla de novelas cursis o del american way of life, habla de la realidad latinoamericana y lo hace desde el baile, desde la musicalidad más arraigada en las tradiciones caribeñas y africanas. “El sonido de sus trombones –continúa Ali– no suena elegante o tan brillante como el de las trompetas en otros artistas u otras orquestas, sino más bien suena grave, áspero, como si envolviera toda la canción en una atmósfera más densa, desde el inicio agarra, engancha, es un sonido que acompaña a la música, como si esta misma música y estos mismos sonidos estuvieran contando algo del mismo drama de la historia y además da esta sensación que me dejan muchas canciones: que son como pequeñas historias de barrio, que siento que no solo son letras para bailar, sino que hay personajes, hay situaciones, hay tensiones”.

No solo no es posible separar a la obra de quien la crea, sino que no es deseable. Por eso resulta tan complejo y tan contradictorio seguir escuchando las piezas más populares de Colón en las fiestas y en las calles, en la radio y en nuestras celebraciones, al mismo tiempo que se vuelve repugnante su apoyo y celebración de Donald Trump, sus comentarios fuera de tono, su burla conservadora desde su cuenta de X. ¿Dónde quedó el músico comprometido que promovía la unidad latinoamericana para hacerle frente a los embates de lo que significa vivir aquí, en esta región asediada, entre otras cosas, por el imperialismo y el fascismo de Estados Unidos?
Me pregunto, de la mano de Ali, si la obra sigue siendo la misma, si la obra sigue siendo del artista o si ya pertenece a la cultura popular y a quienes la escuchamos. Quizá la pregunta ya no solo sea sobre Willie Colón, sino sobre algo más general, ¿qué hacemos como oyentes, cuando la obra musical que amamos y la persona que la creó parecen ya no hablar el mismo idioma?, ¿qué hacemos con ese sentimiento que es contradictorio, cuando la música y la persona que la crea se distancian?
A diferencia de la limpia imagen que Rosalía construye sobre Picasso, Willie está en todos lados, está en nuestra vida cotidiana, “en los mercados, en la calle, en las fiestas, en los salones de baile que tanto disfruto y nunca puede faltar. Es muy disfrutable bailar y la gente se emociona. Mi cuerpo reconoce y disfruta esta música”. La disfrutamos. Tengo ganas de responderle a Ali con más preguntas que respuestas, con más dudas que certezas y con la convicción de que no se trata de hacer juicios superficiales, sino del uso del espíritu crítico para comprender que hasta en esto no hay purezas, sino complejidades y que Willie Colón, en algún momento, fue alcanzado por ideas y creencias que no apoyaremos, aunque bailemos las canciones que grabó y que nos dieron identidad latinoamericana. Finalmente, él no pudo escapar de lo terrenal, de lo telúrico de la vida y sus contradicciones.

Y mientras son peras o son manzanas, en el corazón salsero de Caracas se seguirán poniendo las canciones de Willie y de Rubén, aunque ambos hayan criticado férreamente al Gobierno de Maduro y entre ellos el dinero hubiera generado una ruptura. La gente seguirá bailando con el mismo tumbao y sentimiento las piezas clásicas de una cultura en la que los trombones rompieron el establishment musical y construyeron un sonido renovado. La música de Colón seguirá estando en las bocinas de las casas en Miami, Cuba, México o Venezuela. Esa es su grandeza, la capacidad de trascender a través de la creación, sin olvidar que esto no es garantía de coherencia permanente.
“Usted no está muerto, compadre. Al contrario; ahora es que Usted comienza a vivir”. Así se despide Blades de su gran amigo, aquel que envejeció más cerca del poder que del pueblo.





