El reguetón como género ha sido territorio de discordia: acusado de vulgar, señalado por sus letras, pero también vivido como espacio de libertad, deseo y reivindicación. Lo que no se puede negar es que como fenómeno ha logrado instalar una discusión necesaria sobre quiénes somos, qué deseamos y cómo nos expresamos en una región marcada por la herencia colonial. Para adentrarnos en este terreno, conversamos con cuatro personas que, además de escuchar reguetón, lo sienten en cada parte de su cuerpo.
Fotografías: Laura Salcedo, Danielys Godoy, Muriel Tremont, Roxana Laguado
Caracas, Venezuela.- Cuestionada sobre el reguetón y sobre lo que tiene, hablé con cuatro personas atravesadas por el mismo ritmo: una joven y su hermano de veinte años que perrean con la misma naturalidad con la que respiran, una feminista de treinta que reconcilia su pensamiento crítico con el goce de su propio cuerpo, y una actriz de cuarenta y dos que entiende el reguetón como escena, personaje y desborde. Más que resolver una discusión, sus voces buscan habitarla: porque si algo tiene este género musical es que incomoda, seduce y contradice al mismo tiempo. Y es justamente allí, en esa tensión, donde empieza a decir algo sobre nuestros cuerpos, nuestros deseos y la forma en que decidimos mostrarlos.
Algo sucede cuando suena ese género con su toque de dembow: en el espíritu, en la cadera, en los pies, en la nuca y en otros miembros del cuerpo. Algo que no es solo música. Es una orden que no viene de afuera, sino de muy adentro, como si el cuerpo reconociera con mayor facilidad lo que las palabras no alcanzan a procesar. Como si, para quien lo vive y lo baila, este género le sacara de manera más sencilla su faceta sensual y desinhibida.
No es gratuito que, buscando canciones que me inspiraran a escribir este texto, lo primero que me arrojó el buscador de Google fue “Canciones más sexys para una noche de pasión” o “Playlist de reggaetón para sentirte bien” y más abajo otra lista con “Canciones para tener sexo”. El reguetón suele estar relacionado con la libertad, el placer, el erotismo y la sensualidad.
Así lo nombra Roxana Laguado, feminista y trabajadora social de treinta años, desde la experiencia del cuerpo: “El baile es liberación en todos los sentidos. La expresión del cuerpo al bailar es una cosa que genera muchísima felicidad. Te hace sentir libre y aumenta la autoestima”.
Muriel Tremont, madre, actriz, dramaturga, docente y productora teatral, con cuarenta y dos años, comenta también lo que significa el reguetón para ella: “Te conectas con la sensualidad y la sexualidad. El ritmo es pegajoso y te permite moverte libremente. Me siento libre, poderosa y sensual”.
Para Danielys Godoy, trabajadora, de veinte años, “el ritmo y la letra lo es todo, yo siento que soy libre. Me siento relajada con el ritmo de la música, levitando, poderosa, perrísima… y más una que se sabe mover, yo siento que me la como toda en la pista, que mi cuerpo cambia, que no me da pena nada”.
Darinson, su hermano gemelo, nos proporciona una mirada totalmente sensorial porque menciona que al bailar reguetón siente una gran adrenalina desde la punta de la cabeza hasta los pies: “es increíble”.

Treinta años de historia popular
El reguetón es un género que nació en los barrios, entre Puerto Rico y Panamá, con esa mezcla de reggae en español, hip hop y otros ritmos. Tiene treinta años de existencia, aunque parezca que siempre estuvo ahí. Hoy suena en todo el mundo y está disponible para todas, todos y todes. No solo se hizo popular, sino que su acceso también lo es: no pertenece a las elites ni está encerrado en los teatros. Es un producto de la cultura popular caribeña que se resiste a la domesticación.
Roxana recuerda incluso que, antes del boom global, ya era parte de la vida cotidiana en Venezuela: “El baile era algo muy importante que te enseñaban en la familia. En las fiestas de cumpleaños, cuando estaba muy chiquita, estaba de moda una canción que se llama Ando buscando, del cantante Mr. Bryan, que además es venezolano. Esa canción salió en el 99, Gasolina en 2004. Gasolina, de Daddy Yankee, es la canción de reguetón que se ha coronado como el boom del reguetón a nivel mundial, que dio a conocer el género en todo el mundo, por lo menos en Latinoamérica. Pero realmente antes ya existía esa otra canción y el ritmo de reguetón ya era como un boom en Venezuela. Ese es un dato curioso”. Para 2006 este género musical ya ocupaba en nuestros países los primeros lugares de las canciones más escuchadas. En el caso de Danielys y su hermano, el reguetón les gusta desde que estaban en pañales y lo han bailado desde siempre.
De lo que tal vez se habla menos es de cómo el reguetón, de alguna u otra manera, ha hecho posible que una parte de la cultura caribeña, de la cultura latinoamericana pueda ser reivindicada sin vergüenza. Cuando el término “latino” se asume como una identidad única para todos los países de Nuestramérica, borra las identidades que la componen y las reduce a la que se construye en torno a las experiencias de un sujeto blanco-mestizo-urbano. Sin embargo, en este caso elijo usar el término desde un enfoque de resistencia ante lo antiinmigrante, lo blanco y lo privilegiado, como una identidad construida también desde la exclusión. Aunque hablamos del reguetón como un ritmo que nos unifica y nos representa, no niego que esta idea deja por fuera a otras identidades en el continente.
En este caso, hablaremos de la identidad latino-caribeña como una identidad política de resistencia frente al rechazo al migrante. Entonces, para una parte de quienes habitamos el continente, el reguetón construye una forma en la que el erotismo, el baile, la forma de vestir, la manera de hablar, el color de la piel, la textura del cabello, el ancho de las caderas ya no tenga que ocultarse ni pedir permiso para existir.

La reivindicación de lo vulgar
Además de este efecto relacionado con la autoestima hay algo más: “te permite ser vulgar. Y esto lo digo reivindicando la vulgaridad… si soy vulgar, no me importa lo que piensen de mí, porque me gusta serlo, me gusta expresarme de esta manera”, señala Roxana. Y es que justamente en esa palabra, vulgaridad, aparece una postura política. Porque lo vulgar no es solo un cuestionamiento moral o estético, sino que es una categoría de expresión de clase que irrumpe en espacios donde ciertos cuerpos y gestos son discriminados. Lo vulgar es la antítesis de lo refinado, es lo que no pide permiso.
Muriel desde su experiencia, menciona que es una tendencia muy urbana asociada con la desvergüenza y que al verse desinhibida bailando, otros la ven con terror, pero porque no pueden o no se atreven a hacerlo, por vergüenza o temor de ser juzgados. Es decir, el problema no es el baile, sino quién se atreve a hacerlo y disfrutarlo.
El cuerpo en el espacio público
Cuando hablamos de reguetón, no hablamos solo de música. Hablamos de quién tiene derecho a ocupar el espacio público con su cuerpo, con su deseo, con su forma de moverse. Para Roxana, “a quienes no nos interesa el refinamiento, parecer intelectuales, sabiondos y demás, nos sentimos refugiados en el reguetón como una forma de expresar la vulgaridad. El reguetón es una expresión corporal, facial, sensorial. Hay estudios sobre lo que la cadera representa como movimiento, algo muy relacionado con la autoestima de las mujeres, con el deseo sexual o con la libertad sexual”. Muriel señala que al bailar también siente el ritmo en las caderas, una parte fundamental en el lenguaje corporal asociado a la sensualidad.
Muriel, Danielys y Darinson coinciden en que hay una distinción entre quien está de espectador y quien está bailando. Desde fuera, la pista puede verse caótica, calurosa o incluso «incorrecta», pero lo que ahí sucede es un espacio poderoso de erotización y emancipación porque no caben críticas sobre el cuerpo; esa es una de las cosas que más valora Muriel.
Por otra parte, Danielys y Darinson resaltan el sofoco que produce el perreo. Danielys señala que “la gente, el sudor no tienen nada de bonito, es como si estuvieses en una sauna, pero se siente poderoso porque tú sientes un trancadito”. Finalmente, Darinson invita a bailar para entenderlo, porque desde el lugar de espectador se puede juzgar el perreo como vulgar, pero “si tú lo estás viviendo, obviamente no es vulgar”.

Códigos y prejuicios en la pista de baile
Sin embargo, el componente de clase y los juicios morales están presentes en la sociedad y en los sitios de rumba. Muriel, al conversar sobre cómo las interpretaciones ajenas a su manera de vestir para salir de fiesta llegaron a afectarla, comparte: “cuando era más chama, me confundieron con una mujer que prestaba servicios sexuales. Y sí me importa, porque creo que la ropa dice mucho de tu personalidad y de quién eres. Existen códigos de vestimenta. Sin embargo, eso te lo enseñan los años”. No se trata de juzgar un oficio en sí, sino de evidenciar cómo la mirada del otro utiliza la vestimenta elegida al salir de fiesta para interferir sobre la autonomía y el deseo de una mujer y se asume de manera errónea que su ropa como una señal de disponibilidad.
Danielys, por su parte, comenta que para ir a una fiesta ella se viste según se siente: “Yo he salido perrísima, como también he salido súper tapada, depende de la discoteca, del día, de cómo me sienta. El fin de semana salí súper perrísima, con la faldita cortita, pa’ que se me vieran las nalgas”. Sin embargo, ser perra no significa estar disponible al deseo masculino: “la gente cree que tú eres una perrita, pero no”. Danielys se apropia del término perra como sinónimo de sujeta no sumisa y deseante.
El Conejo Malo en la casa del imperio
Recuerdo la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl de este 2026 y la manera en la que se viralizó, precisamente por suceder en el evento más visto dentro de Estados Unidos. Fue mostrarles desde dentro que somos parte del continente y no solo eso: EE. UU. se sostiene con trabajo migrante. Además, no dejo de lado que todo esto se hace en medio del contexto antimigrante y aniquilador de la otredad y de quien les estorbe o se les oponga. Después de los asesinatos extrajudiciales, la expulsión de migrantes, la política de redadas y asesinatos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE por sus siglas en inglés), el bombardeo a Venezuela, el bloqueo y las amenazas a Cuba, la guerra contra Irán y la complicidad con Israel para el genocidio palestino, ahí estaba el Conejo Malo con su bandera puertorriqueña, con su Nuevayol, con esa mezcla de perreo, escenario y elementos cotidianos, como una niña durmiendo sobre sillas mientras la familia está de fiesta.
Bad Bunny en esa presentación nos hizo sentir un fresquito a más de una, sobre todo cuando Donald Trump se quejó del espectáculo. No era solo un show. Era un “aquí nos lucimos porque aquí estamos”. Obviamente, el comentario de Trump fue del estilo “son la gente más fea que he visto”, términos que usó para referirse a las y los venezolanos en las semanas previas a la agresión militar del 3 de enero. La potencia de la presentación de Bad Bunny radicó justamente en mostrar esa “fealdad” como inmensa belleza.
Industria y contradicciones
Pero volvamos con el reguetón. No quiero idealizar ni pretender decir que un artista que hace parte de la industria es el héroe de Latinoamérica, pues sus posiciones políticas han sido ambivalentes, como en el hecho de que sobre Palestina no ha dicho nada. El reguetón es también una industria. Hay dinero, muchas productoras y disqueras que buscan el éxito del momento. Hay discursos que logran pasar los filtros establecidos y otros que se mercantilizan. Pero esto no le resta valor a lo que la gente disfruta del reguetón, de su baile y de sus letras, reivindicadas como parte de su cultura y su cotidianidad, es un ritmo que permite expresar y también sentir. Danielys señala justamente sobre esto que “muchas veces la letra y lo que dice habla de lo que has vivido o de lo que quisieras vivir”.
Por eso, cuando Bad Bunny suelta eso de que “ahora todos quieren ser latinos”, es muy claro. Artistas que no son caribeños ni latinoamericanos hoy están haciendo reguetón para vender, para ganar dinero. Pero aun así, no les queda igual. Porque como dijo Tego Calderón, les hace falta “sazón, batería y reguetón”, pero “el flow no está a la venta”, como dijo Karol G.
El reguetón no es solo un género musical. Es una acumulación de significados y sentidos. Es importante porque la música puede estremecerte, hacerte sentir viva o vivo, en lo individual y en lo colectivo. No es gratuito el efecto Karol G o el efecto Bad Bunny: miles de personas en el mundo sintiendo de todo, hasta en lo más interno de los huesos con sus canciones. Y no solo las canciones: las presentaciones, las estéticas, las vestimentas, los colores de uñas, el cabello, las cadenas. Es un mundo entero tanto en la música como en el baile: “tú no le puedes poner a un gringo un perreo, una zafaera, un Bad Bunny, porque obviamente no van a saber bailar, eso se lleva en la sangre”, afirma Darinson.

Hablemos de las letras y su machismo
Muchas canciones hablan de amor, desamor, deseo, encuentros sexuales. Y muchas otras tienen frases que, si las sacas de contexto, son duras de escuchar. Pero vivimos en la contradicción. Si realmente analizamos las letras de las canciones, ¿qué diríamos de Mátalas en ranchera? ¿O Ingrata en rock en español? ¿O Te compro tu novia en merengue? ¿O Mala mujer en salsa? ¿No son acaso letras machistas? El machismo nos atraviesa, está presente en toda la cultura. Y no hablemos de la ópera para no entrar en más tragedias. La pregunta es: ¿por qué el reguetón carga con ese señalamiento de forma casi exclusiva?
Señala Roxana: “las canciones que tienen que ver con mencionar a una mujer, nos sexualizan, se refieren a nosotras como objetos. No es algo exclusivo del reguetón, el hecho de que solamente se esté señalando al reguetón tiene que ver con que se critica desde una posición de clase, desde una posición moralista. Hay muchísimas que no son machistas. Porque si estás hablando del goce sexual o del disfrute del cuerpo, no necesariamente tiene que haber una relación de dominación en ello”.
El reguetón no es origen del machismo, lo heredó y lo reproduce, pero también presenta al público narrativas diferentes y no me corresponde juzgar si son o no feministas, aunque sí me atrevo a afirmar que incluyen la expresión del deseo femenino con límites y consentimiento, esa línea roja de Ivy Queen “Yo te digo sí, tú me puedes provocar, eso no quiere decir que pa’ la cama voy». Hay mujeres que en este género han tomado el micrófono para decir lo que quieren, cómo lo quieren y cuándo lo quieren.
La reivindicación del derecho a la sexualidad
Este lío del reguetón me recuerda un texto de las feministas negras en EE. UU. que leí hace tiempo. Trataban sobre el blues y cómo el género musical permitió que las comunidades negras y barriales pudieran construir sus identidades a partir del canto, de la noche, del relato de sus propias vivencias. Hablaban de cómo la sexualidad para las comunidades negras había sido una sexualidad negada, al igual que la belleza. Porque la sexualidad también era un terreno colonial, era un privilegio de la blanquitud, del poder encarnado en el hombre europeo y blanco. El cuerpo negro era cuerpo de trabajo, de apropiación, de explotación, no de placer.
La antropóloga Mercedes Jabardo señala que las mujeres negras en el blues “crean un «discurso» que articula una lucha cultural y política sobre las relaciones sexuales; una lucha que está directamente en contra de la objetivación de la sexualidad de las mujeres dentro de un orden patriarcal; pero que al tiempo reclama los cuerpos de las mujeres como sujetos sensuales y sexuales”. El blues permitió a las comunidades negras en los barrios de EE. UU. decir: este cuerpo sufre, pero también goza, desea y es deseado.
Musicalmente, el blues y el reguetón no tienen nada que ver. Pero podríamos decir que el reguetón cumple una función social parecida en el Caribe y Latinoamérica: hace sentir a las poblaciones que lo construyen, que lo bailan, que lo viven, como poderosas, sexys, sensuales y bellas. Eso es muy importante; que las mujeres y los hombres dejen de sentirse menos porque no se parecen a los sujetos de las películas de Hollywood ni al sujeto blanco refinado con gustos exclusivos; que haya otros referentes, otros colores, otras texturas de cabello, otro ancho de caderas, otro tamaño de tetas, otras narices, otros labios. Hoy en día, esa belleza es la que va construyéndose como hegemónica. Y eso ha sido, en parte, gracias al reguetón.

El deseo en el perreo
En el perreo se expresa una forma de deseo, como menciona Roxana: “tiene que ver con una danza erótica y con conectar con el deseo hacia sí misma y hacia otras personas”. Y el erotismo no necesariamente es para los demás; no es un baile que tenga que ser en pareja. Es otro elemento que para Roxana es particular en el reguetón. Muriel lo aterriza en lo que muchas y muchos escuchamos antes de salir a la pista: “así como bailas, te mueves”. No me corresponde a mí develar la veracidad de la afirmación. Sin embargo, no se puede negar que todos los cuerpos hablan.
Sobre el baile del reguetón y que se pueda perrear sola, Danielys dice que al bailar con alguien esto puede significar una solicitud sexual explícita, por las hormonas, el roce, el tocarse y el cambio de señales: “tú me gustas, yo te gusto, vamos a singar”. Sin embargo, también señala que es algo que se disfruta cuando hay una atracción mutua, pero que también prefiere perrear sola, que la miren, pero sin tocarla. Darinson, por su parte, rompe con la afirmación de Danielys sobre este código implícito al perrear en pareja. Para él, al bailar conecta con la música, no siente que al bailar en pareja exista un compromiso con el encuentro sexual. Aunque ambos viven la misma experiencia en discotecas o fiestas similares, la percepción sobre un mismo acto no es la misma: él siente el control bailando en pareja, ella siente que maneja la situación perreando sola.
Canciones que identifican
Danielys menciona que una de las canciones que más le gusta es Ivonny Bonitade Karol G: “Es de una chica que tiene veinte, que hace lo que quiere, que se siente poderosa, que no busca aprobaciones de nadie para darse sus placeres… Y siento que me identifica porque no busco aprobaciones. Me gusta que me miren, sentirme bonita”. Un sentimiento compartido con su hermano, que también mencionó que siempre desea verse bien en todo momento, no solo cuando está fuera de casa: “siempre mantengo mi high society encima”.
Entre las canciones favoritas de Roxana está Andrea de Bad Bunny y Buscabulla porque “recuerda lo que vivimos las mujeres. Es una canción que reivindico cuando la canto. La parte que dice «no quiero que nadie me diga lo que tengo que hacer» es hermosa. Cada vez que la escucho la grito a todo pulmón, pero en especial la parte de la mujer que canta: «quiero alguien que se atreva y me entienda a mí». O sea, quiero tener una pareja que me acepte siendo quien soy, sin tener que moldearme a una sociedad que constantemente nos violenta».

Existir, resistir y perrear
Y entonces, una piensa: ¿qué es lo que nos da el reguetón? Para las mujeres, la posibilidad de habitar el cuerpo sin permiso, sin tener que explicar por qué se mueve el cuerpo así o por qué se disfruta estar en la pista de baile. Pero si bien es un relato común en las mujeres que entrevistamos, para Darinson la experiencia también habla de “sentirse y verse bien”. En este aspecto, el perreo es un ritual que se prepara desde el momento en el que se decide salir a la fiesta. Donde se reivindica la estética, las texturas y el brillo con orgullo de ser de barrio, de ser poderosas. Al preguntarle a Muriel por qué le gusta perrear, su frase fue directa: “Porque soy perra”.
El reguetón es contradictorio, sí, como la vida misma. Roxana, Muriel, Danielys y Darinson nos cuentan cómo viven en este género una emancipación gozosa. En sus pistas, en el perreo, en su insistencia, hay una reivindicación que desborda las letras: un cuerpo que baila sin pedir permiso y que se sabe propio, una identidad que no se corrige para encajar; un pueblo que baila y, bailando, dice: resisto y también gozo.
Pero no conviene romantizarlo. En esa misma pista donde se ensaya la libertad en la expresión de la sensualidad también se cuela el problema de que muchas veces la única identidad visible para los cuerpos caribeños sea la del cuerpo exótico convertido en objeto de deseo, mientras otras identidades no son tan aceptadas para los sujetos populares. Al mismo tiempo, en su expansión global, el reguetón plantea una tensión real con las memorias musicales de nuestros territorios, con ritmos y bailes que pueden correr el riesgo de ser desplazados por este género.





