Huelga de hambre y dignidad en la Universidad de Sonora

por | Mar 15, 2026

“Yo sí tengo palabra”, dijo Ricardo Ortega Arenas, profesor de la Universidad de Sonora, momentos antes de iniciar una huelga de hambre que se prolongó por cuatro días hasta que las autoridades reconocieron sus derechos laborales. Sus palabras, además de anunciar la protesta que venía, eran una crítica al incumplimiento de uno de los acuerdos que llevaron al levantamiento de una huelga de académicos reciente: construir un mecanismo para reconocer el trabajo de profesores jóvenes y calificados, estancados por un proceso burocrático que cuesta millones a las arcas públicas.

Fotografías: Alberto Duarte y archivo personal del entrevistado

Sonora, México.- “Hasta aquí Ricardo Ortega va a aguantar, yo no voy a permitir que sigan pisoteando mis derechos ni mi dignidad. Porque esto más que nada es cuestión de dignidad”, dijo a Ceiba el profesor universitario, formado en Física y Geología, doctor en Ciencias y recién graduado del Instituto Mexicano del Petróleo (IMP). Nos recibió en su cubículo en la Facultad de Física de la Universidad de Sonora (UNISON) para conversar sobre la huelga de hambre que inició el 19 de diciembre de 2025. Relató el momento en el que tomó esta decisión.

“[Estoy harto] de que te traten como basura, de que no consideren el esfuerzo del trabajo que has hecho, tu productividad, y que estén pisoteando tu contrato colectivo. Entonces fue cuando dije: ‘Bueno, voy a cumplir mi palabra porque yo sí tengo palabra y voy a iniciar una huelga de hambre’”.

El cubículo de Ricardo Ortega Arenas está en el segundo piso de uno de los edificios más antiguos de la facultad, aquellos en los que realizó sus estudios de licenciatura hasta su graduación en el año 2011, y aquellos que frecuentó como profesor a partir del 2013 después de obtener con honores el grado de maestro en Ciencias en la misma institución.

En su escritorio hay dos monitores, libros, borradores para pizarrón, documentos, una pegatina de MORENA –el partido gobernante en el país– y su casco para andar en bicicleta.

Recurrió a la huelga de hambre debido a la negativa a reconocer su trayectoria y sus grados académicos, por parte de la dirección de Recursos Humanos de la casa de estudios. Al regresar de su formación en el IMP, se le asignó un sueldo menor al que tenía antes de irse al doctorado.

Ante este panorama, Ortega Arenas intentó lograr el reconocimiento que pedía por todas las vías institucionales, pero el caso fue ignorado a pesar de que contaba, en principio, con el apoyo del Sindicato de Trabajadores Académicos de la Universidad de Sonora (STAUS).

La institución –recuerda– prefirió ahorrarse unos pesos durante cuatro días completos antes que ceder frente a un reclamo que se fundamenta en el contrato colectivo del trabajo y que ponía en riesgo la vida de uno de sus profesores.

En la última revisión contractual entre el STAUS y la rectoría de la UNISON se acordó montar un mecanismo de “asignación temporal de nivel” para atender casos como el suyo, en los que la burocracia impedía al profesorado más joven percibir un sueldo justo. Pero nada cambió.

“La primera noche fue con la que más batallé, porque era luchar contra el hambre. Tienes hambre, la resistes y te empiezan los dolores de cabeza que no desisten. Llega un momento en el que el cuerpo se da cuenta de que no va a haber comida. Para la segunda y tercera noche para mí ya no existía el hambre. El cuerpo o la mente se deciden a no comer y empieza la inanición”, recuerda Ricardo.

“Es un juego mental muy fuerte. Las primeras noches fueron de pesadilla –continúa–, de no poder dormir; dormí una hora, dos horas nada más esa noche. La última noche sí me desvelé bastante porque, ya cuando había conciliado el sueño, como me estaban monitoreando la sangre y el azúcar, todo eso, pues me despiertan en la madrugada para pincharme el dedo, ver mis signos vitales y nada más. Ya no pude dormir y al día siguiente pues las entrevistas [con medios que acudieron a cubrir la huelga]”.

Los efectos en la salud de Ricardo tardaron semanas en desaparecer, sobre todo un estado de aletargamiento que se presentó con frecuencia los días posteriores al 23 de diciembre, el día en el que terminó la protesta. Experimentó el temor de que esto se repitiera al dictar alguna de sus clases, pero por fortuna no sucedió así. Los análisis posteriores descartaron daño en alguno de sus órganos comprometidos, de tal suerte que tras levantar la huelga fue hospitalizado y dado de alta la misma noche.

Mientras Ricardo recuerda lo sucedido, sus expresiones corporales y faciales transitan entre dos polos: uno paciente, amigable y servicial, el rostro que lo acompaña de manera cotidiana, dentro y fuera del aula; y otro más firme, casi molesto, que lo lleva a inclinarse hacia adelante y apretar las manos cada vez que menciona algo relacionado con la palabra justicia.

Escritorio de Ricardo Ortega Arenas en la UNISON. Fotografía: Alberto Duarte


Heredero de otras luchas


No es casualidad: su familia ha formado parte de momentos críticos para la ciudad. Estuvieron, por ejemplo, entre las personas que protestaron para que el gobierno clausurara un sitio de residuos peligrosos que se construyó en 1988 para recibir desechos de la planta Ford. Al día de hoy, ese sitio todavía representa un peligro inminente para la población del sur de Hermosillo.

“Yo creo que desde los siete años, fíjate, siete u ocho años [he experimentado hacer frente a una injusticia] porque fue un momento en el que mis abuelos estaban con un activismo muy fuerte sobre el problema del Cytrar [el sitio de desperdicios]. Ellos acampaban allá; a mi abuela le echaron un tráiler encima cuando trataba de evitar que pasaran a tirar la basura. Acampábamos allá mismo en Cytrar. Se generó una comunidad muy bonita y eso creo que marca a cualquiera, cuando ves que la gente se reúne para defenderse de una injusticia o ante un problema”, recuerda para Ceiba.

Aunque el trasfondo familiar del profesor ayuda a entender por qué decidió iniciar una huelga de hambre pocos días antes de Navidad, el problema ante el cual se plantó es tan viejo como la historia de la UNISON.

Algo de esto consta en hemerotecas: el 19 de junio de 1986, dos años antes de que se construyera el basurero tóxico, terminó una triple huelga de hambre en la universidad. Una nota del reportero Jesús Alberto Rubio la documentó en un diario impreso el viernes 20 de junio de aquel año.

“Ayer llegó a su fin la huelga de hambre que hasta los 18 días y seis horas finalmente sostuvo el bibliotecario Andrés García Vázquez, quien junto con Rafael Borbón y Ramón Nieblas Picos iniciaron este movimiento en demanda de su reinstalación laboral”, dice la nota, y reproduce una frase de Andrés García Vázquez: “O vamos a vivir de rodillas o bien asumimos y luchamos por el pleno uso de facultades y derechos, yo prefiero esto último, aún a costa de mi vida”.

Como muchas otras, la UNISON –fundada en 1942– ha pasado gran parte de su existencia en el debate público de fin de siglo pasado, balanceándose entre la burocratización excesiva, o la modernización de corte empresarial que da pie al ideal del neoliberalismo actual.

Múltiples movimientos estudiantiles participaron en esta historia universitaria de la capital de Sonora, en algunos momentos con mayor protagonismo que en otros. La tesis doctoral de Joel Verdugo Córdova, titulada Los documentos personales como herramientas analíticas en el estudio de los movimientos sociales: el caso de la Universidad de Sonora (México), aborda lo sucedido entre 1970 y 1992, y sintetiza de la siguiente manera:

“En las principales universidades del mundo, desde la década de los sesenta principalmente, el accionar reformista y en algunas ocasiones insurgente de los estudiantes, ha impuesto su impronta en el devenir de tales instituciones […]. En Sonora, en el noroeste de México, la acción colectiva protagonizada por los estudiantes de su Universidad se manifestó de distintas maneras desde los últimos cincuenta años, en todos los casos la institución, y en alguna medida la sociedad en su conjunto, confirman los cambios que estas movilizaciones iban imponiendo”.

Los temas que los movimientos estudiantiles originados en la UNISON llevaron al debate público desde entonces incluyen la democratización universitaria basada en una participación directa y la autonomía universitaria.

Estos dos aspectos, sin embargo, se vieron disminuidos cuando el 22 de octubre de 1991 entró en vigor la Ley Orgánica Número 4 (Ley 4), misma que eliminó las facultades interconectadas y las convirtió en departamentos aislados, unos de los otros. Así mismo, se normó la libre organización estudiantil y los mecanismos de participación para la juventud quedaron al borde de la extinción. Con ello, desapareció cualquier escenario en el que la comunidad universitaria pudiera acudir a las urnas para elegir al rector o rectora.

Escenas de la finalización de la huelga de hambre de Ricardo Ortega Arenas. Fotografías: Cortesía de la familia


La lucha por democratizar la universidad sonorense


Más adelante, a partir de la desaparición de los cuarenta y tres normalistas de Ayotzinapa, se presentó una nueva movilización estudiantil masiva en la casa de estudios. Puso sobre la mesa la necesidad de la autonomía y, en lo concreto, abandonar el modelo de la Ley 4, también conocida como Ley Beltrones, debido a que fue planeada e instrumentada durante el Gobierno del priísta Manlio Fabio Beltrones, actual senador de la República.

Luego del 2021, con la llegada del primer gobierno de “izquierda” al estado, la movilización estudiantil se hizo presente una vez más. Hubo mediación por parte del gobierno estatal, de tal suerte que para el 5 de marzo de 2023 la Ley Orgánica Número 169 fue publicada en el Boletín Oficial del Estado de Sonora. El 12 de abril de dicho año se llevaron a cabo las elecciones para conformar los nuevos órganos de gobierno, mismos que ofrecían, en lo formal, una mayor representación estudiantil.

Para Ricardo Ortega esta situación no difiere mucho de lo que sucedía con la Ley Beltrones, principalmente porque considera que el presente intento de democratización se encuentra viciado desde el inicio.

“Las universidades públicas y esta universidad que es autónoma tienen ideas neoliberales muy fuertes, individualistas y lo vemos en la rectoría, en la élite gubernamental. Desde allí permea el neoliberalismo, las verticalidades, el hecho de que se premia lo individual y no lo colectivo. La ley se cambió porque se pidió un cambio en la ley, pero el propósito [de mejorar la participación estudiantil] no se vio porque se permitió que la clase gobernante se encargara de hacer las reglas y se encargara de hacer las elecciones. Entonces, pues discúlpame, pero eso se llama simulación”.

En los hechos, la situación al interior de la UNISON llevó a un profesor con trayectoria académica destacada −activo además en distintos movimientos estudiantiles− a elegir entre trabajar con un sueldo insuficiente o poner en riesgo su vida para obtener respuesta de las autoridades universitarias.

Al mismo tiempo, la rectora Dena María Jesús Camarena Gómez y su secretario, Benjamín Burgos Flores, perciben sueldos brutos anuales de 1 millón 194 mil 390 pesos con 72 centavos y de 1 millón 31 mil 385 pesos y 84 centavos, según el reporte de transparencia de la universidad actualizado al mes de enero de este año.

“A pesar de lo que se hizo de visibilizar la dictadura en la que se vive en esta universidad, hay que entender que la autonomía significa autogobierno; entonces [lo que tenemos] es un gobierno, esta es una ciudad universitaria, tiene un presupuesto, pero ¿quiénes gobiernan y cómo gobiernan?

“Utilizan de facto los órganos que están cooptados para aprobar cosas que benefician a las élites. Aquí también hay élites, quienes manejan a diestras y siniestras los recursos públicos de la universidad. No es cualquier cosa, o sea, es algo lamentable.

“¿Y cómo se maneja el abogado general de la universidad? Primero dice [ante la huelga de hambre], ‘pues que se vaya a tribunales’. Ese maestro, ese maestro que gana 5 000 pesos a la quincena, que pague un abogado. Que se vaya a tribunales. Tú puedes observar el video que hay de las declaraciones que hicieron, y se refieren a los estudiantes como clientes. No están vendiendo la educación, sin embargo, ellos creen que sí y quieren ganar como empresarios”, concluye el profesor.

¿Qué le dirías a la juventud?, le pregunto para concluir. “Pues que crean en ellos primero que nada, y que no se dejen pisotear, que primero está la dignidad de por medio. Y que luchen por el bien común. Porque es el bien común el que va a traer bienestar”.

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