¿Cómo se sostiene el relato de la violencia feminicida, de dónde viene, qué impactos tiene, cómo ha evolucionado en el tiempo? En un contexto como el mexicano, donde once mujeres son asesinadas al día, libros como Feminicidio mítico. Del crimen al producto cultural: imágenes, narrativas, moda y consumo de la violencia nos ayudan a pensar e imaginar alternativas. Conversamos con su autora, la periodista y escritora mexicana Lydiette Carrión.
Fotografías: Editorial Debate
Ilustración: Daniel Bolívar
Ciudad de México.- Tuve el honor de acompañar a Lydiette Carrión en la presentación de La fosa de agua, un libro que nos enseñó profundamente sobre cómo cubrir el feminicidio en México. A través de crónicas, testimonios y una larga investigación periodística, nos presentó las historias de jóvenes víctimas, qué violencias atravesaban estos relatos y qué los sostenían, o qué permitía que esto ocurriera. Recuerdo que hicimos esa presentación en lo que fue La Gozadera, un espacio de encuentro feminista en la Ciudad de México. En aquel momento compartimos mesa con la abogada Sayuri Herrera y con la escritora Zaría Abreu. Era el 2018, el país era otro y nosotras también.
Nos reencontramos para conversar sobre su más reciente libro Feminicidio mítico, esta vez de manera virtual, ya que Lydiette se encuentra en Houston, Estados Unidos, cursando el doctorado en Escritura Creativa.
Lydiette se ha dedicado a cubrir la violencia que ha marcado a México en los últimos años −la violencia de la “guerra contra el crimen organizado”, la violencia feminicida− y cómo esta reconfigura la vida de las personas. Constantemente está pensando, junto a otras comunicadoras, cómo cubrir dicha violencia, además de ocuparse en formar a una generación de periodistas en cobertura con perspectiva de género.
Recuerdo que en algún espacio de reflexión nos contó que cuando ella y otras compañeras escribieron el libro Entre las cenizas, en 2012, se hicieron un tipo de preguntas que tal vez ya no se harían. Pensaron que quizá usarían otras palabras para nombrar ciertas cosas, como “ levantón”, para referirse a un secuestro. En aquel entonces apenas se empezaba a hablar de desaparición de personas. Pasó el tiempo y aprendieron a mirar distinto esa violencia. Se cuestionaron cómo seguir narrando y contando, con el afán de, eventualmente, transformar esta realidad. Aún así, reconocieron que fue importante lo que hicieron en aquel momento para contar lo que estaba pasando en el país. Y vaya que lo fue.
Al inicio de nuestra conversación, le pregunté a Lydiette qué cambió para ella en estos años, en la forma de mirar la violencia feminicida, cómo diría que la ve ahora o qué aprendió de La fosa de agua al Feminicidio mítico.
“Ambos son libros muy diferentes. La fosa de agua es un libro totalmente periodístico, donde trato de responder cosas básicas: ¿cómo y quiénes se las llevaron?, ¿quiénes son estas mujeres víctimas de feminicidio o desaparición?, ¿dónde están?, ¿por qué está pasando esto?”, cuenta Lydiette, quien partió de una genuina curiosidad por entender qué pasó ahí, en Tecámac y Ecatepec, Estado de México, específicamente entre el 2011 y 2013. A partir de ello llega a encontrar respuestas sobre crimen y delincuencia organizada, machismo y misoginia. En el proceso, tuvo que evaluar la información a publicar, para no poner a nadie en riesgo.
A lo largo del camino, Lydiette se dio cuenta de que estas historias –que tenían intención de visibilizar una realidad– de pronto también eran replicadas o absorbidas en series de televisión. Parecía que al público le inquietaba y se dolía, pero al mismo tiempo las consumían de otra forma, convertidas en espectáculo. Los casos con alto nivel de publicidad le generaban enojo. Al tiempo, una colega periodista le hizo la observación de que estos productos son vendidos a mujeres. “Y ahí surge la pregunta detonadora que lleva a esta nueva investigación documental” –cuenta Lydiette, y lo explica así también en la introducción de su libro Feminicidio mítico.
¿Cómo consumimos?, ¿cómo contamos?, ¿cómo no revictimizamos? son preguntas que Lydiette se había hecho muchas veces. Pero, parecía que, aun tomando talleres, en el gremio periodístico era difícil distanciarse de cierta forma de contar, pues había una narrativa que respondía a un aparato mediático más grande.
“Los productos culturales −podcast, películas de ficción− se alimentan de lo que se publica en la prensa. Esos medios hegemónicos y masivos son los que realmente establecen la narrativa y los valores”, explica Lydiette, quien se dispuso a realizar esta investigación lejos de una condena ética o moral, sino desde su curiosidad por entender ciertas dinámicas. Por ejemplo, “¿por qué los productos sobre crímenes reales son consumidos en su mayor parte por mujeres?”.
Lydiette habla de la responsabilidad de contar estas historias, del no poder “des-ver” algo, cuando ya se sabe que es parte de nuestra realidad. Para sistematizar sus ideas y lo aprendido a lo largo de varios años, y como parte de su investigación de posgrado, se planteó este libro donde dialoga con otras expertas y expertos sobre la forma en que consumimos la violencia, sobre la construcción de los mitos que sostienen ciertos relatos. Con una aspiración literaria que, a su vez, es accesible, nos presenta una serie de ensayos y crónicas.
“¿Qué impactos tiene la violencia?, ¿cómo nos vinculamos con ella? y ¿cómo se reproduce su consumo?”, se preguntó.

El ambiente feminicigénico
“Existe una oferta ineludible de la cual no te puedes sustraer, siendo hombre o mujer, donde hay una representación abrumadora de la violencia. Un entramado estético, mediático, cultural, literario y artístico. Una lógica sistemática y construida a lo largo del tiempo, en distintos formatos y épocas”, explica Lydiette.
“¿Por qué –se pregunta– en este entramado cultural, prevalece la representación y la narrativa de los feminicidios?, ¿cómo va evolucionando? Hay un mayor consumo de dicha violencia”. Lydiette enlaza esto con el planteamiento que la escritora Gabriela Jáuregui hace en el prólogo de Feminicidio mítico: que estamos inmersas en una guerra de baja intensidad.
Se preguntaba ¿por qué hay tanta publicidad con mujeres muertas? En su investigación, encontró algunas tesis que hablaban sobre la representación del feminicidio en la cultura. Menciona una reflexión al respecto: se dice que la belleza comparte un estado de stillness o quietud. En opinión de Lydiette, aunque no trata de emitir un juicio moral al respecto, esta idea no se sostiene.
Realizar la investigación también implicó darse cuenta de que los autores y las obras con los cuales tiene un vínculo afectivo profundo, de algún modo también reivindican la violencia. Por ejemplo, la historia de la Sherezade en Las mil y una noches, o cuentos como El misterio de Marie Rogêt de Edgar Allan Poe, considerado el primer relato basado en un crimen real. No se trata de cancelarlo todo, piensa, pero sí de discutirlo y analizarlo. Entender que se vuelve problemático en ocasiones decidir qué consumir dentro de un sistema o de un ambiente “feminicigénico”, término este que Lydiette construye a partir del vocablo del ambiente obesogénico, donde se vuelve problemático consumir alimentos saludables.
“Propongo un supuesto: vivimos en un ambiente feminicigénico, donde el asesinato misógino de mujeres es un engranaje simbólico fundamental para la reproducción social, incluso en aquellos nichos o lugares en los que estos crímenes no son tan frecuentes. Consumimos esa violencia de muchísimas formas. Que la muerte violenta de una mujer sea vendida como mercancía, como sueño, mistificación para otras mujeres debe obligarnos a mirar qué relaciones sociales se encuentran ocultas”, explica Lydiette en su libro.
Los relatos que sostienen la violencia
Al adentrarse en la reconstrucción de la historia de Goyo Cárdenas, uno de los casos más emblemáticos de un “asesino serial”, como se le llamó en los medios en la década de los cuarenta, se encuentra con un archivo donde la mirada se concentra en la voz del asesino y se silencia a las víctimas. Cuando Lydiette busca revisitar dicho archivo desde una perspectiva feminista, se encuentra con una serie de trabas, como darse cuenta de que el testimonio de las familias de las víctimas se había invisibilizado, pero al mismo tiempo se propone hablar desde otro lugar sobre ese hecho e indagar en estas historias, contar más sobre quiénes fueron esas mujeres.
Al noroeste de México, en Ciudad Juárez, Chihuahua, en 1993, se tiene registro del primer feminicidio. Lydiette hace un repaso por la construcción de este relato. “Es gracias a la prensa que cubre estos hechos que se visibiliza lo que estaba pasando con la muerte violenta de mujeres en aquella época. Es también gracias a la cobertura mediática y la lucha feminista que se llega a tener una legislación que en México tipifica el feminicidio como un delito”, señala Lydiette.
En su investigación documental, Lydiette se pregunta de qué modo se organizaban las sociedades en otras civilizaciones y otros tiempos. Dialoga con investigaciones como la de la antropóloga Riane Eisler, quien sostiene que en la Europa prehistórica existieron culturas relativamente pacíficas, con fuerte presencia simbólica de la Diosa y una forma de organización más equitativa. Civilizaciones matrísticas que sobrevivieron al menos hasta el neolítico, cuando se transformaron en sociedades de dominio masculino. Estas culturas fueron desplazadas por pueblos guerreros que introdujeron estructuras patriarcales, militarizadas y jerárquicas. Con el tiempo, este modelo de dominación se volvió la norma en Occidente.
Lydiette se adentra en la historia del feminicidio mítico, ¿de dónde viene? Explica que el escritor Robert Graves asegura que los casos de asesinato ritual de mujeres son raros en los mitos de culturas celtas y cretenses antiguas, que se podría decir tenían características matrísticas, y que la mayoría de los relatos de asesinatos tienen que ver con la profanación de los santuarios de culto a la Diosa por invasores. “Los relatos de princesas sacrificadas por razones religiosas, como Ifigenia o la hija de Jefté, quien fue una niña asesinada hace más de 3 mil años para que su padre ganara una guerra, se refieren a la siguiente era patriarcal”, señala Graves. Es así como estos relatos se convierten en piedras angulares de la guerra, explica Carrión.
A su vez, hace un repaso por la mitología mexica del México prehispánico: Coyolxauhqui, guerrera y diosa lunar, llama a sus 400 hermanos a matar a su madre Coatlicue, cuando esta queda embarazada misteriosamente, pero al tiempo de consumar el asesinato, desde el vientre de Coatlicue, su hijo Huitzilopochtli, dios del sol, nace armado y mata a Coyolxauhqui. La desmembra y arroja su cuerpo por el cerro, simbolizando el triunfo del sol sobre la luna. El antropólogo Matos Moctezuma –a quien Lydiette retoma en su libro– explica que el mito, el orden jerárquico al interior del pueblo, alimenta y sostiene: el recuerdo de lo que le pasa a los disidentes y el orden religioso que necesita de los sacrificios para seguir reproduciendo dichas jerarquías.
Carrión apunta que la representación de los feminicidios ha estado presente a lo largo de la historia de Occidente, y que esta representación ha normalizado la opresión a las mujeres mediante narrativas que, con el paso de los años, se vuelven míticas o fundacionales.

Desmontar los relatos de la violencia
Lydiette hace un repaso por distintos mitos y culturas y por la representación de las mujeres a lo largo del tiempo. Propone que la violencia hacia ellas forma parte de una amenaza constante, con miras a una disciplina o un sometimiento. Comparte algunas categorías para pensar: la buena víctima, la hija de Jefté, cuyo renombre e historia hay que cuidar; la mala víctima, la bruja o la prostituta, mujeres de moral dudosa; la que sobrevive, que en ocasiones funge como ícono feminista al evadir el peligro feminicida.
De igual modo, propone categorías con las que los perpetradores son caracterizados desde una lógica patriarcal: el hombre atormentado, el que debe sacrificar a alguna mujer inocente para la guerra; el cazador de brujas, que se vincula a la violencia justificada contra mujeres; el monstruo u hombre lobo, que posteriormente encarnará en el asesino serial; y finalmente el hombre que caza asesinos de mujeres.
Carrión concluye que, de los casos reales retomados por la prensa, que posteriormente se convierten en ficción, moda y publicidad dirigida a mujeres, se da una mistificación triple. Uno de los ejemplos al respecto, y que Lydiette aborda en su libro, es el de la campaña de maquillaje que realizó la firma Rodarte “inspirada” en los feminicidios de Ciudad Juárez. Se pasa del caso real y lo publicado en la prensa, a la presentación de una campaña publicitaria y su posterior consumo como producto.
Con las categorías planteadas, propone “seguir pensando el fenómeno de la violencia feminicida, así como abrir nuevas preguntas y líneas de investigación”.
Durante nuestra conversación, Lydiette hace un llamado de urgencia ante el reacomodo de poderes geopolíticos en el que nos encontramos, ante la guerra contra Irán, la decadencia del imperio estadounidense y cómo eso va a afectar a México de diversas formas. “Ya cambió el mundo y necesitamos entenderlo”, explica Lydiette. Considera que las jóvenes periodistas habríamos de investigar historias con perspectiva local, nacional y geopolítica, aun cuando la propia crisis de violencia en el país nos ha rebasado.
Asimismo, plantea una reflexión en torno a las formas de subsistencia y financiamiento dentro del periodismo independiente y a ser críticas con cómo esto ha marcado ciertas agendas a lo largo de los últimos años. En cuanto a la cobertura sobre feminicidios, Lydiette piensa que hay que seguir discutiendo y empujando, que hay que cuidar lo poco o mucho que hemos avanzado.
“La apuesta de este libro, a su vez herramienta, es que ayude a desmontar estos relatos”, cuenta Lydiette. Yo pienso que es un mapa y una guía, no solo para el gremio, sino para cualquier persona interesada en narrar y entender la violencia que nos ha atravesado, no solo en los últimos años, en el país y en el mundo.





