La vida del profesor Abdallán Guzmán Cruz está llena de historias de resistencia. Sus años formativos en el internado, su involucramiento en la lucha armada de los años setenta, su etapa como preso político y la búsqueda de sus hermanos desaparecidos son apenas unas de ellas.
Fotografías: Rodrigo Caballero
Morelia, Michoacán.- Una de las primeras historias de resistencia que recuerda el profesor Abdallán Guzmán Cruz fue cuando se escapó de la policía de Nayarit, donde lo habían detenido por ir de polizón en los vagones del tren que iba hacia los Estados Unidos.
Apenas tenía unos trece años y estaba buscando cruzar la frontera para conseguir trabajo cuando lo arrestaron junto a un grupo de migrantes. Aquella vez pasó solamente una noche en la cárcel –no sería la última–; al otro día todos se escaparon cuando los sacaron a barrer el patio de la comandancia.
No hay mucha emoción detrás de las historias del profesor, las cuenta con la ecuanimidad de un reporte de hechos, pero vienen cargadas de detalles, con fechas, nombres, alias, lugares, horarios y describiendo qué hacía cada quién y cómo reaccionó ante las diferentes formas en las que ha experimentado en carne viva la violencia del Estado.
“No me puedo salir ya, hemos tenido un proceso de lucha importante en varios momentos, se acuerdan los compañeros que anduvimos en el movimiento, que participamos activamente y nos siguen buscando, no les puedo decir ‘ya no quiero saber ni madres’, entonces aquí seguimos”, aseguró el maestro mientras seguía contando sus historias de lucha.
La Columna de Agitación Rubén Jaramillo
El relato en primera persona es emocionante: Las primeras veces mi hermano Amafer me inducía a que, por ejemplo, tomáramos camiones para reducir el costo de la tarifa de transporte, pero no solo a mí, sino a todos los de la Casa del Estudiante. Uno estaba muchacho, así entre juego y en serio, como queriendo y no queriendo, me integraba a la lucha.
Yo todavía no tenía la conciencia de clase clara, poco a poco te vas metiendo en ese tipo de lucha sin saber a dónde vas. Después me empezó a mandar a hacer acciones más concretas: una expropiación, ayudar a un levante, un ajusticiamiento de alguien, sobre todo afuera del estado de Michoacán, para que no se rastrearan los sucesos hacia nosotros.
Pero todavía no sabía que mi organización se llamaba Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR). Sí sabía que existía porque me enteré por el periódico cuando los detuvieron en febrero de 1971, en Xalapa, Veracruz.
Mi hermano compró el periódico, me lo dio y me dijo, ‘léelo’ y yo lo leí, pero no le di la mayor importancia, hasta se lo presté a otro compañero para que lo leyera y se lo llevó. Luego Amafer regresó y me preguntó que dónde estaba, ‘ahí estaba’, le dije. ‘¿Cómo que ahí estaba? Eso hay que guardarlo, es importante’, me respondió. Se enojó mucho aquella vez.
Mi hermano siempre me dijo dos cosas: una, tienes que guardar un dinero para una salida rápida: un taxi, un boleto, comprar una pistola o algo rápido, fugarte. La segunda, tienes que cambiarte el nombre para que no detecten tu verdadera identidad.
A finales de 1971 yo ingresé a una escuela de formación política, donde nos enseñaron economía y filosofía marxista. Eran mis primeros pasos formativos en materia de ideología política, de conciencia de clase, pero también tuvimos formación militar, defensa personal y sobrevivencia.
‘De aquí en adelante vas a estar armado’, me dijo Amafer.
Cuando regresé de la escuela, mi hermano formó la Columna de Agitación Rubén Jaramillo – encargada de generar recursos para la guerrilla, así como la formación de cuadros y la educación político-militar de los integrantes del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) – que no era totalmente militar, estaba integrada por luchadores de todas clases: compañeros que querían acceso a la vivienda, campesinos que exigían apoyos al campo, trabajadores que querían integrar sindicatos y también personas que querían formar parte de la guerrilla.
Mi hermano tenía un mapa de la república mexicana en su cuarto de la Casa del Estudiante. La península de Baja California se transformaba en una mano y el país estaba atravesado por un rifle de asalto. Arriba en la línea fronteriza rezaba la frase ‘las metralletas tienen la palabra’.
Amafer se fue a Cherán, un lugar que se convirtió en el centro neurálgico del movimiento, y yo me quedé en Morelia donde tenía una vida de lumpemproletariado. Yo andaba estudiando, ayudaba a los compañeros, hacíamos protestas y luchas legales, pero nadie sabía que tenía mi vida en la clandestinidad.
En 1973 Amafer me mandó llamar a través de un “correo” –una persona que se encargaba de mandar mensajes–, ahí me planteó la necesidad de hacer una acción de expropiación en el Banco de Paracho, era un Bancomer.
Nos fuimos Camilo y Ramón que era muy bueno para manejar, todos estos son pseudónimos, yo me voy de copiloto. Amafer es el que comanda la operación y se junta Chore, otro pseudónimo, que también se integra y era bueno para las maniobras.
Cuando llegamos al banco, Amafer y Chore amagan a todos los clientes, ya traían los nudos nomás para amarrarlos. Con Camilo nos ponemos a sacar el dinero en unos costales de ixtle, en ese tiempo no había plásticos. Yo metía dinero y luego lo aplastaba con el pie para que cupiera más, estaba pesado el carajo dinero.
Entonces un niño se asoma por la ventana y empieza a gritar ‘¡están robando el banco!’. Pa´ pronto nos cayeron los policías, el banco en ese entonces estaba a un lado de la comandancia. Mi hermano dice ‘¡retirada!’ y sale tirando una ráfaga para espantar a los policías.
Llevábamos unas bombas de humo, unos cócteles molotov y unas “velas”, que son cartuchos de dinamita. Adentro del banco dejamos una bomba de humo y aventamos una molotov afuera para distraer y salgo yo corriendo.
Salgo y me empiezan a tirar los policías, pero todos nerviosos, y luego los rifles de cerrojo que son de tiro en tiro pues me les pongo enfrente y con Amafer les quitamos los rifles. LuegoDespués Chore llega y les pone de los nudos que traían y nos vamos.
Salimos rumbo a Cherán por el panteón. Ahí a un lado ya habíamos dejado unas velas en un poste, para que pasando nomás prendiéramos las mechas y tronaran, pues tronaron sabroso. Llegamos a un pueblo que se llama Aranza y ahí nos estaban apoyando unos compañeros.
Ellos hicieron la balacera para que nosotros nos escapáramos por una barranca. En el tiroteo, no sé cómo estuvo que le pegaron a la cajuela del carro en el que íbamos y ahí iba al que le quitamos el carro. Afortunadamente no se murió porque nosotros abandonamos el carro y los judiciales llegaron pronto y lo rescataron.
Yo iba resguardando el dinero y a mí me iban resguardando los compañeros. Nos escapamos por el cerro de San Marcos, ya luego supe que se llamaba así. El asalto fue como a mediodía y a eso de las tres ya andaban los helicópteros y ya nos estaban denunciando en la radio.
Nos quedamos en el cerro hasta que oscureció y para entonces ya había llegado el Ejército, los soldados trajeron unos camiones con unas luces grandotas que iluminaban todo el cerro. Nos fuimos moviendo escondidos hasta que llegamos a un campo de cultivo que teníamos que pasar a huevo.
Tenía que ser abril porque el campo estaba arado, pero todavía no estaba sembrado, ni dónde esconderse. Pues hicimos el cálculo y la luz del camión iluminaba el sembradío cada dos minutos, era de correr dos minutos y luego pecho tierra. Así nos escapamos, llegamos a Zacapu a las cuatro de la mañana.
Mi hermano dividió el dinero, yo me llevé la mayor parte, por instrucciones de él. Con ese dinerito pues ya pudimos hacer más acciones y apoyábamos los movimientos legales con ese recurso, porque yo en Morelia era Abdallán, no tenía nada que ver con ese otro mundo.
Yo acá andaba como si nada, yo seguí en mis clases o haciéndome pato, andaba en la lucha democrática legal, llevando a los muchachos a las comidas corridas y consiguiéndoles ropa y zapatos. Eso sí, ya andaba yo fajado con la pistola, ya sabía que era del MAR, también ya sabía que era parte de la Columna de Agitación Rubén Jaramillo. No había vuelta atrás.

Las tres caídas de Solón
“¡Quiero vomitar!”, suplicó Solón Guzmán Cruz a los agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) que lo llevaban en un automóvil rumbo a la XXI Zona Militar en la ciudad de Morelia, la capital del estado de Michoacán.
Los agentes se burlaron de él hasta que el muchacho de diecisiete años empezó a escupirles encima. Asqueado, uno de los oficiales lo empujó hacia la ventana del auto y le dijo que sacara medio cuerpo para que no manchara los asientos.
Era el 25 de julio de 1974, estaba oscureciendo y viajaban por una carretera vacía a las afueras de la pequeña ciudad de Quiroga, un punto intermedio entre la capital y la comunidad indígena de Tarejero, en el municipio de Zacapu, donde horas antes los agentes federales habían sacado a Solón y a su padre, José de Jesús Guzmán Jiménez, a la fuerza.
El vehículo apenas bajó la velocidad para que el joven escupiera, principalmente sangre y bilis, producto de una semana de tortura a la que fue sometido él y toda su familia.
Solón saltó del vehículo en movimiento y cayó rodando a un lado de la carretera, se levantó y corrió hacia la oscuridad. Los agentes intentaron seguirlo, pero fue inútil, el muchacho se dio a la fuga y logró llegar a Morelia (a unos cuarenta kilómetros de distancia) caminando y pidiendo aventones.
Llegó de noche, casi a las 22 horas, directo a una de las casas del estudiante de la Universidad Michoacana, al llamado cuarto de Amafer, su hermano mayor, una recámara que compartían los estudiantes con comuneros indígenas y trabajadores que iban de paso a la capital del estado y no tenían recursos para rentar alguna habitación en la ciudad.
En el cuarto encontró leyendo a su otro hermano, Abdallán Guzmán, quien no tenía idea de que la casa de sus padres había sido allanada por el Ejército mexicano y que dos de sus hermanos, Armando y Amafer, así como su padre, José de Jesús, estaban encarcelados en cuarteles militares acusados de formar parte de la guerrilla.
“Traía un dedo quebrado, no sabía si fue que le pegaron o cuando saltó del carro, traía un zapato en la mano”, recordó Abdallán.
Solón le contó que los militares entraron el 19 de julio de 1974 a la comunidad indígena guiados por un guerrillero, José Luis el “Chore”, quien luego de la tortura soltó los nombres de la familia Guzmán Cruz como parte de la Columna de Agitación Rubén Jaramillo.
Tarejero significa en p´urhépecha, “donde se reúnen los grandes”. Es una población que apenas pasaba –en aquel entonces– de los quinientos habitantes. Se localiza justo a la mitad de camino entre las ciudades de Morelia y Zamora.
En un operativo encabezado por el Ejército mexicano, la Procuraduría de la República y la DFS, los militares cerraron las seis entradas del pueblo y entraron por las calles levantando a todos los hombres que encontraron a su paso.

Llegaron buscando a Abdallán, conocido como “Amafercito” por ser hermano menor, pero además por formar parte de su Columna de Agitación.
Solón le contó que los militares y los agentes volvieron todos los días entre el 19 y el 25 de julio y durante una semana golpearon a todos los hombres de la casa, mientras mantenían a las mujeres y los niños encerrados en el cuarto donde almacenaban el maíz.
Un día, después de las golpizas, los soldados sacaron a los hombres de la casa y los llevaron al campo, donde dijeron que iban a matarlos. Los llevaron por la terracería a las afueras del pueblo y luego los bajaron de las camionetas en la oscuridad.
Solón se quedó petrificado hasta que de una patada cayó al arroyo que alimenta al pueblo. Él, su padre y sus hermanos se quedaron en el agua hasta que dejaron de escuchar el ruido de los motores a la distancia. Creyeron que sería la última vez.
Al día siguiente, los agentes volvieron y en el tapanco de la casa encontraron una espada que había pertenecido a su abuelo cuando peleó en la Revolución mexicana y una mochila con libros sobre marxismo-leninismo y propaganda política. Esa fue la sentencia de la familia.
Los militares exigieron saber dónde estaba el dinero y las armas, pero la familia de Abdallán ni siquiera sabía en qué estaban metidos sus hijos. Las reglas de la guerrilla que profesaban les impedía compartir información de sus actividades subversivas y la casa no era parte de los escondites del movimiento.
Nada de eso importó, el 25 de julio de 1974, agentes de la DFS se llevaron a Solón y a José de Jesús en un automóvil, el hijo saltó del vehículo y el padre se quedó adentro, al final ambos desaparecieron.
Abdallán supo que era el momento de huir, como lo había hecho tantas veces antes, por los techos de las casas aledañas a la Casa del Estudiante –que ahora lleva el nombre del guerrillero Lucio Cabañas–, dejando a su hermano bajo cuidado de los demás moradores del cuarto de Amafer.
Sin embargo, la cacería apenas empezaba. Solón cayó en manos de la DFS días después de haber llegado a Morelia con un zapato en la mano y un dedo de la mano roto. Esta vez no pudo saltar para escaparse.
El 16 de julio habían detenido a su hermano Amafer en Morelia, tres días después detuvieron a su otro hermano Armando en Ciudad Nezahualcóyotl, en el estado de México, y esa misma tarde entraron a la comunidad buscando a Abdallán, pero no lo encontraron y fue detenido hasta el 22 de septiembre de 1974.
Según la carta que un militar desertor entregó al Comité Eureka –organización que exige justicia y la presentación con vida de los desaparecidos durante el periodo represivo conocido como Guerra Sucia– la última caída de Solón ocurrió meses después de su arresto.
El nombre de Solón Guzmán Cruz aparece entre los pasajeros del vuelo número 19 que hicieron los aviones israelíes Arava desde la Base Militar ubicada en Pie de la Cuesta, en Acapulco, Guerrero, hacia el mar.
Se trató de una operación militar del Grupo Zorba, bajo el mando del coronel de infantería Francisco Quirós Hermosillo y el general Mario Arturo Acosta Chaparro, que consistió en el asesinato sistemático y la desaparición de personas sospechosas de participar en la guerrilla, para luego lanzar sus cuerpos al mar como parte de los llamados Vuelos de la Muerte.
Armando, Solón, José de Jesús y Amafer sufrieron la misma caída.
Sus hermanos fueron arrojados al mar en los vuelos 7º, 13º y 19º realizados por el Ejército mexicano. El nombre de Anafer (por Amafer) está acompañado de una cruz, lo que significa que murió durante la tortura. Otras víctimas murieron fusiladas o fueron lanzadas desde el aeroplano aún con vida.
Ahí termina el rastro de la familia Guzmán Cruz. El único que no aparece es Venustiano, quien fue detenido en 1975, un año después de que el militar desertor escribiera la carta. Sin embargo, el Comité Eureka afirmó que los llamados Vuelos de la Muerte se extendieron hasta 1979, por lo que Abdallán no descarta que su hermano menor haya corrido con la misma suerte.
Esta es otra de las historias que Abdallán cuenta mientras explica que la lucha en la que ha estado involucrado toda su vida no es por él, es para que las cosas cambien, aunque a él no le toque disfrutar de los resultados.

“La búsqueda de la justicia implica que tienes que estar en acción, en actividad, hasta que se cumpla y esto va a tardar, yo creo que el nieto –que tiene un año apenas– va a estar grande y no se va a concretar, no es a corto plazo, ya pasaron cincuenta años y no ha habido nada”, sentenció el profesor Abdallán Guzmán.





