Un mes después de volver de Caracas, esta crónica–carta nace desde el eco que dejó el viaje en el cuerpo. No intenta explicar Venezuela ni hablar en su nombre, sino dar cuenta de lo que ocurre cuando la hospitalidad se vuelve práctica política y el poder popular deja de ser consigna para convertirse en vida cotidiana. Se pregunta por la posibilidad de tejer una casa común entre México y Venezuela en medio del asedio, la guerra mediática y la distancia impuesta, y asume el compromiso de nombrar la dignidad de un pueblo que resiste. Aquí, caminar, escuchar y dejarse afectar son también formas de posicionarse: una manera de decir que la solidaridad no es un gesto abstracto, sino una relación que se construye con tiempo, presencia y responsabilidad compartida.
Fotografías: Erika Lozano
Nuevo León, México.- Mientras subo la montaña pienso en Caracas. No es el Waraira Repano, es el Cerro de la Silla. Estoy en Monterrey. El aire es distinto, el paisaje también, pero el cuerpo reconoce algo del esfuerzo, del ritmo lento que exige la pendiente. Ha pasado un mes desde que regresé y lo aprendido no llega de golpe: se acomoda despacio, como el cansancio después de una caminata larga, como los músculos que siguen vibrando incluso cuando una ya se detuvo. Camino y pienso en el sentido que tiene para mí construir una casa común, en qué significa hoy habitar, sostener, permanecer. No es sencillo encontrar un lugar, y hacerlo tampoco. Hay que insistir, escuchar, equivocarse, volver a intentar. Como en la montaña.
¿Por qué tejer una vía entre México y Venezuela? ¿Cómo no hacerlo en este momento, uno de los más apremiantes de nuestros días, cuando los discursos de guerra se multiplican y la distancia se impone desde arriba? Camino y recuerdo. Cada paso convoca escenas, voces, gestos compartidos. Hay viajes que no terminan cuando una se va, porque siguen andando por dentro, reordenando preguntas, compromisos, afectos. Viajes que se vuelven mapa y brújula. Mientras avanzo, entiendo que este camino no va solo hacia adelante, también va hacia adentro, hacia aquello que insiste en ser nombrado y defendido.
Las tensiones van escalando. Han pasado meses desde que el Gobierno de Estados Unidos intensificó la guerra mediática y psicológica contra el pueblo venezolano, una ofensiva que no se libra solo con armas, sino con titulares, amenazas y presiones estratégicas, políticas y económicas. Las ejecuciones extrajudiciales en el Caribe, la recompensa por Maduro, el portaaviones más grande del mundo al acecho, las mentiras repetidas hasta el cansancio, el Nobel anunciado al golpismo: todo forma parte de un mismo clima espeso que busca instalar el miedo y justificar lo injustificable. Viajar en este contexto no es un gesto neutro. Aun así −o quizá por eso− decidimos seguir adelante. Tras semanas de planeación cuidadosa del equipo en Caracas para recibirnos y presentar Ceiba en aquellas tierras caribeñas, entendimos que estar ahí también era una forma de pronunciarnos, de no aceptar que otros decidan por nosotras cuándo es prudente acercarse y cuándo conviene mirar desde lejos.
Cruzar el umbral
Preparo todo: maleta lista, papeles impresos, mis documentos y lo que se pueda ofrecer; echo un paquete de tortillas de harina, machaca y dulces, porque viajar también es llevar algo para compartir. No sé a ustedes, pero a mí siempre me da un poco de nervio ir “lejos”, como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que está a punto de cruzar un umbral. Me despierto varias horas antes de que suene la alarma y asumo que no lograré conciliar el sueño nuevamente. Salgo rumbo al lugar donde tomaremos la van para llegar al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, en Santa Lucía. Me mentalizo por si hay un pequeño caos, por si algo se desacomoda. Cambio dólares. Todo está increíblemente tranquilo, casi en contraste con el ruido que viene de afuera. Viajamos por Conviasa, y en ese gesto simple −abordar, sentarse, esperar el despegue− empieza, sin que aún lo sepa del todo, el viaje que seguirá acompañándome durante meses.
Las personas en el avión aplauden y vitorean: ya aterrizamos. El gesto es colectivo, casi automático. Es de noche, así que todavía no puedo ver La Guaira, el mar ni la montaña. Al llegar al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar nos reciben los primeros adornos navideños: luces, arbolitos decorados, figuras que anuncian una fiesta adelantada, como si el calendario aquí se moviera a otro ritmo. Se siente el ánimo festivo en el aire, una mezcla de expectativa y alegría compartida. Nos esperan. La emoción es mucha para este encuentro que por fin deja de ser plan y se vuelve presencia.
Tengo la sensación de estar en un territorio familiar. Nunca antes había venido, pero me siento en casa, así me hicieron sentir Ari, Iraima y Toti desde el primer momento, con una hospitalidad que pregunta “cómo estás”, que comparte tiempo, escucha y cariño. Escucho atenta, con todo el cuerpo; los silencios, los ritmos, las maneras de nombrar las cosas. Miro lo más lejos que puedo, como si temiera que algo se me escape. No quiero perderme nada. Así voy todos los días: aprendiendo a habitar el tiempo con cuidado, dejando que el lugar me enseñe antes de intentar comprenderlo.
Suena la salsa, suena el reggaetón, suenan las gaitas. La música aparece a toda hora: en las casas, en los carros, en la calle, como un pulso constante que acompaña los días. Yo pensaba que por gaita se referían al instrumento, luego supe que es un género musical, una especie de villancico popular por su temática navideña. Mi vocabulario venezolano ha crecido, chamo, casi sin darme cuenta. Vaina para nombrarlo todo, cotufas para las palomitas, lechosa para la papaya, cambur para el plátano, caraotas para los frijoles, sifrino para decir fresa. Guayoyo es mi palabra favorita, un cafecito a cualquier hora. Quiero adoptar el chévere y el no joda.

***
Vamos rumbo a Petare, uno de los barrios más grandes de Venezuela, y de América Latina, ubicado en el estado Miranda. Vamos en metro, mi primera impresión es de emoción al darme cuenta de que tiene aire acondicionado, a diferencia del de Ciudad de México. Las casas de ladrillo parecen apilarse sobre los cerros. Cobijas con imágenes de tigre cuelgan en los tendederos, en algunas ventanas se distinguen rejas. Unos cuantos árboles se abren paso entre el asfalto. Vamos subiendo en moto y los conductores son un tanto temerarios en las curvas, y en general. Mi cuerpo se siente un poco tenso en el trayecto, el compañero se da cuenta y me dice que me relaje, así que confío.
Nos recibe un mural con el rostro de Urimare, la primera cacica de Venezuela quien luchó para defender su tierra de los colonizadores. Visitamos el núcleo del ovimiento Somos Otro Beta, en Petare, integrado por jóvenes, colectivos de colectivos, activistas y luchadores de los barrios. Es un espacio abierto a la comunidad, donde desde hace trece años, niñas, niños, jóvenes y personas mayores pueden aprender algún oficio. Las y los jóvenes llegan al salir de la escuela, saben que es un espacio seguro y pueden pasar el rato ahí.
Hay diversos salones de formación: desde reparación de celulares y peluquería, hasta danza, grabación musical y un taller textil. A este último asisten algunas compañeras desde temprano, nos cuentan que prefieren pasar tiempo ahí que estar en su casa. También hay un espacio de escucha y acompañamiento para personas que estén atravesando alguna situación compleja, así como herramientas para distinguir y combatir la violencia de género.

Nacer Ceiba
Hoy es la presentación de Ceiba. Estamos en la plaza detrás del teatro Alameda, en la parroquia San Agustín, un barrio conocido por su transformación a través del arte y la cultura. La tarde cae despacio y, poco a poco, la gente va llegando. Aparece la parranda, conformada por compañeras y compañeros de la fundación cultural 100 % San Agustín. Tambores, güiros y trompetas marcan el ritmo. La música convoca. Mujeres, niñas, niños, jóvenes y personas mayores gozan.
“Aquí la pelea es bailando”, se lee en uno de los murales que forman parte del paisaje. En un país asediado, para mí, esto es la dignidad. No una idea abstracta, sino una práctica cotidiana: sostener la alegría, cuidar el encuentro, insistir en la vida incluso cuando todo alrededor empuja al miedo. Se los digo.
Tomamos la palabra para presentar Ceiba. Contamos quiénes somos y, sobre todo, desde dónde hablamos. Decimos que entendemos el periodismo como un acto de cuidado, que no nos interesa dialogar con el poder, sino con las personas; acompañar procesos, no extraer historias; escuchar antes de explicar. Que queremos contar historias de vida, de resistencia y de lucha, pero también de alegría, de cultura, de lo que se construye todos los días en los territorios. Que apostamos por un periodismo pausado, que se permite otros ritmos en un mundo que exige inmediatez.
Explicamos que Ceiba nace del desgaste, del hartazgo frente a narrativas que normalizan la violencia y facilitan el avance del fascismo, pero también de una insistencia: la de no renunciar a la esperanza ni al pensamiento crítico. Que creemos en lo colectivo como espacio de construcción constante, en la escucha como método, en la confianza y el respeto como base de cualquier vínculo. Que hacer periodismo, para nosotras, es asumir una posición política clara y responsable.
Nos acompañan integrantes de diversos movimientos sociales, de organizaciones del poder popular, de otros medios de comunicación, amigas, amigos, compañeras, compañeros. Hay preguntas, comentarios, miradas que asienten. Pienso que nos han hecho creer que Venezuela y México están muy lejos y que no tenemos nada en común, lo digo en voz alta, pero no es así. Resulta disonante lo que se dice desde afuera y lo que se alcanza a ver al caminar la ciudad, al escuchar a la gente, al compartir la palabra y el cuerpo en este espacio.
En medio de la música, de las conversaciones cruzadas, de la plaza viva, entiendo que Ceiba también es esto: un territorio en movimiento. Un espacio de intercambio que se abre para escuchar, aprender, dialogar y celebrar. Un intento por tejer, desde abajo y con cuidado, una casa común que cruce fronteras y resista a la imposición del miedo.

Un respiro
Las empanadas de pescado y el agua de papelón más delicioso que he probado me las ofrecieron en Chichiriviche de la Costa. El sabor queda asociado al mar, al calor y a una pausa necesaria. Llegamos en lancha desde el puerto La Zorra, en La Guaira. Salimos temprano, el trayecto dura cerca de una hora. Pasamos ahí un par de días. Nadamos, descansamos, dejamos que el cuerpo baje el ritmo. Caminamos sin prisa. Llegamos a la iglesia del pueblo y, dentro, nos recibe una imagen de la Virgen de Guadalupe. Me sorprende reconocerla ahí, tan lejos de casa y tan cerca al mismo tiempo.
Un compañero, integrante del consejo comunal, nos cuenta lo que vivió la comunidad hace tres años, cuando las lluvias intensas desbordaron el río y arrasaron con parte del pueblo. Al menos una decena de casas fue destruida, pero lograron levantarse nuevamente. Mientras caminamos, vemos el cauce ahora tranquilo. A lo lejos suena Así fue de Juan Gabriel en la voz de Dread Mar I. El paraíso también guarda memoria de la pérdida. En Chichiriviche, la belleza no borra la herida: convive con ella.

Construir poder popular
Una bandera de la Guerra a Muerte de Bolívar permanece de vigía. Así nos recibe la Comuna Socialista El Panal 2021, en la parroquia 23 de Enero, uno de los referentes del proyecto comunal en Venezuela. Nos acompañan, y guían, Camilo y Cira, del colectivo Fuerza Patriótica Alexis Vive, quienes nos comparten algo de su historia y de su quehacer cotidiano en donde promueven la comunalización. El nombre honra a Alexis González Rebete, asesinado durante el golpe de Estado de 2002, y recuerda que aquí la memoria se organiza.
Recorremos la radio comunitaria Arsenal 98.1, desde donde se transmite música y contenido de formación política todos los días, es una herramienta para combatir la guerra mediática. Conocemos la lavandería comunal Panalito Bloque 27, un proyecto que fue aprobado, como todos, por elección popular. Pasamos por la empresa textil Las Abejitas del Panal; el centro de desposte y empaquetado, desde el cual se trabaja para que la carne sea accesible para el pueblo; la ferretería comunal Fuerza Obrera. Todo opera. Todo está en movimiento. La estructura comunal se sostiene con una asamblea permanente para la toma de decisiones y planificación, a su vez están los consejos comunales, de modo que son sus habitantes, el pueblo, quien ejerce el poder. Esta forma de organización comunitaria impulsa proyectos socio-productivos para enfrentar la guerra económica, fortalecer la producción local y promover la economía comunal.
“Aquí vive un tapicero”, “aquí vive una abuelita”, “aquí vive un comunicador social”, se lee en pequeños letreros afuera de algunas casas del Consejo Comunal Santa Rosa. Las imágenes de Chávez habitan el lugar: en murales, en fotografías grandes y pequeñas, como una presencia que acompaña el trabajo colectivo y recuerda que, en este panal, el poder popular se construye entre todas y todos.

***
En la cima de la montaña se encuentra el Cuartel 4F, hoy Museo Histórico Militar, donde reposan los restos de Hugo Chávez. El lugar impone desde la altura: una guardia de honor integrada por cuatro milicianos permanece firme, y una imagen de Bolívar vigila el mausoleo. Nos recibe un teniente que acompañará nuestro recorrido por las distintas salas, cada una organizada como un hilo de memoria que va desde los primeros días del comandante en el llano, su historia familiar y su formación militar, hasta los principios de la Revolución bolivariana, el Árbol de las Tres Raíces, la insurrección, la victoria electoral y el triunfo popular.
Las paredes están cubiertas de fotografías, documentos, titulares de prensa, objetos que buscan fijar un relato, ordenar una vida, narrar una época. Es una cronología que no solo cuenta una biografía, sino que intenta explicar un proyecto político y su impacto en la historia reciente del país y del mundo. Desde aquí arriba se observa todo el valle de Caracas. Como todo cuartel, este también ocupa un punto estratégico. A lo lejos alcanzamos a ver Miraflores.
Pienso en la relación entre territorio, poder y memoria; en cómo custodiar este espacio no solo permite cuidar, sino también narrar, insistir en una versión del pasado que sigue disputándose en el presente.
Jóvenes cadetes se preparan para el disparo del cañón. Avanzan marchando; el tambor marca el ritmo. Cargan el arma con movimientos precisos, ensayados. Se escucha el silencio, como si el tiempo se contuviera un momento antes del estruendo.
“Esta salva de cañón representa un acto de memoria pública, para recordarle a Venezuela y al mundo el pensamiento bolivariano, revolucionario, socialista, chavista y antiimperialista que nos legó el comandante supremo de la Revolución Bolivariana. Hoy, al escuchar el estruendo y observar su llamarada, debemos recordar que la patria sigue”, dice un miliciano.
Todos los días, a las cuatro con veinticinco de la tarde, se conmemora la muerte del comandante.

***
En la entrada están preparando un asado. Nos comparten un poco de chicharrón y tomamos agüita de mora. Estamos en la Comuna Socialista Guerreros de Chacao, la primera en el estado Miranda. El compañero Hans nos cuenta la historia de este lugar mientras caminamos.
El Campamento de Pioneros lleva por nombre 22 de Enero, la fecha en que inició la toma de estas tierras, que habían sido propiedad de la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec). Ahí estaba un club abandonado, hasta que en 2012 Chávez lo cedió bajo el Decreto Áreas Vitales de Viviendas y Residencias (AVIVIR). Desde entonces, el terreno se hizo hogar, organización y proyecto colectivo.
Al menos doscientas familias viven hoy en estos edificios. Tirsa nos recibe y nos muestra su casa. Nos cuenta que antes vivía más lejos, en un cuartito. Ahora tiene su apartamento y se sabe parte de esta comunidad, donde también habita su familia. Aparecen algunas plantas de nopales en distintos rincones, pero en Venezuela no se suelen consumir. Yo insisto en compartir recetas, a ver si convenzo a alguien de preparar un guiso mexicano-venezolano para acompañar las arepas.
La comuna se abre paso en uno de los principales bastiones de la oposición. Para dimensionarlo, en la Ciudad de México sería como tomar un espacio en medio de Polanco. No es solo una ocupación del territorio: es una disputa política por el derecho a la vivienda y por el derecho a la ciudad, la afirmación de que habitar aquí también es decidir cómo y para quién se construye el espacio urbano.

***
Subimos al Waraira Repano en teleférico. Se alcanza a ver todo el valle. Los verdes se funden, desde las alturas observamos una diversidad de palmeras y enredaderas con hojas gigantes. Disminuye la temperatura. Aparecen unos perritos andinos.
Al día siguiente vamos a escuchar a la Orquesta de Cámara Simón Bolívar del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela. Es un acto solemne, majestuoso y perfecto. Solo así podría describirlo. Sinceramente a estas alturas ya perdí la cuenta de cuánto he llorado en este viaje y es que me conmueve todo tanto.
Si mi querencia es el monte
Y la flor de araguaney
Cómo no quieres que tenga
Cómo no quieres que tenga
Tantas ganas de volver
Suena Simón Díaz de fondo. Hallacas, pan de jamón, ensalada de gallina y golfeados adornan la mesa: una hermosa cena de navidad adelantada anuncia la despedida.
Mientras bajo, entiendo algo más. Construir Ceiba ha sido también una forma de volver a mí, al periodismo que dejé cuando, en el cansancio y el desgaste, perdí el rumbo. No se trata de regresar igual, sino de hacerlo desde otro lugar, con otros tiempos, con cuidado. Quizá por eso este camino me conmueve tanto: porque me recuerda que no voy sola, que siempre hay alguien que acompaña, que sostiene, que da ánimo cuando el paso pesa, que cree en mí.

Seguir caminando
Llegar aquí es un recordatorio y un compromiso: una apuesta al futuro. Agradezco el encuentro, la coincidencia, la posibilidad de abrirnos a la sorpresa y dejarnos afectar. Estos días en Caracas son un gran regalo: la oportunidad de caminar estas tierras, de mirar de cerca y escuchar con atención una realidad que suele ser narrada desde lejos, deformada por el ruido y el prejuicio. Conocer a un pueblo que, en medio del asedio, organiza la vida cotidiana y hace frente al imperialismo día a día, desde el trabajo, la memoria y el cuidado compartido.
Sigo caminando. La bajada es más difícil y exige otra disposición: guardar agua, dosificar la fuerza, detenerse cuando hace falta, ser paciente, resistir. La montaña me pide humildad y atención. Pienso en la hospitalidad de quienes me abrieron su casa, en la confianza extendida que solo puede ofrecer quien ha trabajado largo tiempo en los territorios, quien sabe que cuidar a otra también es una forma de defensa. Recuerdo que nuestro sueño colectivo, hoy una realidad en construcción, echa raíces despacio y, con sus semillas viajeras, va tejiendo mundos posibles.
Pienso en ese territorio en disputa, en las personas que quiero y que resisten. Entiendo que este viaje no termina aquí, que continúa en la forma en que miro y acompaño. Y si hay algo que tengo muy claro es que, desde esta nuestra trinchera–casa común, hecha de palabra, imagen y presencia, junto a ellas quiero luchar.

Nota: Esta crónica se terminó de escribir cuatro días antes de los bombardeos a Venezuela y la agresión militar ilegal por parte del Gobierno estadounidense, que derivó en el asesinato de al menos cien personas, la destrucción de viviendas, centros de investigación científica y tecnológica, cuarteles militares, y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores.





