A cuatro meses de la presencia militar estadounidense frente a las costas de Venezuela, la gente sigue su vida cotidiana sin la zozobra y sobresaltos que, desde las redes sociales, actores de la derecha venezolana pretenden mostrar. Aquí no domina el pánico, pero tampoco la indiferencia.
Fotografías: Erika Lozano y Katia Rejón
Postal del mar Caribe I
La red ya está en el agua y, contra todas las prevenciones dadas en tierra, venció el presentimiento de una buena pesca. El mar y el cielo se juntan en el horizonte, postal espléndida apenas malograda por los espectros de los barcos gringos.
Mientras los pescadores van tras la huella del cardumen, el viento desparrama los cuentos de lanchas bombardeadas y la incertidumbre toma la forma de una ola gigante.
La brisa adelanta, antes que la imagen sea perceptible, el ruido de un motor desconocido, de palabras perifoneadas en un inglés rudo y marcial. Contra los hombres de pieles curtidas por el sol y el salitre, cae la prepotencia yanqui asaltando la embarcación atunera, y el derecho internacional navega a la deriva.

Postal del mar Caribe II
El capitán Johnny Rodríguez aún no tiene claro si su destino será acantonar en la isla de Puerto Rico o flotar sobre las aguas al ritmo de las olas del mar Caribe. Mientras sus superiores lo ilusionan con repetir la hazaña de la invasión a Panamá y lo inflaman de un extraño coraje con aventuras épicas en Medio Oriente, este personaje ficticio −creado para encarnar la paradoja del migrante latino en el ejército estadounidense− se prepara para atacar a otros como él, convertidos en carne de cañón, para pagar, en su condición de migrante hispano, el derecho de estadía en Estados Unidos.

Estampitas canónicas
Hurgan en el cielo las doñas, los carajitos divertidos buscan formas en las nubes y una muchedumbre en procesión llena de suspiros, rezos y “ayesmidios” las callecitas del pueblo de Isnotú. Este fervor, sin embargo, coincide con el anuncio de que aviones y drones surcarán los cielos del Caribe. En este momento preciso, Venezuela tiene un flamante santo. La devoción que despierta la ciclópea estatua de José Gregorio −coronada por su sombrero, en plazas de todo el país− crea una realidad tan poderosa que, en el día a día, opaca incluso los rumores de una guerra anunciada. Así, la canonización, un evento histórico interno que puede leerse como un mensaje desde El Vaticano, actúa absorbiendo la mirada colectiva justo cuando otras narrativas buscan capturarla desde el exterior.

Postal de la dignidad I
Su madre la arrulló entre los sueños de pasarelas y reinas coronadas que el mercado le vendía como un ideal posible −no el único, pues también se sueña con ser doctora, maestra, ingeniera, o con cualquier otro oficio−, pero sí el más luminoso y publicitado: pasos de princesa, desplazamientos felinos, salvas de aplausos mezcladas con el disparo de flashes.
Pero ese futuro prefabricado se quebró. Ahora, la joven no se alista en un concurso, sino en una defensa. Se pone a salvo cruzando un arroyo por una soga, alentada por los vítores de sus camaradas. En esta ceremonia forzada por los tiempos, tras pruebas de otro orden, la joven no elige, sino que recibe −como una pesada carga− su Kalashnikov. Es el símbolo de un destino redirigido por la necesidad, donde la amenaza externa obliga a priorizar la defensa sobre cualquier sueño personal, cualesquiera que estos hubieran sido.
Postal de la dignidad II
María pone al fuego las últimas arepas para que desayunen los pequeños que quedan a cuidado de su hija mayor. Tiene una vida pesada como su humanidad, del casi mismo volumen que la determinación de que los suyos no crezcan en un país donde los pitiyanquis los rocíen con combustible y los hagan arder por negros y pobres.
Se mofa el presidente del imperio decadente de la humanidad de María, de sus pasos cortos cargando el fusil, se jacta el muy imbécil y los muchos imbéciles en las redes, porque solo ven el cuerpo que desprecian. No ven el ojo que, a través de todo el cansancio, apunta.
Postal de la matria
¿Y si Dios fuese mujer?, piensa para sus adentros la Charo, mientras cuenta los alimentos que debe repartir con manos expertas por tanta práctica. Es una pregunta que surge del contraste: entre el dios de los portaviones que flotan en el Caribe y la red de cuidado que ella y otras mujeres tejen a pie de calle. Y surge, también, de un temor que la sobrecoge: ¿Y si hacen de Petare Gaza, de la patria un enorme agujero humeante, de las montañas quesos con hoyos y de la selva desierto?
Frente a ese horizonte de destrucción, ella trabaja. Mucho se pregunta la Charo y mucho se responde en el hacer. Las respuestas no están en los libros, sino en la logística diaria, en sortear la escasez con ingenio, en aguantar jornadas interminables. Esta jefa de calle no distribuye solo alimentos; sostiene, con esfuerzo palpable y poco reconocido, la trama misma del barrio. Es su manera de conjurar el agujero humeante.
Postal del Metro I
Los domingos el Metro pierde su fisonomía de carne humana enlatada y es posible que viaje entre los pocos laburantes del séptimo día un perro callejero. Entre vendedores ambulantes ciegos, carameleros, pregoneros que compran y venden dólares, predicadores y cantantes, el hombre alza su voz cual profeta para una tribuna cautiva que oye sin remedio que los misiles no descuartizarán solo a chavistas, que aplaudir la invasión militar es acto aberrante de traición, que malparidos son a los que les corre petróleo por las venas y que es más probable que un camello pase por el ojo de la aguja que los gringos logren escapar de Venezuela.

Postal del hormiguero
Las calles de Caracas hierven en marchas contras las amenazas imperiales, las plazas se colman de voluntarios alistándose y la Venezuela toda se inflama de un sano patriotismo, de bulla colorida y estridente, de gente pacífica empujada al pacifismo, de militares militando y de militantes militarizados, de banderas y cerrojos de fusil, de originarios y criollos en bandolera, de soberanía a la sazón e infatigable resistencia.
Postal de la madrugada
Caracas dormita y en el sopor del sueño la amenaza aún no es pesadilla; un perro le ladra furioso a un rabipelao que corre por el pretil del muro y una gata convoca a un concierto de maullidos urgidos; una trabajadora sexual espera clientes taconeando su cansancio; una persona hurga en la basura, recoge lo que el día descartó y mira con ojos vidriosos el amanecer que nace.
Una patrulla pasa lenta, aletargada, luminosa, atenta, en una Caracas donde las antiguas sombras despojadoras siguen robando en el imaginario colectivo; por las calles sin luz y las avenidas iluminadas, la noche transita mansa, bostezando, arropa a Petare y llena de soledad las estaciones del Metro.
Una moto rompe el silencio y su sonido desenmascara la mansedumbre; suenan boleros en las radios y celulares de los serenos, amores que cuelgan en la percha del recuerdo y abren las llagas de los abandonos.
Miles de parejas en esta noche se abrazan rendidas en los estertores del éxtasis, y el reloj avanza inexorable hacia el despertador, que marca un nuevo día. Los yanquis esperan allá lejos en el mar.

Postal de lo cotidiano
Se instala con el café breve y la empanada casera otra nueva mañana en la esquina, la humanidad en alta rotatividad, apremiada por el horario, ingiere su desayuno callejero, las empleadas de tienda se maquillan en los vagones del metro y algunos pasajeros flamean cual banderas en las puertas de las camionetas atestadas. Un perro mea contra el árbol y un chamo se apoya en un muro sobre la pinta del Comandante. Los zamuros sobrevuelan el Ávila y los edificios, una pareja recibe el amanecer saliéndose de adentro de ellos y los niños reniegan de otro día de colegio.
Una pareja de sifrinos estaciona su 4×4 en el estacionamiento de la meca del consumo y los escuálidos berrean contra una “dictadura” que no termina de ser.
Los buhoneros ofertan a la baja antes que llegue el regateo y las calles se iluminan de motivos navideños; los parroquianos calman su sed en las tascas, los campesinos contemplan su cosecha y una lluvia mansa refresca las veredas. Los yanquis, esperan allá lejos en el mar.
Postal sobre las arrugas
La revolución que hoy pretenden ahogar en hemoglobina luce las arrugas del 2017, cuando el bloqueo económico fue tan asesino como la muerte por bala. Detrás de la Negra Hipólita se fueron los desamparados que volvieron a quedar huérfanos de toda orfandad.
La mano tendida de la revolución es desde entonces un muñón en vías de regeneración.
Postal del Metro II
El muchacho encapsulado en la ropa raída esparce sobre el piso del vagón, desde una botella que alguna vez tuvo refresco, agua con detergente aromatizado; el padre mientras cuenta los infortunios familiares se agacha y pasa un trapo con la mano, limpiando sobre lo limpio, lloviendo sobre mojado, borrando huellas de pasajeros rumbo a su estación final. El lamento trapea y el Metro avanza, el trapeo avanza y el Metro vuelve sobre sus vías, el lamento lamenta.
Postal macondeada
Los yanquis flotan en el mar y su presencia abre con ardor de salitre las llagas de las guarimbas que las hienas esperan repetir, agazapadas, expectantes de la avanzada del quinto de caballería.
Pero aquí, hasta la magia resiste. Fue en épocas de guarimbas que Caracas amaneció cubierta por una extraña y espesa nubosidad mezclada con humareda que no dejaba ver el cielo, ni a los pilotos de traidores aviones de combate, la ciudad a bombardear.
Postal sobre la incertidumbre
“Resistir es defender las certezas” dice Dina; el camino del socialismo, el camino bolivariano no colma sus expectativas, pero es camino.
Si la única certeza es perecer, quizás sea preferible morir de odio extranjero que de odio connacional.
La ojiva miserable está allí, apuntando latente a la dispersión de neutrones que hoy tienen cara de niños, de mujeres, de vientres poblados, de músculos laboriosos, de pensamientos profundos.
Dina llora lágrimas que no son de miedo, sino de indignación, de impotencia, de incertidumbre.
No mastica odio, mastica incomprensión.

Postal sobre la certeza
El aliento de la soldada venezolana exhala patria atravesando el pasamontañas; el sudor de la miliciana huele a la brisa mañanera de la montaña; una mano policial acaricia la culata y se transforma en paraguas de su gente. Un pescador hunde sus pies en la arena, escarba la patria, engancha en los anzuelos porciones de futuro, y se hace a la mar.





