El aguacate es la bendición y la maldición de Michoacán. Ocho de cada diez toneladas que se producen en México provienen de este estado. Pero, a cambio de las ganancias, que rondan los 1300 millones de dólares anuales, hoy existe una nueva generación de jóvenes que está pagando con su bienestar el verdadero precio del aguacate.
Fotografías: Rodrigo Caballero
Morelia, Michoacán.- Lalito tiene prohibido jugar cerca de la huerta de aguacate desde que sufrió un ataque en los bronquios que lo mandó al Hospital General de Uruapan. El niño de cinco años se mantiene fuera de la cerca y carga un inhalador en la bolsa del pantalón.
En el inhalador azul puso unas calcomanías de Bluey, el perrito de la caricatura que le gusta ver en el teléfono de su papá mientras espera que termine de trabajar en una de los miles de huertas que componen el panorama del municipio de Peribán, ubicado al norte de Uruapan, en el epicentro de la zona aguacatera del estado Michoacán.
“Si me pongo malo le aprieto aquí y le hago fuerte así ‘ah’ para que me deje respirar, por eso tengo que cargarlo, pero nada más si me pongo malo”, contó el niño, sin alejar los ojos de la pantalla en la que Bluey está teniendo una de sus tantas aventuras.
Eduardo, su padre, se dedica a darle mantenimiento a diversas huertas de aguacate mientras el fruto crece para ser exportado hacia los Estados Unidos de América (EUA). Es un negocio que año con año genera ganancias de 1270 millones de dólares, pero que para él solamente se reflejan en un salario semanal de 2500 pesos.
El hombre de treinta y dos años se levanta todos los días a las cuatro de la mañana. Comienza el día revisando que haya caído agua para llenar las bombas que usa para los fertilizantes y los pesticidas que se necesitan para mantener el aguacate libre de plagas.
“Son muy fuertes esos químicos que uno usa, son muy como pesados digo yo, porque antes no usábamos nada cuando los poníamos, ni máscara ni trajes ni nada de eso, eso es nuevo de unos años para acá, antes nomás así le dábamos, pero luego unos dolores de cabeza, como un zumbido y unos calambres que me daban y luego las ronchas que no se te quitaban con nada”, contó Eduardo para Ceiba.

Eduardo cree que aspirar esos agroquímicos fue lo que provocó que su hijo se enfermara. Una noche tuvo que salir corriendo con su hijo en brazos y llevarlo en su camioneta sesenta y cinco kilómetros al sur, hacia la ciudad de Uruapan, para que le dieran tratamiento.
Para su sorpresa, no era el único. Eduardo cuenta que el doctor le dijo que era muy común ver enfermedades en las vías respiratorias, especialmente en niños y personas de la tercera edad debido al uso de agroquímicos. Le recomendó que Lalito no se acercara a las huertas.
Pero es imposible, Eduardo vive adentro de una huerta junto con su familia. Por las noches se dedica a vigilar los terrenos junto con sus hijos mayores. Para ir a la escuela, los niños atraviesan una docena de terrenos sembrados de aguacate, donde el uso de agroquímicos es diario y extenso.
“Cuando no fumigamos aquí, pues me fumiga el vecino o me fumigan más abajo, aquí empezamos a echar la fumigada y metemos a los niños a que se guarden porque luego luego la estornudadera que no para, pero si quisiéramos parar pues cuándo, solo que nos vayamos”, dijo Eduardo.
Apenas en septiembre de 2025, el Gobierno de México prohibió el uso de treinta y cinco tipos de plaguicidas considerados altamente peligrosos para la salud. Entre ellos, el endosulfán, un insecticida prohibido en cincuenta países, pero que en México se seguía utilizando en la siembra de aguacate.
Sin embargo, Eduardo se apega a los protocolos establecidos por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés), lo que garantiza que el aguacate de las huertas en las que trabaja pueda entrar a Norteamérica sin problemas.
“Uno nada más usa lo que le permiten y llevan bien controlado que no le metas otra cosa, hasta tienes que regresar los botes vacíos para saber que sí le echaste de lo permitido, pero yo creo que hasta eso le viene haciendo daño a uno”, dijo Eduardo.
Cuando terminó de explicar el procedimiento, Eduardo se puso su traje para empezar a fumigar y de un chiflido le hizo saber a Lalito que era momento de guarecerse. El niño agarró su gorra de Cars, su otra caricatura favorita, se la puso y salió corriendo para meterse a la camioneta de su papá, con el celular en la mano y el inhalador en la bolsa.

Aguacate no se escribe sin agua
Julián es parte de la tercera generación de una familia de aguacateros. Su abuelo empezó a sembrar en 1980, cuando nadie quería tener aguacates porque mantenerlos era caro y el precio muy barato.
“Uno de mis primeros recuerdos es ver que mi abuelo cortó la mitad de su huerta, ¡la mitad!, a pura hacha se la echó con varios de mis tíos, porque no dejaba, era muy barato en ese entonces y consumía mucha agua, como ahora pues, nomás que ahora sí se vende bien”, narró Julián.
Ahora, él mantiene una huerta que está certificada para exportar a los Estados Unidos junto con sus hermanos, por lo que forman parte de los miles de pequeños productores de la zona aguacatera alrededor del municipio de Tancítaro,
“El americano come mucho el aguacate, en el guacamole, en el Super Bowl, les encanta, por eso andamos aquí dándole, pero pues vemos que ya hay mucha competencia, sí se consume mucho pero no deja lo que dejaba antes y el agua pues no la hay ya, ya nos la estamos peleando”, dijo el pequeño productor.
“Acá (el agua) nos llega por tandeo, nosotros dejamos la manguera abierta toda la noche y nos llega por ratitos a la pila, pero no se alcanza a llenar, de ahí de la pila se toma para regar, para fumigar y para nosotros, para la casa, los trastes, el baño y todo lo de la casa”, aclaró.
“Los productores de aguacates utilizan enormes cantidades de agua, y muchos la extraen ilegalmente de arroyos, ríos y acuíferos subterráneos para regar sus huertos. La deforestación y el acaparamiento de agua han tenido consecuencias graves para las poblaciones locales, puesto que han contribuido a la escasez de agua y han incrementado el riesgo de deslaves e inundaciones letales”, apunta un informe de la organización Climate Rights International (CRI).

El robo de agua, la falta de lluvias, la deforestación, el cambio climático y el cambio de uso de suelo son algunos de los factores que contribuyen a la sequía, lo que ha provocado que muchos productores apenas y logren ganancias a pesar de los altos precios.
La competencia es feroz, el aguacate solo se da en zonas que tienen una altitud entre 1600 y 2200 metros sobre el nivel del mar; con lluvia de 1050 a 1150 milímetros y una temperatura ambiente de quince a diecinueve grados centígrados, condiciones muy específicas de la zona de municipios como Peribán, Tancítaro, Uruapan, Taretan y Tingambato.
Sin embargo, en los últimos años otros municipios como Zacapu, Villa Jiménez, Buenavista, Zamora, Purépero, Zinapécuaro y hasta la capital Morelia han modificado tanto sus leyes como sus tierras para integrarse al negocio, generando un estrés hídrico sin precedentes.
“Sí hemos visto que falta el agua, hay mucha competencia desleal de gente que mete las bombas en los ríos, en los lagos, que pone represas en las partes altas, que pone hoyas de agua en los cerros, eso es lo que no se vale, nos dejan sin agua para las huertas y para vivir, tenemos que vivir y tenemos que regar las matas, ahora sí que aguacate no se escribe sin agua”, aseguró Julián.
El par de halcones
Se acercaron a la huerta antes de la hora del almuerzo. Venían caminando desde el cerro, siguiendo la terracería que conecta Tancítaro con la región de Tierra Caliente, cuando se encontraron con una caseta de seguridad que había sido instalada desde la época de las autodefensas, en 2014.
Los muchachos estaban quemados por el sol, tenían dos semanas sin bañarse, la ropa manchada de tierra y los zapatos rotos, el cuerpo lleno de ampollas, rasguños y raspones. Llegaron pidiendo agua y se acercaron a los guardias sin importar que hasta hace unos minutos ellos eran sus adversarios.
Después de darles agua, los guardias empezaron a interrogarlos. Eran dos jóvenes originarios de Zamora que habían sido contratados como halcones para el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) o al menos eso les habían dicho cuando los reclutaron en una tiendita de la ciudad.
Los muchachos pasaron cuatro meses en la sierra que conecta Tierra Caliente con el Pico de Tancítaro, a salto de mata entre campamentos controlados por la delincuencia organizada, huyendo de la guardia comunitaria que mantiene el municipio y de los operativos que realizan constantemente para evitar el ingreso de la delincuencia organizada al municipio.
Cuando los muchachos llegaron a Tancítaro les quitaron sus celulares y sus carteras y les dijeron que los iban a meter a pelear la plaza. Solamente les pagaron los primeros 8000 pesos mensuales que les habían prometido. Se la pasaban arreglando el campamento, cavando trincheras, cargando cubetas de agua y preparando comida.

Dormían poco, los levantaban a golpes, les daban de la comida que sobraba y los ponían a vigilar por la noche con un palo que simulaba una metralleta. Les dijeron que tenían que probar que eran hombres antes de poderles dar un arma.
Un día los mandaron a robar aguacates. Bajaron en una camioneta y los metieron a una huerta que estaba abierta. Estuvieron cortando varias horas hasta que rellenaron varios costales y luego los delincuentes se llevaron el botín mientras a ellos los regresaban al campamento.
Uno de los muchachos se robó dos aguacates y los escondió entre la ropa para comérselos a escondidas en la noche. Les gustaba que los mandaran a robar porque ese día los maltrataban menos y podían cenar esa fruta.
El aroma del almuerzo de los trabajadores los distrajo de sus historias.
–Bajaron dos halconcillos del cerro –dijo el guardia a manera de saludo.
Los trabajadores de la huerta lo voltearon a ver con cara de espanto.
–No les sobra un taco para dárselos –pidió el guardia.
Entre todos juntaron una docena de tacos para los muchachos. El par de halcones se los comieron en segundos, tenían dos días sin probar bocado desde que se escaparon del campamento.
Se fueron en la noche, cuando les tocó una guardia juntos. Dejaron atrás todo lo que tenían y empezaron a bajar el cerro, primero entre la maleza y luego por un riachuelo. Cuando encontraron la terracería la fueron siguiendo hasta que encontraron a la caseta de vigilancia.
En otras circunstancias habrían tenido que atacar la caseta, después de todo los habían contratado para pelear la plaza, pero malcomidos como estaban, lo único que se les ocurrió fue pedir auxilio a quienes se supone debían avasallar.
Un campesino pasó por la caseta en su camioneta.
–Llévatelos al pueblo ¿no? –pidió el guardia.
–¿Quiénes son? –preguntó el hombre.
–Un par de halconcillos que agarramos.
El campesino no respondió nada, hizo un gesto y los dos muchachos se subieron a la caja de la camioneta. El hombre siguió su camino rumbo a Tancítaro.





