En Venecia no juegan cacha: juego tradicional y resistencia comunitaria

por | Nov 15, 2025

En medio de la tensión y la incertidumbre por la guerra, los conflictos sociales y medioambientales, las comunidades del Macizo Colombiano construyen paz a través de los juegos tradicionales y la organización comunitaria.

Texto y fotografías: Héctor Fernando Cortez

I


La Vega, Colombia.− La cancha donde juegan cacha está al lado de la carretera nacional del Macizo Colombiano. Por esa misma vía pasaron hace quince días los carrotanques de guerra enviados por el gobernador del Cauca, quien es oriundo de estas tierras, para “protegerla vida de los campesinos de este territorio.

Son las dos de la tarde. Poco a poco se van arrimando al salón cultural de la vereda El Recreo (municipio de La Vega) los participantes del XV Encuentro Relámpago de Cacha. Son campesinos que durante la semana cosecharon y despulparon café. Hoy son deportistas del más alto rendimiento de este deporte que no solo pone a prueba su fuerza y puntería, sino que se erige también como un espacio de descanso, integración comunitaria y alegría. Juegan mientras toman cerveza, comen empanadas, echan cuentos y, más tarde, al ritmo de la tecnocumbia y el merengue, echarán paso. Sonará “cuándo llegará ese día en que yo te quiera, ya no habrá momento para despedidas… todo mi amor siempre ha sido tuyo”.

En la fachada del salón cultural de la vereda está pintado un mural realizado hace dos años por estudiantes de la Universidad del Cauca, de manera participativa con la comunidad. Frente a él, las canchas de cacha. Son dos planadas de aproximadamente 40 metros, divididas por la carretera y por un barranco en el que está clavado sobre un retablo un dibujo que dice “Juego de cacha: deporte autóctono y orgullo maciceño”.

Salón cultural de la vereda El Recreo. Foto: Héctor Fernando Cortez.

Son cerca de ciento cincuenta personas, ocho equipos, acompañados por sus familias. Algunos juegan sapo, otros caída, buscan la sombra, corretean de lado a lado. Se ríen, brindan con un aguardiente, bromean, van, vienen. El día va cayendo. En medio de la algarabía se escucha el golpear de las arañas de acero sobre las varillas clavadas en la tierra.

Converso con Frasier, campesino y miembro de la Junta de Acción Comunal de la vereda. Me cuenta que siempre han hecho estos campeonatos, que hace sesenta años los hacían para pagarle el salario al profesor de la escuela. Ahora no, ahora lo recolectado en la actividad es para el Comité de Cacha, porque “lo bonito es ir a visitar otras comunidades. Entonces hacemos estas actividades para reunir fondos e ir después para donde nos inviten. Porque a veces uno no tiene plata, así que de ahí sacamos para la gasolina, para apostar la cervecita, para pagar la planilla… y no falta que se antoje de ir la familia…”.

Foto: Héctor Fernando Cortez.

II


La Vega es un municipio al sur del departamento del Cauca, y hace parte de los municipios núcleo de la ecorregión del Macizo Colombiano. Este es un territorio de mucha importancia para el mundo, en el que habitan, principalmente, comunidades campesinas e indígenas. En 1979 este ecosistema fue declarado por la UNESCO como patrimonio ambiental de la humanidad, nombrándolo como Reserva de la Biosfera Constelación Cinturón Andino. Esto lo cuenta el profesor Oscar Gerardo Salazar, líder del Proceso Campesino y Popular de La Vega (PCPV), quien también añade que su importancia radica, entre otras cosas, en que “somos el punto de contacto entre el Pacífico, el Chocó Biogeográfico y la Amazonía. Un punto de contacto que no se limita a términos de transporte terrestre o de conexión geográfica, sino que se eleva a términos culturales y, sobre todo, biológicos, ecosistémicos y geoestratégicos”.

En un documento elaborado por el PCPV se menciona que, con las aguas nacidas aquí, “se nutren tres de las cuencas más importantes del planeta: la del Atlántico con sus ríos Cauca y Magdalena; la del Pacífico con su río Patía; y la del sistema amazónico, con sus ríos Putumayo y Caquetá (que es el gigante Japurá de los brasileros con sus casi tres mil kilómetros de largo). En este sistema montañoso se forman las cordilleras central y oriental que forman los dos grandes valles interandinos que caracterizan el paisaje colombiano. Esta geomorfología del Macizo lo hace geopolíticamente un territorio estratégico, tanto en lo económico, en lo militar, en lo ambiental, en lo referente a conectividad y otros aspectos fundamentales de cara al comercio mundial”.

Según el Programa de Gobierno del presidente Gustavo Petro, durante su mandato detendrá “la destrucción de la Amazonía, el Chocó Biogeográfico, el Macizo Colombiano, la Sierra Nevada de Santa Marta, en fin, de todos los territorios donde se fragua la magia de la vida”. Sin embargo, y muy al pesar de las comunidades, solo en el municipio de La Vega existen actualmente ocho títulos mineros, veintidós solicitudes de exploración, cuatro áreas de reserva especial y, además, avanza el proceso de construcción de una hidroeléctrica sobre el río Guachicono, afluente importantísimo del río Patía.

Destacan tres proyectos mineros en el municipio de La Vega: La Custodia con sus cinco mil hectáreas a cargo de la empresa Carbones de Los Andes S. A. (CARBOANDES); Dominical con veintiséis mil hectáreas a cargo de la empresa China Zijin Mining Group Co., que adquirió 100 % de la empresa Continental Gold Limitada; y Piedra Sentada-La Concepción que hace parte de una serie de proyectos del Bloque Sur de la empresa Royal Road Minerals, que van desde el norte del Cauca hasta el sur de Nariño.

En 1979 el Macizo Colombiano fue declarado por la UNESCO como patrimonio ambiental de la humanidad. Foto: Héctor Fernando Cortez.

III


Me lo explicó el profesor Célimo Hurtado hace algunos años mientras mirábamos jugar: “Pueden ser equipos pares o impares, máximo ocho, porque no alcanza la media de aguardiente pa’ más —me dijo mientras esbozaba una sonrisa pícara−. Los pesos sí es de acuerdo a lo que la persona pueda lanzar. No es tanto de fuerza, sino de baquía, porque hay tipos que no tienen fuerza y esos levantan el tejo lejos, y hay otros que tienen mucha fuerza y no llegan ni a la mitad. Se juega a dieciséis rayas (dieciséis puntos), antes con piedras, ahora con cruces de acero soldado que se llaman ‘arañas’. Una raya la hace quien queda más cerca al palo. Si los compañeros le pegan al palo, hacen tres en un tiro. Si del otro lado le pegan al palo, el palo del otro ya no juega, lo queman. Por ejemplo, si usted es contrario mío, le pega al palo y luego yo le pego también, el suyo ya no vale”. Tan simple como entretenido.

La cacha ha permanecido durante años en la cultura maciceña, tanto en comunidades campesinas como indígenas. En una entrevista concedida por el sabedor Emiro Embuelos al investigador Ruribe Juspián, se puede leer el carácter histórico y cohesionador del juego. Me dice que cuentan que “en Semana Santa sale el Jukas, que es el dios protector de los animales, y se junta con el Garrabas para ir a una apuesta de Kacha y juegan con una distancia que va desde el cerro Punturco de El Tablón hasta el cerro de Punturco de Pancitará (…). Para obtener un buen elemento, el yanakona buscará una roca con el permiso de la madre naturaleza. Tomará una piedra que se deje trabajar para lograr tornearla”.

Buscar en la tierra la alegría de la vida. Tallar la piedra para unir los cerros.

¿Cómo explicar eso? ¿Cómo explicar que mientras unos buscan en la tierra la piedra que unirá los cerros, otros escarban en ella para destruirlos?

En el marco del rediseño geopolítico global, expresiones culturales como los juegos tradicionales adquieren una trascendencia aún mayor en el ánimo de las comunidades por resistir, construir y no perder esa relación umbilical con sus territorios y su memoria. “Sobre el territorio hay una disputa material, pero lo que realmente quieren controlar es ese territorio cultural. Esa cultura que está metida en el corazón de la gente. Es el corazón de la gente lo que está en disputa”, dice el profesor Oscar Salazar. Señala lo que a su vez explica el historiador Renán Vega Cantor sobre las acciones de los Estados Unidos para mantener su hegemonía, cada vez más debilitada, mediante “operaciones de espectro completo”, enmarcadas en lo que se conoce como “guerra irregular” con su técnica de penetración cultural. Es decir, el despojo de las condiciones materiales de las comunidades y, sobre todo, las inmateriales, es una condición para la apropiación y destrucción de los ecosistemas. Por eso, jugar cacha, trompo, tuso, cuarta y tantos otros juegos que abrigaron las infancias de estos territorios, es un acto de rebeldía, de amor y regocijo por y con la vida y la memoria que crece y se hace agua, pájaro, niño, complicidad, alimento en estas montañas.

La cacha ha permanecido durante años en la cultura maciceña. Foto: Héctor Fernando Cortez.

IV


Don Ariel tiene poco más de setenta años. Me contaron que lo invitaron a irse de vacaciones a Europa. No quiso. Su familia le insistió, pero nadie pudo convencerlo.

“Yo por allá no voy. En Venecia no juegan cacha”.

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