El rock y el metal en Amazonas, como en el resto del mundo, son géneros musicales que se han convertido en parte de una comunidad de personas que vibran a su ritmo y que sin conocerse se sienten de la familia. Muchas veces son incomprendidas. Cuando buscamos en internet la palabra rock amazónico, aparece información sobre bandas de Perú, Colombia o Brasil. Pero, cuando se trata de la región amazónica de Venezuela, la cosa tiende a ser un poco ignorada; esta particularidad tiene una explicación.
Fotografías: Anderson Velázquez, Juan Carlos Rosales, Jhuliana Alencar, Albert Jiménez, Akuhena Yavari y Francisco Sanguinetti.
Amazonas, Venezuela.- Por un momento cierro mis ojos y me sumerjo en un lejano pero emotivo recuerdo. La efervescencia de una juventud rockera ha llegado al nivel más alto de la noche, todos se hayan extasiados con las agrupaciones que se han dado cita en una plaza de toros, usada no para un vergonzoso espectáculo de tortura animal, sino como un recinto para la música y la cultura. De pronto, los presentadores de la noche anuncian que la próxima banda viene del estado Amazonas, lo que genera una especie de asombro y duda respecto a lo que verán a continuación.
Es el año 2011, en Mérida, un estado andino de Venezuela, donde se celebra un concierto denominado “Feria del Rock 100 % Venezolano”, un evento que en tres días reunió a más de cuarenta bandas de rock de todos los estilos. Al escuchar aquel anuncio, muchos asistentes empiezan a preguntarse ¿en Amazonas hay rock?, ¿cómo es posible que en la selva amazónica existan bandas de rock? Es entonces cuando el presentador dice: “Y con ustedes, desde la selva del Amazonas llega Akuhena Yavari”. En medio de los aplausos, se deja oír una atmósfera densa del sintetizador que creaba el ambiente perfecto para la entrada de unas maracas y flautas que llevaron al público a una profundidad más confusa todavía. Se trataba del intro musical del grupo, con instrumentos propios de los pueblos originarios de la Amazonía venezolana, que fue precedido por guitarras estridentes y una batería que marcaba un ritmo con mucha velocidad.
Desde ese momento, este grupo se convirtió en la primera agrupación en salir de esta región, para dar a conocer al resto de Venezuela que en Amazonas también se hacía rock, y del bueno. Para entender un poco el desconcierto y asombro que tenía el público roquero venezolano en el 2011 sobre la existencia de un movimiento de rock en Amazonas, es importante comprender cómo nace y qué elementos se mezclan en él.

La génesis del rock en Amazonas
En Venezuela, el estado Amazonas fue el penúltimo territorio en convertirse en una entidad estatal en 1992, hace tan solo treinta y cuatro años. Pasó de ser el Territorio Federal Amazonas, donde los gobernantes eran elegidos por el presidente, a ser el estado Amazonas, un poco más descentralizado. Su capital Puerto Ayacucho, ciudad muy joven en comparación con otras del país, apenas con 101 años de fundada, es epicentro para la confluencia de culturas originarias, foráneas y de mestizaje.
Desde que se convirtió en ciudad, sus habitantes se han resignado a ser vistos como una periferia en Venezuela, tanto por su situación de aislamiento geográfico –tan alejada de la capital y de los grandes centros urbanos e industriales– como por su baja densidad poblacional. A pesar de ser tan rica culturalmente, desde afuera siempre se ha tenido una visión de que somos “los indios ignorantes”.
También se suma la falta de una desarrollada infraestructura vial que conecte con facilidad a esta región con el resto del país. Anteriormente, cuando no existía el internet, algunos elementos de la modernidad, como modas, música, cine y a veces hasta noticias llegaban tardíamente a este rincón del país.
Quienes en cierta forma ejercían influencia cultural y educativa, trayendo elementos de la modernidad al pequeño pueblo de Puerto Ayacucho –desde la temprana década de 1940– eran las misiones católicas salesianas, con las primeras emisoras de radio, la televisión y sus instituciones educativas. Obviamente, utilizaban el recurso de la música o el deporte para la evangelización, al igual que todos los grupos religiosos de la actualidad.
En la década de los ochenta, jóvenes formados académicamente en las escuelas salesianas, como el emblemático conjunto PIO XI, se constituían en distintas agrupaciones musicales, de variados estilos, entre ellos guaracha, cumbia, joropo llanero y también algunos temas del pop rock de la época.
Es ahí donde nace una estrella fugaz: el Grupo Selva. Un conjunto de chicos aprovecharon sus talentos con la música y decidieron reproducir temas de conocidas agrupaciones, como los 007, los Impala y otros que tenían influencias del rock británico y estadounidense, pero cantados en español.
El Grupo Selva, que contaba con guitarra, bajo y timbal, fue lo más parecido a un grupo de rock en aquellos años ochenta, en una ciudad que, a la sazón, apenas tendría poco más de sesenta años de fundada. Sin embargo, es muy probable que, en aquella época, ni siquiera se utilizaran conceptos como rock o banda de rock o grupo de rock, y ellos solo eran un grupo de los muchos que se conformaban (de todos los estilos) para amenizar festivales culturales, reinados del pueblo o el cumpleaños de algún cura o sacerdote de la parroquia.
Así lo cuenta Pedro Rafael Núñez Hernández, quien como veremos más adelante es clave en esta historia, ya que de niño y de joven fue testigo de estas movidas culturales en Puerto Ayacucho.

Hablar con Pedro es como hablar con esa primera roca que luego edificaría la iglesia del rock en Amazonas. Él comenta, ubicándose en los primeros años de la década de los noventa: “Yo tendría como quince años, era un muchacho y siempre veía a un grupo de jóvenes, algunos de ellos conocidos, como Rubén Ustariz y Luis Corales, reunirse en la plaza Bolívar con un reproductor portátil a escuchar música, generalmente Metallica, Guns N´Roses, Pantera, es decir, lo más comercial del momento”.
A Pedro le llamaba un poco la atención. Aun cuando no tenía una buena perspectiva de aquellos jóvenes, en el fondo había algo que le hacía querer pertenecer a ese grupo, al que todos miraban con desprecio, aunque sus integrantes eran felices escuchando una música que solo ellos podían disfrutar. Era el rock, fuente que les daba de beber del rico elixir de la libertad en medio de ese aislamiento social.
“Un día en el polideportivo, se hizo un concurso o festival. Esos panas decidieron participar con un espectáculo, decidieron vestirse con atuendos de famosos roqueros y pelucas, para luego imitar a bandas como Pantera o Metallica. A la mayoría de las personas que asistieron no les gustó, solo unos pocos disfrutamos, y aun cuando ellos eran solo una imitación, pienso que desde ahí se vio nacer la luz del rock en Amazonas”.
Como si se tratara de una misión cumplida, con el tiempo, la mayoría de aquellos jóvenes se van de la ciudad buscando otros horizontes. Quedaron Pedro y otros más con esa chispa del rock titilando en sus mentes, quienes ya venían disfrutando en el silencio de sus hogares de bandas como Hombres G, Soda Stereo, Zapato 3 y otros más pesados como OPUS, Pantera, Guns. Aquel evento hizo que los pocos jóvenes que lograron disfrutar del espectáculo tuvieran ahora la necesidad de buscar aún más música.
Transcurrieron los años. Pedro tuvo que irse a estudiar a Caracas en la Universidad Central de Venezuela, la ciudad universitaria más grande del país. Ahí, comenta, tuvo posibilidad de conocer mucho más este mundo, no solo del rock, sino de otros géneros musicales como el reggae, el rap y otros sonidos de la movida urbana. “En una época sin internet, viajar a la capital o a las grandes ciudades significaba acceder a más información de la que podía llegar a Puerto Ayacucho a través de revistas o la televisión nacional. Entonces cuando uno regresaba al pueblo, traía cintas en casetes de artistas y grupos que se hacían conocidos cada vez más”.
Años después de ese primer grupo de reuniones a inicios de los noventa, finalizando la misma década, quienes ya habían creado un círculo social retomaron esas reuniones en plazas, donde ya no solo era escuchar música, sino hacerla, en compañía de una guitarra acústica. Hoy en día, en cualquier lugar de Puerto Ayacucho, puede existir una batería; pero, a finales de los noventa todavía era una cosa extraordinaria. Fue entonces que este círculo de amigos roqueros empezó a usar guitarras acústicas, redoblantes de alguna banda marcial de escuela o uno improvisado con materiales caseros y palillos de mango, hasta que alguien del círculo corrió la voz de que en la escuela de monjas había una batería marca Yamaha.
Hubo sorpresa, emoción, pero al mismo tiempo, pocas expectativas. Pensaron que “las monjas salesianas no querrían prestar la batería a un grupo de jóvenes de cabello largo que tenían más pinta de ovejas descarriadas que corderos de Dios”. Sin embargo, se atrevieron, y para sorpresa de estos principiantes, la Iglesia católica nuevamente abrió sus brazos, así como lo hizo en los ochenta, en la época del Grupo Selva.
Estos ensayos permitieron crear un grupo que, sobre la base de estructuras muy básicas de tres o cuatro acordes, componían canciones. En 1998 en Venezuela, un cantante de reggae, llamado Mulato, iniciaría su gira nacional en Amazonas para promocionar su álbum ¿Evolución? Alguien había escuchado ensayar a los jóvenes roqueros y los invitaron a ser teloneros de este cantante en la Concha Acústica de Puerto Ayacucho. Ellos supieron que su momento de mostrarse como una banda de rock había llegado.
Puerto Ayacucho estaba cerca del nuevo milenio, y ya no se parecía tanto a aquel pueblo donde pocas veces la gente tenía acceso a un concierto de buen nivel de producción. Había llegado la televisión por cable y la televisión satelital y, con ellos, una ventana al pop-rock del momento.
El público vivía la espera de la presentación de Mulato con mucha expectativa, bailaban y cantaban al ritmo de la música que colocaba el sonidista, hasta que el volumen empieza a descender para dejar a los animadores del evento anunciar la primera presentación de la jornada: “Queremos presentar a este grupo de rock, que es parte de nuestro talento amazonense, reciban con un fuerte aplauso a los panas de Bacteria”.
Pedro inicia con unas líneas de bajo como intro, para luego dar entrada con mucha energía al resto de la banda, guitarras y batería. “Esa vez les callamos la boca a mucha gente, porque no era fácil ser roquero, usar el cabello largo y aretes, era sinónimo de insultos y señalamientos”. Sin embargo, esa noche la primera banda de rock en Amazonas, a cargo de Pedro Núñez, Pedro Silva, Verney Frontado, José Trabanca y Leandro Murillo, mostró que los roqueros, esa nueva tribu urbana, también son personas con mucho talento y estilo, capaces de aportar a la cultura local. Pedro comenta que el equipo de producción del concierto le contó que los periodistas y animadores, impactados, decían que nunca habían imaginado que desde este lado de Venezuela, podrían existir bandas de rock y sobre todo que había un público que pudiera responder de tal manera.

El desarrollo del etnometal
Al gran evento del Mulato le siguieron otros, pero a una escala más local, desarrollándose así otras agrupaciones como Elemento Líquido, quienes se dedicaban a tocar canciones del grupo mexicano Maná; luego vino Desierto de Azufre, una variación de Bacteria, esta vez con composiciones basadas en estructuras mucho más complejas, con solos más elaborados y obviamente músicos más experimentados.
Cada vez más se creaban grupos inspirados en los estilos que MTV nos mostraba, como el nu metal, el neo punk, el grunge, el pop-rock y otros más de la escena underground, como el power metal, el black metal, el trash metal o el death metal. Tanto creció la movida desde finales de los noventa que a inicio de los 2000, ya había festivales bajo nombres como Selva Pesada, Rock en la Frontera, Selva de Metal y las distintas ediciones del Santuarium que se convirtió en un evento anual.
Frente a este fenómeno cultural, la gobernación de Amazonas, a través de su Secretaría de Cultura, creó en el año 2004 un festival denominado Festival Cooltura Urbana, el cual permitía a las agrupaciones de rock y de hip hop mostrar su talento y competir por el premio único en cada categoría.
Pedro Nuñez, al cerrar su testimonio sobre Bacteria y el nacimiento del rock en Amazonas, nos dejó la duda cuando señaló que, “con Bacteria nace la idea de lo que después sería Akuhena Yavari”. Por un momento creí haber terminado la entrevista, cuando en realidad apenas empezaba.
Fue entonces que me relató que en los años de Bacteria la banda estuvo vinculada a miembros del grupo de gaita (música folklórica navideña venezolana) llamado Adiwa, quienes fueron el enlace para llegar al concierto de Mulato y con quienes crearon una buena afinidad. Ellos planteaban la propuesta de la etno-gaita, como una forma de regionalizar un estilo musical que se originó en el Zulia, otro estado de Venezuela que combina ritmos folklóricos con influencia religiosa.
Los artistas amazonenses de cualquier área −literatura, música, artes plásticas−, entendiendo la versatilidad del arte, siempre han planteado “preñar la cultura foránea para que sus hijos se parezcan a nosotros”, como lo ha dicho Pedro Nuñez padre, quien es un cultor popular de Amazonas.
Otros artistas como José Morillo Araguache, destacado pintor, sostenía que el pintor amazonense debe crear a partir de estilos foráneos una identidad. Y en esa misma línea, Pedro, como uno de los precursores del rock en el estado amazónico –ya en la época de Bacteria– planteaba incluir en las composiciones musicales elementos de nuestra cultura ancestral. Sin embargo, la mayoría de los integrantes no estuvo de acuerdo.
La idea se retoma casi seis años después, en vísperas de un Festival Cooltura Urbana. Encontrándose ahora como tecladista y miembro de un grupo de Black Metal llamado Balrog, Pedro plantea a sus integrantes, con el temor de quien ya tuvo una propuesta rechazada en el pasado, que en vez de seguir escribiendo sobre la mitología nórdica o sobre dragones y caballeros de armaduras, era mejor que se creara algo nuevo, inspirado en la cultura originaria de nuestro territorio amazónico.

Esto implicaba, prácticamente, crear otra banda, y por eso los integrantes de Balrog debían pensarlo bien. Para la sorpresa de Pedro, la mayoría del grupo aceptó. Eran épocas donde parte de los integrantes de este nuevo proyecto eran trabajadores audiovisuales de una televisora comunitaria llamada Selva TV, entre ellos Anderson Velázquez y Alberth Jiménez, quienes tuvieron contacto con un documental que definió parte del concepto de la nueva banda.
Yo hablo a Caracas, del cineasta Carlos Azpurua, mostraba parte de esa denuncia que hacía el sabio yekuana Barne Yavari frente a la devastación cultural que estaba provocando la sociedad occidental, en especial las misiones evangélicas, mejor conocidas como Nuevas Tribus en los setenta y ochenta.
Por otro lado, Francisco Sanguinetti, bajista de Balrog, poseía un libro llamado Akuhena, nombre inspirado en la vasta extensión amazónica que con sus afluentes llenan de vida al territorio, y que como expresión metafórica de la riqueza hídrica se hace un paralelismo con el significado de Akuhena, lago sagrado ubicado en el cuarto cielo de la cosmovisión yekuana. Esta sería la base para definir el concepto de un grupo que buscaba cada vez más acercarse a sus raíces, y por eso se estableció el nombre combinado de Akuhena Yavari.
Este nombre me traslada a momentos que fueron tallados en las paredes de mi memoria, donde definitivamente fui testigo de algo que nació y que ha trascendido con los años. También tuve el honor de ser parte, como vocalista, siendo bautizado en aquellas épocas con el seudónimo Yarake.
Era el año 2006. En el mismo lugar donde se presentó Bacteria ocho años antes, el animador del Festival Cooltura Urbana presentó a la siguiente agrupación así: «Ya está preparada la próxima participación de la noche, y con ustedes, la banda Akuhena Yavari». Hoy es normal escuchar algún nombre autóctono en el rock, como el de Akurewa Theri, pero en aquel momento Akuhena Yavari pudo haber sido perfectamente el nombre de un grupo de danza escolar o de una biblioteca, todo menos el nombre de una banda de rock. Este fue el primer impacto.
El string atmosférico del teclado de Pedro emerge desde lo más primitivo de los sonidos de la selva, inundando de confusión y gracia, al público que celebra la riqueza con que se van combinando el carrizo jiwi y la maraca piaroa con la estridencia del sonido metalero. De pronto, los aplausos y ovaciones interrumpen aquella hipnosis colectiva y, como quien celebra el nacimiento de una vida, el público amazonense se hace testigo del nacimiento del rock amazónico.
La estética del rock amazónico: entre la distorsión y el ritual
Desde la fundación de este grupo han pasado casi veinte años. Son muchas las agrupaciones que le han sucedido, con variados estilos, desde lo más suave hasta lo más pesado, desde lo más comercial hasta lo más underground. Pero, aunque es mucha la diversidad, todas parecen compartir elementos comunes, que algunas veces se hacen evidentes y en otras son casi imperceptibles.
Lo cierto es que el rock en la Amazonía venezolana no es una simple réplica de los cánones globales del rock. Resulta más un ejercicio de soberanía estética. A diferencia de otros movimientos urbanos en otros lugares del país, el rock que se hace en esta región ha construido una semiesfera propia, donde la rebeldía del género se fusiona con la cosmovisión de los pueblos originarios. Esta estética trasciende lo musical para convertirse en un acto de militancia cultural y resistencia territorial, con varios elementos que la identifican.

Su lenguaje sonoro está determinado por la hibridación como manifiesto, y la base de esta corriente reside en la ruptura de la pureza de los subgéneros del rock. Bandas pioneras como Akuhena Yavari definieron un estándar al combinar el trash, heavy, power y nu metal con la instrumentación autóctona, haciendo una fusión orgánica en el uso de flautas tradicionales y maracas, no como un adorno folclórico, sino una integración estructural que dota al riff y la distorsión de una identidad geográfica, haciendo que quien escuche piense “ese sonido es amazónico”.
Esta estética es flexible y habita desde lo más suave y alternativo hasta el metal extremo, permitiendo que agrupaciones como Akurewa Theri exploren el rap metal como un vehículo de denuncia y conexión originaria.
Esta estética también cuenta con una identidad visual donde el cuerpo del músico amazónico se convierte en un lienzo de resistencia. Una simbiosis de códigos entre la indumentaria clásica del rock (cuero, cadenas de metal y ropa negra) convive con el patrimonio simbólico indígena, el uso de penachos de plumas, maquillaje corporal y collares de huesos, junto a símbolos regionalistas como banderas, donde se reafirma que el escenario es un territorio recuperado por los marginados de siempre.
También está marcada por un performance que no busca solo el entretenimiento: en sus momentos más solemnes, algunas bandas ejecutan puestas en escena alusivas a prácticas ancestrales, transformando el típico movimiento catártico del rock en una experiencia de conexión espiritual colectiva. Incluso en géneros extremos como el black metal, el uso de brazaletes inspirados en pueblos como el yanomami (como es el caso del vocalista de la banda Spectrum) demuestra la profundidad de esta influencia.
Otro aspecto de relevancia es lo que podríamos llamar la ética de la transgresión y militancia indigenista, como esa rebeldía auténtica del rock amazónico, la cual tiene un propósito político claro: la defensa de los sectores marginales (indígenas y roqueros) y la promoción de los valores culturales originarios.
Parte de esta conciencia cultural se abraza a la lucha ambiental. Agrupaciones fugaces como Shanok dejaron un registro fundamental en su lírica, asumiendo la protección de la Madre Tierra como un eje conceptual innegociable.
Siendo Puerto Ayacucho y en general el estado Amazonas históricamente una periferia, como ya mencioné al inicio, el regionalismo se ha convertido en una respuesta a esa sutil marginación por el centralismo venezolano. Hoy, ser roquero es sinónimo de orgullo étnico.

La transgresión aquí no es nihilismo, sino la contundente afirmación de la existencia: «Estamos aquí, somos de la selva y nuestra cultura tiene voz propia». Por esta razón, cada toque local que nos ofrecían los No Rules y su punk o bandas de metal como Morgore, Demolición, Siquem, Elixir, cada salida a eventos nacionales de grupos como Akuhena Yavari, Crailot, Abismal, Arras, Kurarex, Krabat, Demencia, internacionales como es el caso de Spectrum en Colombia, o grabar con sellos discográficos en Europa como lo hizo Mugre, son celebrados como logros colectivos de una misma movida.
Como todo movimiento, no solo quienes hacen la música son el ecosistema, sino también quienes la disfrutan y la comparten. La sinergia entre producción y la aceptación por parte de la comunidad quiere decir que esta estética solo es posible gracias a la colectividad que la sostiene. Existe una corresponsabilidad identitaria entre el músico y su público. Los seguidores asumen un papel activo de apoyo basado en la premisa «la banda es nuestra». Esta sinergia asegura que la producción artística no sea un objeto de consumo aislado, sino una parte viva del tejido social de esta comunidad.
La estética del rock amazónico representa una descolonización de la distorsión, apropiando al movimiento de elementos foráneos que han sido adaptados a una forma particular para convertirlos en identidad. Tal cual ha pasado con la música universalmente, donde cada género es un derivado de procesos largos en la historia. Así también el rock emergió a través de los años, con un código genético europeo y africano. Por esta razón la estética del rock amazónico es la prueba de que el rock, lejos de ser una cultura extranjerizante, puede ser una herramienta potente para que los pueblos del Amazonas narren su historia, protejan su territorio y celebren su herencia con el volumen más alto posible.
El rock amazónico es hijo de ese rock que fue preñado de influencias propias de nuestro territorio.






