Elorza, donde el llano se vuelve fiesta

por | Mar 29, 2026

Entre Venezuela y Colombia, el llano se extiende como un mismo territorio cultural. Las Fiestas en Elorza son una afirmación del espacio que atraviesa fronteras en una celebración donde la música, el baile y las tradiciones populares construyen identidad.

Fotografías: Mikel Moreno

Caracas, Venezuela.- Salimos de Caracas hacia el llano con la sensación de que el país va cambiando poco a poco, primero en el calor, luego en el color de la carretera. Vamos cuatro en el carro: dos que ya conocemos las Fiestas en Elorza y otros dos que van por primera vez: un caraqueño y un vasco que decidió venir a Venezuela. Paramos poco, lo justo para desayunar, comprar algo de beber y echar gasolina. En la ruta, mientras avanzamos hacia Apure, hablamos de lo que vamos a encontrar, de los animales que suelen verse en la carretera, de la diferencia entre la época de lluvia y la seca, de lo distinto que se siente el paisaje cuando la vegetación está verde o cuando el incendio y el verano lo dejan todo marrón como ahora. A los lados de la vía, aun así, los araguaneyes y los flamboyanes que florecen en estos meses con sus flores amarillas y naranjas le dan color al seco paisaje.

El calor se nota apenas salimos de Caracas, pero aumenta de verdad cuando nos vamos acercando. La carretera se va abriendo y el llano empieza a imponer su propio ritmo. En la época de lluvia todo esto sería distinto: la llanura inundada, el verde dominante, los reflejos del agua sobre la sabana. Ahora, en cambio, predomina el amarillo de la hierba seca alrededor de las pocas lagunas que quedan.

Pasamos por Sabaneta, el lugar de nacimiento de Chávez, y aunque queríamos detenernos en su casa natal, ahora convertida en museo, no alcanzamos a llegar a tiempo porque la salida de Caracas se nos retrasó. Quedará para otro viaje. De todos modos, la sola referencia a Sabaneta funciona como una entrada más al llano, como si cada nombre de la ruta tuviera ya una carga política, afectiva y geográfica.

Músicos tocan arpa, cuatro, maracas y bajo en La Solapa del Patrullero. Fotografía: Mikel Moreno

A mí el llano siempre me ha gustado. Es, de todos los paisajes de Venezuela, el que más me llamó la atención desde que llegué al país, tal vez porque desde el País Vasco no hay nada parecido, ni playas ni montañas ni bosques que se le acerquen en esa mezcla de amplitud y vacío. La cultura llanera también me atrae, y recuerdo que, en mis primeros años en Venezuela, cuando en Caracas todo el mundo hablaba de robos, de inseguridad, de la desconfianza permanente que imponía la ciudad, las fiestas en Elorza me parecían más cercanas a algo que yo conocía: una celebración en la calle, con participación de la gente, con organización popular, sin la distancia de los bares o las discotecas. Había conciertos, sí, pero también había otra cosa: comunidad, presencia colectiva, una forma de estar juntos que no dependía de un espacio cerrado.

Preparativos para el inicio de las Fiestas en Elorza. Fotografía: Mikel Moreno

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Cruzamos el puente sobre el río Apure que da entrada a la población de Elorza ya de noche y fuimos directo al lugar donde nos íbamos a alojar. La casa pertenece a unos comuneros, integrantes de la Comuna Pancha Vázquez, militantes de la Unión Comunera. Recordamos con ellos cómo el año pasado nuestro carro fue el 11 009 en entrar al pueblo: aquí tienen la costumbre de anotar en el parabrisas con betún blanco el número de entrada al cruzar el puente. Este año todavía no estaban anotando a los que llegábamos, así que decidimos ponernos el 1. Los días siguientes, cuando circulábamos, nos hacía gracia ver los comentarios y las miradas de la gente sobre ese número. Las fiestas ya han empezado, claro, pero la gente de fuera todavía no llega en masa; eso ocurre más cerca del 19 de marzo, San José, cuando cae el día grande.

El pueblo en sí ya es una declaración de intenciones. Los nombres de las calles no solo homenajean a los próceres de la Independencia, sino también a cultores llaneros. Todo ahí parece rendir tributo a una idea de Venezuela y el llano que se reconoce en la música, en la historia y en el habla cotidiana. En esos días, Elorza no es solo un punto en el estado Apure: es una especie de resumen de la región, es “lo más criollito del mapa”. La propia localidad, fundada en 1774 y asentada como misión católica San José de Arechuna, y con su nombre actual en honor al prócer de la independencia José Andrés Elorza, se presenta hoy como un territorio donde la historia anticolonial, la memoria popular y la cultura llanera conviven en un mismo espacio. Y las fiestas, en ese sentido, son también una reivindicación del llano. No solo del llano venezolano, que se extiende por varios estados, sino de un territorio más amplio que cruza la frontera hacia Colombia. Dividido por líneas trazadas hace tiempo, el llano sigue siendo el mismo: en la música, en la comida, en las costumbres, en una forma de vida que no entiende de límites fronterizos.

Puesta del sol sobre el río Apure desde la parte trasera de la tarima del Rincón del Verguero. Fotografía: Mikel Moreno

Desde que entramos al pueblo se escucha música por todos lados. El volumen es alto y constante: arpa, cuatro y maracas. Todavía no han llegado los miles de personas del resto del país, mayoritariamente, pero también de Colombia, de Brasil y seguramente de otros sitios. Sin embargo, Elorza ya está preparado: ventas de comida y bebida, carne en vara, kioskos de madera y palma al borde del río o junto al aeropuerto, arepas de chigüire, casas residenciales que improvisan restaurantes en las salas de estar o en los patios. El aeropuerto tiene su propia gracia porque está en pleno centro del pueblo y, según nos dicen los locales, recibe vuelos de vez en cuando, pero en su pista conviven vacas, caballos y motos, que uno supone que se apartarán cuando algún avión solicite aterrizar. En un porche de una casa convertido en restaurante, una señora nos cuenta que hace mucho solo prepara comida criolla: la gente que llega de fuera, la gente “no llanera”, viene a comer comida local. Lo que vienen a buscar, nos dice, es pisillo de babo, chigüire, venado, sopa de curito, pavón…

En esos puestos restaurantes y ventas, como en casi todo el pueblo durante las fiestas, no circula solo una moneda. El dinero también cuenta su propia historia aquí. En Elorza conviven tres monedas con las que nosotros mismos venimos preparados desde Caracas: el bolívar, el peso colombiano y el dólar estadounidense. En los comercios y locales, los precios suelen darse en los dos últimos, y casi siempre hay posibilidad de pagar con cualquiera de los tres. Es la economía de la frontera unida a la del bloqueo estadounidense, que entró hace años en la fiesta sin pedir permiso.

Calle Rómulo Gallegos, escritor venezolano, autor de Doña Bárbara, novela ambientada en el llano apureño. Fotografía: Mikel Moreno

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El primer trayecto dentro del pueblo ya te dice que aquí la fiesta no funciona como una sola escena sino como una suma de espacios. Está la música en vivo, están las ventas, están las mesas improvisadas, están los lugares donde la gente se queda a beber y conversar, están los puntos donde los músicos se concentran y los sitios donde el ruido sube más que en otros. Uno de esos lugares es La Solapa del Patrullero, una tasca al borde del río Arauca, que se convierte en uno de los centros neurálgicos de la fiesta. Ahí hay música en vivo casi de seguido durante la feria. Aficionados y profesionales del canto llanero y al contrapunteo se van turnando en la tarima. Antes de cantar, explican a los músicos qué van a interpretar, para que los acompañen y afinen sus instrumentos según la tonalidad. El arpa cambia de afinación de acuerdo con la voz. Entre cerveza y cerveza, acompañados de música llanera, se pasan los días y las noches.

Allí escuchamos cantar a Fulgencio Medina, joven de Puerto Cumarebo, localidad costera en el estado Falcón. Es la primera vez que va a las fiestas de Elorza, pero el llano lo siente de toda la vida. Cuando le preguntamos qué hace que alguien que no es llanero sienta así el llano, responde citando al Cholo Valderrama: los llaneros “somos tan arrechos que nacemos donde nos da la gana”. La frase le sirve para decir algo más amplio: que el llano no es solo una geografía, sino una manera de entender el mundo. Para él, el llano es un muchacho tocando un cuatro, alguien con un arpa, unas maracas, una cultura que se mete en la vida de la gente hasta volverse parte de ella. Dice que su referencia musical siempre ha sido Vitico Castillo, aunque también admira a Reynaldo Armas y a Jesús Moreno, “el Rey del Pasaje”. Habla de ellos como compositorazos y de la música llanera como algo que hay que sostener, algo que merece lealtad. Cuando dice que el que no ame la música llanera no se merece ser venezolano, no lo dice como una provocación vacía, sino como una afirmación de pertenencia. También cuenta que toca cuatro, que aprendió de niño y que viene de una familia metida en la música venezolana. En su voz, el llano aparece menos como un territorio cerrado y más como una herencia que se extiende.

Mural de pareja bailando en la Galería a Cielo Abierto Elorza. Fotografía: Mikel Moreno

En otro punto del pueblo, en el Caney de Mayra Tovar, la escena es parecida pero no idéntica. Es otro lugar musical de Elorza, esta vez junto al aeropuerto, y también ahí músicos y cantantes van subiendo y bajando del escenario. Allí escuchamos cantar a Gaby Damas, de catorce años, que se presenta como “La Embajadora del Folklore”. Es venezolana, del estado Anzoátegui; vive ahora en el departamento del Cauca, Colombia, y vuelve al país cuatro años después de migrar, para cantar en estas fiestas en Elorza. Cuando le preguntamos qué es el llano, ella insiste en que es inmenso, que no se limita al espacio geográfico de Apure o de los llanos venezolanos, sino que también alcanza a Colombia, a los llanos colombianos, a Vichada, Guaviare, Guainía, Casanare, Villavicencio, Yopal. Para ella, el llano se extiende por todas partes, y la música llanera también. Dice que en el lugar donde vive en Colombia antes no se escuchaba mucho esta música y que ella se encarga de llevarla, de imponerla en cada rincón donde puede. En su caso, la cultura llanera funciona como una pertenencia adoptada y a la vez muy firme: no nació en el llano geográfico, pero lo siente propio.

Esa idea de que el llano atraviesa fronteras y no cabe del todo en un mapa, también aparece cuando uno escucha al cronista Ramón Ojeda Crusate, Moncho, que nos recibe entre reunión y reunión y saca un rato para contarnos sobre el origen de las fiestas y otras capas de la tradición. Él empieza cuestionando la versión más simplificada, la que dice que todo comenzó en 1955. Señala que hay personas mayores que cuentan que estuvieron presentes en fiestas mucho antes de esa fecha, incluso en 1930, así que esa cronología se cae sola. A partir de ahí, él va más atrás, hasta la fundación del pueblo como San José de Arechona en 1774, de la mano del padre Justo de Granada, y lo conecta con una bula papal de la época que establecía la obligación de celebrar fiestas de bautismo, que debían repetirse cada año en las misiones. Su explicación no es solo histórica; también es lógica, dice, porque si el pueblo se funda con el nombre de San José, el día de la fiesta termina siendo el de San José, el 19 de marzo. Durante décadas, cuenta, el noventa por ciento de las actividades de la fiesta eran religiosas: bautizos, matrimonios, celebraciones familiares dispersas por el pueblo. Por eso la fiesta se llama “fiestas”, en plural, porque había fiestas en muchas casas y de muchas clases.

Mural de Jorge Guerrero, cantante de música llanera junto a dos gabanes. Fotografía: Mikel Moreno

Ojeda también insiste en algo que para él es central: la fiesta como espacio de recarga. Dice que el territorio produce un impacto, que cuando la gente llega a Elorza cambia, se energiza, se libera de algo que en la ciudad desgasta. Habla de la ciudad como un lugar de pérdida constante de energía y de Elorza como un sitio donde esta se repone. Lo expresa a su manera, con referencias a la cuántica, a la energía humana, al desgaste urbano, a la necesidad de espacios donde el cuerpo y la conducta se suelten. En su planteamiento, la fiesta no es solo una celebración tradicional: es una expresión cultural de la energía. Y la gente, dice, viene aquí a expresarse, a bailar, a brincar, a hacer lo que en su pueblo no le dejan hacer.

Niña cantando en la tarima del Caney de Mayra Tovar. Fotografía: Mikel Moreno

Ese crecimiento, sin embargo, también transforma el pueblo. La llegada de miles de personas activa la economía, pero al mismo tiempo modifica las relaciones. Donde antes había hospitalidad abierta, casas que recibían a desconocidos o gente guindando hamacas bajo los árboles en los patios de las casas, ahora aparecen precios, alquileres, negociaciones. Ojeda lo dice con cierta incomodidad: la lógica comercial se ha ido imponiendo en algunos espacios, y con ella se pierde parte de esa idea de comunidad espontánea. Aun así, insiste en que todavía quedan lugares donde esa forma de recibir sigue viva, donde el visitante no es cliente sino invitado, y donde las relaciones que se crean duran más allá de la fiesta.

En ese recorrido por la historia reciente, el nombre de Hugo Chávez aparece de forma inevitable. Antes de llegar a la presidencia, en los años ochenta, participó directamente en la organización de las fiestas, siendo presidente de la comisión organizadora, y, con el tiempo, terminó convirtiéndolas en una referencia constante dentro de su discurso público. Ojeda lo resume sin rodeos: todo cambió con Chávez. No tanto la esencia de la fiesta, sino su alcance. Al nombrarlas, al reivindicarlas como parte del alma cultural del país, multiplicó la atención sobre Elorza y atrajo a miles de personas. Lo que ya existía como tradición local pasó a proyectarse a escala nacional.

Mientras tanto, la programación avanza: festivales, juegos tradicionales, contrapunteos, joropos, amaneceres musicales, competiciones deportivas indígenas, y también prácticas más recientes como los piques fangueros de carros. La fiesta crece, se diversifica, se abre a gente que no necesariamente viene de la tradición llanera, pero que encuentra aquí algo que la atrae. La fiesta también se expande en otros espacios del pueblo. Vamos a la manga de coleo, competición que dura todo el día y parte de la noche: cuatro jinetes a caballo pelean por agarrar la cola de un toro y tirando violentamente de ella tratan de hacerlo caer. Alrededor de la manga hay camiones y remolques para los caballos. Se ven grandes vehículos, algunos de representantes de grandes ganaderías que compiten, otros más pequeños, de gente que también siente ese amor por el llano expresado en la truculencia del coleo. También se ve a la gente local, que después de participar en la competición sale con el caballo hacia su finca. En los camiones preparan a los caballos, les ponen sus protecciones, los jinetes se ponen sus cascos. Allá cuelgan también hamacas o chinchorros, para los que pasan la noche. Los niños se sacan fotos con los coleadores, y hay campeones nacionales conocidos por los aficionados. El coleo es una escena de trabajo, prestigio, pertenencia y territorio.

Lanceros de Apure. Fotografía: Mikel Moreno

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Vamos también a las sangrientas peleas de gallos. Previstas para la mañana, cuando llegamos allá nos dicen que volvamos a la tarde, que es cuando empiezan, aunque el programa de las fiestas marcaba la hora a la que llegamos. La falta de puntualidad venezolana también es tradición llanera, nos reímos. Allá hay más de treinta gallos encerrados en sus jaulas y mucha más gente para apostar. Empiezan las peleas, los dueños animan a sus gallos, la gente grita, ofrece sus apuestas. Entre apostadores se grita enardecidamente de lado a lado del círculo de arena donde pelean los animales. Algunos saltan la pista por el centro para cuadrar la apuesta con el que está sentado enfrente. Penosamente, los gallos se dan picotazos hasta matarse en muchas ocasiones, se atacan por todos lados, con picos o espolones. De diferente duración, según lo que acuerden los organizadores, cuando el reloj marca el final, el juez debe comprobar o demostrar quién ha ganado la pelea. Si hay uno de los gallos que está acostado y parece el derrotado, lo tienen que comprobar: le acercan otro gallo como “prueba”. Si el que estaba aparentemente derrotado se lanza a picarlo, no se considera que haya sido derrotado. La tensión entre los apostadores en ese momento es máxima, sin saber si van a ganar o perder su plata.

Contrariamente a todo esto, Elorza también se pinta. A través del Festival Internacional de Muralismo-Ciudad Mural, el pueblo presenta una galería a cielo abierto en los días previos a las fiestas. Son trece murales que transforman las vías y embellecen la ciudad, en una actividad que mezcla trabajo comunitario y creación artística. Uno de los murales está dedicado a Ramón Ojeda Crusate, y cuando vamos a la inauguración lo vemos ahí, entre muralistas, el cantante José Alejandro Delgado, el gobernador del estado y el alcalde del municipio. Los nuevos murales rinden homenaje a figuras de la música llanera como Cristóbal Jiménez, Eneas Perdomo y Jorge Guerrero, y el festival incluye talleres y conversatorios. También vemos un mural dedicado al Patrullero, esa leyenda del caimán gigantesco que, según cuenta la tradición oral, vivía en las orillas del Arauca y patrullaba la costa, especialmente en un lugar conocido como La Solapa del Patrullero, que hoy da nombre a la tasca.

Niñas y niños bailan en el Gran Joropazo. Fotografía: Mikel Moreno

Sobre el Patrullero circulan múltiples relatos dentro de la tradición oral del pueblo. Algunos con tono trágico, como el del hombre que se dedicaba a recoger basura casa por casa y que fue devorado por el caimán, quedando solo su carretilla en la orilla. Otros relatos más extraordinarios, como el del canoero mayor, quien afirmaba haber sido tragado por el animal y haber sobrevivido en su interior, hasta escapar cuando este abrió la boca para cazar otra presa. Más allá de la veracidad de estas historias, el Patrullero ocupa un lugar consolidado en el folclore apureño y ha sido recreado en canciones, relatos y distintas expresiones culturales de la región.

Las burriquitas encabezan el Gran Joropazo. Fotografía: Mikel Moreno

En el Rincón del Veguero, junto a la Plaza Bolívar, está montada la enorme tarima donde se hacen la inauguración de las fiestas y los discursos principales, además de los conciertos, las presentaciones del Elorzanito de Oro, las elecciones de reinas y los amaneceres llaneros. Allí tocan los músicos más conocidos de la música llanera, y hay actuaciones que, el día grande, pueden alargarse por más de veinticuatro horas ininterrumpidas. También ahí se concentra uno de los núcleos más visibles de la fiesta: el Joropazo. Grupos culturales de la localidad y de fuera recorren las calles desde el puente de entrada hasta el Rincón del Veguero, bailando joropo, baile llanero con un tradicional zapateado en pareja, durante más de dos horas, acompañados por camiones con músicos donde arpa, cuatro y maracas no paran de sonar. Al llegar a la plaza, los mejores grupos de baile pasan a la tarima principal y allá se elige a los ganadores.

Durante todo el día acompañamos a Yubrannis, de dieciséis años, que forma parte de uno de los grupos culturales que participan en el evento y fue una de nuestras anfitrionas en la casa donde guindamos nuestros chinchorros y ocupamos la sala con nuestro colchón. La vemos prepararse desde la mañana: peluquería, maquillaje, vestuario, y luego el recorrido entero con su grupo y su familia. Parece un esfuerzo sobrehumano, el zapateado y baile continuo durante horas bajo el fuerte sol llanero. Los que estamos alrededor ayudamos como podemos, dando agua, secando sudor, alcanzando comida, mientras siguen bailando sin detenerse.

En el desfile coincidimos con una conocida de otros años, Belkis Cárdenas, barinesa galardonada con la Burriquita de Oro en el año 2015, que lleva veintiséis años seguidos asistiendo a las fiestas de Elorza para visibilizar la burriquita venezolana, una tradicional danza folclórica, declarada Patrimonio Cultural de la Nación en 2016, donde la bailarina utiliza un armazón que simula ir montado sobre una burra. Esa continuidad, esa terquedad por volver cada año dice tanto de la fiesta como cualquier discurso institucional. Elorza no es solo una celebración anual; es un lugar de retorno.

Y cuando todo parece encaminarse al final, llega el último amanecer llanero, que se extiende hasta la tarde del día siguiente, el 20 de marzo. A esa última actuación suelen llegar los cantantes más esperados, entre ellos Jorge Guerrero, que muchas veces no logra atravesar la multitud que lo espera en la plaza y termina entrando en lancha por el río, por detrás del escenario, cruzando el Arauca. Los locales van cerrando, queda gente buscando un último sitio para seguir la celebración y el pueblo empieza a vaciarse. Entonces el ruido baja, el polvo se asienta y Elorza vuelve poco a poco a su tamaño normal. Pero ya no es exactamente el mismo pueblo que encontramos al llegar: durante unos días ha sido un centro donde la música, la comida, el coleo, los gallos, los murales o las conversaciones se juntan para dar forma a una idea de país. Y quizá eso sea, al final, lo que más queda de esta fiesta: no solo el recuerdo de un evento, sino la impresión de haber estado en un lugar donde el llano se reconoce a sí mismo.

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